El largo proceso de exploración del Atlántico Sur llevado a cabo por portugueses y españoles durante el siglo XV abrió una nueva época de la historia universal: la de la expansión europea por los otros continentes.
Cuando en 1492 Colón empezó a tomar posesión de territorios en nombre de la Corona de Castilla, se agudizó un enfrentamiento entre ésta y Portugal. Los Reyes Católicos recurrieron a la autoridad del papa como “dominus orbis” para que trazara una línea de demarcación que legitimara la conquista y colonización de ese “Nuevo Mundo” que terminará por llamarse América.
Isabel de Castillla y Fernando de Aragón aprovecharon que en el trono pontificio se hallaba alguien a quien ellos habían ayudado a elegir: el aragonés Rodrigo Borja, que tomó el nombre de Alejandro VI. Sofrosina y Linguacuta tuvieron con él un distensionado diálogo en el ultratúmbico “Jardín de las delicias”, al que el voluptuoso y rollizo Alejandro acude frecuentemente con los nueve hijos que tuvo de diferentes madres, dos de ellos mientras era papa. ¡Qué tiempos aquéllos!
LINGUACUTA.- Durante siglos el nepotismo fue casi endémico en el papado, pero el descarado favoritismo hacia tus hijos suscitó muchas críticas.
ALEJANDRO VI.- (Sonriendo maliciosamente) Nadie está mejor servido que por si mismo, y por los suyos. ¿Quién puede negar la belleza e inteligencia de mi querida Lucrecia? O la habilidad con las armas de mi hijo César, que inspiró a Maquiavelo e impuso mi dominio sobre Romaña y Las Marcas, extensas provincias de los Estados Pontificios.
SOFROSINA.- En donde destituiste vicarios pontificios para otorgar sus cargos a tus hijos.
ALEJANDRO VI.- (Poniéndose serio) ¿Acaso vienen ustedes dos en la tónica de sermonearme con el cuento de que la corrupción de lo mejor es la peor?
SOFROSINA.- A estas alturas del paseo ya no vale la pena zaherirte con el “corruptio optimi pessima“.
LINGUACUTA.- Además, por lo que sabemos, no eres dado a abochornarte.
ALEJANDRO VI.- Si lo fuera hubiera sido más discreto con Julia Farnesio.
SOFROSINA.- Fue una locura enredarte con una adolescente a la que le llevabas más de cuarenta años y que, además, estaba casada.
ALEJANDRO VI.- (Suspirando profundamente) Tanta belleza me hacía dar vueltas la cabeza.
LINGUACUTA.- A buey viejo, pasto tierno.
ALEJANDRO VI.- Un mal día te dará un esguince neuronal por decir estupideces.
LINGUACUTA.- (Socarrona) Excúsame si te ofendí: a veces se me va la mano con la lengua.
ALEJANDRO VI.- Te comprendo. A mí se me iba la mano con otro miembro. Volviendo al tema, Julia tuvo una hija a la que llamó Laura. Aseguraba que era hija mía, pero creo que era hija de Orsino, su marido. ¡Vaya uno a saber! Lo que sí sé es que todo terminó siendo para la mayor gloria de Dios, ad maiorem Dei gloriam.
SOFROSINA.- ¿A qué te refieres?
ALEJANDRO VI.- A instancias de Julia nombré cardenal a su hermano, Alejandro Farnesio, que tenía veinticinco años y era amigo de mi hijo César.
LINGUACUTA.- Las malas lenguas lo llamaban cardenal Vaginecio.
ALEJANDRO VI.- ¡Pura envidia! Con el tiempo, Alejandro se convirtió en el papa Paulo III… y aprobó en 1540 la fundación de la Compañía de Jesús.
LINGUACUTA.- Como dicen los creyentes, Dios escribe derecho con renglones torcidos.
ALEJANDRO VI.- Eso me consuela. Fíjense que mis torceduras amorosas me convirtieron en bisabuelo del santo Francisco de Borja, tercer general de la Compañía de Jesús.
SOFROSINA.- Cuéntanos sobre cómo repartiste entre españoles y portugueses el mundo “por descubrir”.

