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Un testimonio inusual

by Luis Alberto Restrepo
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globe, earth, water

Luis Alberto Restrepo M.

Ginebra (Suiza)

Mayo de 2010

Ponencia presentada en un coloquio internacional de izquierdas

«El mundo necesita otra revolución u otro cambio para corregir su curso autodestructivo. Sin embargo, nadie sabe cómo ha de realizarse este cambio. Todos los intentos revolucionarios añadidos han fracasado horriblemente».

                                                                                                     P. Sloterdijk.

Desde el año 2006, cuando me jubilé de mi cargo de profesor e investigador en la Universidad Nacional de Colombia, e incluso desde antes, había optado por guardar silencio. Mi creciente ignorancia me impedía hablar. Sin embargo, no pude resistir a la amable insistencia de la profesora Marie Claire Caloz-Tschopp, y voy a conversar con ustedes acerca de lo único de lo que puedo dar razón con alguna seguridad: mi propia experiencia. 

Lo peculiar de mi existencia es que yo he vivido, en el curso de una sola vida, el espíritu de las grandes épocas de la cultura occidental: la antigüedad clásica, la cristiandad medieval, la modernidad occidental y la posmodernidad. Y ahora creo que me encuentro un paso más allá: en un limbo general, así Juan Pablo II lo haya suprimido. Y la idea que quiero comunicarles a través de mi testimonio es que, a mi juicio, el mundo actual está entrando en una profunda crisis, no solo de la modernidad sino también de su derivado más reciente, la supuesta posmodernidad. Con ello queda en entredicho el camino emprendido por Occidente por lo menos desde el siglo XV, y en el que casi todos los pueblos del mundo se han embarcado. 

La reciente crisis financiera global, que acabó golpeando también la producción, es apenas la punta visible de un sacudimiento ya en curso, mucho más vasto y más profundo. Estamos entrando en una quiebra de la concepción del ser humano, de la finalidad y el sentido de su vida o, en otros términos, en una crisis de civilización. Sobre las dimensiones y la profundidad de ese interrogante hay muy escasa conciencia, y hasta ahora no se dibuja respuesta alguna por parte de los dirigentes del mundo actual. Para exponer esa idea lo haré lejos de todo intelectualismo, en los términos más sencillos, que son los únicos por cuyo significado puedo más o menos responder. 

Algunos antecedentes

Yo entré a la comunidad de los jesuitas a los quince años. No pensaba ser cura ni sabía muy bien en qué consistía eso. Simplemente, quería entregarme a un amor absoluto, sin límites ni condiciones, y, de paso, ayudar a los pobres. En mi ciudad natal, Medellín ‒ por entonces apenas un pueblo grande y bucólico‒ hacerme jesuita me parecía la única opción que me permitiría el logro de esos objetivos. Creo que la sensibilidad por los más humildes se derivaba del afecto que le tenía a mi niñera, una mujer negra y muy pobre. Y el deseo de vivir un amor absoluto, fuera de ser talvez una aspiración normal en la adolescencia de muchos seres humanos ‒o al menos de los más dionisíacos‒, tiene seguramente relación con la experiencia fundante del amor materno.

En el Noviciado de los jesuitas aprendí a meditar, y con frecuencia experimentaba o creía experimentar lo que yo anhelaba en primer lugar: un amor intenso a Dios y de Dios hacia mí. Al mismo tiempo, fui inducido a ejercitar prácticas singulares de penitencia y humildad, y aprendí a ver la vida como un tránsito a través de este valle de lágrimas hacia un cielo situado en algún lugar incierto de la bóveda celeste. En otras palabras, viví intensamente el espíritu de una cristiandad medieval tardía. Como reflejo de ese espíritu, recuerdo que no entendía entonces cómo había gente que pudiera dedicar su vida a papeles que yo consideraba inútiles, como los de actor, payaso, bailarín, acróbata, saltimbanqui, contorsionista o cualquiera otro similar. Hoy me parece que esos oficios son algunas de las mejores formas de celebrar nuestra participación en este gran circo de la vida, misterioso siempre, bello a veces, en ocasiones aterrador, ante todo loco, pero en cualquier caso fascinante. Un Circo del Sol a escala del universo.

Terminados los dos años de Noviciado en un pequeño pueblo lejano, pasé a estudiar Humanidades clásicas durante otros tres. Sin abandonar el Medioevo, volví hacia atrás en la historia. Aprendí latín y griego, pero no inglés ni francés. Leí en su lengua las obras de Virgilio, Horacio, Cicerón, Julio César, Salustio, Tácito y muchos otros, así como las de Demóstenes, Esquilo, Sófocles y sus coetáneos. Llegué a conocer en detalle la agitada vida política de Roma a fines de la República, mientras ignoraba lo que acontecía entonces en Colombia bajo la dictadura militar del general Rojas. Ya en esa época descubrí cómo un senador de la respetable República romana, en este caso Sila, iba siempre rodeado por un grupo de sicarios. Por eso no me sorprende la política contemporánea. En fin, me sumergí en la cultura de Roma y Atenas, ignorando por completo lo que acontecía en el país y en el mundo.

