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Y todo por una silla

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Esta historia real me la contó una persona que es amigo mío desde la infancia. Me llevó a reflexionar, no obstante la sencillez de su relato.

Un día, Alberto le hizo dos preguntas a Juan: “¿a cuántas personas le debes agradecer hoy algo en concreto?” y “¿tienes algún tipo de relación con ellas?”.

La respuesta a tu primera pregunta es muy fácil, le dijo Juan. Empezó a contar esas personas en los dedos de la mano: su esposa, su hija, sus dos hermanos, su empleada del servicio… ¡Ah!, y también dos amigos con los que había hablado ese día. 

Reflexionaba y cada vez le costaba más trabajo encontrar otras personas a quienes agradecer.

“¿Tienes alguna silla en tu casa?”, le preguntó Alberto. “Claro que sí”, le contestó Juan. “¿Te has sentado hoy en ella?”, indagó Alberto. “Sí, esta tarde. ¿Por qué?”, replicó Juan. Entonces, Alberto le hizo una pregunta que revolcó interiormente a Juan: “¿has pensado cuántas personas hicieron posible que hoy pudieras sentarte en esa silla?”.

Juan nunca había pensado en ello. Por eso, Alberto empezó a enumerarle a Juan solo unas cuantas personas: “el carpintero que la hizo”, le dijo. “¡Correcto!, una persona más para añadir a mi cuenta”, apostilló Juan. “¿Una persona más?”, le dijo Alberto. “¿Dónde dejas a los padres de ese carpintero y a todos sus antepasados? ¿Quién sabe hasta cuántos años, siglos o milenios atrás habría que ir…?”.   

“Ah, no, eso es llevar las cosas al extremo. Yo estaba haciendo cuentas de personas reales”, le replicó Juan, a lo que Alberto respondió: “pero es que si solo un individuo de los de esa extensa lista, a quien calificas como no real, no hubiera intervenido, no habrías podido disfrutar de tu descanso hoy en esa silla. Ese antepasado es tan real como tú mismo”. 

“Ahora, sigamos con algo más”, continuó Alberto. “Piensa en el ascensor por el que subieron la silla hasta tu apartamento. Dedica un momento a pensar en los que lo construyeron e instalaron y en todos los que contribuyeron a la elaboración de cada uno de sus componentes…, hasta los más pequeños tornillos, y en los antepasados de todas esas personas. Si uno solo de ellos hubiera faltado, no habrías podido llegar a tu apartamento”. “Basta”, le dijo Juan a Alberto. “Es una cantidad infinita de individuos a quienes les debo el gusto de poder sentarme en mi silla. Y no las conozco ni me es posible siquiera lograr llegar a conocerlas”.

En ese momento ‒me comentó mi amigo‒, la imaginación de Juan comenzó a dar vueltas y vueltas. Cada cosa que miraba: el techo de la habitación, la lámpara, la luz eléctrica que lo estaba iluminando en ese instante, sus manos (ahí vio a sus padres con toda su familia hacia atrás), cada bocado de comida que se había llevado a la boca (allí atisbó a los campesinos con sus cultivos, a los que hicieron los camiones que recogieron sus cosechas) y una larga fila de antepasados de cada uno de ellos…, hasta que llegó un momento en el cual Juan sintió que, dentro de él y frente a él, brotó una luz que fue ‒según dijo‒, como un resplandor de una intensidad tan brillante que le hizo percibir una infinita cantidad de personas y le hizo sentir también que era parte integral de toda la humanidad y que a todas ellas tenía que agradecerles. Más aún, que era parte integral de todo el universo. Una energía vital recorrió todo su cuerpo, según le comentó a Alberto. 

“Ahora sí, le dijo Juan, respondo a tu segunda pregunta: gracias a todos y a todo el universo. Ese es mi tipo de relación con todos y cada uno de ellos: agradecimiento”,

Y así, a partir de una sencilla silla, al mirar a las personas, a los objetos, a la naturaleza y al universo, Juan va cada día dándole gracias a todos y amando al universo en quien, según él, vive, se mueve y existe.

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2023

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