ALEJANDRO VI.- Primero les recuerdo que en el inicio de la llamada “Querella de las investiduras” (1075), Gregorio VII -en su “Dictatus papae“- había insistido en el papel del papa como señor supremo del mundo, a cuya autoridad estaban sometidos reyes y emperadores. En el siglo XIV ya se había impuesto en la Cristiandad la potestad del sumo pontífice como soberano del mundo.
SOFROSINA.- En latín suena lindo: dominus orbis.
ALEJANDRO VI.- En consecuencia, los portugueses habían recurrido a los papas a lo largo del siglo XV para hacer confirmar sus descubrimientos en África. En ese sentido habían obtenido bulas de Martín V (1418), Eugenio IV (1433 y 1436), Nicolás V (1452 y 1455) y de mi tío Calixto III (1456), a quien yo mismo sucedí como papa.
LINGUACUTA.- ¿Esos precedentes explican el que los Reyes Católicos hubieran recurrido a ti para confirmar su dominio sobre las tierras recientemente descubiertas por los castellanos?
ALEJANDRO VI.- Exacto. Además tenía algunas deudas con el astuto Fernando de Aragón que le había otorgado grandes favores a mis hijos: el ducado de Gandía para Pedro Luis (1485), el arzobispado de Valencia para César (1492) y la mano de María Enríquez, prima del rey, para Juan (1493).
LINGUACUTA.- Favor con favor se paga.
ALEJANDRO VI.- Por supuesto. En cuanto dominus orbis, por medio de la bula de “donación y partición” Inter caetera II del 4 de mayo de 1493, le concedí a la Corona de Castilla las tierras descubiertas o por descubrir que se hallasen hacia el Occidente o el Mediodía, hacia la India o cualquier otra parte del mundo, siempre que estuviesen situadas más allá de una línea imaginaria que, de polo a polo, pasase a cien leguas al oeste de las islas Azores. El resto quedaba para la Corona de Portugal.
LINGUACUTA.- Francisco I, rey de Francia, dijo que él pedía ver la cláusula del testamento de Adán que lo excluía de la partición del mundo entre los pueblos de la Península Ibérica. Lo mismo pensaban en Holanda e Inglaterra.
ALEJANDRO VI.- (Con sorna) Algo que ni Dios puede es darle gusto a todo el mundo.
SOFROSINA.- Tampoco los portugueses quedaron contentos con tu “donación y partición”.
ALEJANDRO VI.- Mi “señorío” papal no fue realmente aceptado pues, al año siguiente, para calmar a Juan II, rey de Portugal, los Reyes Católicos firmaron -sin contar conmigo- el Tratado de Tordesillas, que desplazó la línea de partición más hacia el oeste y la situó a 370 leguas de las islas Azores.
SOFROSINA.- Los portugueses se reservaron así la ruta a Oriente por África, y fundaron en derecho su futura instalación en la costa de Brasil.
LINGUACUTA.- ¿En qué quedó el dominus orbis papal?
ALEJANDRO VI.- Doce años después de mi muerte se nos vino encima la Reforma protestante que sacudió la autoridad papal y desgarró la Iglesia.[1] Vino más tarde la Ilustración con sus ideales de culto a la razón, libertad de pensamiento, tolerancia religiosa, separación Iglesia-Estado y otros embelecos.[2]
LINGUACUTA.- (Incisiva) ¿Embelecos? Depende del cristal con que se mire.
ALEJANDRO VI.- Tu pernicioso relativismo hace parte de esa cultura de la Ilustración que contribuyó a enterrar al dominus orbis.
SOFROSINA.- Paz en su tumba.
Alejandro murmuró que estaba cansado de tanta conversadera y volvió a los brazos de dulces compañías que no lo abandonaban ni de noche ni de día. En la puerta del Jardín de las delicias, Dante vociferaba que iba a enviar a Alejandro al segundo círculo del Infierno. Nuestras dos amigas sonrieron y siguieron alegremente su camino.
[1] “Su Santidad, el hereje y la venta de indulgencias”, Diálogos de Ultratumba, 6 noviembre 2025.
[2] “Aprender a vivir en la crisis de la Modernidad”, Diálogos de Ultratumba, 12 diciembre 2021.
Rodolfo Ramón de Roux
Enero, 2026

