Teología y paz total

Por: Vicente Alcala
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En 2016, escribí el ensayo “Teología del conflicto y el armisticio”; hoy cobra actualidad, al tener lugar los nuevos diálogos hacia la paz, esta vez con el ELN y quizás con otros grupos armados. El Ejército de Liberación Nacional tuvo en sus orígenes relación con la Teología de la Liberación y vale la pena preguntarse si la teología tiene algo que decir sobre el conflicto armado y sobre los diálogos hacia la paz total.

La Teología de la liberación, tuvo y tiene mucha resistencia. El ELN provoca mucho mayor resistencia e indignación. El acuerdo que se firmó con las Farc tuvo mucha resistencia, evidenciada en el NO a la pregunta del plebiscito de octubre de 2016. En el año 2023, ¿qué aceptación pueden tener los diálogos del Gobierno con la guerrilla del ELN y otros, hacia la paz total?

Más que pronunciarse por un sí o por un no, el presente artículo ofrece elementos de reflexión ante la nueva circunstancia de diálogo con uno o varios de los grupos armados ilegales. 

La pregunta en 2016 fue: si la Teología tenía algo que decir sobre el conflicto armado colombiano, y sobre los esfuerzos hacia la resolución de éste. Una posición agnóstica, daba implícitamente una respuesta negativa al afirmar que “La salvación es posible. Solo que es la salvación en el hombre y por el hombre. Si se quiere, parodiando a Sartre, el infierno somos nosotros. Y de él podemos salir sin la ayuda de un Dios ignoto (desconocido)”¹. Si comprendemos la acción de Dios, no como seguramente la entiende el agnóstico citado, sino como es, como la del absoluto trascendente y a la vez como lo más íntimo, fundamental y presente en la creación evolutiva y en la historia toda², entonces sí tiene sentido comprender lo que la teología cristiana nos dice acerca del conflicto armado y sobre la forma de salir de este infierno de la violencia en Colombia, con la cooperación a la acción creadora, viva, redentora y permanente del Dios trascendente, a través del propio movimiento ascendente del mundo y del dinamismo humano que se supera a sí mismo y que logra lo superior desde abajo, desde lo inferior. 

Si esto es así, y si la paz es superior a la guerra que es inferior, entonces, la consecución (siempre en construcción) de la paz es a la vez creación de Dios y cooperación del hombre; toda acción humana verdaderamente liberadora y salvadora -desde abajo- y la creación permanente de la acción trascendente de Dios -desde arriba- son solo dos aspectos, ambos por igual verdaderos y reales, del prodigio sumo de la evolución y de la historia.

Ocurre que -se afirme o no; se acepte o no- Dios siempre está actuando en la historia a través de nosotros cuando secundamos el dinamismo de superación, de evolución positiva, de progreso, de humanización, de perfeccionamiento, de solidaridad y de justicia; cuando obramos de acuerdo con la tendencia -inscrita por Dios mismo en nuestra naturaleza humana- hacia la verdad y el bien. 

Y cuando obramos en sentido contrario al dinamismo de superación, de solidaridad y de justicia, ¿es que Dios no sigue actuando, ni está presente en la historia? Sí, Dios siempre está presente “disponible” y actuante… Otra cosa es que nosotros ignoremos o rechacemos esa presencia creadora y salvadora, o actuemos contrariando esos dinamismos, frenándolos o desviándolos, no obrando la verdad ni el bien, por nuestra decisión. En este último caso, Dios está presente, pero nosotros actuamos, no con él, sino en contra de él, de los demás y de nosotros mismos.  

La anterior no es una visión idealista o ingenua, pues precisamente sabemos que la historia de la culpa y la historia de la salvación se compenetran inseparablemente: la historia de la revelación redentora de Dios, por medio de la acción humana justa y liberadora, acontece siempre en la historia concreta que está cargada a la vez de error, de abuso, de violencia, de injusticia, de pecado. La historia concreta no es nunca simplemente la pura historia de la revelación y redención de Dios, sino que ésta acontece siempre en la primera, con todas las atrocidades que la libertad humana produce en ella³.

Una visión e interpretación adecuada de la historia reciente colombiana, no puede quedarse en la afirmación realista y dolorosa de las violencias y tragedias producidas por la ignorancia y la mala voluntad de los actores armados y no armados, sino que a la vez hay que reconocer la bondad generalizada en la población colombiana y los esfuerzos por superar lo injusto, lo delincuencial, lo ilegal, lo inhumano de nuestra sociedad.

Los diálogos hacia la paz y los acuerdos que se logran no producen resultados automáticos. Se parecen a la Salvación que Jesucristo logró para la humanidad: la hizo posible, la puso a disposición de todos… pero si no la aceptamos y la secundamos, seguimos en el pecado y en la muerte.  

Los recientes artículos publicados en este blog ‒Paz total: complejas dimensiones y avances esperanzadores y Novedades y encrucijadas de la negociación de paz con el ELN‒ ilustran los esfuerzos actuales. La liberación de la esclavitud, de la injusticia, la miseria, la explotación… es un objetivo encomiable y era seguramente un propósito inicial del ELN que, desafortunadamente, fue olvidado o extraviado por el camino. La Teología de la Liberación tiene su fundamento histórico en la acción de Dios con el pueblo de Israel para lograr el éxodo, la salida de Egipto en que sufría esclavitud, y llegar a la “tierra prometida”.

Pero una lectura incompleta de la Escritura da pie a una teología de la liberación que se olvida de la Salvación como culto y obediencia a Dios. Es cierto que el Señor dijo a Moisés: “La queja de los israelitas ha llegado a mí y he visto como los tiranizan los egipcios. Y ahora anda, anda, que te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo”. Pero la “tierra prometida” no es el único objetivo de la acción de Dios en favor de su pueblo; al menos cuatro veces dice Dios al Faraón “Deja salir a mi pueblo para que me rinda culto”. La mera posesión de la tierra, la mera autonomía nacional haría a Israel semejante a los demás pueblos; la tierra como tal, y en sí misma, solo se convierte en el bien verdadero, en el auténtico don de la promesa, cuando Dios reina en ella, cuando es lugar de obediencia en el que se realiza la voluntad de Dios y se instaura así la forma auténtica de existencia humana.

La liberación es incompleta, más aún, no es posible sin la Salvación, sin el culto y obediencia a Dios. La Salvación es, no solo una realidad futura, una vida después de la muerte, sino la vida unida a Dios y a la acción de Dios, la vida con la presencia de Dios y la acción que coopera con el plan y la voluntad de Dios. La primera obligación humana es rendir culto a Dios: honrarlo, reconocerlo, adorarlo; pero el verdadero culto a Dios no es ya el de los sacrificios de animales, y la verdadera adoración a Dios es la de aquellos que adoran al Padre en Espíritu y en Verdad: obrando la justicia y la solidaridad; no el mal, la violencia, la injusticia, la corrupción o quedándose en la indiferencia.   

La teología cristiana nos dice que los esfuerzos hacia la paz total en Colombia son caminos de liberación y Salvación; lo importante es recorrer esos caminos con la luz y la ayuda de Dios, y renunciar a todos los desvíos humanos, ciegos o maliciosos, y evitarlos.   

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[1] Acevedo, José Manuel (ed.). (1992). Manual de Ateología: 16 personalidades colombianas explican por qué no creen en Dios. Bogotá: Tierra Firme Editores, p. 59.

² Ratzinger, Joseph y Karl Rahner. (2012). Revelación y Tradición. Barcelona: Herder, pp. 13-17.

³ Id., p. 19.

Vicente Alcalá Colacios

Enero, 2023

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