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Eduardo Pardo Mercado

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En nuestra tertulia de los jueves número 166, quisimos acercarnos al tema de la muerte. Algunos nos ofrecen por escrito sus percepciones…

Seguramente mis compañeros tratarán este tema desde un punto de vista más intelectual. Yo comparto el mío de una manera más realista y evidente.

Todo el que nace, muere.

Es algo tan evidente que no pensamos en ello. O puede ser una forma de rechazar esa última realidad. Mucho mejor es pensar en disfrutar de la vida que aceptar que ésta se nos terminará un día. Por eso es un tema que no afrontamos desde un punto de vista personal, y tampoco familiar o social. 

Sin embargo, si es algo ineluctable, ¿para qué ponerle tanto misterio? Pienso que, si se les explica a los niños desde pequeños, por ejemplo, cuando se muere un abuelo, y más tarde en el colegio, podrían evitarse traumas o angustias emocionales el día que les toque vivirlo. 

Como decían los estoicos en la antigua Grecia, un problema o tiene solución, o no la tiene y, por lo tanto, no hay problema. La muerte de un ser querido no tiene solución, luego hay que aceptarla lo más pronto posible para seguir viviendo por nosotros mismos y los demás. 

Aceptar no quiere decir que la tristeza o la ausencia de esa persona no nos acompañe durante un cierto tiempo. Por eso, no entiendo cómo muchas personas se autodestruyen cuando dicen que no dejan el duelo hasta que el asesino -en el caso de un homicidio- no les diga por qué mató, o que no lo harán hasta que no encuentren el cuerpo que estaba en el avión desaparecido. Ese «por qué murió» nunca tendrá respuesta.

De la teoría a la práctica.

Con mis papás hablamos en la sobremesa sobre qué nos gustaría que hicieran con nuestro cuerpo y qué tipo de entierro querríamos. Estábamos de acuerdo con donar todos los órganos que pudieran servir y también con la incineración. Con el tiempo a mami le descubrieron un tumor en el cerebro. La operaron y le dieron tres meses de vida. Con papi rezamos para que un milagro le permitiera una recuperación total o que se muriera lo más pronto posible sin sufrir. Al tercer mes falleció. Esa noche estaba inconsolable, pero me pregunté: ¿todo lo que he dicho sobre la vida y la muerte era puro cuento o voy a ponerlo en práctica? ¿Voy a vivir preguntándome por qué murió a los 60 años? Decidí ser consecuente y al día siguiente amanecí triste, pero en paz.

El otro ejemplo fue con papi. Él pasó los tres últimos años de su vida en Popayán, pues decía «quiero hacer como los elefantes que van a morir donde nacieron». La última vez que lo visité, lo encontré de una flacura extrema y totalmente desanimado. Me dijo: «mijito, ya quiero morirme, pues esto no es vida», a lo cual le respondí: «tienes toda la razón, vamos a rezar para que así sea, pero mientras tanto, trata de animarte». El médico me dijo que en ese estado podía durar días, meses o años. 

Hice las vueltas necesarias y le pedí a una prima que se encargara de todo cuando llegara el momento. Al despedirme de él, me dijo: «creo que es la última vez que nos vemos». Yo le contesté: «creo que así será, pero puedes morirte tranquilo pues viviste la vida que querías durante 85 años y tus hijos estamos bien organizados. Por eso, puedes morir tranquilo». Regresé a París el 13 y el 23 falleció. Esta vez, probablemente a causa de su estado y edad, me fue más fácil aceptarlo.

Pensar en los que quedan.

Como nunca pensamos que vamos a morir, no hacemos nada para cuando llegue el día. No le dejemos a la familia que tiene que afrontar la pérdida de un ser querido, una serie de problemas administrativos, económicos y de otro tipo. 

Les comparto lo que yo he hecho: Un testamento que deje todo muy claro sobre lo que tengo y cómo debe repartirse. Añadí que autorizo a mi esposa, a dos amigos y al médico que me esté tratando, que no acepto ningún tipo de vida artificial. Entonces, que no me mantengan sobreviviendo (pues eso no es vida) conectado a una máquina o gracias a medicamentos. Además, indico que dono mis órganos y que me incineren. También que no dejo ninguna deuda. 

El primer testamento lo hice a los 50 años y he ido actualizándolo. En esa época, cuando le decía a mis amigos o familiares si ellos lo tenían listo, me respondían aterrados: «¿acaso voy a morirme?». No sé si con el paso de los años hayan cambiado de parecer.

¿Otra vida?

Como creo en Dios y en Jesucristo, también creo en su palabra cuando nos habla que hay vida después de la muerte. Frente a la aprensión ante lo desconocido, prefiero ver el lado positivo de que volveré a encontrarme con mis padres, familiares y amigos. Prefiero pensar que se nace para morir y que se muere para vivir y no, como los que no creen, que venimos de la nada para volver a la nada.

Personalmente me gustaría morir con buena salud y no enfermo. Si estoy en forma, podría ser entre los 85 y los 90 años. Y si fuera posible, saber que me quedan por lo menos seis meses de vida para poder despedirme y dejar todo listo por mí mismo. Soñar no cuesta nada.

