“Silvio, te tengo malas noticias”. Así comenzó una de las conversaciones más extrañas y reveladoras de mi vida.
Me encontraba recuperándome de una intervención de próstata cuando entró Santiago, un joven médico del equipo tratante. Traía en sus manos los resultados del electrocardiograma y del Holter. El electrofisiólogo los había revisado cuidadosamente y la conclusión era inquietante: necesitaba un marcapasos.
Pero la situación podía ser más compleja. Antes debían realizarme un ecocardiograma para decidir si requería solamente un marcapasos, un cardiodesfibrilador implantable o incluso una terapia de resincronización cardíaca, dispositivos modernos capaces de corregir alteraciones eléctricas graves del corazón y prevenir episodios potencialmente fatales.
Santiago me explicó todo con serenidad profesional. Finalmente añadió:
—La experiencia que tenemos es que la medicina prepagada o la EPS normalmente no se demoran más de un día en autorizar el procedimiento. ¿Cómo la ves?
Le respondí casi de inmediato:
—Santiago, yo no oigo sino buenas noticias. Me miró con sorpresa. Entonces le expliqué:
—Primero, la eficiencia de tu equipo médico permitió detectar una enfermedad seria en una persona que no muestra síntomas de ninguna naturaleza. Soy un asintomático permanente. Segundo, existe la tecnología para resolver el problema. Y tercero, lo usual es que las entidades de salud aprueben rápidamente la intervención.
Santiago sonrió y me dijo:
—Me parece que eres una persona muy optimista. —No —le respondí—. Realista. Y efectivamente, menos de veintiocho horas después estaba entrando a cirugía. Finalmente solo necesitaría un marcapasos.
En la antesala del procedimiento me preparaba Octavio, un enfermero menos delicado que las cuidadosas enfermeras que me habían acompañado durante los días previos. Con tono tranquilo me dijo:
—Silvio, esta operación es más segura que montar en un avión.
Aunque intenté relajarme, pensé inmediatamente que los aviones también se caen y que, curiosamente, los aviones pequeños suelen tener menos mantenimiento que los grandes. Por un instante pensé que aquel podría ser el último momento de mi vida.
Poco después Octavio me puso la máscara de anestesia. Y me dormí. Entonces empezó un sueño extraordinario.
Soñé que estaba en mi propio funeral. Pero no era una ceremonia triste. Era una celebración de gratitud por haber vivido. Nos encontrábamos en un salón de eventos de un hotel de Manizales, adornado con flores verdes y anaranjadas, mis colores preferidos. Todo transmitía serenidad. Había música suave de violín y un ambiente de afecto profundo. Los amigos y familiares entraban pausadamente, un poco extrañados de que el funeral fuera en un hotel.
Antes de la operación yo había hablado con Guillermo, el violinista que había acompañado dos momentos muy importantes de mi vida: la ceremonia en la que mi esposa Ro y yo anunciamos a nuestras familias que nos casaríamos, y también mi despedida de la Universidad Autónoma de Manizales, institución donde viví los años laborales más gratificantes de toda mi existencia.
Con Guillermo y con Ro habíamos imaginado cómo sería aquella ceremonia de gratitud. Escogimos cuidadosamente las piezas musicales que representarían la alegría de haber compartido este mundo con familiares y amigos entrañables, con ustedes.
El recital contenía las siguientes piezas:
Entrada del público
- Bach — “Air”
- Massenet — “Meditation”
- Ave Maria
Celebración de la vida
- Vivaldi — “Primavera”
- La nube azul
- Maria Helena
- Salut d’Amour
Colombia entrañable
- Espumas
- Oropel
- Pueblito Viejo
Cierre de gratitud
- Alfonsina y el mar
- Gracias a la vida
En el sueño yo también me había asegurado de un detalle importante: que hubiera vino blanco, rosado y tinto, además de cerveza sin alcohol para el brindis final. Quería que todo celebrara la vida.
Como comenté por mi preferencia por los colores verde y naranjado, había dejado instrucciones de llenar el lugar con flores de estos colores, no como símbolo de duelo, sino como una fiesta agradecida por la fortuna de haber existido.
Finalmente, Ro comenzó a leer unas palabras que yo había dejado escritas para mis familiares y amigos. Conmovida, empezó diciendo:
“Queridos amigos, querida familia:
Si hoy pudiera levantar una copa con ustedes, no sería para llorar la partida, sino para celebrar el privilegio inmenso de haber vivido con ustedes.
Porque la vida —con sus alegrías, sus dolores, sus búsquedas y sus asombros— fue para mí un regalo extraordinario. Y ese regalo tuvo rostros concretos: ustedes.
Nada de lo que fui habría tenido sentido sin el amor recibido, sin las conversaciones interminables, sin las risas compartidas, sin los abrazos, los viajes, las mesas largas, las músicas, los silencios y aun las dificultades que nos hicieron más humanos…”
Y justo en ese instante escuché una voz lejana que decía:
—Silvio… ¿cómo te sientes? Abrí lentamente los ojos. Era Octavio. La cirugía había terminado. —Todo salió muy bien —me dijo—. Esperamos quince minutos y subimos a la habitación para que estés con tu esposa.
No hubo malas noticias. No hubo funeral.
Solo quedó una experiencia profundamente humana que me hizo comprender, con una claridad conmovedora, que la vida no se mide únicamente por los años vividos, sino por la gratitud con la que somos capaces de mirar y de vivir nuestra existencia.
Silvio Zuluaga
Mayo, 2026

