El 29 de mayo de 2026 fue recibido con pompa en Ultratumba el sabio humanista Edgar Morin. Tenía 104 lúcidos años. A los 103 había publicado el breve ensayo Y a-t-il des leçons de l’Histoire ? disponible en castellano con el título Lecciones de la Historia.
Como testigo y analista de las atrocidades de la guerra y de los trastornos económicos, políticos y ecológicos que asolan actualmente a los humanos, Morin extrajo de la Historia y de su historia penetrantes lecciones que Sofrosina y Linguacuta quisieron escuchar de su boca.
EDGAR MORIN.- Identifiqué y expuse dieciséis lecciones que aprendí de la Historia, pero no me siento con fuerzas para detallarlas todas. Todavía no me he adaptado al cambio de horario.
SOFROSINA.- Te prometemos no abusar. ¿Cuál fue la primera lección?
E. MORIN.- El resultado de una acción puede ser contrario a su intención inicial.
LINGUACUTA.- Sabido es que el Infierno está pavimentado de buenas intenciones…
SOFROSINA.- … y que nos hacemos mayores cuando nos damos cuenta de lo fácil que resulta que las cosas salgan mal.
LINGUACUTA.- Por eso llaman “experiencia” a lo que se obtiene cuando no se consigue lo que se quería.
SOFROSINA.- Edgar, ¿cuál es la segunda lección?
E. MORIN.- No hay observación válida sin auto-observación.
SOFROSINA.- Es lo que estaba escrito en el frontón del templo de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo.
LINGUACUTA.- Conocimiento dificilísimo, por no decir imposible. Ni ilusionarnos, pues, con pretender conocer a los demás, y mucho menos cambiarlos.
E. MORIN.- Esas dos primeras lecciones nos recuerdan la complejidad de la realidad. La primera lección muestra que toda acción, en un entorno incontrolado o que implique un elemento de azar, está sujeta a fuerzas que pueden desviarla de su objetivo. La segunda lección apunta a que todo debe contextualizarse e historicizarse, incluido el historiador y el contextualizador.
SOFROSINA.- Pasemos a la tercera lección.
E. MORIN.- Lo improbable puede acontecer. Lo probable era que Atenas, en el siglo V a. C., hubiera sido arrasada por el Imperio persa. No fue el caso y, cincuenta años más tarde, se dio el establecimiento de la democracia ateniense y el florecimiento de las filosofías socrática, platónica y aristotélica, que van a ser muy influyentes en la cultura europea. De manera irresistible, me pareció así que, en lugar de lo probable, lo improbable podía suceder.
LINGUACUTA.- El triunfo de lo improbable está cargado a su vez de nuevas incertidumbres.
E. MORIN.- Por supuesto. Sigamos con el ejemplo de Atenas. En el año 339 a. C., Filipo de Macedonia derrotó a las ciudades griegas unidas en coalición y Atenas cayó bajo el yugo macedonio. Sin embargo, fue a partir de este desastre para la democracia griega que su hijo, Alejandro Magno, pudo, a lo largo de sus conquistas, difundir la cultura helenística por gran parte de Asia y Egipto. De ahí el doble aspecto de la caída de Atenas: negativo desde el punto de vista democrático, pero positivo por la difusión de la cultura griega. Ese fue mi primer gran descubrimiento de las ambivalencias que a menudo caracterizan a los grandes acontecimientos históricos.
SOFROSINA.- Ambivalencias y complejidades.
E. MORIN.- Esa es la cuarta lección: Las causas de los acontecimientos históricos son siempre múltiples y entrelazadas. En estos últimos cien años, cuántos episodios inesperados, incluso imprevisibles. Las causas que permiten explicarlos se van revelando poco a poco, y el establecimiento de una causalidad a posteriori suele conducir a una forma de racionalización. Pero no hay que olvidar los factores irracionales tan presentes en el comportamiento humano.
LINGUACUTA.- Me asombra la capacidad de los humanos para comportarse de manera irracional, lo mismo que su propensión a la ilusión…
SOFROSINA.- …la cual hace que el paso de los años nos convierta en desilusionadas y desilusionados con deseos de seguir creyendo.
E. MORIN.- Ni que hubieran adivinado la quinta lección: Los mitos tienen una gran influencia en la Historia.
SOFROSINA.- ¿Piensas también en las religiones?
E. MORIN.- Evidentemente. Las religiones nos muestran hasta qué punto la imaginación y el mito influyen en la Historia.
LINGUACUTA.- Basta ver cómo, tanto los cristianos conservadores en Estados Unidos como los ayatolas en Irán o los jaredíes en Israel agitan el “Dios con nosotros”.
