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Una noche de insomnio (cuento)

Este cuento, publicado en el anuario Juventud Ignaciana de mi colegio (San Ignacio, de Medellín), se basa en hechos reales. Lo oí referir a un sacerdote que participó en la Santa Misión en el departamento de Antioquia en 1961. Le sucedió a un compañero suyo. Los hechos ocurrieron durante los últimos años del período de “La Violencia”, cuando grupos de bandoleros, que se transformarían en guerrillas fuertemente armadas, se enfrentaban al gobierno y la población civil. El relato reproduce las diversas evoluciones del terror a través de una noche en espera de la muerte.

Este cuento, publicado en el anuario Juventud Ignaciana de mi colegio (San Ignacio, de Medellín), se basa en hechos reales. Lo oí referir a un sacerdote que participó en la Santa Misión en el departamento de Antioquia en 1961. Le sucedió a un compañero suyo. Los hechos ocurrieron durante los últimos años del período de “La Violencia”, cuando grupos de bandoleros, que se transformarían en guerrillas fuertemente armadas, se enfrentaban al gobierno y la población civil. El relato reproduce las diversas evoluciones del terror a través de una noche en espera de la muerte.

‒ ¿Lo matamos ya, Pedro?

‒ Todavía no, Enrique; es apenas la una de la mañana.

‒ Entonces, ¿cuándo?                      

‒ Más tarde, cuando todos duerman.

Este quedo cuchicheo que percibí de repente, cuando todo estaba en silencio y trataba de dormirme, me sorprendió mucho, sorpresa que inmediatamente se convirtió en temor y en duda. Duda de si esas palabras se referían a mí. Por una parte, mis anfitriones eran los bandoleros más sanguinarios de aquella región y habían matado a decenas de campesinos, violado a sus mujeres e hijas, martirizado atrozmente a sus niños, robado sus pertenencias e incendiado sus casas. Pero, por otra, Pedro y Enrique habían mostrado la más buena voluntad en la misión que allí comenzaba y con gran gusto me habían invitado a hospedarme en su casa, situada en un lugar un poco retirado del pueblo.

Sin embargo, mis pensamientos me condujeron inmediatamente a la certeza de que yo era la víctima elegida, pues no había en aquella casa más personas fuera de los hermanos Suárez y yo. Esta serie de ideas y recuerdos transcurrió en una fracción de segundo y, de inmediato, mi temor se convirtió en pánico. Toda mi vida desfiló por mi memoria en un instante: mis travesuras de chiquillo, mi adolescencia con sus maravillosas aventuras, mi ingreso al seminario, el aplomo de mi primera juventud, mis largos estudios, la muerte de mi querida madre, mi ordenación sacerdotal, la primera misa celebrada con el alba que ella alcanzó a tejer, mi apostolado, mis misiones…

Súbitamente, mis pensamientos desembocaron en el momento presente. Recordé a Dios. Por fin, pues el pánico y el instinto de conservación me habían obnubilado, pero lo recordé. Y con la llegada de Dios a mi alma, volvió la tranquilidad: el temor se convirtió en amor y el pánico en inmensa alegría, pues estaba al fin de mi camino y allí me esperaba Dios con los brazos abiertos. 

“Oh, Dios mío, ¡qué bello es, después de haberte ofrecido toda mi vida, ofrecerte también mi muerte! Por ti gustoso moriré, y si tuviera no una, sino mil vidas, todas las perdería por ti. Tú lo eres todo, tú vales más que nada. Yo, por ti, con gusto dejé el mundo; ahora, por ti, me alejo de él”. Estos fueron mis pensamientos en aquel momento. En seguida, me dispuse a hacer un examen de toda mi vida, a pedir perdón por mis acciones y, sobre todo, por mis omisiones. Luego, comencé a rezar el oficio de difuntos. 

Estaba por terminar el oficio, cuando nuevamente oí aquellas palabras quedas:

‒ ¿Ya, Pedro?

El intervalo entre esta pregunta y su respuesta se me hizo una eternidad.

‒ No, Enrique, a las cuatro. Son solo las dos y media.

Creo que había detenido ansioso, no solo mi respiración, sino aun mi circulación.

Sentí un gran alivio, pero mi intranquilidad aumentó muchísimo al escuchar este diálogo. Aunque de manera consciente estaba en mis oraciones, subconscientemente esperaba con ansiedad aquellas palabras que me sobresaltaron mucho cuando fueron pronunciadas.

Cuando terminé el oficio de difuntos, poco antes de las tres de la mañana, recé las letanías de la buena muerte y algunas otras oraciones. Sin embargo, se iba acercando mi hora y una fuerte intranquilidad se fue apoderando de mi ánimo. Mi imaginación empezó a divagar alocadamente, presentándome las imágenes más descabelladas: panorama de mi muerte en medio de una brutal carnicería; visiones infernales, apariciones dantescas, amenazas de los tormentos más pavorosos.