A fines de los años cincuenta pasé a cursar estudios de filosofía en Bogotá, la capital del país. El eje de la Facultad era otra vez el Medioevo, pero esta vez en su dimensión intelectual: la filosofía escolástica. Me consagré al estudio, no solo de los manuales, sino de la obra entera de Santo Tomás de Aquino, e hice también incursiones en Platón y Aristóteles, entre otros. De la mano del santo entró en mí el virus de la razón –o, al menos, de la idea clásica y medieval de una razón rigurosamente lógica y deductiva‒. Sin embargo, debo decir que, también desde entonces, autores modernos como Freud, Marx y Nietzsche, de los que solo se nos permitía conocer breves síntesis en las clases de historia de la filosofía, comenzaron a suscitar en mí serios interrogantes. Llegué a pensar que esos tres autores habían puesto ya el filo del hacha en la raíz, si no de la fe cristiana, sí de la religión y sus iglesias. Frente a ese reto, la filosofía de Hegel despertó en mi un profundo interés ya que, por lo que pude vislumbrar, unía estrechamente fe cristiana y razón filosófica. Hacía de su sistema filosófico una teología racional o, a la inversa, convertía la teología en una filosofía muy ligada a la historia. Me parecía, pues, que en Hegel podría encontrar la reconciliación de los dos mundos que comenzaban a chocar en mi interior: la cristiandad medieval y el mundo moderno o incluso el posmoderno, si incluimos a Nietzsche en la posmodernidad.

Primeras inquietudes

Terminados los estudios de filosofía, me enviaron a enseñar matemáticas y humanidades clásicas durante dos años. En ese tiempo no me quedó un minuto para reflexionar. Terminada la docencia, volví a Bogotá a mediados de los años sesenta, a estudiar teología. Los dos primeros años me decepcionaron. No encontraba sentido en las clases, ni en su método ni en el contenido. La teología dogmática estaba más preocupada por una apologética escolástica que defendiera la religión y la Iglesia que de acercar al creyente a Jesús y su misterio. En cambio, por esos mismos años, Camilo Torres, un cura carismático y brillante, profesor de universidad y director de importantes programas oficiales, despertó en mí un enorme interés. El cura Camilo lanzó un movimiento político revolucionario de alcance nacional, que pretendía realizar una de las grandes ilusiones de la modernidad: hacer de Colombia una sociedad igualitaria. Lo hacía en nombre de la fe y el amor cristianos. Yo seguía sus actuaciones con una pasión secreta, hasta que, en 1967, el cura desapareció de la plaza pública y se fue a la guerrilla, donde cayó muerto en el primer combate. Su trágico destino causó conmoción nacional porque era un hombre seguido por el pueblo, muy apreciado por la sociedad y muy querido por todos los que lo conocían. 

Hechos como este comenzaron a revolucionar, si no el país, sí por lo menos mi conciencia medieval. Sin darme cuenta inicié un tránsito emocional e intelectual de la cristiandad hacia la modernidad occidental y sus ilusiones emancipatorias. Mi anhelo de amor total y entrega a los pobres fue adquiriendo forma mental en las utopías libertarias de la razón política moderna. Y, ya que la democracia liberal se había mostrado hasta entonces incapaz de crear una sociedad más justa en Colombia, comencé a pensar en una revolución social. En mi cargo de bedel, es decir, de coordinador de los estudiantes jesuitas, resolví invitar cada semana a un dirigente social, fuera de izquierda o de derecha, líder sindical, estudiantil o político, para que nos expusiera sus ideas. 

Ante mi profunda frustración con los dos primeros años de teología, y teniendo en cuenta que hasta entonces había sido un buen estudiante, el superior de los jesuitas en Colombia decidió enviarme a la Facultad de Teología de Frankfurt, Alemania, considerada entonces la meca de la teología católica moderna. Llegué a esa ciudad en 1967.

En Alemania tuve dos o tres experiencias fundamentales para mi vida. En primer lugar, descubrí que, fuera de las clases de moral y de exégesis bíblica, rigurosas y críticas, los demás cursos ofrecían el mismo tipo de argumentos anacrónicos e incoherentes de la teología colombiana, que me parecían sin sentido. En las clases de derecho canónico, por ejemplo, me quedaba mirando a través de los enormes ventanales del salón de clase los tranvías que pasaban llenos de gente, y pensaba para mis adentros: aquí alguien está loco, o la gente que va en ese tranvía o este profesor, pero los dos no pueden tener la razón simultáneamente. Una segunda experiencia fundamental me la proporcionó el gran movimiento estudiantil de 1968, del que pude ser testigo directo, puesto que tenía su foco intelectual en Frankfurt. En las calles y tranvías escuchaba las discusiones de los estudiantes con pasajeros y transeúntes. Y debo reconocer que leía con mayor interés las entrevistas a Rudi Dutschke o a Cohn Bendit que la mayor parte de los manuales de Teología. Podría añadir incluso una tercera lección, derivada sobre todo de las clases de moral. Y es que en Alemania era posible discutirlo todo, lo que me permitió comprender mejor el espíritu de la Reforma y liberó mi propia capacidad crítica. 

Como sentí que la teología dogmática estaba más bien debilitando mi fe, pedí permiso de no asistir más a clases, estudiar por mi cuenta y, en vez de exámenes, presentar algún trabajo escrito. El rector me lo concedió. Me dediqué entonces a estudiar con pasión, de la madrugada a la medianoche, a los teólogos más avanzados de la época: Karl Rahner, Henri de Lubac, Hans Küng, Edward Schillebeeckx, entre otros. Leí con sumo interés la Teología de la Esperanza, del protestante Jürgen Moltmann, muy apreciado por los teólogos católicos. Bello libro en el que Moltmann hacía una sabrosa relectura de la biblia ligándola a la historia humana, y a un Jesús en quien se cumplían las promesas de bienaventuranza para los desvalidos. Para mí, era una teología de la liberación anticipada y mucho más sólida que la que se desarrollaría luego en América latina. Estudié también al genio inspirador de la exégesis contemporánea, el también protestante Rudolf Bultmann. Al final, presenté un largo estudio sobre el Espíritu Santo. Si el Yhaveh del antiguo testamento se convertía de algún modo en el Padre, y la figura de Jesús cubría el Nuevo Testamento, la época actual sería del Espíritu Santo actuante en la historia y la comunidad humana.

