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‘Y la nave va…’

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Diríamos de este país, pero también expuesto a naufragar, si sus dirigentes pierden el rumbo.

Como lo saben los amantes del cine, este es el título de una película del gran Federico Fellini. La cinta es de 1983 y desde la época en que la vi por primera vez he conseguido volver a disfrutarla dos o tres veces, siempre fascinado por este genio del séptimo arte.

La cuestión, que quizá consulte con un psiquiatra ahora que importa tanto la salud mental, es que cada que leo las noticias o veo actuar a ciertos dirigentes y funcionarios de diversas ramas y niveles del Estado, se me viene a la cabeza la bendita película con todas sus alucinaciones. Como si fuera poco siento que, por fin, después de tantos años, entiendo bien de qué se trata.

Para quienes no la conocen, me permito hacer este resumen: la historia se desarrolla a bordo de un lujoso transatlántico que transporta las cenizas de una famosa soprano fallecida a su último lugar de descanso en alta mar. El barco está lleno de una ecléctica mezcla de pasajeros, incluyendo a artistas de la ópera, aristócratas, periodistas y otros personajes extravagantes. A medida que la nave navega hacia su destino, los viajeros se ven envueltos en una serie de situaciones surrealistas.

Durante todo el viaje estos personajes se embarcan en una increíble lucha de egos. En una escena memorable, los cantantes visitan la sala de máquinas de la nave donde, por supuesto, hay un ruido infernal y a pedido de los maquinistas se trenzan en un improvisado torneo vocal que delata las rivalidades y envidias entre los artistas en un excepcional estudio psicológico que no sería muy distinto a lo que vemos en nuestro país de la belleza. No faltan, desde luego, los pobres, representados por un grupo de refugiados serbios recogido en alta mar –todo ocurre al inicio de la primera guerra mundial– y amontonado en la cubierta, donde los viajeros oficiales les observan con suma curiosidad, como si se tratara de una rara especie.

Así como ocurre de tiempo en tiempo en nuestro mundo felliniano, se descubre un día que en el barco viaja un rinoceronte africano que se está pudriendo y apesta por todos lados, como si fuera alguno de esos hoyos de corrupción que todo el mundo ve, pero que nadie sabe cómo sacar ni qué hacer con él. Todos los tripulantes lo contemplan aterrados, pero pesa toneladas y se ignora la forma de lidiar con él. Simplemente hay que llevarlo con su fetidez, como a ciertos personajes que se nos incrustan en el centro de gravedad, ocupando espacios de las noticias, fastidiándonos, pero irremediablemente impunes.

La película combina elementos de comedia, sátira política y exploración de la condición humana. Fellini utiliza la trama del viaje en barco como un medio para explorar temas como la vanidad, la decadencia de la sociedad europea antes de la guerra y la naturaleza efímera de la fama y la belleza. Estos temas tan universales perduran y se convierten en materia obligada de reflexión en cualquier época. Lo interesante, lo que me ha reactivado el recuerdo específico de esta obra maestra, es su actualidad y su cercanía con nuestras realidades.

El ejercicio del poder, que debería ser el escenario por excelencia de la ponderación y la prudencia, en cuanto pretende asegurar el destino de todos los ciudadanos, con frecuencia se trastoca en una pasarela de abusos, despropósitos y vanidades. Quienes arriban a un ministerio, a un ente de control, a un cargo subalterno de menos lucimiento, comienzan a pujar para ser más visibles, para obtener mayores beneficios, para cantar más fuerte…

Y la nave va, diríamos de este país con sus virtudes y sus virtuosos, pero también expuesto a naufragar si sus dirigentes pierden el rumbo y olvidan que todos los ocupantes necesitan llegar a puerto seguro. El film –perdón que cuente el final– culmina con el hundimiento de la nave mientras los pasajeros huyen en botes salvavidas al son de la música de Verdi.

Francisco Cajiao

Octubre, 2023

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