Una nota desde Dahlewitz

Por: Bernardo Nieto
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La pandemia, el temor a perder la vida, el confinamiento, la carrera para producir vacunas y su acaparamiento por las potencias, con sus graves consecuencias, parece superada. Se han reanudado los viajes nacionales e internacionales y parece que hemos regresado a la vida normal. Ahora somos testigos de una nueva guerra en Europa, que está afectando a millones de personas y que nos amenaza con una dura inflación e incluso hambruna. En estas circunstancias vinimos a Europa para acompañar a Federico, nuestro nieto, en la celebración de su primera comunión y su cumpleaños y a festejar con dos de nuestros hijos otras fechas familiares. Esas sensaciones las comparto con nuestros amigos de toda la vida.

Después de cuatro años pudimos volver a Alemania. Una primera comunión, unos cumpleaños, son fechas familiares importantes y se celebran de manera rutinaria en nuestro país, pero son extraordinarias en estas circunstancias cuando, a la extensión de tierra y al océano que nos separan de Colombia, se unen otros factores cuya dimensión jamás imaginamos en 2018, cuando sin inconvenientes andaregueamos por estas tierras. 

Este nuevo viaje tiene una significación muy especial para nosotros. Su planeación estuvo rodeada de mucha incertidumbre por los efectos de la pandemia que aún persisten y por las regulaciones internacionales que restringen los viajes para evitar el contagio. También nos atemorizaba la información sobre la agresión rusa a Ucrania y los efectos de esta terrible guerra en Europa. Por suerte, desde nuestra llegada hasta hoy los días han transcurrido sin mayor sobresalto, aunque se notan las consecuencias del conflicto en los altos costos de la gasolina, los bienes y servicios, los insumos y materiales de construcción, la mano de obra y el aceite de cocina que escasea en unos supermercados. En estas circunstancias ha florecido la conciencia solidaria del pueblo alemán y de muchos inmigrantes llegados a esta nación que es testigo hasta las entrañas de las consecuencias terribles de dos guerras mundiales, la hambruna y el golpe moral a su dignidad nacional. 

A pesar de que se sabe que Rusia y Ucrania están en guerra, la vida de los berlineses parece seguir su curso normal. En la estación central se ven las mismas gentes que suben y bajan de los trenes con sus maletas y sus afanes, sus sonidos en idiomas conocidos y desconocidos para tomar las escaleras eléctricas de esta inmensa mole ferroviaria, una de las más grandes del mundo, sin las mascarillas que deben usarse solo dentro de los vagones. Los jóvenes, más relajados, ríen y comparten una bebida mientras caminan hacia las plataformas y algunas parejas empujan cochecitos de bebés, tratando de esquivar a los que corren arrastrando sus pesados equipajes.

Cerca de la puerta de Brandenburgo se ven grupos de turistas con camisetas idénticas que siguen a sus guías como niños de escuela. Por contraste, nos cruzamos con estudiantes de colegio que toman apuntes en la calle, hacen bulliciosos comentarios sobre los monumentos y recuerdos del muro ignominioso y de lo que fue la zona de la muerte. Los viajeros de todos los colores han vuelto después de la pandemia. Paran en una esquina, toman fotos de los edificios, de las embajadas, de la universidad y hacen selfies junto a las estatuas o las iglesias. Al medio día se ven los empleados que almuerzan al aire libre en las mesas de los restaurantes y cafés de la tradicional Ku-dam. Con temperaturas que superan los 25 grados en mayo, hay grupos de residentes torsidesnudos que toman el sol sobre la grama del Tier Garten. Así, con la normalidad presente nuevamente, las banderas unidas de Ucrania y de Alemania indican los lugares donde se recogen donaciones para los refugiados. Y, en contraste, en el edificio de la embajada rusa cerca de la puerta de Brandenburgo, la bandera tricolor sigue ondeando, desafiante, a pesar del rechazo mundial a su locura. 

Aquí en Dahlewitz, a 15 kilómetros de Berlín, cerca de la iglesia donde Juan Manuel, Ximena y Federico participan en las misas, también han instalado un lugar para donar la ropa usada. Otros depositan su dinero en cuentas bancarias.

Se experimenta un rechazo generalizado a todo lo que suene a agresión, guerra o ataque a gentes de otros países. En las ceremonias y la misa de la primera comunión se hizo mención reiterada de las víctimas de la guerra y los niños recordaron a las víctimas en su oración de los fieles y pidieron que los victimarios detuvieran su violenta agresión. 

Esa fue la razón principal de nuestro viaje: volver a estar con nuestro nieto que celebra con el desparpajo de su edad su primera comunión. El 12 de mayo celebró Juan Manuel su cumpleaños; el 23, Federico, y yo cumpliré el 9 de junio. Además, estamos en el mes de la madre. Todo esto es causa de regocijo y justificó nuestro viaje.

Hemos sido testigos de la dedicación, energía y amor que todos los involucrados han puesto para que la primera comunión de Fede fuera un hecho inolvidable. Me encantó la parroquia con su iglesia ecuménica y la comunidad tan familiar en la que Fede se ha encontrado con otros amigos diferentes a los de su colegio en Berlín. Los demás niños que recibieron la primera comunión también pertenecen a familias creyentes, mayormente polacas. 

A pesar de vivir en un medio mayoritariamente protestante, la fe católica se vive sin problemas. Jesús es amigo, es real y vive en cada uno. Y los hace felices. El sacerdote es el amigo que les saluda por su nombre a la salida de la iglesia y preside las ceremonias de preparación y acompañamiento de los niños. Si se aprueba el sacerdocio para las mujeres, sin duda alguna la catequista podría ser la líder espiritual que celebre todos los sacramentos. 

El equipo de preparación de los niños lo integran mujeres convencidas de su fe. La parroquia es una cálida familia. Allí han encontrado Juan Manuel, Ximena y Federico un grupo que los acoge, forman parte de los músicos permanentes y dan vida a la comunidad.

En un ambiente tan laico, la fe de estas familias es real y viva. Me alegra mucho ser testigo de lo que Federico está recibiendo de sus padres, amigos y profesores. Es lo que todos los niños deben recibir, a la altura de su dignidad.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2022

2 Comentarios

Vicente Alcalá 8 junio, 2022 - 8:15 am

Gracias Bernardo por compartir tu experiencia familiar y catolica. Me resuena especialmente porque mi hija Pilar que vive en Planegg (Munich) regreso ayer, despues de pasar unos dias en Colombia. Igualmente, pero viceversa, cuando podemos, paso unos dias con casi 60 familiares por allá. La familia es el universo mas sentido de todos nosotros. Un abrazo.

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Hernando+Bernal+A. 13 junio, 2022 - 12:04 am

Bernardo. Gracias por esta crónica personal y familiar, que al mismo tiempo se convierte en una crónica histórica, en razón de los tiempos que estamos viviendo y atravesando. Un abrazo para Myriam y todos los tuyos. Hernando y Amanda

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