Después de que el diálogo sobre el Purgatorio sacara a colación que la venta de indulgencias estuvo en los inicios de la Reforma protestante, la punzante Linguacuta se las arregló (ignoro cómo) para que Lutero y el papa León X se cruzaran inopinadamente. La sorpresa de ambos fue mayúscula y, aunque todavía se detestan, se dirigieron la palabra sin gritarse, pues en Ultratumba todo el mundo termina por apaciguarse, aunque no siempre (ya lo veremos).
Antes de transcribir apartes de tan eléctrico encuentro refresquemos un poco la memoria. El papa León X, cuyo nombre de pila era Giovanni de Médici, fue un privilegiado del Destino, o de la Providencia (ustedes deciden). Su familia, que dominó Florencia durante aproximadamente 300 años, tuvo entre sus miembros a cuatro papas, dos reinas de Francia y numerosos mecenas que impulsaron el Renacimiento.
Su padre, Lorenzo el Magnífico, logró con sus influencias, que Giovanni, su segundo hijo, hiciera una carrera eclesiástica meteórica: a los siete años recibió la tonsura, a los ocho la administración de la abadía de Font-Douce por concesión del rey Luis XI de Francia, a los nueve fue nombrado protonotario apostólico por el papa Sixto IV y a los doce años, abad de Montecasino, prestigiosa abadía. Con tan solo trece años, Inocencio VIII —consuegro de Lorenzo de Médici— le creó cardenal. En 1513, a los 37 años, fue elegido papa. León X, amante de banquetes, fiestas y suntuosos espectáculos, gastó 100 000 ducados del tesoro papal —casi la cuarta parte del mismo— en las celebraciones subsiguientes a su proclamación como “Soberano Pontífice”.
En las antípodas del refinado y hedonista León se halla el fraile agustino Martín Lutero. Coincidencias de la vida, el actual papa se llama León XIV y… es agustino. La Historia no se repite, pero rima. Hijo de un minero y descendiente de campesinos, Lutero rebosa de fuerza y de vitalidad. Apasionado e impetuoso, cuando habla “las palabras le fluyen como ríos y la pluma se le encabrita como un caballo ciego”, dixit Stefan Zweig.
Martín, que enseña teología en la Universidad de Wittenberg, se encabrita realmente cuando el monje dominico Johannes Tetzel, encargado por el arzobispo Alberto de Brandeburgo, se dedica a promover la venta de indulgencias para financiar la reconstrucción de la basílica de San Pedro en Roma… e igualmente al endeudado arzobispo.
LUTERO.- Me sacó de casillas hacer creer a los fieles que la salvación se puede comprar. Por eso el 31 de octubre de 1517, en 95 tesis en latín destinadas a ser defendidas en la Universidad de Wittenberg, lancé una crítica devastadora de las indulgencias.
LEÓN X.- No entiendo tu rabieta, Lutero. Las indulgencias, junto con las misas por los difuntos, constituyen uno de los medios por los que la Iglesia puede acortar todo -indulgencia plenaria- o parte -indulgencia parcial- del tiempo que se debe pasar en el Purgatorio.
LUTERO.- Y yo no entiendo cómo se puede hacer negocio con la salvación de las almas. De ahí que en mis “95 tesis”, no contento con exaltar la superioridad del arrepentimiento auténtico y la caridad sobre la compra de indulgencias (tesis 39 y 43), taché de delirantes las afirmaciones de Tetzel sobre el poder de las indulgencias (tesis 75) y afirmé que “si el papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujera a cenizas antes que ser construida con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas (tesis 50)”. Más aún, negué la utilidad de las indulgencias declarando que “cualquier cristiano, verdaderamente arrepentido, tiene la remisión plena de la pena y de la culpa (tesis 36)”.
LEÓN X.- Socavaste la autoridad pontificia al afirmar que la acción del papa se limita a los vivos (tesis 7 a 20) y que “el verdadero tesoro de la Iglesia es el sacrosanto Evangelio de la gloria y la gracia de Dios” (tesis 62).
LUTERO.- Envié mis tesis tanto al arzobispo Alberto de Brandeburgo como a ti, pero ustedes desdeñaron discutir conmigo.
