Nota de la publicación: Por error, publicamos de manera inversa el artículo de ayer y el de hoy. Este de hoy precede históricamente el artículo de ayer. Pedimos disculpas a nuestros lectores
Siglo X ,”saeculum obscurum” de la historia de la Iglesia. Una serie de papas y antipapas infames se vieron envueltos en constantes luchas, intrigas y asesinatos por sentarse en el “trono pontificio”, donde les aguardaban los goces del poder y de la carne. Durante el llamado “Reinado de las prostitutas”, la senadora romana Teodora y su hija Marozia influyeron en la elección de hasta seis papas -algunos de ellos sus amantes- y uno, Juan XI, hijo de Marozia. Inútil repetir detalles escabrosos ya narrados por el cofrade Alberto Echeverri en su crónica “Los papas hampones”.
Cuando ya era difícil caer más bajo, comenzó, a principios del siglo XI, un amplio movimiento de renovación de la Iglesia y de reforzamiento del poder pontificio. Se le conoce como “Reforma gregoriana”, pues su gran figura fue el papa Gregorio VII (1073-1085) con quien Sofrosina y Linguacuta dialogaron. También estuvo presente Nicolás II el cual, poco antes de Gregorio, había comenzado a tratar de poner orden en el relajo papal.
NICOLÁS II.- Para evitar la vergonzosa situación del papado en el siglo X, poco después de ser coronado pontífice el 24 de enero de 1059 …
LINGUACUTA.- (Sonriendo maliciosamente) …en una ceremonia que por primera vez en la historia de los papas fue similar a la de una coronación imperial….
NICOLÁS II.- (Solemnemente contrariado) No me cortes la palabra con nimiedades. Repito: poco después de ser coronado pontífice convoqué un sínodo celebrado en la romana catedral archibasílica de Letrán. Allí se ordenó la excomunión de los sacerdotes que no repudiasen a sus esposas o concubinas, se prohibió a los laicos participar en misas celebradas por aquellos y también se prohibió a los sacerdotes la compra de beneficios eclesiásticos, horrible pecado de simonía en el que no pocos levitas incurrían.
GREGORIO VII.- Aspecto destacado de este sínodo lateranense fue designar al colegio cardenalicio como órgano exclusivo para la elección de los papas y también como su órgano consultivo.
NICOLÁS II.- Fue un cambio radical. Por primera vez se redactaron procedimientos para la elección de los sumos pontífices que resistirían -con modificaciones- el paso del tiempo.
SOFROSINA.- (Con sorna moderada) Y de paso se creó un nuevo grupo de gran poder dentro de la Iglesia.
NICOLÁS II.- Reconozco que mi intención era buena, pero no eliminó las elecciones controvertidas pues emperadores y reyes se esforzaron durante siglos por colocar vástagos y amigos en el colegio cardenalicio.
SOFROSINA.- Te faltó mencionar las ambiciones de ciertas familias como los Conti de Segni que “colocaron” cuatro papas -Inocencio III, Gregorio IX, Alejandro IV e Inocencio XIII-, lo mismo que los Médici -León X, Clemente VII, Pío IV y León XI-, o los tres Borgia -Calixto III, Alejandro VI e Inocencio X- y los tres Orsini -Celestino III, Nicolás III y Benedicto XIII-.
LINGUACUTA.- Por ahí me he topado con centenares de cardenales de otras familias “papales” como los Colonna, Barberini, Caetani, della Rovere, Borghese, Fieschi, Aldobrandini, Farnese, Pamphili y Piccolomini.
SOFROSINA.- ¡Qué de vocaciones suscita el poder!
LINGUACUTA.- Y no muy santas.
GREGORIO VII.- Santa fue mi vocación por el poder… hacer libre a la Iglesia frente a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.
SOFROSINA.- Sin duda te refieres a la tremenda “querella de las investiduras” entre 1075 y 1122.
GREGORIO VII.- A ella me refiero. En los dominios del emperador los clérigos eran muy numerosos e influyentes, de manera que los monarcas hacían recaer los buenos cargos eclesiásticos en parientes o amigos.
