“La vida es un tiovivo. ¡Cuántas vueltas da! ¿Vieron el entierro del Papa Francisco? Qué solemnidad. ¿Observaron el gentío en la Plaza de San Pedro? Con qué fervor aplaudía la muchedumbre, abarrotada a lado y lado de las calles, cuando el féretro con el cadáver de Francisco hacía su recorrido desde el Vaticano hasta la basílica de Santa María la Mayor, donde lo enterraron. ¡Pensar que a mi cadáver casi lo arrojan al turbio Tíber!”, suspiró acongojado Giovanni Mastai-Ferretti, más conocido como Pío IX. “Eso parece una película de terror. ¿Qué pasó?”, preguntó, intrigada, Linguacuta.
PÍO IX.- Antes de morir un 7 de febrero de 1878, manifesté mi deseo de ser enterrado en la basílica de San Lorenzo Extramuros. Tres años después, mi sucesor, León XIII, organizó el transporte de mi cadáver a través de Roma, sin hacer publicidad alguna y caída la noche del 13 de julio de 1881.
LINGUACUTA.- ¿Por qué tanto secreto?
PÍO IX.- Luego te lo explico. El hecho fue que, a medianoche, la carroza fúnebre salió del Vaticano acompañada de otras carrozas cerradas donde iban algunos cardenales, embajadores y prelados. El cortejo no había llegado al castillo de Sant’Angelo cuando, a la entrada del puente que cruza el Tíber, grupos de manifestantes anticlericales bloquearon el camino y se nos abalanzaron gritando: “Al fiume! Al fiume la carogna!” (“¡Al río! Al río la carroña!”).
SOFROSINA.- ¡Macabro espectáculo!
PÍO IX.- Los energúmenos, utilizando piedras y palos, se abrieron paso hasta mi féretro, hiriendo a varios guardias pontificios. La reacción de los gendarmes papales y de algunos policías italianos, lo mismo que el valor de los fieles católicos, que blandían sus cirios como armas, impidieron que los manifestantes cometieran un sacrilegio. ¡Por un pelo!
LINGUACUTA.- No logro entender a qué se debía tanta inquina.
PÍO IX.- A que había condenado los funestos errores de la “modernidad liberal” y me había opuesto a la unificación de Italia bajo el liderazgo de los masones Giuseppe Mazzini, Giuseppe Garibaldi y el conde de Cavour, a quienes se considera “padres de la patria” en la Italia moderna.
SOFROSINA.- Es sabido que te detestaban por intransigente.
LINGUACUTA.- Bueno, es preferible que lo detesten a uno por lo que es y no que lo amen por lo que no es.
PÍO IX.- Reivindico mi catolicismo intransigente pues se trataba de defender el “depósito de la fe” y los intereses de la Iglesia. ¿Acaso podía entregarles los Estados Pontificios -es decir, todo el centro de Italia- a esos masones y liberales, enemigos de la Iglesia? Aquellos territorios nos los había donado el gran emperador Constantino desde principios del siglo IV.
LINGUACUTA.- Pío, esa “donación” se basó en un documento más falso que beso de Judas, como nos lo explicó Lorenzo Valla cuando estuvimos dialogando con él.[1]
PÍO IX.- ¿Y qué? A lo hecho, pecho. Desde hacía siglos los papas nos habíamos convertido en “señores temporales” y habíamos defendido nuestras posesiones, aun a sangre y fuego. Pregúntenle a César Borgia.
LINGUACUTA.- Mejor preguntémosle a Garibaldi; está que se muerde la lengua queriendo intervenir.
SOFROSINA.- (Con voz suave) Pío, no te agites tanto que se te cae la tiara.
GARIBALDI.- (Acariciando el pomo de su espada) Recuerde, ciudadano Mastai -permita que no lo llame Soberano Pontífice-, que usted reunió un ejército al mando del general Lamoricière para impedir la unificación de Italia, y que ese ejército fue aplastado en Castelfidardo el 18 de septiembre de 1860.
PÍO IX.- Después de esa batalla mis Estados Pontificios se vieron reducidos a Roma y sus alrededores. ¡Qué desgracia!
GARIBALDI.- Y en los años siguientes, para defender Roma, se formó en torno suyo un ejército de “zuavos pontificios”.
PÍO IX.- ¡Ah, mis zuavos! Fueron una verdadera brigada internacional de valientes católicos que vinieron a defender al Papado. El grueso de los voluntarios era de origen alemán, francés y belga, pero no faltaron romanos, canadienses, españoles, irlandeses e incluso ingleses.