LEÓN X.- Tus tesis ponían en peligro las finanzas del Vaticano y cuestionaban las prerrogativas papales.
LUTERO.- Ahí sí que metí el dedo en la llaga, pues los teólogos fieles a la Curia romana se apresuraron a desviar el debate hacia el tema de la autoridad en la Iglesia diciendo en esencia: “¿Quién eres tú para criticar a la Iglesia y a su jefe?”.
LEÓN X.- ¿Quién era el Vicario de Cristo? ¿Tú o yo? Te faltó humildad y te sobró soberbia. Y ésta te hizo no sólo persistir en tus errores, sino ahondarlos.
LUTERO.- No me arrepiento para nada de haber publicado en 1520 la Carta abierta a la nobleza cristiana de la nación alemana, el Preludio sobre el cautiverio babilónico de la Iglesia y De la libertad del cristiano. Son tres tratados que posteriormente se denominaron “grandes escritos reformadores”.
LEÓN X.- Serán “grandes” para tus heréticos seguidores. Esos “horrores” me obligaron a proclamar la bula Exsurge Domine dándote dos meses para retractarte. Y, como no lo hiciste, te excomulgué el 3 de enero de 1521 con la bula Decet romanum pontificem.
LUTERO.- Bien recuerdo tu bula Exsurge Domine. Después de condenar 41 de mis “errores” proseguías: “Nadie de mente sana es ignorante de lo destructivo, pernicioso, escandaloso y seductivo para las mentes piadosas y simples que son varios de estos errores, contrarios como son ellos a toda caridad y reverencia para con la Santa Iglesia Romana, que es la madre de todos los fieles y maestra de la fe; destructivos, como son, del vigor de la disciplina eclesiástica, particularmente de la obediencia. Esa virtud es la fuente y el origen de todas las virtudes, y sin ella cualquiera es fácilmente llevado a ser infiel”.
Apareció entonces Ignacio de Loyola con un folleto en sus manos.
SOFROSINA.- ¿Son tus famosos Ejercicios espirituales?
IGNACIO DE LOYOLA.- No, es una copia de mis Reglas para sentir con la Iglesia. Las escribí en ese contexto de perniciosa desobediencia herética luterana. Les voy a leer la primera y la decimotercera de esas reglas porque me da la impresión de que ustedes dos son bastante díscolas.
SOFROSINA.- Somos todo oídos.
IGNACIO DE LOYOLA.- Dice la primera regla: “Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo preparado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra santa madre Iglesia jerárquica.”
LINGUACUTA.- Además del “deponer todo juicio” no comparto esa cuasi identificación de la Iglesia de Cristo con la Iglesia jerárquica.
SOFROSINA.- Me intriga saber qué dirá la otra regla.
IGNACIO DE LOYOLA.- Escúchala con espíritu de obediencia: “Debemos siempre tener este principio para acertar en todo: lo que veo blanco, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina.”
LINGUACUTA.- Se nota a leguas que eras un militar acostumbrado a obedecer sin chistar.
IGNACIO DE LOYOLA.- Obediencia, eso es lo que se espera de un verdadero creyente. ¡Obediencia ciega!
LEON X.- (Aplaudiendo) Así es, ilustre General de la Compañía real que Jesús con su nombre distinguió. Una vez que el Romano Pontífice ha hablado, no hay nada que discutir. ¡Roma locuta, causa finita!
SOFROSINA.- A eso se llega cuando la Iglesia se convierte en profecía institucionalizada.
LINGUACUTA.- Me queda claro que la obediencia ciega es lo mejor para creer a primera vista.
IGNACIO DE LOYOLA.- No me molesta lo que dices, sino el tonito con que lo haces.
“La mocosa se está burlando de nosotros, Ignacio”, rugió León, al tiempo que se acercaba a Linguacuta blandiendo su férula papal. Sofrosina, que abrió los ojos más que una lechuza —no de admiración sino de espanto— balbució: “Hasta aquí llegó este diálogo”. La temeraria Linguacuta se alejó tarareando “se acabó el danzón, se acabó el danzón”. Lutero ya se había ido, refunfuñando contra la obediencia ciega.
Rodolfo Ramón de Roux
Noviembre, 2025