También en Frankfurt, reflexionando sobre mi país y sobre América Latina, llegué a la convicción de que la Iglesia católica colombiana, y en particular la orden de los jesuitas, habían sido algunos de los principales agentes de una sociedad aterradoramente injusta. Pensé entonces en retirarme de la comunidad e irme a trabajar en un barrio popular de Bogotá, al lado de un intelectual de la época, Germán Zabala, que adelantaba allí una labor educativa. Así se lo manifesté al superior alemán, quien me respondió que me comprendía y que decidiera lo que me pareciera mejor.

Sin embargo, por esos días nos reunimos doce jesuitas colombianos que estudiábamos en Europa y descubrimos que todos teníamos inquietudes similares. Hicimos entonces un pacto de trabajar por un cambio de la Compañía de Jesús y la Iglesia colombiana al regresar al país. El cambio en la Iglesia parecía entonces posible. Eran tiempos oxigenados por el reciente Concilio Vaticano II y por el paso de Juan XXIII por el Vaticano. Al frente de todos los jesuitas se encontraba un hombre extraordinario y de avanzada, Pedro Arrupe[1]. Convencido de nuestro compromiso y alentado por los aires renovadores en la Iglesia, resolví seguir en la comunidad. El 27 de julio de 1968, fui ordenado sacerdote en el Dom Sankt Bartholomäus o Kaiserdom, la catedral de San Bartolomé o también llamada del Emperador, construida entre los siglos XIV y XV. En ese templo gótico habían sido ungidos y coronados los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. 

Al final del año debía dedicar cuatro meses a la preparación del examen De Universa (Theologia). Se trataría entonces de aprenderme de memoria tesis en las que yo no creía y muchas de las cuales no había escuchado. Le dije al rector que no lo presentaría y le di mis razones. Se molestó mucho. Discutimos y para concluir le dije: 

‒ Mire, pues si algo he aprendido aquí es que Frankfurt está mucho más cerca de Roma que Bogotá, y que por eso los alemanes se han sentido siempre de igual a igual con sus jueces vaticanos. Yo aprendí la lección y les estoy muy agradecido. No presentaré el examen. 

‒ Hagamos una cosa ‒me respondió‒, vaya a Barcelona, preséntese ante el P. Jordi Font, teólogo y sicólogo muy destacado, y si él juzga que usted no está en condiciones de presentar ese examen, no lo presenta.

‒ Perfecto! –le dije‒. Con su permiso.

Un par de días después, tomé el tren para Barcelona. Me hospedé con una comunidad jesuítica de cuatro miembros ya mayores y otro huésped como yo, andaluz y medio chiflado, pero muy simpático. Jordi me recibió, me escuchó y me remitió a un sicoanalista. Después de cinco costosas sesiones en las que esa especie de Mr. Hyde no había abierto la boca, le dije que me parecía estar perdiendo el tiempo. Me respondió que a él también. Así que me despedí y no volví. La relación y comunicación con Frankfurt quedó rota. 

De Colombia me habían suspendido los giros, y necesitaba un trabajo para sobrevivir. Me ofrecí como traductor del alemán en varias editoriales y no me aceptaron. Solamente encontré empleo en una iglesia muy tradicional de la Rambla de Cataluña, donde trabajé al lado de un cura mayor, miembro del Opus Dei y capellán el generalísimo Franco. Allí me vi obligado a regresar a un ambiente medieval, mientras mi cabeza andaba ya metida en la modernidad. Al mismo tiempo, mientras esperaba a los penitentes sentado en un oscuro confesonario, me leí casi toda la obra de Nietzsche. 

Al cabo de un año, los superiores de Colombia aceptaron mi solicitud de ir a Lovaina, Bélgica, para obtener allí el doctorado en filosofía. Decidí hacer la tesis sobre Hegel, y así pude, por fin, leer y analizar su obra. Además, comencé a estudiar por mi cuenta, con otros dos amigos, la llamada Escuela de Frankfurt, algunos de cuyos representantes habían sido los cerebros de mayo del 68. A estos estudios se sumó el ambiente de la Universidad de Lovaina, convertida por esa época en un hervidero de quince mil estudiantes extranjeros, casi todos africanos o latinoamericanos, que cultivaban sueños de independencia nacional o revolución socialista en sus países de origen. Mis estudios y el ambiente fueron radicalizando mis posiciones. No me hice marxista y nunca lo he sido, pero comencé a compartir muchas de las aspiraciones iluministas de Marx, del que aun solo conocía algunas tesis mayores. En Lovaina entré de lleno a compartir una de las dos grandes utopías emancipatorias de la modernidad, la sociedad sin clases. La otra, la democracia liberal, cuyos resultados en Colombia me decepcionaban, era entonces repudiada por toda la izquierda como una simple democracia “burguesa”.

Debo añadir que, después de quince años de vida casi conventual, en Lovaina pasé a llevar la vida normal de un estudiante cualquiera. Hasta esos años yo no hacía mayor diferencia entre hombres y mujeres. Veía solo almas que me miraban a través de ojos similares. Ya en las calles, en las revistas y las películas de Frankfurt había empezado a captar mejor su interesante diferencia. Pero, en Lovaina, ese descubrimiento dio un paso más. De repente, me encontré rodeado por un buen número de amigas que me admiraban y me querían. También, pues, en ese punto vital, la modernidad había entrado en mi vida, desplazando de su lugar a la Edad Media. 

La actividad social

Regresé a Colombia en 1974, y junto con tres compañeros con quienes había compartido los estudios en Frankfurt, pedimos que nos destinaran al Centro de Investigación y Acción Social de los jesuitas, el CIAS. El Centro, situado en Bogotá, recibía sus recursos de algunos destacados empresarios de Medellín, a quienes se les ofrecían conferencias y retiros inspirados en la doctrina social de la Iglesia católica. El sacerdote que dirigía el CIAS tenía una empresa constructora de vivienda para los pobres y adelantaba la edificación de una nueva sede para el Centro, mucho más amplia y moderna. Un año después, el superior colombiano decidió nombrar a uno de los recién llegados de Alemania como nuevo director, y entre los cuatro le dimos un vuelco al centro. 

