Toñito, el bueno. Un milagro campesino en navidad

Por: Bernardo Nieto
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La navidad es también un tiempo para la fantasía, para la creación de cuentos y otros relatos. El que sigue se ambienta en la vereda de una población boyacense, donde una familia humilde experimenta algo hermoso y sorprendente en esta época del año.

Al final del día, Toñito terminó de revisar el sembrado de maíz y de papa. La tarea le significó un esfuerzo grande porque la parcela que le habían alquilado quedaba en un terreno empinado y las matas las tuvo que sembrar atravesadas, para que la tierra y el sembrado no se rodaran en época de lluvias. Mientras caminaba hacia la salida, hablaba en voz alta, para que no se le olvidaran las cosas. Siempre lo hacía porque su memoria era débil y esa técnica le ayudaba a recordar las cosas, según le había dicho alguien en su lejana niñez. De esta manera, repitiendo lo que tenía que hacer, algo se le quedaba. 

Se acercaba la navidad y pensaba que si lograba recoger la cosecha la siguiente semana, quizás tendría tiempo para venderla, pagar la cuota del banco y conseguir algún regalito para su mujer y su hijo de escasos cinco meses que lo esperaban en el ranchito.

–“Rosa María necesita un vestido dominguero y voy a dárselo. El niño necesita ropita, pañales y un buen saco de lana para el frío que hace por la noche. ¡Con esa platica me puede alcanzar…!”. 

Y se frotaba alegre las manos, mientras desataba a Lucio, el burro fiel que lo acompañaba siempre a su labranza. En pocos días tenía que cosechar la papa, el maíz, la zanahoria y las arvejas. Quizás, con suerte, también podría recoger y vender algunas peras y manzanas de los árboles que estaban dando su primera cosecha. 

Toñito se subió al lomo de su burrito, repitiéndose las tareas pendientes, listo a recorrer los ocho kilómetros que había entre la parcela alquilada y su casita en arriendo en donde le esperaban su esposa y su hijo. 

Toñito vivía en la vereda Labranza Grande, en las faldas de la montaña que tutela a Santa Rosa de Viterbo. Había pasado su infancia y juventud en sus veredas y se sabía de memoria las poblaciones cercanas al pueblo. Conocía muy bien a Tobasía y Floresta. De niño había subido varias veces hasta el páramo de la Rusia, cruzando campos vírgenes de frailejones para pescar allí, con sus amigos, algunas truchas en la quebrada de agua fría y transparente. Ahí terminaban para él su mundo y sus fronteras.

En toda su vida, Toñito solo había viajado cuatro veces hasta Tunja para que lo atendieran los médicos que le miraban la dolencia con la que nació y que le impedía progresar en el entendimiento. Como sus padres fueron pobres y jornaleros, no habían tenido con qué pagar el tratamiento que los médicos especialistas les recomendaban y que, de pronto, hubieran curado al niño de su dolencia. Por eso, a Toñito, como todo el mundo lo llamaba y conocía, se le fueron quedando en su cabeza solo las cosas que pudo entender. Nunca fue a la escuela, nunca aprendió a leer y escribir y, con lo que entendió, se crio. Con eso, el mundo fue suficiente para él. Algunos decían que era retrasado; otros, que se había golpeado la cabeza al caerse de la cuna y por eso era corto de entendimiento. Otros, más supersticiosos, hicieron cuentas hacia atrás desde la fecha de nacimiento de Toñito y responsabilizaban a los papás de su desventura por haber engendrado a la criatura en viernes santo. 

Cuando tenía cinco años, sus padres murieron en un accidente de bus cerca de Duitama. Fue criado por el padrino y su mujer, dos campesinos labradores que le enseñaron con paciencia cuándo limpiar el terreno, cuándo arar, cuándo sembrar, cómo prevenir que las matas se engusanaran y cuándo y cómo recoger las papas, la zanahoria, el maíz, las habas, las arvejas, los fríjoles y las otras cosas que daba la tierra y que se necesitaban para un cocido boyacense. Buena, tan buena como él, era el agua de la acequia que hacía crecer la vida, que ponía las maticas verdes, que llenaba de flores los potreros y que bajaba del páramo, junto a los frailejones. En fin, Toñito hacía las cosas a su modo, lo mejor que podía, y aunque algunas le salían mal, era feliz cuando lo felicitaban si le salían bien. 