GARIBALDI.- Sus zuavos, junto a las tropas francesas, derrotaron a mis soldados en la batalla de Mentana, en 1867. Pero tres años después nos sacamos esa espina cuando, el 20 de septiembre de 1870, nuestros combatientes abrieron una brecha en la muralla a la altura de la Puerta Pía y conquistaron Roma, que se convirtió entonces en capital del nuevo Reino de Italia.
PÍO IX.- ¡Ese recuerdo me parte el corazón! Al día siguiente de tan triste derrota fueron disueltas mis tropas pontificias, a excepción de la Guardia suiza. Yo me declaré “prisionero” en el Vaticano y no volví a salir de ahí sino muerto, cuando quisieron tirar mi cadáver al Tíber.
GARIBALDI.- Así se cerró un periodo de siglos, durante los cuales ustedes, los papas, necesitaron un ejército para defender sus territorios.
LINGUACUTA.- Pensar que Jesús dijo: “Mi Reino no es de este mundo”.
SOFROSINA.- También dijo que “las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”.
LINGUACUTA.- Pío, no hay mal que por bien no venga. Los papas deberían agradecerle a esos anticlericales el haberlos ayudado a despojarse -al menos en parte- de un poder mundano nada evangélico.
PÍO IX.- No sean ingenuas. Solamente de Cristo es el Reino, el poder y la gloria, pero nosotros los papas somos sus vicarios y tenemos la obligación de guiar y defender a su rebaño. Tengan presente que después de la Revolución francesa los anticlericales acosaban por todas partes a la santa madre Iglesia.
SOFROSINA.- No te lo puedo negar. Sabemos que Pío VI falleció en 1799 en Valence-sur-Rhone, siendo prisionero de los franceses.
PÍO IX.- A su cadáver le negaron un entierro cristiano y el prefecto de la ciudad inscribió en el registro de defunciones: “Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice”. Muchos periódicos y gacetas de Europa sentenciaron al papado titulando: “Pío VI y último”. ¡Qué descaro!
GARIBALDI.- Seguro vas a contar que poco después, en 1809, Napoleón arrestó al papa Pío VII y lo confinó en Francia hasta 1814, año en que fue liberado por los austríacos.
PÍO IX.- Me ahorraste el tener que decirlo. Pero añado que durante las revoluciones liberales de 1848 que se extendieron por toda Europa, tuve que huir a Gaeta disfrazado de monje cuando se proclamó la república en Roma. ¿Lo ven? La intransigencia también se hallaba en el otro bando.
GARIBALDI.- Cada quién defiende sus intereses y su visión de las cosas.
SOFROSINA.- Cada bando suele proclamar que su punto de vista es “la” verdad y que sus intereses son justos. Y si son creyentes, todos dicen que Dios está de su parte.
LINGUACUTA.- Si está de parte de todos no está de parte de ninguno.
PÍO IX.- En lo que ustedes dicen, veo asomar las orejas de un repugnante relativismo que condené rotundamente. Que quede bien claro: la Iglesia católica es depositaria de la verdad revelada y defender a la Iglesia es una causa sagrada.
SOFROSINA.- Y la defendiste, a tu manera. Aun habiendo perdido el poder como “señor temporal” te plantaste de manera intransigente frente a los “enemigos de la Iglesia”.
LINGUACUTA.- ¿Qué hiciste?
PÍO IX.- Reforcé la autoridad del “Vicario de Cristo” aumentando las visitas “ad limina” que debían hacer los obispos para informarme sobre el estado de sus diócesis; unifiqué el culto en torno a la liturgia romana; supervisé cuidadosamente las actividades de las nuevas y numerosas congregaciones religiosas masculinas y femeninas que surgieron en el siglo XIX, lo mismo que las misiones católicas entre infieles, coordinadas por la Congregación vaticana De propaganda fide.
LINGUACUTA.- ¿Propaganda?
PÍO IX.- Como lo oyes. También en ese campo no tenemos que recibir lecciones de nadie.
SOFROSINA.- Fue notoria la exaltación de tu persona a través de la prensa católica que te presentó como un verdadero mártir.
GARIBALDI.- Prensa que no se cansaba de repetir que la libertad es la mejor amiga del demonio, ya que abre el camino a innumerables pecados; que la libertad de conciencia es una locura y la libertad de prensa un mal que nunca se lamentará lo suficiente.