Nos instalamos en la nueva sede, le cambiamos el nombre al CIAS y lo denominamos Centro de Investigación y Educación Popular, CINEP, institución que hasta hoy juega un papel importante en distintos campos, pero sobre todo en el terreno de los derechos humanos[2]. Nos distanciamos de los empresarios que lo financiaban y buscamos recursos en ONG progresistas de Europa, en especial en Francia, Holanda, Alemania y Suiza. Nos vinculamos a la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, ANUC. En la primera mitad de los años setenta, esa organización era un combativo movimiento campesino. Estaba muy influenciada por diferentes grupos de izquierda, sobre todo maoístas y socialistas, adelantaba numerosas luchas por la tierra en distintas partes del país y era víctima de una creciente represión estatal. Desde el CINEP nos dedicamos a acompañar algunos de sus proyectos organizativos y a brindarles cursos de formación política a sus bases. 

Durante la semana, yo daba clases de filosofía política en distintas universidades y los fines de semana viajaba a zonas rurales, donde mantenía reuniones con los campesinos y daba cursos, con frecuencia clandestinos. Colaboré también con algunos sindicatos de la capital y participé en protestas que tuvieron una importante resonancia pública. Entré a formar parte de un Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, que había sido creado por algunas personalidades[3]. Al mismo tiempo, estudié toda la obra de Marx y dicté numerosos cursos sobre su pensamiento, tanto en el CINEP como en distintas universidades. Debo añadir también que, en 1983, en un gran foro celebrado en CINEP con motivo del aniversario de la muerte de Marx, fui talvez uno de los primeros en Colombia en formular, desde una posición de izquierda, una crítica pública de su pensamiento y de sus consecuencias políticas reaccionarias. El pensamiento de Marx, al presentar una crítica radical al capitalismo sin esbozar alternativas claras, conducía al restablecimiento inconsciente de una singular monarquía absoluta, no de una sola persona, sino peor aún: de una colectividad, de un partido. Lenin y Stalin son apenas consecuencias lógicas de Marx. De cualquier modo, muy pronto la jerarquía colombiana comenzó a mirarnos con desconfianza, y en alguna oportunidad el cardenal arzobispo de Bogotá nos sancionó a varios de nosotros públicamente.

Conviene recordar aquí que, entretanto, el ambiente en la Iglesia y en la Compañía había dado un giro de 1800. A partir de 1968, Juan Bautista Montini, Pablo VI, había puesto en salmuera el Concilio, tratando de guardar el equilibrio entre los impulsores del mismo y sus poderosos enemigos enquistados en el Vaticano. A Montini le sucedió por breves días el Papa Juan Pablo I, un hombre sencillo y abierto al cambio, quien aparecería muerto a los 33 días ‒de un infarto al miocardio, se dijo mucho después‒. Y, en octubre de 1978, fue elegido su sucesor, el polaco Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II, quien, con su avasalladora personalidad, puso en marcha una verdadera aplanadora contra el Concilio y la Compañía de Jesús. Los presupuestos, bajo los que yo había recibido la ordenación, desaparecían.

La tensión del CINEP con la jerarquía colombiana llegó a su culmen a raíz de un hecho en el que tuve un protagonismo inesperado, que me marcó a mi, marcó al CINEP y quizás al país entero. 

En 1979, un comando de un pequeño grupo guerrillero asesinó en su casa a un exministro de Estado. Fue un crimen cobarde y atroz. Pocos días después, el ejército detuvo a un muchacho a quien yo había contratado un año atrás para que elaborara unos folletos sobre sindicalismo para el CINEP y que, al parecer, habría estado involucrado en el hecho. Cuando lo detuvieron me encontraba en Bélgica, en una gira destinada a sensibilizar a la opinión europea sobre la grave situación de los derechos humanos en Colombia. Supuse que los militares me buscarían y regresé enseguida, dispuesto a responder ante la justicia. Y, efectivamente, poco después me detuvieron en un cuartel militar, junto con otro compañero jesuita, y nuestra presunta complicidad en el crimen creó un enorme escándalo nacional e internacional. Permanecí detenido cuatro meses. La verdad, yo no tuve nada que ver ni con el crimen ni con ese grupo guerrillero, que me parecía un puñado de jóvenes aventureros. Más bien miraba con alguna simpatía a otro grupo, el M-19, que decía luchar por una mayor democracia. Sin embargo, la idea de matar o hacerle daño a alguien siempre me pareció repugnante.

Como lo supe después de mi liberación, una reconocida dirigente social y política anduvo de gira por Europa denunciando las violaciones de los derechos humanos que se estaban cometiendo en Colombia y, como ejemplo, presentaba nuestra arbitraria detención. Cuando me enteré de su actividad en mi favor, la busqué para agradecerle personalmente su labor. Así lo hice, e iniciamos desde entonces relaciones amistosas de trabajo. Ahora tengo la oportunidad de agradecerle también, de manera muy especial, a Helena Araújo, quien organizó todo el trabajo aquí en Suiza. 

Una vez salí libre, ya no pude volver a reunirme con los mismos grupos con los que trabajaba antes. Habría sido peligroso para ellos y también para mí. Me limité entonces a trabajar con las comunidades eclesiales de base, un movimiento católico de grupos populares, sobre todo campesinos, inspirados en una corriente muy diversificada, la llamada teología de la liberación, tanto en Colombia como en el resto de América Latina. Yo no compartí esa teología. Mis fuentes de inspiración fueron Moltmann, un curso extraordinario del P. Gustavo Baena y mis propias reflexiones. En esa perspectiva, acompañé a los colegas jesuitas durante la revolución sandinista de Nicaragua, a los que trabajaban en Guatemala y a otros muchos curas y monjas del continente, comprometidos con la emancipación de los pobres, desde Honduras hasta la Patagonia, adonde me enviaba la Confederación Latinoamericana de Religiosos, CLAR. 