‒Toñito, venga; Toñito, vaya; Toñito, ponga; Toñito, tome. 

Esas fueron las palabras más frecuentes que guiaron su comportamiento y nunca vio problemas en ponerlas en práctica, mientras otros no sufrieran. Toñito sabía distinguir muy bien la alegría y el sufrimiento. Hacía todo lo que lo ponía feliz y evitaba todo lo que lo hiciera sufrir. Eso mismo lo aplicaba instintivamente en su trato a los demás. Se conmovía cuando veía a alguien llorar y reía con la risa de los niños, con los chistes que no entendía o con las caídas de los payasos del circo, al que entraba sin pagar cuando llegaban al pueblo. 

Su alma era genuinamente buena y bondadosa. ‒Parece que todavía le chorrea el agua del bautismo, decía el párroco de la iglesia, cuando Toñito le entregaba feliz los domingos la bolsa de la limosna que había recogido en la misa de doce, en la que siempre acolitaba. A Toñito le encantaba pedir la limosna porque se plantaba sonriente enfrente de los remolones, mientras les sacudía la bolsa pidiendo más monedas o billetes. Los feligreses domingueros siempre ponían algo en la bolsa de Toñito o tenían que aguantarse avergonzados el tintineo de su bolsa de pedigüeño.

De este modo, entre el campo, las cosechas y su viaje dominical a la iglesia su vida pasó pronto, como transcurre la vida de quien era considerado, aunque no se lo dijeran, el bobo del pueblo.

***

A sus 35 años se había ido a vivir con Rosa María, una mujer de la vereda, que sí lo entendió, que supo que él era bueno y que se enterneció con su inocencia y su buen corazón. Era simple y dulce como una buena mazorca, con los granos bien alineados y blanditos, siempre listo para ser desgranado. Gracias a lo que le aprendió a su padrino, Toñito dominaba la rutina necesaria para sacar de la tierra el pan de cada día.  

¡Si uno sabe eso, con eso está bien y está feliz!, le decía a Rosa María cuando ella le preguntaba por qué no intentaba aprender a leer y escribir. 

–Es que siempre me dijeron que pa´ qué aprendía eso, que con eso no podía cultivar la tierra. Además…, es que yo no entiendo nada de eso. Mejor abono las maticas…

***

Cuando comenzaba a oscurecer, casi a las seis de la tarde, Antonio y Lucio, su burro compañero, ya habían recorrido casi la mitad del camino. Alcanzaron a una pareja que caminaba lenta por el sendero empinado. El hombre se apoyaba en un bastón y llevaba a cuestas un pesado bulto. Su mujer, con rostro joven y trenzas campesinas, caminaba despacio, con su vientre bien abultado, tal como lo tenía Rosa María casi seis meses atrás, poco antes de que naciera el Florentino. Se veían cansados y preocupados.

–¿Y eso qué les trae por aquí a estas horas, sus mercedes? ¿Para dónde marchan? –preguntó Toñito, extrañado e interesado. 

–Nos cogió la noche por aquí, el pueblo está lejos y estamos buscando dónde refugiarnos, –respondió el desconocido que hablaba medio enredado. Soy José y ella es María, mi mujer. Estamos esperando un niño que pronto va a nacer.

–Yo soy Toñito Palencia, para servirles. Soy vecino de Labranza Grande y voy para mi ranchito. Ya se viene la noche… ¿Qué van a hacer ustedes?

–Pues… señor Toñito, ¿sabe dónde podríamos descansar por esta noche? –respondió José, que hablaba ciertamente con un acento desconocido. 

Sin dudarlo, respondiendo con naturalidad a su manera de ser, Toñito pegó el brinco, se bajó de su burro y, con plena conciencia de lo que hacía, le ofreció la mano a la joven madre.

–Venga, ayúdeme, sumercé, don José, y trepamos a la niña encima del burrito. Se llama Lucio y es mansito. Verá que no la tumba y así puede descansar mientras llegamos a mi casita.

 Y entre los dos, con la fuerza vigorosa de José, acomodaron a la joven sobre el lomo del burrito. Lucio parecía entender que cargaba sobre él un tesoro muy valioso y ni se movió mientras María se acomodaba. Escasamente reaccionó con las orejas y comenzaron la marcha hacia el rancho de Toñito. 

