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Diálogos de Ultratumba – Un Angelo en Roma

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Nos atrajeron las risas y aplausos de un grupo entusiasta que lo rodeaba. Al principio no logramos verlo por lo bajito y rollizo, pero pronto reconocimos su inconfundible persona que irradiaba bondad bajo un manto de campechana jovialidad: era Angelo Roncalli, quien un atardecer del 28 de octubre de 1958 sucedió como papa al elegante y solemne Pío XII tomando el nombre de Juan XXIII. 

A diferencia de sus antecesores, era descomplicado y cercano con la gente. Con su proverbial sentido del humor, al recordar sus orígenes campesinos solía decir que “hay tres maneras de perder el dinero en la vida: mujeres, apuestas y la agricultura. Mi padre eligió la más aburrida de las tres”. Cuando al ser elegido papa hubo de subir por primera vez a la “silla gestatoria” bromeó con su gordura: “¿No se hundirá esto con tanto peso?”.

Su bondad y sencillez le ganaron el apelativo de “il Papa buono” y mostraron otra posible manera de ejercer el cargo, pues era capaz de autoderrisión y de tomar distancia con su propio rol. En cierta ocasión un niño le dijo que de mayor quería ser o policía o papa. Juan XXIII le dijo: “Si yo fuera tú, me metería a policía. Pueden nombrar papa a cualquiera, ¡mírame a mí!”. Otra vez en que le preguntaron cuánta gente trabajaba en el Vaticano, respondió con toda naturalidad: “Más o menos la mitad. Y a un capitán de la Gendarmería Pontificia que se le arrojó a los pies, le dijo: “Pero levántese, hombre. Usted es un capitán y yo sólo un sargento”. Sabido era que Angelo Roncalli había sido sargento sanitario en la Primera Guerra Mundial. 

Con afabilidad sabía “bajarse de su pedestal” y poner cómodos a sus interlocutores. Una vez salió del Vaticano, a solas, para dirigirse al cercano hospital del Espíritu Santo y visitar con discreción a un amigo sacerdote enfermo. Al llamar a la puerta, le abrió la hermana portera, que corrió a llamar a la madre superiora. La religiosa, muy emocionada, le dijo: “Santo Padre, soy la madre superiora del Espíritu Santo”. El papa le respondió: “¡Qué carrera ha hecho usted, madre! ¡Yo solo soy el siervo de los siervos de Dios!”. En otra ocasión, cuando unas religiosas se le presentaron como las “Hermanas de san José”, les dijo: “Caramba, qué bien se conservan con dos mil años de edad”.

Un día, tras una amistosa reunión con el Gran Rabino de Roma, Juan XXIII lo acompañó hasta la salida de la sala de audiencias. Se planteó entonces un pequeño problema protocolar: el Gran Rabino insistía en que el papa saliera primero. El papa, por el contrario, indicaba cortésmente que cedía la prioridad. Como, a su vez, el Gran Rabino insistía en ceder el primer paso, Juan XXIII sentenció con humor:¡Que pase primero el Antiguo Testamento!

Su pontificado fue breve. Como le dijo a unos paisanos que le visitaban: “Quien llega a papa a los setenta y ocho años no tiene un gran porvenir”. No se equivocó: duró en el cargo cuatro años y siete meses. Sin embargo, en tan corto tiempo dejó profunda huella, sobre todo con la inesperada convocatoria del Concilio Vaticano II, con el que quiso abrir las ventanas de la Iglesia para que circulara en ella aire fresco. Por eso mismo no quiso presidir las sesiones del Concilio: para que los asistentes a él pudieran sentirse libres en sus debates y deliberaciones. Para Roncalli no se trataba con el Concilio de condenar a nadie ni de ponerse a la defensiva frente a los “errores” del mundo moderno sino de dialogar con él y su cultura pues, como dijo en una audiencia con gente sencilla: “¿Qué es la Iglesia? La Iglesia es como una fuente en la plaza del pueblo, para que todo el mundo que lo desee pueda encontrar agua fresca”. 

