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Dolor con esperanza

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En el artículo anterior escribí que existe “una relación auténticamente humana, directa y recíproca, en la que el tú no es un objeto, una cosa más, sino un ser vivo y presente, al que me dirijo con todo mi ser; un tú que no utilizo, sino con el que me encuentro; un tú que me afecta personalmente y no paso ante él de manera indiferente”[1]. Un tú es el dolor ajeno

Impresionan profundamente las escenas dolorosas de la guerra en Gaza; pueden ser semejantes las escenas de la guerra en Ucrania. En Colombia, son igualmente dolorosas las imágenes de atentados a policías y soldados, así como de asesinatos a mujeres y hombres civiles.

Los avisos televisados de niños abandonados en el Bienestar Familiar, o las solicitudes de ayuda para Saint Jude, igual que las tragedias de comunidades afectadas por desastres naturales… y muchas otras escenas de violencia y muerte provocada, o de víctimas de la corrupción, reflejan una constante de dolor en diferentes formas.

El dolor puede ser desesperante o esperanzador.

Dos posibles maneras de relacionarnos con el dolor ajeno son: o acostumbrarnos a él como algo ordinario, o dejarnos afectar por él como propio, en alguna medida. La primera nos deja indiferentes, nos “resbala”, a lo más nos hace decir “pobrecitos”. La segunda nos conmueve, nos cuestiona y nos hace actuar.

Hay un dolor físico, corporal, orgánico; hay un dolor emocional, psíquico, moral; es un ovillo de sensaciones y sentimientos. El problema del dolor es semejante al problema del mal, que tanto ha dado que pensar por siglos. Sin embargo, el mal es más conceptual, teórico o valorativo, mientras que el dolor es existencial, encarnado, completamente humano. 

Además de los sentimientos, en las diversas situaciones ante el dolor, nos podemos preguntar ¿por qué ocurre esto? y no sabemos responder en muchos casos; es una especie de misterio. ¿Qué sentido puede tener el dolor humano? y nos quedamos pensando. ¿Qué actitud tomamos frente al hecho? ¿Qué podemos hacer? y hay muchas maneras de responder: damos una ayuda económica, actuamos en calidad de voluntarios, atendemos a las personas afectadas, buscamos ayuda médica, colaboramos en la reconstrucción. 

¿Cómo es realmente, la angustia, la inseguridad, la incertidumbre, la amargura de una vida -de tantos- con tan poca calidad? ¿Hasta dónde puede uno hacer propias las situaciones ajenas de dolor? 

¿Sirven para algo los sentimientos de compasión o solidaridad con los demás, si no podemos resolver sus problemas? Es uno de los enigmas humanos. Pero si “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tornado al otro lado del mundo” las actitudes y los comportamientos positivos de las personas afectan real y silenciosamente a la sociedad; por una parte, las actitudes y comportamientos positivos contribuyen a mitigar el dolor ajeno y, por otra parte, la energía espiritual tiene un efecto sanador y esperanzador en la comunidad que, aunque no sea patente, es contagioso. 

Cuando esa energía espiritual se refuerza con la oración, la fe y la confianza se incrementa colectivamente. La acción de Dios siempre está presente de una manera que no comprendemos y además, hacia adelante, su promesa es de superación del dolor y de salvación. La cruz de Cristo fue de enorme dolor y fue instrumento real de resurrección y vida. 

El dolor, aceptado y ofrecido con Jesús, es semilla de superación. Lo que es absurdo y locura desde la perspectiva meramente humana, es la sabiduría de Dios, misteriosa para nosotros. 

El dolor humano es un hecho real (con fe o sin ella), pero la confianza en Dios es una realidad presente que acompaña y ayuda a superar el dolor. Un tú muy doloroso nos relaciona a nosotros de manera verdaderamente humana y solidaria… además, nos llena de esperanza -a unos y otros- y nos acerca al TU divino permanente y eterno.

Vicente Alcalá Colacios


[1] “El autor y los personajes” exjesuitasentertulia.blog 10-07-2025

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