Después de mi captura, la relación del CINEP con la jerarquía eclesiástica se hizo crítica. Tras algunos nuevos roces, citaron al equipo ante un tribunal conformado por tres obispos y otro cura que, supuestamente, había sido amigo mío en Lovaina. Fui delegado por mis compañeros para responder, junto con otro miembro del grupo, en representación del CINEP. Nos sometieron a un largo interrogatorio de ochenta preguntas (¡la primera fue si era verdad que en el CINEP teníamos una lista con los nombres de todos los guerrilleros de Colombia!), y al final nos pidieron elaborar y presentar una declaración sobre nuestros principios de acción. La idea del documento me pareció inaceptable. Forzosamente, tendría que ser un texto suficientemente ambiguo para que pudiera darle satisfacción a los obispos y, a la vez, nos permitiera continuar con nuestros proyectos. El penoso interrogatorio inquisitorial y esa exigencia que no me sentía capaz de cumplir, fueron liquidando mi esperanza de cambiar la Iglesia católica colombiana. A estos hechos se sumaron otros acontecimientos mayores, de profunda incidencia internacional.

En 1980, una Troika conservadora se había instalado en el poder mundial: la “dama de hierro” en Inglaterra, el vaquero del oeste en Estados Unidos y un “showpope” en la Iglesia católica. Entre los tres comenzaban a barrer la herencia cultural y política de mayo del 68. Como ya lo dije, el nuevo Papa, además de frenar el espíritu reformador del Concilio, llamó al orden a Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas. Poco después, Arrupe sufrió una trombosis cerebral que lo dejó incapacitado del lado derecho. Juan Pablo II aprovechó la ocasión para nombrar a la cabeza de la comunidad a un delegado suyo, un anciano jesuita italiano muy conservador, quien, además, era ciego y bien conocido en la Compañía de Jesús por llevar continuamente chismes críticos de los jesuitas al Vaticano. Su imposición como superior contra las normas de la orden constituyó una burla a la Comunidad y al trabajo de todos los jesuitas del mundo. El nuevo superior general mandó a Colombia un visitador irlandés con el fin de examinar las actividades del CINEP y el conflicto de la Universidad Javeriana, de los mismos jesuitas, con el Centro. Durante su visita, el irlandés se manifestó muy complacido con el trabajo y los miembros de CINEP, pero, tras su regreso a Roma, llegó la orden de retirarnos de él. A mí quisieron enviarme a una pequeña población controlada entonces por el ELN, una de las guerrillas, pero me resistí. Entretanto, los once compañeros con quienes había hecho un pacto en Alemania para cambiar las cosas, se habían ido retirando de la comunidad, uno tras otro. Finalmente, yo también decidí retirarme y así lo hice en diciembre de 1982. Una tarde tomé mis pocos bártulos, me despedí de dos o tres compañeros más cercanos y, sin más preámbulos, me fui a un pequeño apartamento que había alquilado con anterioridad. A partir de allí, borré de mi vida cualquier vestigio de Edad Media. O al menos eso creo. Durante 26 años puse en pausa la fe, y en 2008 reinicié una lenta reflexión sobre Dios, las religiones y la fe cristiana. Concluí que la fe se había desviado radicalmente desde los tiempos del emperador Constantino y el Concilio de Nicea, y pasé a considerarla como una valiosa expresión religiosa del ser humano ‒entre varias otras, igualmente respetables‒. De mis reflexiones –no pocas de las cuales hoy encuentro absurdas– hice en 2017 una publicación paulatina en Facebook. Hasta entonces, 1982, había vivido en función de grandes ideales históricos y trascendentales. A partir de ese momento, mi mente quedó atrapada en la sobrevivencia cotidiana.

Obtuve mi primer trabajo independiente con una organización obrera juvenil. Estuve encargado de la formación política de los jóvenes. Pero, luego, un nuevo director me despidió. Por fortuna, la directora nacional del Instituto Nacional de Recursos Naturales Renovables, Inderena, un instituto oficial que antecedió a la creación del Ministerio del Medio Ambiente, me invitó a asumir la subdirección de la entidad. Con ella y con otros colaboradores montamos una organización nacional denominada los Concejos Verdes. Se trataba de pequeños grupos que fuimos conformando en los más de mil municipios del país, destinados a discutir y resolver los problemas ambientales de la localidad. En esos Concejos participaban las personas claves del pueblo: el alcalde, el jefe de policía, el cura párroco, un representante de los terratenientes, otro de los comerciantes, y dos o tres representantes de los campesinos, algunos de los cuales pueden haber sido guerrilleros camuflados. Era la época de los primeros diálogos de paz de un gobierno colombiano con las guerrillas. Los Concejos, sin hablar directamente de política, permitían que los principales actores del municipio discutieran muchos de los temas que definían los recursos de poder en cada pueblo: el uso de la tierra, el agua, los bosques, etc. Desafortunadamente, el nuevo presidente de Colombia entregó el Inderena a un familiar suyo y este liquidó los Concejos Verdes.