SOFROSINA.- Se cae de su peso que los emperadores iban a dar la pelea para no dejarse quitar la facultad de investir a los titulares de los feudos eclesiásticos.
GREGORIO VII.- En esa pelea vi las verdes y las maduras pues los obispos constituían uno de los principales apoyos del poder imperial frente a una aristocracia reivindicativa. A su vez los obispos estaban muy contentos pues, investidos al frente de señoríos y cargos, disfrutaban de grandes ventajas pecuniarias y territoriales.
LINGUACUTA.- Tutti contenti, tranne il papa.
GREGORIO VII.- Qué pesada eres.
SOFROSINA.- Se te objetó que el derecho de investidura que tenían los emperadores era una costumbre establecida.
GREGORIO VII.- A lo que respondí: “Jesús dijo: ‘Yo soy la verdad’, no yo soy la costumbre”. Y añadí, aludiendo al profeta Isaías, “no puedo ser un perro mudo, incapaz de ladrar”.[1]
LINGUACUTA.- Le ladraste duro al emperador Enrique IV excomulgándolo y haciéndole pedir perdón de rodillas, bajo la nieve, en Canossa.
GREGORIO VII.- Cometí el error de levantarle la excomunión pues no aprendió la lección y me vi obligado a excomulgarlo de nuevo. Se me vino encima con un ejército que ocupó Roma, donde instaló al antipapa Clemente III.
LINGUACUTA.- En la vida no todo es miel sobre hojuelas.
SOFROSINA.- Por otra parte, cada quien es hijo de sus obras.
GREGORIO VII.- A lo hecho, pecho. Tras refugiarme en el castillo de Sant’Angelo, tuve que huir de Roma bajo la protección de las tropas normandas que aprovecharon para saquear la ciudad. Qué horror fue aquello.
SOFROSINA.- Finalmente las cosas terminaron mal para ti pues acabaste tus días refugiado en la ciudad de Salerno. Y la querella de las investiduras solo se solucionó treinta y siete años después con el Concordato de Worms, acuerdo político entre el emperador Enrique V y el papa Calixto II firmado en 1122.
GREGORIO VII.- Esa fue mi cruz: luchar por la “libertas Ecclesiae“.
SOFROSINA.- Y, a partir de ti, la expresión “la libertad de la Iglesia” se convirtió en el estribillo utilizado habitualmente por la institución eclesiástica para justificar sus prerrogativas y su independencia de acción en las luchas contra los poderes que le son hostiles.
LINGUACUTA.- En última instancia la cuestión era: ¿quién manda? ¿el papa o el emperador?
GREGORIO VII.- Me queda la gran satisfacción de haber afirmado claramente que el papa tenía jurisdicción universal también frente a príncipes y emperadores.
SOFROSINA.- Y lo dejaste claro estableciendo un principio de gobierno que ha hecho carrera en la Iglesia católica: Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y eso significa obedecer al papa.
LINGUACUTA.- (Maliciosamente) La fe se convierte en obediencia al papa, y la herejía en falta de sumisión al mismo. ¡Bendito sea Dios!
GREGORIO VII.- Roma locuta, causa finita.
SOFROSINA.- Las 27 sentencias de tu Dictatus papae (Dictado o afirmación del papa) muestran lo elevada que era tu idea de la autoridad papal.
GREGORIO VII.- Estás más enterada de lo que tu modestia muestra.
LINGUACUTA.- (Con irónica sonrisa) La modestia es una forma benigna de soberbia.
GREGORIO VII.- Vaya lengua la que tienes.
SOFROSINA.- Es lengua impertinente pero no malvada. Aunque a veces me molesten sus puyas les presto atención pues, como dice Tomás de Aquino, “hay que amar tanto a aquellos cuya opinión compartimos como a aquellos cuya opinión rechazamos porque los unos y los otros se han esforzado por buscar la verdad y todos ellos nos han ayudado”.[2]
GREGORIO VII.- Bello pensamiento, hermosa actitud.