SOFROSINA.- Dicha prensa predicaba que había que descartar todo contacto con el enemigo masón-liberal para que la “fortaleza asediada” de la Iglesia no sufriera las infiltraciones de sus adversarios.
GARIBALDI.- En cuanto al manejo de su imagen, el Vaticano también fue muy hábil cuando en la Exposición Universal de París, en 1867, eligió ser representado por… una catacumba. (Dicho esto, Garibaldi desapareció como por arte de magia).
SOFROSINA.- Pío, añado que para reforzar tu autoridad recurriste regularmente a la publicación de encíclicas en las que impartías orientaciones a los fieles frente a los desafíos políticos, religiosos y culturales de la época.
LINGUACUTA.- ¿Acaso los anteriores papas no habían hecho lo mismo?
PÍO IX.- Poquísimo. Mira, Pío VI promulgó 2 encíclicas en 24 años; Pío VII, 1 encíclica en 23 años; yo promulgué 41 encíclicas. Después de mí, los papas se volvieron muy prolíficos dando orientaciones “urbi et orbi” a través de encíclicas. Mi sucesor, León XIII, se llevó la palma con 86 encíclicas.
SOFROSINA.- Pero tu documento más conocido y controvertido no es una encíclica sino el Syllabus complectens praecipuos errores nostrae aetatis (Índice de los principales errores de nuestro tiempo).
PÍO IX.- Se le conoce como Syllabus, simplemente. Lo publiqué el 8 de diciembre de 1864 a los diez años exactos de haber proclamado el nuevo dogma de la Inmaculada Concepción de María.
SOFROSINA.- Y remataste tu pontificado con la proclamación, en 1870, de otro dogma: la infalibilidad pontificia en cuestiones de fe y de moral cuando los papas hablan ex cathedra.
PÍO IX.- Fue una manera de reforzar la autoridad de los vicarios de Cristo.
SOFROSINA.- Manera muy controvertida.
LINGUACUTA.- Esa infalibilidad me parece un delirio papal, pero prefiero callar para no ofender. Mejor volvamos al Syllabus… que también desató muchas pasiones
PÍO IX.- En particular el último de los 80 ochenta errores que anatematicé.
LINGUACUTA.- ¿Cuál era?
PÍO IX.- Afirmar que “El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”.
SOFROSINA.- Antes de llegar a ese punto final condenaste el panteísmo, el naturalismo, el racionalismo, el indiferentismo religioso, el socialismo, el comunismo, el liberalismo y el “latitudinarismo” -según el cual la salvación es accesible a través de cualquier religión que cada hombre pueda elegir libremente-.
LINGUACUTA.- Mejor dicho, te cargaste todos los “ismos”… salvo el catolicismo.
SOFROSINA.- Igualmente cayeron bajo tus anatemas, las sociedades secretas, las sociedades bíblicas, las sociedades clérico-liberales, el divorcio, la libertad absoluta de opinión y de expresión, la libertad de conciencia y de culto, la separación de la Iglesia y del Estado.
PÍO IX.- Por otra parte reafirmé los derechos de la Iglesia respecto al Estado, lo mismo que la independencia y la autoridad de la Santa Sede respecto a las Iglesias nacionales.
SOFROSINA.- Te abono el que condenaste la afirmación de que “El Estado, siendo origen y fuente de todos los derechos, goza de un derecho sin límites”.
LINGUACUTA.- Eso lo aplaudo. Ya vimos a dónde llevó la idolatría del Estado con los regímenes totalitarios del siglo XX.
SOFROSINA.- Pío, a pesar de tus intransigentes esfuerzos estimo que tu pontificado fue el principio del fin de una era multisecular en la historia del catolicismo, caracterizada por la existencia de un dominio temporal pontificio, por un vínculo estrecho de la Iglesia católica con la monarquía como forma de gobierno y por la concepción de la fe católica como única vía para la salvación.
Pío quiso responderle a Sofrosina. Pero Linguacuta -que miraba curiosa hacia lo lejos- le advirtió: Mejor desaparece. Se acerca Garibaldi con un grupo de fans cantando La Marsellesa. Y traen un cartel que dice: “Tiren al Papa al Leteo”.
[1] https://exjesuitasentertulia.blog/dialogos-de-ultratumba-y-dicen-que-el-fin-no-justifica-los-medios/ (17 de mayo de 2024)
Rodolfo Ramón de Roux
Julio, 2025