El desencanto

Para ese momento yo acumulaba ya fuertes decepciones con los procesos revolucionarios. En los años ochenta, en Holanda pude conocer de cerca el afán desaforado de la mujer de uno de los comandantes sandinistas por comprar joyas, así como el uso de dólares falsos en un centro comercial por parte de otro. Luego, pude ver de cerca la corrupción reinante en ese gobierno. Un destacado dirigente se había apropiado de dos de las mejores casas de la ciudad y había cerrado la vía pública que las separaba. Más tarde, en 1985, fui invitado a la asamblea latinoamericana convocada por Fidel Castro en Cuba, para discutir sobre la deuda externa de la región. Allí tuve la peor impresión del comandante. Fuera de su indiscutible inteligencia y capacidad oratoria, Castro me pareció un caudillo arrogante y teatral. Por otra parte, por esa misma época, en Colombia, el M-19 había traicionado las esperanzas de paz de la absoluta mayoría de los colombianos. Rompió primero la amnistía que el gobierno le había concedido y luego lanzó el más absurdo ataque contra el supremo tribunal de justicia del país, conformado por magistrados brillantes y de avanzada. Los magistrados murieron, unos en medio de los combates y otros asesinados después por el ejército. El operativo puso fin a cualquier simpatía que pudiera existir en el país hacia ese grupo guerrillero y hacia la guerrilla en general. Fue una gran autoderrota política.

Ya mucho antes, a fines de los años sesenta, yo había tenido varias experiencias muy decepcionantes en algunos países socialistas. En el antiguo Berlín oriental visité a una activa dirigente del partido comunista. La mujer cerró con llave la puerta de su casa, puso periódicos en el dintel para que no se pudiera escuchar la conversación desde fuera y, con un gran jarro de cerveza en la mano, emprendió la más vehemente crítica del partido que yo haya escuchado jamás. Prefería que sus hijos pequeños fueran trabajadores manuales toda su vida, pero honrados, a que ingresaran al partido y se convirtieran en ratas corruptas. Un profesor de la Universidad de Leipzig con quien me encontré por casualidad en un restaurante, me acompañó hasta la estación del tren para recomendarme encarecidamente que en América Latina hiciéramos cualquier cosa, menos una revolución socialista. En la antigua Yugoslavia, donde había ido con la intención de palpar el socialismo de Tito, me vi envuelto en una historia que me permitió conocer por dentro lo que es un verdadero estado policial. Y aunque muy tarde en relación con lo sucedido en Europa, en los años ochenta comenzó a penetrar en América Latina la crítica a la Unión Soviética y a los países socialistas, que hasta entonces había sido exclusiva de los grupos trotskistas. En ese entonces no le había prestado mayor atención a esas experiencias, pero en los años ochenta retornaron a mi memoria.

Todo ello, y muchas otras experiencias negativas con líderes de la izquierda colombiana, terminaron por decepcionarme también de las revoluciones modernas como forma de avanzar en la construcción de sociedades más humanas. Los sacudimientos revolucionarios de la modernidad ‒que partían de la revolución francesa, llegaban hasta la revolución de octubre y sus derivados, y tenían pequeñas réplicas tardías en algunas mini-revoluciones latinoamericanas‒ habían muerto definitivamente para mí. Quedé, pues, en un limbo político. En adelante, no me quedaba sino buscar soluciones reformistas en el marco de la democracia liberal, tan menospreciada hasta entonces por la izquierda revolucionaria. En ese contexto, me encontré con mi antigua defensora, aquí presente, quien se hallaba en una situación parecida. En 1985, nos hicimos pareja y, hasta hoy, le sigo agradeciendo mi liberación.

Concluida abruptamente mi labor en el Inderena, fui invitado a ingresar al grupo fundador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, IEPRI[4], un equipo de investigación en ciencias sociales que se estaba creando en la Universidad Nacional de Colombia, la más importante del país. El grupo era multidisciplinario y estaba conformado, sobre todo, por intelectuales de izquierda que, como yo, habían llegado a la conclusión de que el único camino de progreso se encontraba en una profundización de la democracia y los derechos humanos. Así que, durante veinte años, entré a formar parte de ese equipo, que contribuyó decisivamente al cambio de punto de vista de la mayor parte de la izquierda colombiana sobre la lucha armada y la democracia liberal. 

En 1991, se derrumbaron definitivamente la Unión Soviética y su modelo, el socialismo comunista. La troika conformada por la Thatcher, Reagan y Juan Pablo II tuvo el mérito de haber acelerado su hecatombe, pero esta era inevitable. Se habría producido tarde o temprano. Y tras la consiguiente desaparición del conflicto bipolar, surgió en el mundo una gran esperanza de paz, así como de fortalecimiento y expansión universal de la democracia. El tiempo ha demostrado que nos engañábamos de nuevo. La misma Troika minó también su propio camino a la modernidad, la democracia liberal, que podría estar hoy herida de muerte. Fenómenos como la crisis financiera y económica actual, la crisis ambiental y climática, el narcotráfico, la corrupción o el terrorismo no son fenómenos aislados que han coincidido por mala suerte en el tiempo. Son consecuencias más o menos directas e inevitables de la singular democracia instituida por la troika “neoliberal”. Significan la descomposición final de la modernidad y sus alternativas más opuestas: la democracia liberal y el socialismo real. Hacen parte de una crisis global, no solo por su extensión geográfica, sino por su alcance negativo en todos los aspectos de la vida humana. Son manifestaciones sistémicas de una crisis de civilización.