E. MORIN.- Precisamente en la lección decimocuarta, Lo imaginario forma parte de la realidad, expuse que la imaginación, activa en la Historia, es letal en las religiones que conquistan o se enfrentan, así como en las mitologías nacionalistas.
LINGUACUTA.- Esas mitologías nacionalistas son expresión de narcisismo colectivo y de amor desmedido por las fronteras ajenas.
E. MORIN.- La sexta lección me la dio “El increíble destino de la revolución rusa”; así la titulé. Esa revolución es un buen ejemplo del triunfo de lo inesperado y del papel fundamental del mito en la Historia.
SOFROSINA.- Acontecimiento inesperado pues, según el análisis marxista, la revolución debería haberse dado en los países industrializados.
LINGUACUTA.- Y también revolución portadora del mito del “Hombre nuevo” y el “Porvenir radiante”.
E. MORIN.- Al reflexionar sobre el nacionalismo, por el cual nos destripamos los humanos, la Historia me dio una séptima lección: La nación es una invención reciente. Si queremos comprender la historia humana tenemos que ver lejos.
LINGUACUTA.- Hoy la Tierra está poblada de naciones y su existencia nos parece algo evidente.
E. MORIN.- Sin embargo, la nación surgió tardíamente en la Historia, y de manera singular en Europa occidental, durante la transición de la Edad Media a la Edad Moderna. Mientras que en la Antigüedad el planeta contó principalmente con imperios y ciudades, el auge de Europa occidental dio origen a la nación, cuya fórmula se amplió en tres naciones-imperio que dominan el mundo y controlan, o incluso someten, a los pueblos: China, Rusia y Estados Unidos.
SOFROSINA.- Como insinuó hace poco Linguacuta, las naciones se construyen también con inyecciones masivas de mitología: “somos el pueblo elegido”, “somos el ombligo del mundo”, “somos la raza superior”, “tenemos un Destino manifiesto”…
E. MORIN.- Por eso mi octava lección fue: La racionalidad de la Historia no es, a menudo, más que una posracionalización. La razón puede convertirse en instrumento de una actividad no solo irracional, sino también demencial. Así, una organización racional aliada a la racionalidad industrial se puso al servicio de una empresa de exterminio de los judíos de Europa.
LINGUACUTA.- No es raro ver que la racionalidad de las ciencias y las técnicas se pone ampliamente al servicio de las guerras.
E. MORIN.- Al examinar las guerras, las devastaciones y las masacres que han asolado y destruido civilizaciones enteras desde el inicio de los tiempos históricos no se puede considerar el ruido y la furia como fenómenos marginales, sino que, por el contrario, hay que reconocer esa irracionalidad bárbara que se renueva sin cesar a lo largo de la Historia. Por otra parte, las guerras son una mezcla de azar y determinismo (lección dieciséis) y, paradójicamente, los destructores son a veces también grandes civilizadores (novena lección): una invasión puede dar lugar a la simbiosis creadora de una nueva civilización.
SOFROSINA.- Como dijo el poeta Horacio: “Grecia vencida conquistó (culturalmente) a su feroz vencedor (Roma)”. Desafortunadamente esa “destrucción/creación” por medio de la violencia guerrera es algo muy cruel.
E. MORIN.- Nada es más humano y más inhumano que la guerra, es la décima lección que me dio la Historia. Desde la más remota antigüedad la creación de herramientas de caza —lanzas, flechas— favoreció el carácter mortífero de las guerras entre las sociedades humanas. El Homo faber trabajó para el Homo demens.
LINGUACUTA.- Homo demens dispuesto a seguir al Führer de turno, para lo mejor y lo peor.
E. MORIN.- Esa es la undécima lección: Un solo individuo puede cambiar el curso de la historia mundial.
SOFROSINA.- Me parece una afirmación excesiva que no hace justicia a las dinámicas colectivas en la Historia.
LINGUACUTA.- No puedo dejar de pensar en las Preguntas de un obrero que lee: “El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo? César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera cocinero? Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más? Federico II venció en la Guerra de los Siete Años. ¿Quién venció además de él? Cada página una victoria. ¿Quién cocinó el banquete de la victoria? Cada diez años un gran hombre. ¿Quién pagó los gastos?”.
E. MORIN.- Esa crítica me la hicieron cuando salió mi libro. Es cierto, puse el énfasis en los grandes personajes que modifican la Historia. Pero les señalo que también dije que a esos grandes personajes -sobre todo a los militares y políticos- los acecha la megalomanía -enfermedad del poder-, y que, cuando se dejan llevar por la hybris, siembran desolación y muerte. Menos mal es también en la Historia y a través de ella donde se nos revelan las cualidades excepcionales de los héroes y los santos, como expuse en la duodécima lección.