–Pues se quedan en mi casita, que está por allá… ¡No se preocupen! Este Toñito Palencia, de la vereda de Labranza Grande, está para servirles –dijo con entusiasmo. Eso allá nos acomodamos y se toman una sopita. Sumercé linda, está delicada, y mi Rosa María le puede ayudar porque ya tiene experiencia. Es que nosotros tuvimos a Florentino hace unos meses… ¡Y fuimos capaces los dos solos!

***

Rosa María los recibió de la mejor manera. Limpió la silla de madera y cuero para que se sentara María, la joven que pronto sería madre. Luego, les ofreció agua fresca recogida de la quebrada y bien hervida, como les había enseñado la enfermera del Centro de Salud y corrió la banca larga en la que descansó José. Toñito, muy acomedido, le ayudó con el bulto. 

–Venga le recibo ese bulto y lo pongo por aquí, don José. ¡Uy, pero sí que pesa! ¿Tá lleno ´e piedras…?

Y acomodó el bulto en el rincón junto a la cama. Allí cerca estaba la cuna donde Florentino dormía un profundo sueño. José miró a María con una tierna sonrisa que mostraba entre complicidad y alivio. Efectivamente, confirmaron que sí habían encontrado al Toñito que buscaban desde hacía varios días. Solo lo supieron ellos dos y sonrieron con complicidad. Pero ni Rosa María ni Toñito lo notaron.

Con ayuda de su compañero, que se esforzaba por soplar la leña en cuclillas, sobre el fogón de cuatro piedras, Rosa María preparó una mazamorrita de cubios, habas, mazorcas, zanahorias, arvejas y frijoles, todos recogidos en la parcela. Sacó un poco de harina del guacal y le mezcló la poca carne salada que les quedaba, para que le diera sustancia y aliviara la fatiga que se le notaba a los viajeros. El aroma del cocido llenó el ambiente y los huéspedes agradecieron los favores a la pareja que los recibía con tanto cariño. 

Mientras tomaban la deliciosa sopa, el cielo se cubrió de nubes y se desgajó un aguacero. 

–¡Bendito, mi Dios!, que nos mandó agüita esta noche, porque mis maticas la necesitan y ya tengo que recoger la cosecha. ¡Voy a poder vender todo para que tengamos una nochebuena bien bonita los tres! –dijo, señalando la cuna de Florentino. ¿O los cinco?

Toñito estaba dispuesto a atender a los viajeros todo el tiempo que fuera necesario.

–¡Mija! Si aquí estos viajeros necesitados no consiguen dónde quedarse, pueden estarse con nosotros, por lo menos hasta que les nazca el criatura, ¿verdad?

Y con una sonrisa bondadosa, Rosa María confirmó el ofrecimiento de Toñito. 

–¡Con mucho gusto, susmercedes! Aquí nos las arreglaremos de alguna manera y donde comemos dos, pues… comemos cuatro o cinco.

Luego de la sopita, con el calor de ese hogar tan hermoso y acogedor, María aceptó acomodarse en la única cama, para compartirla con Rosa María, cerca de la cuna de Florentino. José se recostó en la cuja de Toñito y puso su cabeza sobre el bulto que cargaba. Toñito, acostumbrado a dormir donde le cogiera la noche, se durmió sobre el piso, cubierto con la raída ruana de Nobsa que le habían regalado hacía años, en navidad. Y la lluvia, la noche y el silencio lograron que todos descansaran y se durmieran, esperando el nuevo día. 

Dormido, Toñito sonreía feliz, más que nunca, por haber recibido y ayudado a los viajeros. Su rostro tenía ese color rosado y blanco que Rosa María le había notado cuando descubrió la bondad en el hombre que ahora la acompañaba en sus noches y sus días. 

***

Con el canto de los gallos y el llanto de Florentino, Toñito abrió los ojos, preocupado por saber cómo habían amanecido los viajeros. Miró a su alrededor con la escasa luz que se filtraba por los postigos y descubrió asustado que en el ranchito solo estaban Rosa María, él y Florentino, que pedía a gritos su comida. 

–¿Y dónde están Don José y la niña María? ¿Sumercé sabe, mija?