Dominado por estas fantasiosas imágenes pasé un poco más de una hora, que para mí fue como un día. Por último, con la ayuda divina, salí de esta afiebrada pesadilla y logré volver a la realidad. Cuando miré el reloj, faltaban diez minutos para las cuatro.

Entonces vi con toda claridad el problema del bien y del mal. Se me presentó la disyuntiva: con Dios o contra Él. Las arremetidas del enemigo fueron terribles, en verdad, en aquellos últimos minutos: me presentaba tentaciones de orgullo, de pereza, de ambición, de la carne, y me las mostraba con una atracción casi irresistible. Pero solo “casi irresistible”, pues la gracia divina también en aquel momento fue inmensísima y mis esfuerzos heroicos. 

La lucha continuó hasta el último instante. Y pronto llegó este. Eran las cuatro cuando oí el diálogo esperado con tanta ansiedad:

‒ Ya es la hora, Enrique.

‒ Vamos, pues, Pedro, matémoslo ya.

‒ Bien. Yo llevaré el cuchillo de matarife y tú la escopeta.   

‒ De acuerdo.

Y tras estas palabras entreví a la leve luz de la lamparita del Sagrado Corazón, que uno de ellos se dirigió a mi habitación. Al llegar a la puerta se detuvo a un lado, y vi que cogió algo de la pared: era la escopeta que estaba allí colgada. Una gran calma reinaba en mi espíritu, por la gracia de Dios. Hice un último acto de contrición, y empecé a rezar el “Señor mío, Jesucristo”, cuando oí que abrieron la puerta de la casa y salieron. Esto me sorprendió bastante: ¿qué extraños ritos iban a realizar antes de darme muerte?, pues es sabido que los bandoleros colombianos son gente sumamente supersticiosa.

De repente oí un extraño chillido, que más parecía de bestia que de hombre. ¿Qué sucedía? ¿Sería que la víctima era el vecino? Salté apresuradamente de la cama y al llegar a la puerta me encontré con Enrique, quien traía las manos ensangrentadas. Al verme, se sorprendió mucho, y me dijo:

‒ Padre, ¿por qué se levanta tan temprano? Acabamos de matar un marrano de nuestro vecino. Es para darle a usted hoy al almuerzo.

Christian Betancur B. 

Febrero, 2021

Por Christian Betancur

Vive en Medellín. Jesuita (1962-1968), Licenciado en Filosofía y Letras (Universidad Javeriana), y posgrado en Mercadeo (Universidad Eafit). Jefe de Publicidad en varias empresas y primer Director de Mercadeo de El Tiempo. Consultor y conferenciante internacional. Casado hace 49 años con Cristina Rodríguez. Tiene dos hijos (Ricardo, doctorado en biología; Amalia, doctorada en física), y dos nietos. Autor de El Vendedor Halcón (tres ediciones). Está escribiendo una novela sobre el servicio.

7 respuestas a «Una noche de insomnio (cuento)»

TODAVIA ESTOY DESVELADO”, me comenta muy generosamente Jaime Escobar Fernández. Me escribe esto:

Apreciado Christian

Tu “cuento” todavía me tiene en desvelo… Tienes la cada vez más escasa habilidad de mantener el hilo de la historia y en él, la atención hasta el final. Toda comparación es odiosa, pero encuentro muchas similitudes entre tu estilo y el de Ignacio Murgueitio quien con toda generosidad me ha compartido varios de sus escritos un poco más adornados que el tuyo y no con ello quiero decir que lo “plagias”; la pregunta que me formulo es algo así ¿Cómo, por qué y cuándo consiguieron estas habilidades?

MI RESPUESTA:

Mil gracias, apreciado Jaime. Tus generosas palabras me estimulan.

Tuve la suerte de escuchar ese relato de parte del padre Gabriel Díaz, diocesano, gran amigo de toda la vida que murió el año pasado. Yo le di forma, sin mucha conciencia de técnicas ni estilos. Siempre me ha gustado escribir claro y bien.

Como anécdota curiosa, en quinto bachillerato escribí un cuento de misterio para la clase de literatura.

Era una narración breve inspirada en los temas y el estilo de Edgar Alan Poe, que desde esa época yo leía asiduamente.

Situé mi relato en Inglaterra, e inventé varios nombres de pueblos mirando el mapa y tomando las primeras sílabas de un pueblo para unirlas con las sílabas finales de otro. Así todo parecía auténtico…. tanto que el profesor de literatura me acusó de plagio y me puso un cero.

Mi gran amigo, Luis Alberto Álvarez Córdoba, que luego se hizo sacerdote claretiano, gran experto en cine (publicaba mucho sobre esto) y en música le explicó que él mismo fue testigo de mi proceso de redacción. Me salvó de ese cero.

Sorprendente y muy bien narrado. El encuentro con la muerte es esencialmente un encuentro con Dios a través de la reflexión sobre la propia vida. Y la vivencia del prójimo que en medio de su contexto vivencial se preocupa por el otro, es también otra vivencia profunda, reflejada en la muerte del marranito. Saludos.

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