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Ayers Rock

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Después de ver y pisar tanta variedad de piedras, rocas, y todo lo parecido a ser inerte, me sigue sorprendiendo mi sentir, pues parece que algo muy especial me atañe a este material duro de roer.  

Estoy frente a Uluru, llamada así por los aborígenes, porque su nombre era Ayer’s rock en honor a un primer ministro británico de Australia, Sir Henry Ayers.  Es considerada una roca sagrada.  De lejos parece una meseta y te acercas y comienzas a ver diferentes perfiles, vi cabezas de elefantes, vi delfines, vi perros salvajes y hasta la silueta de un aborigen dormido, ¿o cada ojo ve lo que quiere ver?

Dicen que es la roca más grande del mundo, que se ve desde el espacio, tiene una circunferencia de 9.4 kilómetros y su punto más alto es de 863 metros. Cuando nace el sol toma unos colores muy especiales que te sobrecogen y cuando ves el atardecer los colores se vuelven ardientes, rojizos gracias al óxido de hierro y mueven cualquier pasión, uniendo a muchos turistas que vinimos al centro de Australia para admirar esta maravilla. 

Se salió de mis parámetros ver una roca en el centro de nada, solo rodeada de extensas planicies y algo de vegetación nativa, que solo se encuentra en este lugar. Me hace creer que esta roca fue la madre de una hermosa civilización hoy alejada de su origen.  

Ahora caminarla, descubrirle algunos secretos, pues tendrá muchos, ver sus diferentes cuevas con pinturas estampadas en sus paredes, entradas donde puedes escaparte del sol o la lluvia, huecos con agua que suben o bajan de acuerdo con el clima, rincones donde dejó huella la vida que allí se originó. 

Leer su historia donde hacen alusión a la madre tierra, a lo femenino, y al poder de Gaya por ser la procreadora y dadora del equilibrio que a veces es tan difícil de ser mantenido. Toqué su suelo rojizo, a veces arenoso, caminé con conciencia, y mis ojos se llenaron de asombro continuo, sentí su energía esa que ella nos presta y que un día devolveremos cuando nuestros cuerpos se cansen. 

Observé la mezcla de colores, donde de repente en medio de la aridez se levantan diferentes verdes y, muy cerca a mis oídos, un continuo zumbido de los muchos insectos que nos acompañaron. 

Les hablé, los hice parte de mi todo, y a ratos les supliqué que se pegaran a mí, pero en quietud, para poder escuchar la voz del silencio. Lo logré y lo agradecí. Había más que silencio, algo mágico donde pude escuchar los pájaros, las hojas, el viento, las hormigas, los grillos y las lagartijas y agradecer a la vida que me ha dado tanto, estos ojos que aprecian, estos oídos que escuchan, este cuerpo que se mueve a la marcha, dando pasos firmes y pensando: ¿será que el caminante hace el camino? 

Este camino está hecho y me estaba esperando, para que yo me deleitara con mi andar y su belleza. 

Uluru: hiciste palpitar mi corazón!

Pilar Balcázar

Abril, 2023

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