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Violencia y escuela

Por Francisco Cajiao
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Cuando no hay mucha claridad sobre lo que ocurre, lo más recomendable es tener prudencia.

Ya no hay semana sin alguna noticia sobre agresiones y conflictos graves en los espacios escolares oficiales y privados, y van apareciendo una especie de “violentólogos” de la infancia y la adolescencia que ofrecen extensos reportajes en los que clasifican modalidades y hacen hipótesis sobre un fenómeno que, sin duda, se ha convertido en algo muy preocupante.

Considero que cuando no hay mucha claridad sobre lo que ocurre, lo más recomendable es tener prudencia. En primer lugar, con el lenguaje, pues cada que se presenta una situación entre estudiantes suele encapsularse en una terminología con muy pocos matices, de modo que cualquier conflicto en el que haya un cruce agresivo de palabras o una forma de confrontación física se considera un acto de violencia. Otro tanto podría decirse de las muchas torpezas que suelen caracterizar los aprendizajes sexuales o las relaciones interpersonales en los períodos de la pubertad y la adolescencia, que no pueden calificarse simplemente de acoso porque alguno de los implicados se sintió molesto.

Esto no significa que sean conductas aceptables o que puedan ser pasadas por alto, sino que deben ser cuidadosamente examinadas en su intencionalidad, para poder ser corregidas. Es importante entender que agresividad y violencia no son la misma cosa y la sociedad, en general, le da un alto valor a la primera. De hecho, se considera una virtud y se la bautiza de muchas formas positivas: liderazgo, combatividad, empoderamiento… Se premia a los que luchan por alcanzar sus metas, los que se sobreponen al fracaso, los fuertes, los triunfadores. Pero ese espíritu fuerte se adquiere a través de un aprendizaje desde la infancia en el que muchas veces se pasan ciertas líneas y se entra en terrenos donde los más fuertes lastiman a los otros, aun sin intención.

La formación del carácter consiste, entre otras cosas, en ir construyendo unos códigos éticos y una capacidad de control emocional que permita controlar el poder que se tiene y ser consciente de que todos los actos tienen consecuencias.

Antes de matricular a decenas de niños y niñas de agresores o abusadores es importante asegurar que los colegios le dediquen el tiempo suficiente a la formación para la convivencia.

En Colombia hay casi diez millones de niños y adolescentes en la educación básica, y más del 60 % son menores de doce años. Entre estos seis millones de niños y niñas surgen muchos conflictos cada día, porque aprender a vivir con otros que son diferentes es un proceso en ocasiones difícil y tortuoso en el cual es necesario ir ajustando muchas conductas. En este período pueden suceder cosas muy graves y bromas que ponen la vida de algún niño en peligro –ya ha sucedido–. No es raro que algún accidente fatal resulte de un acto completamente inocente.

Lo fundamental, antes de la denuncia y estigmatización, antes de matricular a decenas de niños y niñas de agresores o abusadores, es asegurar que los colegios le dediquen el tiempo suficiente a la formación para la convivencia desde la primera infancia, enseñando a estudiantes y familias que todo acto tiene consecuencias, corrigiendo la torpeza en las relaciones, cultivando el cuidado y respeto por el otro.

Si esto se hubiera enseñado siempre, quienes nos gobiernan no cometerían tantos errores sin darse cuenta del daño que hacen con acciones tan torpes como el presidente que incumple sus citas, la ministra que da declaraciones imprudentes o el congresista que protagoniza un escándalo en la vía pública. No sería correcto decir que son actos violentos, pero sería muy tonto pensar que no tienen consecuencias.

La violencia pura y dura es otra cosa. Quienes han sido blanco de los violentos lo saben, porque fueron reclutados en su infancia para aprender a matar, para perder el respeto por la vida, para justificar en una causa la pérdida de cualquier gesto de humanidad. Es posible que en los colegios haya uno que otro estudiante con estas características y que ya haga parte de bandas de muerte, pero la mayoría de los que hacen estupideces no son así y pueden ser corregidos.

Francisco Cajiao

Junio, 2023

Publicado en El Tiempo, Bogotá

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