Con Juan XXIII no pudimos conversar sino muy poco porque el grupo con el que estaba cantando y bromeando no quería dejarlo ir. Después de mucho rogar nos lo “prestaron” por unos minutos en los que nos dijo lo siguiente:

JUAN XXIII.- Con los nubarrones y tormentas que hay ahora en la Tierra muchos viven con cara de entierro. Es precisamente en el mal tiempo cuando hay que poner buena cara.

LINGUACUTA.- Fácil es decirlo viendo los toros desde la barrera.

JUAN XXIII.- Como sargento sanitario me tocó ver desde el ruedo, no desde la barrera, las atrocidades de la Primera Guerra Mundial. Y también las de la Segunda, como diplomático del Vaticano en Turquía y Grecia entre 1934 y 1944. 

SOFROSINA.- Sé que en ese momento catastrófico ayudaste a muchos judíos.

JUAN XXIII.- Arriesgué mi posición y seguridad personal para conseguir visas de tránsito para miles de turcos, y firmé miles de certificados de falsos bautismos y certificados de inmigración que permitieron escapar a Palestina a judíos húngaros perseguidos por los nazis. También ayudé a judíos de Francia, Eslovaquia, Croacia, Bulgaria, Rumanía e Italia. 

LINGUACUTA.- Diversos testimonios, entre otros, declaraciones de testigos durante el juicio de Núremberg, señalan la valiosa ayuda que prestaste para salvar decenas de miles de vidas.[1]

JUAN XXIII.- Todo eso fue poco ante la magnitud del Holocausto y ante la deuda histórica que tenemos con el pueblo judío. 

SOFROSINA.- Recuerdo la confesión escrita que hiciste antes de morir, en la que dices: “Perdónanos la maldición que injustamente hicimos caer sobre el nombre de los judíos; perdónanos porque al maldecirlos a ellos te hemos crucificado por segunda vez, porque no sabíamos lo que hacíamos”. 

JUAN XXIII.- También obré en vida por un respetuoso diálogo con todas las religiones no católicas. Y, como Nuncio en París entre 1944 y 1953, pulí mi capacidad para tratar con respeto a todos los que no piensan como yo, incluidos los ateos. 

SOFROSINA.- Se atrapan más moscas con miel que con hiel.

JUAN XXIII.- Así es. En cierta ocasión me invitaron a hablar sobre Édouard Herriot, jefe del Gobierno francés en tres ocasiones durante la Tercera República y radical anticlerical. “Sólo disentimos en política, lo cual, es bien poca cosa, ¿no le parece?”, respondí. En otra oportunidad me encontré con Maurice Tohrez, secretario general del Partido comunista francés y le dije: “Aunque le pese, pertenecemos al mismo partido”. Me preguntó sorprendido: “¿Y qué partido es ése?”. “El de los gordos, le dije. Ambos sonreímos.

LINGUACUTA.- Debía ser agradable la vida como Nuncio.

JUAN XXIII.- (En tono burlón) Muchacha, como dije una vez cuando era nuncio: “Saben, es difícil ser un nuncio papal. Me invitan a todas las fiestas diplomáticas donde la gente está de pie, con un plato de canapés intentando no parecer aburridos. Entonces, entra una mujer voluptuosa con un escote y todo el mundo se da la vuelta. Y me miran a mí”.

Dicho esto, Juan XXIII regresó al alegre grupo que ya reclamaba su presencia. Antes de partir sacó de su sotana blanca una pequeña tarjeta y nos la dio diciendo: “Les dejo mi Decálogo de la serenidad. Yo sé que en Ultratumba no se necesita, pero se lo pueden enviar a algunos amigos y amigas en la convulsionada Tierra. De pronto les sirve”. Nos sentamos a la sombra de una nubecilla y leímos el Decálogo, que es una magnífica lección de “carpe diem”. Dice así:

1. Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé controlar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo. 

3. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también. 

4. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos. 

5. Solo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma. 

6. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie. 

7. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere. 

8. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. 

9. Solo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo. 

10. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no me defenderé de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.


[1]   Mariano Andrade, “Juan XXIII fue el mejor papa para los judíos, dice creador de la Fundación Wallenberg, AFP, 27 abril 2014. Online.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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