LINGUACUTA.- ¿Te volviste religioso?
E. MORIN.- Los santos que me interesan no son aquellos reconocidos como tales por su religión, por su inmensa piedad o por el martirio sufrido por su fe, sino esos hombres o mujeres, con o sin sotana, que dedican su vida a los demás, y en particular a los desfavorecidos. Esos santos son testimonio de lo mejor de la humanidad en el caos y las tinieblas de la Historia.
SOFROSINA.- Caos y tinieblas que pueden transformarse en pánico, en rebelión o en furia.
E. MORIN.- Hay que tener mucho cuidado con las angustias y frustraciones colectivas. Esa fue la decimotercera lección que me dio la Historia: De la euforia a la revuelta solo hay un paso.
LINGUACUTA.- Me temo que siempre habrá frustraciones, injusticias y revueltas.
E. MORIN.- También lo temo, pues el progreso material no va acompañado de ningún progreso moral (decimoquinta lección). La idea de que el progreso es la ley suprema de la Historia se impuso a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, la paradoja es que no solo el progreso material no va acompañado del progreso moral, sino que además muchos adelantos técnicos se utilizan en favor de la servidumbre, incluso de genocidios, y en las matanzas y guerras que aún se libran con la mayor crueldad.
SOFROSINA.- Y ni hablar del “progreso” que ha conducido a la degradación ecológica del planeta.
E. MORIN.- Aquí les va otra paradoja histórica: mientras el planeta se ve sumido en procesos regresivos que parecen implacables —con la hegemonía del lucro, la degradación ecológica, las guerras y las múltiples crisis entrelazadas en una policrisis—, una élite tecnocrática ha resucitado y globalizado una creencia en el progreso basada en los logros de la ciencia.
LINGUACUTA.- Hasta sueñan con vencer a la muerte, con una sociedad perfectamente regulada por la inteligencia artificial y con la continuación de la aventura humana en planetas colonizados, comenzando por la Luna y Marte.
E. MORIN.- Francamente, me parece que el verdadero progreso que necesitaría la humanidad sería el de la comprensión humana, la benevolencia, la solidaridad y la amistad. Sin embargo, en esos ámbitos solo ha habido avances parciales y provisionales en medio de un retroceso generalizado.
SOFROSINA.- Edgar, te vemos cansado y no queremos abusar de tu proverbial amabilidad. ¿Cómo quisieras concluir?
E. MORIN.- La historia, incierta por naturaleza, solo ofrece certezas en retrospectiva, una vez que los hechos ya han ocurrido. Es orden y desorden, determinismo y azar. Es creadora y destructora. Es reveladora tanto del genio como de la estupidez. Nos muestra todas las facetas de la naturaleza humana. Desde las más sublimes hasta las más bárbaras. La principal lección de la Historia es que pone de relieve los diversos rostros de la humanidad, los diferentes comportamientos humanos, pero también la estrecha combinación antropológica de razón y locura, de técnica y mito. Nos recuerda que la humanidad siempre ha estado y siempre estará en constante evolución. Pero díganme ustedes ¿qué les ha enseñado la Historia?
SOFROSINA.- Que esa “maestra” es una continua montaña rusa con ascensos, descensos y giros inesperados… por eso -como dice el amigo Horacio- un pecho bien preparado espera en la adversidad y teme en la prosperidad un cambio de suerte.[1] Puesto que la enseñanza más cierta de la Historia es que la Historia es incierta, todo buen gobierno, toda buena sociedad, toda buena idea pueden llegar a dejar de serlo.
E. MORIN.- Pesimista ¿no?
SOFROSINA.- Ni tanto. Pienso que el pesimismo de la lucidez se tempera con el optimismo de la creatividad, esa capacidad para crear alternativas cuando llegan las crisis…que en el mundo de los humanos no son la excepción sino la regla y que aparecen para señalar errores. Por lo demás, como dice Jerzy Lec, “jamás caigan en la desesperación: ella no cumple (siempre) sus promesas”.
LINGUACUTA.- Por mi parte, aprendí que con la maestra Historia poco se aprende porque somos alumnos necios y desmemoriados aunque, la verdad sea dicha, a veces hay algunos buenos estudiantes como tú, querido Edgar.
El buen Morin se sonrojó y pidió amablemente que lo dejaran ir a descansar. Su último viaje lo había dejado exhausto.
[1] Sperat infestis, metuit secundis alteram sortem bene praeparatum pectus. Odas, II, 10.
Rodolfo Ramón de Roux
Junio, 2026