LINGUACUTA.- Dejémonos de zalamerías y volvamos a ese Dictatus papae que me intriga.
GREGORIO VII.- Como dijo Sofrosina, son 27 sentencias categóricas. Menciono unas cuantas que me gustan mucho, como la tercera, que dice: “Solo el papa puede destituir o readmitir a los obispos”.
SOFROSINA.- Subordinar así a los obispos equivale a considerar a la Iglesia entera como una inmensa diócesis en la que, al no poder ocuparse de todo, el papa nombrara vicarios.
LINGUACUTA.- Es fácil imaginar que esa voluntad de apuntalar el poder papal impulsará la centralización y juridización de la Iglesia.
GREGORIO VII.- ¿Acaso no era lo correcto? Fue a Pedro y a sus sucesores a quienes Cristo dio el poder de “atar” y “desatar”. Por eso la novena sentencia de mi Dictatus papae dice: “Solo al papa deben besar los pies todos los príncipes”. Y la décimosegunda: “A él le está permitido destituir a los emperadores”.
SOFROSINA.- Afirmación audaz e inaudita: ningún papa había destituido jamás a un emperador.
GREGORIO VII.- El derecho de deponer emperadores lo completé con la sentencia 27: “El papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia príncipes inicuos”.
LINGUACUTA.- Ahí jugaste con candela al afirmar, en una sociedad cristiana y feudal, que el papa podía liberar a los súbditos de la obligación de lealtad.
SOFROSINA.- Poniendo a los papas por encima de reyes y emperadores disolviste el equilibrio simbolizado por las “dos espadas” -el poder espiritual y el temporal-, equilibrio al que se había llegado en Europa Occidental desde la época de merovingios y carolingios.
LINGUACUTA.- Al menos en teoría -porque la realidad es tozuda- diste el salto hacia la teocracia pontificia, el papocesarismo.
GREGORIO VII.- El salto lo dio en gran forma Bonifacio VIII al promular en 1302 la bula Unam Sanctam.
SOFROSINA.- Famosísimo documento.
GREGORIO VII.- Bonifacio reafirmó categóricamente la superioridad de la autoridad espiritual sobre la temporal. Me encanta la afirmación final de la Unam Sanctam: “Por consiguiente, declaramos, establecemos, definimos y afirmamos que es absolutamente necesario para la salvación de toda criatura que se someta al Romano Pontífice”.
LINGUACUTA.- Eso es un delirio papal.
GREGORIO VII.- (Rojo como un tomate) ¡Insolente! Como dije en la sentencia 19 del Dictatus, el papa “No puede ser juzgado por nadie”, pues “La Iglesia Romana nunca ha errado; ni, según el testimonio de las Escrituras, errará jamás por toda la eternidad” (sentencia 22).
SOFROSINA.- Ay, Gregorio, se necesita mucha fe para decir tal cosa, y mucha ceguera para afirmar, en la sentencia 23, que al convertirse en papa un hombre se convierte en santo “por los méritos del bienaventurado Pedro”.
LINGUACUTA.- Pregúntale a Teodora y a Marozia qué piensan de sus santos amantes papales.
GREGORIO VII.- Y ustedes vayan a hablar con Inocencio III para que se informen sobre las cumbres de poder a las que llegó el papado doscientos años después de mi muerte.
SOFROSINA.- Los papas tienen la ventaja de ser capitanes de un equipo que juega el campeonato de la Historia, que es de larga duración…
LINGUACUTA.- …confiados de que lo van a ganar.
GREGORIO VII.- (Con evidente disgusto) Aunque te duela, muchacha altanera, nuestros enemigos no prevalecerán. La palabra de Cristo es clara: Non praevalebunt.
Non praevalebunt, non praevalebunt, repetía Gregorio enardecido. Sofrosina y Linguacuta comprendieron que había llegado la hora de eclipsarse y partieron discretamente en busca de Inocencio.
Rodolfo R. de Roux
Diciembre de 2025
[1] Isaías, 56,10
[2] Comentario a la Metafísica de Aristóteles, libro XII, quaestio 9, n° 2566.

