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Agradecer lo bueno y lo malo

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El pasado jueves 28 de noviembre, coincidiendo con nuestra tertulia semanal, parte del mundo occidental celebró el tradicional Día de Acción de Gracias de este 2024. Se nos ocurrió que podría ser enriquecedor que nuestra tertulia tratara ese tema. Aquí consignamos algunos testimonios.

La suerte de que mi mujer ame la cocina y yo la comida se ha vuelto muy valiosa con el pasar de los años.

Pasando a mayores honduras, confieso que mi mayor agradecimiento es el ser padre, labor irremplazable que ha ocupado gran parte de mi quehacer; otra gran suerte como el trabajo que nunca me faltó, fue siempre estimulado por la necesidad de mantener una familia.

Y también en el área doméstica agradezco contar con una pequeña propiedad rural donde este año sembramos aproximadamente una hectárea de plátano hartón, a través de un programa del ministerio de agricultura.

La siembra es el milagro de la vida a nivel vegetal; de un grano de mostaza crece un árbol frondoso donde los ganados buscan sombra al mediodía y las aves refugio para dormir. Y en la contemplación de la naturaleza se disipan todas las angustias del vivir. No menos resplandeciente que árboles y flores, este año volví a jugar ajedrez, para batirme en un duelo de nunca acabar contra reyes, reinas, torres, caballos, alfiles y peones de infantería.

Bien dicen que “matrimonio y mortaja del cielo bajan”, esas dos antípodas de la vida, la necesidad de procrear (al menos para mi), y el ineludible decaimiento de la vida. En verdad no hay bonito sin su feo, y tantas bendiciones recibidas encierran el miedo a perderlas. Alguien dijo que todo miedo es, en el fondo, el miedo a la muerte.

Bienvenida la muerte, dice una pariente de mi mujer, que, por otra parte, a los 85 años goza de excelente salud. Así, un aparente mal resultaría también una bendición para agradecer.

Agradecer nos lleva entonces, a conformarnos con todo lo que nos va pasando; por eso la oración universal dice “… hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Con el inmenso universo compartimos los mismos átomos de los que estamos hechos y estamos también sujetos a las mismas leyes universales; excepto, hasta donde sabemos, en el libre albedrio, o como se quiera llamar esa amalgama de impulsos eléctricos (átomos) generados (o mejor, promovidos) por pasiones, raciocinios, imaginaciones y más… que nos llevan a tomar decisiones.

En estos días de amenazas nucleares por el escalamiento del ojo por ojo entre el occidente y Rusia, a cargo de lideres de cuyo libre albedrío dependemos, cada mañana es un agradecimiento porque esa otra amalgama de átomos de la guerra nuclear no se ha desatado.

Digo esto porque esta semana escuché en youtube referencias del libro “Nuclear War: A Scenario” (La guerra Nuclear: Un Escenario) de la autora estadounidense Annie Jacobsen, donde detalla las primeras 72 horas después del inicio de una guerra nuclear. Me acuerdo entonces del poema Epístola Mortal de Eduardo Carranza:

A nuestra espalda, / sigilosamente cuando estamos dormidos, /
sin avisarnos se urden muchas cosas / como incendios, naufragios y batallas /
y terremotos de iracundo puño / que de repente borran de este mundo /
el rostro del ahora y del ayer.

A pesar de la pena de la guerra, sigamos agradeciendo el don de la vida que nos permite el amor.

Juan Laureano Gómez

28 de Noviembre, 2024

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