En primer lugar, Thatcher, Reagan y sus sucesores, los dos Bush, redujeron la democracia liberal a una supuesta “democracia de mercado”, que tiene casi todo de mercado y muy poco de democracia. Realizaron así la segunda secularización de la historia. Si la Ilustración había bajado el cielo de su palco extraterrestre al piso terrenal de la historia y su futuro, los gobiernos “neoliberales”, inaugurados por la Thatcher y Reagan, transfirieron al piso aún más terrestre del mercado las funciones del Estado, ubicado hasta entonces en una especie de cielo político. Subsumieron las normas morales y políticas bajo las leyes de la libre competencia. Como Adam Smith, consideraron que la Economía era ya en sí misma Política, y por eso el Estado era superfluo. Convirtieron a los ciudadanos participantes, libres e iguales, en meros consumidores pasivos y desiguales. Al mismo tiempo, impusieron el uso de la fuerza como principal árbitro de los conflictos mundiales. Y el papa Juan Pablo II, muy pronto santo (2010, N.A.), aunque disentía en teoría de los principios neoliberales y sus prácticas guerreristas, les fue funcional en la práctica con su beligerante oposición a todas las fuerzas populares de resistencia dentro de la Iglesia y del capitalismo. Como ya lo señalé, entre los tres, Thatcher, Reagan y Wojtyla, parecieron haber puesto fin a los últimos ecos de mayo del 68.

A este propósito, permítanme una anécdota más. El grito de batalla esgrimido por las multitudes contestatarias del antiguo Berlín oriental, ¡Wir sind das Volk! (¡Nosotros somos el pueblo!), nos hizo vibrar por un momento con la idea de un renacimiento del espíritu emancipatorio de la Ilustración, el mismo que tres siglos atrás había conducido a la revolución francesa. Pero no fue así. Mi esposa y yo tuvimos el privilegio de asistir, un año después de la caída del muro, a la reunión de los líderes que habían encabezado la histórica gesta que condujo al derribamiento del muro. No había un centenar de personas en el salón y muy pronto se enzarzaron en debates estériles, que nos hicieron recordar las eternas disputas entre los grandes egos de la izquierda latinoamericana. Los miles de inconformes restantes habían sido ya absorbidos por el espejismo de los marcos que les otorgó el gobierno de Kohl y por la fiesta de los escaparates y el consumo occidentales. Los dinámicos ciudadanos, que clamaban por su libertad, habían desaparecido. Quedaban solo miles de consumidores, afanados por satisfacer las nuevas necesidades que les creaba el mercado. Habían llegado a creer que así serían felices.

Tras el derrumbe del socialismo soviético y la degradación de la democracia en Occidente, la competencia, el mercado y el consumo se han impuesto como las únicas reglas del juego social. Esta evolución no es un simple azar. En el germen mismo de la modernidad y de la democracia liberal se hallaban ya presentes estos virus que terminarían por destruirlas. Permítanme hacer algunas sencillas consideraciones filosóficas y, de una vez, pido disculpas por mis imprecisiones a los filósofos aquí presentes, ya que abandoné esa disciplina hace bastantes años.

Como es sabido, todas las grandes utopías políticas modernas, como el liberalismo, el comunismo marxista, la actual versión de la democracia y de los derechos humanos tienen su fuente en la Ilustración europea. En el siglo XV, el Renacimiento dejó de ver al ser humano como una creatura sometida a su creador en la jerarquía estática de un supuesto “cosmos” u orden universal, y pasó a identificarlo como El Hombre, con mayúscula, y a entronizarlo como centro del universo y eje, ya no de un orden inmutable, sino de una historia en pleno desarrollo. Tres siglos después, la Ilustración europea definió a ese Hombre como un sujeto individual portador de necesidades y propuso como nueva meta de la vida humana la búsqueda de la felicidad, tanto individual como colectiva. Pero la felicidad ya no consistiría en la contemplación de Dios en el cielo, como la había concebido la escolástica, sino en algo mucho más terrenal: la plena satisfacción de las necesidades del hombre, sobre todo materiales. La historia era una progresiva marcha en línea recta hacia ese nuevo tipo de felicidad. Su avance exigía la emancipación humana frente a todas las formas de dominación, bien sea que provinieran de tradiciones autoritarias de la sociedad, o bien, de las leyes de la naturaleza. El proceso emancipatorio implicaba, por lo tanto, rupturas revolucionarias. Como es bien sabido, la idea moderna de emancipación política se dividió en dos grandes corrientes extremas: el individualismo liberal y el comunismo marxista. Para la democracia liberal, el individuo y sus libertades son el punto de partida y la meta de llegada de la vida en sociedad. En cambio, para el comunismo de Marx, el principio y el fin de la actividad social es la comunidad humana. Pero ambas corrientes, contrarias en la superficie, descansan sobre un mismo concepto aún más fundamental de la civilización moderna: la búsqueda de la felicidad o realización humana como plena satisfacción de sus necesidades terrenales. 

En estos conceptos claves de la Ilustración aparecían ya en germen, primero, las revoluciones políticas que derrocarían las monarquías absolutas y conducirían a la democracia liberal y, luego, un siglo de revolución socialista. En suma, la Ilustración contenía el mundo moderno en su concepto. Pero, como ya lo hemos dicho, a finales del siglo XX las expresiones políticas de ese mundo desaparecieron o se encuentran heridas de muerte. En su lugar, queda “la felicidad” moderna: el consumo.

¿Nos encontramos entonces en una presunta posmodernidad? Con Jean-François Lyotard comparto la idea de que los grandes sistemas que han prometido la salvación, la liberación o la felicidad humana ‒como el cristianismo, las visiones iluministas, el ideal marxista o el liberal‒ han fracasado. Pero me parece que la concepción moderna del hombre, como mero portador de necesidades y la identificación de su meta como la satisfacción de esas mismas necesidades, está más vigente que nunca en la sociedad de consumo. Y amenaza con sumergirnos a todos. 

Para Jürgen Habermas la posmodernidad es más bien antimodernidad, en la medida en que abandona la búsqueda de la emancipación humana. Pero, de nuevo, para mí el núcleo más profundo de la modernidad no es la liberación, sino la realización humana concebida como plena satisfacción de necesidades. En el centro de este mundo supuestamente posmoderno se agita aún la noción muy moderna de un hombre cuya realización consiste en ese tipo de felicidad. Hoy esa concepción y su orden de valores han entrado en crisis. Están arruinando la naturaleza y han destruido la solidaridad de la especie. 