Como en mis otros escritos, si alguno de mis comentarios les sirve para vivir y morir en paz valió la pena haberlo hecho. Y si no fue así, por lo menos reforzaron sus propias teorías.

Eduardo Pardo

Noviembre, 2023

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Hace un año el dictador Vladimir Putin ordenó la invasión de un país independiente, Ucrania. En realidad era un violento paso más, lleno de prepotencia y poder, después de “la ayuda militar” dada a los prorrusos del Dombas y de la anexión de Crimea, ambos territorios ucranianos, bajo el pretexto de liberarlos de los nazis y salvar a los habitantes de lengua rusa residentes en Ucrania. 

Se le olvidó al dictador ruso el pacto firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939, por el alemán Joachim von Ribbentrop y por el ruso Viacheslav Molotov, cuando Rusia y Alemania se aliaron al inicio de la 2a guerra mundial. Los dictadores siempre se apoyan. El pacto se firmó unos días antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con lo cual el territorio polaco fue despedazado; cuando los nazis decidieron invadir a Rusia en 1941, los efectos del pacto se acabaron. 

También se le olvidó a Putin que cuando ellos ayudaron a los aliados a vencer a los nazis, aprovecharon para someter a todos los países del Este al régimen soviético.. Construyeron la “cortina de hierro”, no para evitar que los pobres de todo el mundo invadieran “el paraíso comunista”, sino para que los suyos, los pueblos sojuzgados, no se les volaran. 

Hace un año él y sus secuaces pensaron que la famosa “intervención especial” para derrotar a Ucrania les tomaría menos de una semana. La realidad es que en todo este tiempo sólo han logrado ocupar unas centenas de kilómetros gracias a los mercenarios del grupo Wagner y a los paramilitares chechenos. 

Sin embargo, su acción ha causado una enorme destrucción de ciudades y pueblos. Se ha encarecido el costo de la energía y de los alimentos que supera el 100% en algunos países. Según la ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, desde el inicio de la invasión, han salido de Ucrania más de 7,7 millones de personas hacia varios países de Europa, principalmente hacia Polonia, Alemania y Rusia. Otros siete millones de ucranianos se han desplazado dentro de su propio país, una nación que tenía cerca de 45 millones de personas al comienzo de la invasión. Los costos del armamento utilizado en la guerra son incalculables. Y la destrucción causada tiene terribles consecuencias en el desarrollo, la educación, la salud, la vivienda, la agricultura y toda la vida de los afectados. Los tiranos no contemplan los costos pues sólo quieren imponer su voluntad a cualquier precio. 

Pero, como en toda guerra, los civiles son los que están sufriendo las más dramáticas y terribles consecuencias de la invasión. Concretamente, las imágenes de las cadenas de televisión que nos informan diariamente (Euronews, France 24, Franceinfo) muestran cómo los rusos no atacan únicamente los objetivos militares. Los invasores han destruido escuelas, edificios de vivienda, hospitales, teatros, centros de atención a madres y a niños recién nacidos, centrales eléctricas, carreteras y obras de infraestructura. En los lugares que habían sido ocupado por los rusos y que han recuperado los ucranianos, se han encontrado fosas comunas, centros de tortura y mujeres violadas. Hay equipos internacionales que están registrando todos estos abusos que pueden ser declarados crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad. El futuro dirá si un Tribunal los podrá juzgar y condenar.

Sin embargo, mientras las tres grandes potencias que hoy luchan por la hegemonía del planeta: Estados Unidos, Rusia y China, quieran seguir imponiendo sus modelos económicos o políticos al resto del mundo, será muy difícil vivir en paz. Si las Naciones Unidas nacieron como un organismo internacional para evitar la guerra y mantener la paz, esta guerra de Rusia contra Ucrania y las demás que han asolado y siguen azotando a muchas naciones después de la segunda guerra mundial, son la mejor demostración de su inutilidad y de su impotencia para cumplir con su propósito. Desafortunadamente la ONU no ejerce ninguna autoridad y su Consejo de Seguridad estámaniatado con el veto de cualquiera de sus 5 fundadores.

Putin y sus secuaces no contaban con que el resto del mundo y en particular los países de la OTAN se quedarían igual de callados y divididos, como en el caso de Crimea. Pero gracias a los cálculos errados de Putin, los europeos están más unidos que nunca y la OTAN cuenta con nuevos y futuros miembros. 

Por otra parte, me doy cuenta de que con la falta de libertad de prensa y la manipulación de los medios de comunicación orientados por el estado ruso, muchos de los habitantes de ese país piensan que la OTAN quiere atacarlos. Esto es algo imposible pues los dos campos cuentan con armas atómicas, con las que se eliminarían mutuamente. Además, en la ayuda militar entregada por los demás países a Ucrania, siempre se ha tenido en cuenta no dar armas que puedan violar la frontera rusa. 

Esperemos que esta guerra se termine pronto con la recuperación de todos los territorios de Ucrania y un tratado de paz negociado por los contendores.

Eduardo Pardo Mercado, desde Paris.

Marzo, 2023

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