Me gustan las lenguas. La curiosidad por las etimologías y por la historia de las palabras me han hecho descubrir que el español resulta más explícito y taxativo que el italiano -vivo a diario con él- cuando se trata de diferenciar entre el SER y el ESTAR.
La filosofía, por otra parte, me enseñó que la realidad suele ocultarse más de cuanto lo creemos: mi excelente profesor de Metafísica, Jaime Hoyos, se escondía detrás de la cátedra y desde esa simpática ausencia suya, irreverente según muchos en un jesuita profesor universitario, nos mostraba la diferencia entre el inasible SER y el simple ESTAR.
Habituado a la lectura de la Biblia aun sin ser exégeta, y si la memoria no me traiciona, en el evangelio abunda el SER. Al mismo tiempo, aparece escaso el ESTAR. Por lo menos en labios de Jesús, que habla con frecuencia de quién no es él, y a veces -sobre todo según Juan- de quién es en efecto. En oposición, el ESTAR se reserva a la descripción de las situaciones solo territoriales, físicas, localizadas por Jesús y sus discípulos. Una ojeada al evangelio permite a cualquier persona verificar ese contraste por cuenta propia.
En definitiva, para Jesús SER es lo más importante. Los personajes de sus parábolas, a los que encuentra o se hacen encontrar por él, otros que por el contrario discuten con él o lo persiguen… unos y otros SON. Parece casual el sitio donde ESTÁN o donde ESTUVIERON, si bien cada lugar trasmite algo simbólico; más aún, el origen de alguien no le significa algo extraordinario; la gente no tiene mayor valor porque provenga de una precisa geografía o viva en una casa mejor. Todos, sin excepción, son personas. Según él, SERES amados por el mismo Padre de todos, su Padre.
¿Una consecuencia? Si cualquier pequeña o grande posesión entra en la esfera del ESTAR (un tiempo está en manos de un patrón y luego cambia de propietario), quiere decir que nadie puede convertirse en propiedad de otro. Su SER pertenece siempre al misterio del mismo Dios. “Mi mujer, mi hijo, mi marido, mis empleados, mi casa, mi vehículo, mi trabajo”, y un largo etcétera competen al territorio del ESTAR: en este momento figuran en tu ámbito de acción, poco después las cosas se modifican y, hete aquí, lo uno o lo otro no está, ya no te pertenece.
Acabo de recordar (y quizá sea pertinente) ese texto bíblico con el que comienza el libro del Eclesiastés, que la Biblia hebrea llama Qohélet:
“¡Vana ilusión, vana ilusión! ¡Todo es vana ilusión!”
Nota: La palabra hebrea Qohélet significa algo así como “el predicador que se dirige a la asamblea”. En realidad, lo que salta a la vista desde el inicio es un diálogo sapiencial del autor consigo mismo. Y con la asamblea, la de los que saben escuchar.
Alberto Echeverri
Noviembre, 2025