De esa base se derivan los graves problemas que nos afectan hoy: las hipotecas subprime, la crisis financiera y económica global a la que dieron origen, la crisis ambiental del planeta, la corrupción rampante de la política, el narcotráfico, el terrorismo y otros más. Todos estos fenómenos, y los que irán apareciendo en el futuro inmediato, son parte de una misma crisis. Son síntomas de la descomposición de la modernidad y sus proyectos emancipatorios y han puesto en entredicho el futuro de la democracia. Al venderle al mundo, y sobre todo a Estados Unidos y Europa, unas hipotecas sin sustento, los “yuppies” de Wall Street, los más grandes estafadores de la historia, pretendían incrementar su felicidad. La cadena desaforada de producción industrial de necesidades y de satisfacción de las mismas ha conducido a la crisis ambiental de un planeta que promete darnos sorpresas cada día mayores en los meses y años por venir. En vez de dirigentes políticos, tenemos cada vez con mayor frecuencia al frente del Estado a bufones corruptos que hacen del poder su propia felicidad. Una felicidad que no encuentran en ninguna otra parte la buscan hoy los adictos a las drogas: desde quienes las producen y trafican con ellas, hasta los que las consumen o lavan sus dineros en la banca de Estados Unidos, en las islas del Caribe o aquí mismo, en Suiza. En su desesperación por conquistar la felicidad terrenal, los terroristas invocan causas santas o justas para matar a los que la poseen. 

Pero los remedios que se avizoran hasta ahora a estos males no van más allá de un transitorio oxígeno financiero inyectado a los bancos y unas empresas, quizás algunas medidas regulatorias del sistema financiero mundial, las aún tibias resoluciones ambientales de Copenhague, las “guerras” contra el terrorismo en un número creciente de países. Todas ellas son respuestas para el futuro inmediato. Pero ninguno de los dirigentes mundiales se pregunta aún, seriamente, por un futuro sostenible para la humanidad. 

Como ustedes bien lo saben, en América Latina han renacido ahora intentos por construir un pretendido socialismo del siglo XXI. A mi juicio, y parafraseando a Marx, esos intentos repiten el socialismo del siglo XX, que se manifestó primero como tragedia y ahora vuelve como comedia. En Colombia, mi país, a partir de los años setenta, algunos de sus dirigentes más “modernos” permitieron la penetración masiva del narcotráfico en la sociedad y en el Estado. Y el negocio penetró hasta las guerrillas y sus enemigos, los grupos paramilitares. Ninguna expresión más fiel de la libre competencia y el libre mercado. Pero, al ser declarado ilegal, el negocio de la droga se ha convertido en un poder gigantesco que arbitra detrás de bastidores todos los conflictos que padece Colombia desde hace por lo menos treinta años. Los colombianos ignoramos hoy la verdadera historia del país en las últimas décadas. De ella solo hemos visto las confusas sombras chinescas proyectadas en el gran teatro nacional. El narcotráfico se ha convertido en el verdadero poder, mimetizado detrás de sus testaferros económicos y políticos. México y otros países se encuentran igualmente asediados.

La especie humana en general está amenazada. No podrá sobrevivir si no le damos pronto un giro radical al sentido de la vida, que nos impulse a dos cosas: a una profunda solidaridad humana y a la respetuosa utilización de la naturaleza. Pero yo no se cómo pueda funcionar ese proyecto. Quizás el siglo XX nos haya dejado una base tecnológica que permita una producción menos invasiva, más limpia. Y el XXI tendrá que enseñarnos, aunque sea a golpes, que la meta no es el crecimiento económico indefinido, la creación continua de necesidades inútiles y su satisfacción transitoria gracias al consumo. Así mismo, de buen grado o por fuerza, aprenderemos que la idea básica que debe regir nuestra vida no es la libre competencia, forma travestida de la guerra, sino la solidaridad. La violencia ha dejado hoy de ser partera de la historia. Finalmente, creo que todo ello solo es posible a partir de una toma de conciencia ética universal. 

Muchas gracias.


[1] Aunque muy eclesiástica y cuidadosa con Juan Pablo II, se puede ver una síntesis de su vida en http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Arrupe

[2] El CINEP realiza numerosas investigaciones, publicaciones y trabajos con los sectores más necesitados de la población. Ver una amplia información en http://www.cinep.org.co/

[3] El comité, creado en 1973, ha crecido notablemente y lleva también a cabo numerosas actividades, investigaciones y publicaciones. Ver la información respectiva en http://www.comitedesolidaridad.com/

[4] Ver http://www.unal.edu.co/iepri/investigacion/GruposIEPRI.pdf

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5 comments

Luis Arturo Vahos 11 noviembre, 2020 - 4:46 pm

Gracias por esa franca, profunda y sentida síntesis de vida, que es también nuestra. Comparto esa conclusión a la sin salida en la que estamos acudiendo al rescate de lo humano en su dimensión ética.

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Eduardo Pardo 17 noviembre, 2020 - 11:34 am

Luis Alberto, no solo es la historia de tu vida, sino la de la humanidad, en general, y el mundo actual. Con tus estudios y experiencia, seria muy interesantes que nos dieras tu vision de como deberia cambiar el Estado Colombiano a fin de aportar Paz y Justicia Social. Y si vienes a Paris me encantaria verte. Cuando era Jesuita me decian “chaval”

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John Arbeláez 18 noviembre, 2020 - 9:24 am

Cobra plena actualidad tu escrito gracias a la pandemia que nos ha abierto los ojos. Tu párrafo final es el camino a seguir: Respeto por la Naturaleza y Solidaridad entre el género humano.

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Sherrell Baynard 5 enero, 2021 - 7:43 pm

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