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Crónicas de arriba desde abajo – ¡Que viva la mamá!

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En la segunda mitad del siglo XIX dos mujeres estadounidenses, madre e hija, obtuvieron, según muchas otras connacionales, una conquista: un día de fiesta especial para las mamás, las de su país obviamente. 

En realidad, querían crear amistad entre las madres de los soldados, caídos y sobrevivientes, de la conflagración entre el norte y el sur. La cosa llegó a ser casi universal, por lo menos para el occidente del mundo que la celebra gustoso. Con el tiempo, un pequeño litigio surgió, por todas partes, sobre si la fecha debía ser la del segundo domingo de mayo o preferencialmente la más cercana a la llegada del estipendio quincenal… ¡”Poderoso caballero es don dinero”!, decíamos tiempo atrás. 

No falta sin embargo otra opinión sobre el origen de la festividad. Sería más bien una venganza. Y una venganza entre silenciosa y humorística. Nadie se negaría a festejar la propia madre, las madres de su familia y aun aquellas de los amigos. ¡Faltaría más! 

Pero en el fondo, las mamás, dejadas siempre al segundo puesto en la familia porque la casa, los bienes todos y hasta los hijos pertenecían al patrón, el eterno macho, elegido por el buen Dios (¿?) para dominar la escena, se cansaron y empezaron a decir su palabra.

Se hartaron de ser “los ángeles del hogar”, como decía alguno de los manuales de urbanidad que conocimos. Al menos un día durante el año estarían colmadas de regalos, incluida la celebración de la misa en su intención, y a veces algún paseo o pequeño viaje del grupo familiar. 

Pero cuando a la casa de la madre llegan a festejarla novias y novios, las nueras y los yernos, los hijos casados o inveterados solteros, y las respectivas hordas de nietas y nietos … ¡ay!… la pobre mamá queda condenada a recibirlos a todos: ¡al fin de cuentas el hogar de la madre es siempre el mejor! Y a hacer de comer y beber para toda la tropa. Tendrá que contentarse con los regalitos de cada uno de los autoinvitados…

Me doy cuenta de que, en el evangelio de Lucas, la única mujer atareada con los oficios de la casa no es ni siquiera una mamá. Marta “se gana” una delicada reprensión del amigo Jesús cuando protesta porque su hermana María no le ayuda sino que prefiere permanecer escuchando al huésped. De hecho, las madres de las que hablan los evangelistas no parecen tener mucho que ver con las actividades domésticas; ¿quizá solo la suegra de Pedro o la mujer que empasta la harina?

Así sea una bella cosa celebrar las faenas de la madre en una fecha especial, las mamás tienen necesidad de atenciones todos los días del año. Lejos de nosotros el convertirnos en niños consentidos. Más bien hijos siempre gratos por el regalo de haber tenido una madre. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

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