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Crónicas de arriba desde abajo – ¡Dios nos libre de sus elegidos!

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Individuos y grupos elegidos por la divinidad para tener poder sobre sus semejantes parecen haber existido desde siglos inmemoriales. 

Pero el lío comenzó para nosotros cuando una dudosa traducción del texto, respaldada por la ambición de los destinatarios directos, convirtió al Israel bíblico en “el pueblo elegido”, con artículo determinado, ni siquiera uno de los tantos posibles. Y como los cristianos, sobre todo los católicos, nos hemos sentido sucesores directos de ese pueblo, somos ahora nosotros los elegidos por Dios. 

Gentes tan dignas, nada menos que seleccionadas de entre tantísimas otras, merecen las mayores consideraciones. De ahí que la nobleza de nuestros invasores -me refiero a la clase social existente entre ellos, no a su magnanimidad- y los gustos burgueses que de ellos heredamos hayan logrado que la eventual elección divina recaiga por añadidura en determinados sujetos. 

Para los tiempos que hoy corren, los del mundo secularizado, esa señal no distingue tanto a los que optan por una “vocación religiosa” -aunque no faltan- sino ante todo a los políticos. Hay unos que, según el decir de muchos, son los que nos conducen al desastre, pues han sido elegidos por un personaje al que preferimos no dar nombre preciso, el enemigo del Todopoderoso. Y hay otros en quienes residen cualidades insuperables con las que el Omnipotente, que los prefiere a cualquier otro, ha adornado sus preclaras personas: cuando él pone sus ojos sobre uno de ellos, es porque ha decidido que de esa manera se perpetúe en honor suyo la pugna entre el ángel bueno y el ángel malo, pues para el partido del primero nos ha elegido desde siempre.  

Hay que elegir a quien valga la pena que confiemos en él o en ella para que, al menos, nos proteja de caer en el abismo, opinaban los abuelos. Sabían que no era asunto de la Trinidad santísima sino, en exclusiva, problema nuestro esa designación. Por eso en vísperas de cualquier elección política habría que añadir una petición final al Padrenuestro: “Libranos, Señor, de tus elegidos”. El amén (¡así sea!) es conclusión obligada de cualquier oración cristiana.  

Alberto Echeverri

Junio, 2026

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