Entre dormida y despierta, Rosa María alzó al niño y se apresuró a amamantarlo para calmar su justificada petición de alimento. 

–Pues, yo no los sentí levantarse, –respondió. ¿Será que ya se fueron? Asómese, Toñito. Vaya rápido. 

Y Toñito salió del rancho, miró por los alrededores y no encontró a nadie, excepto a Lucio que andaba suelto frente a la puerta y que parecía contento, mostrando una silla nueva y bien cuidada, mientras desayunaba un montón de pasto fresco y recién cortado. Sorprendido con lo que veía, Toñito se acercó hasta el burro y confirmó que tenía una silla de cuero nuevecita y muy buen puesta. Tenía pintado en ella algo que él no entendía, porque no sabía leer. 

Entró al rancho y miró, asombrado y asustado, que su ranchito se veía completamente cambiado. Estaba limpio, oliendo a rosas frescas, con el piso de tierra totalmente barrido. Ya no estaba el fogón de cuatro piedras en el rincón, porque ahora había allí una estufa alta, de cuatro quemadores, para que su Rosa María no tuviera que agacharse a cocinar. Toñito sacudió la cabeza porque veía a su mujer y le parecía muy linda. Estaba alimentando a Florentino sentada en la silla donde la noche anterior se había sentado María. Solo que, ahora, la silla era una mecedora de mimbre, reluciente y nuevecita, y Rosa María tenía puesto el vestido que Toñito le quería regalar de nochebuena. La cuja de paja montada sobre ladrillos, ahora era una cama buena y bien tendida. Su vieja y raída ruana de Nobsa ya no estaba y ahora había otra, extendida sobre la cama, oliendo a nueva, motosa y abrigadita. Todo le parecía renovado, como cuando el campo se llena de flores en mayo. 

Toñito se rascaba la cabeza y no podía creer lo que veía. Su corazón estaba acelerado. Sentía unas ganas de reír y de saltar y salió corriendo por el camino, brincando de alegría. Cualquiera que lo hubiera visto así habría creído que el bobo del pueblo también se había vuelto loco. 

En su hermoso corazón, sin embargo, había ocurrido un milagro verdadero. Rosa María, en silencio, sentada en el ranchito, sí comprendía lo que había pasado y daba gracias a Dios porque a Toñito le había llegado su noche buena por ser el mejor hombre, el mejor ser humano, un verdadero hombre de buena voluntad.

Y allí, sobre el comedor nuevo en el ranchito campesino, ahora estaba un pequeño pesebre. Las figuras tenían los rostros iguales a los de los viajeros de la noche, la noche buena, la noche en que Dios se reveló a los pobres y humildes de corazón. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Diciembre, 2021

7 Comentarios

Guillermo Sanz 31 diciembre, 2021 - 6:34 am

Muy bonito, sumercè!

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Vicente Alcalá 31 diciembre, 2021 - 7:03 am

El autor parece vecino de Toñito, de toda la vida… pero «estudiado»porque el cuento esta muy bueno y bonito.

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Humberto Sánchez Asseff 31 diciembre, 2021 - 4:24 pm

Qué bonito cuento de Navidad. Sugiero que lo publique en forma ilustrada para que lo disfruten los niños de ahora, con navidades tan distintas. Buena esa, Bernardo.

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 31 diciembre, 2021 - 6:52 pm

Maravilloso cuento, Bernardo, con profundo significado y de gran belleza literaria. Felicitaciones!

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Pedro Benitez 1 enero, 2022 - 1:20 pm

Muy bello y sencillo cuento..nos metes de nuevp en el significado profundo de la Navidad

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Hernando Bernal 4 enero, 2022 - 7:50 am

Hermosísima parábola que merece ser ampliamente divulgada. Gracias.

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u 18 enero, 2022 - 9:29 pm

Gracias sinceras a todos por sus valiosos comentarios. Procuraré avanzar en esta clase de narraciones nacidas de momentos inspiradores como la Navidad, de las experiencias de formación en los años mozos y de la manera como me imagino que ocurren estas viñetas en personas dispuestas a abrir su corazón y su mente sin restricciones, a lo inefable, al misterio y al milagro de un Dios que se ha hecho hombre por todos nosotros.

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