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“La verdad de la no repetición” – ¿Un mundo posible? 

En la entrega anterior planteaba esta hipótesis: si lográramos tener unas creencias e imaginario colectivo compartido sobre los valores en que creemos y la forma como  queremos vivirlos, nuestras acciones como personas, familias, comunidades, regiones y como país lograrían el cambio que deseamos. Sin embargo, creería que además de compartir unos valores, se haría preciso tener unas verdades comunes y, entre ellas, propondría la verdad de “la no repetición”. 

Todos hemos sentido de alguna forma el rigor del proverbio que dice “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra” y que, según el Instituto Cervantes*, significa que “el ser humano no siempre sabe discernir conforme a la razón y por esa causa no aprende de la experiencia y vuelve a equivocarse en una situación semejante”. Ante ese vaticinio me sigo preguntando: ¿será que la violencia, el maltrato, la discriminación y la exclusión serán piedras con las que siempre tropezaremos? ¿Habrá un mundo posible donde la “repetición” de estos flagelos no se dé?

Esto viene rondando mi cabeza especialmente desde que el equipo que conforma la Comisión de la Verdad, liderada por Francisco de Roux, con su trabajo juicioso y riguroso, se ha dado a la tarea de esclarecer la verdad sobre el conflicto en Colombia y buscar la no repetición. En esa búsqueda de la verdad nos han permitido escuchar las voces de las víctimas y de los victimarios, todos ellos bajo diversas identidades, procedencias, ropajes y roles que en su momento les permitieron sufrir o alimentar el conflicto. 

En esa búsqueda de la verdad, ¡magna tarea que le han dado a los comisionados!, se han escuchado todas las versiones, desde las fundamentadas en hechos concretos, hasta aquellas que solo tienen como soporte la memoria, la ausencia y el dolor de la desaparición. La lucha entre lo objetivo, lo interpretado, lo corroborado y lo contrastado se vuelve cada día un reto mayor ante una sociedad que cada vez está más perpleja y desconcertada ante esta catarsis colectiva de víctimas que ha inundado el país. Luego de escuchar a Francisco de Roux, quien con su mirada compasiva nos invita a hacer lo mismo, nos dice que “los victimarios antes que nada han sido víctimas”, y de conocer sobre tanta crudeza y dolor, me sigo preguntando: y con esta realidad, ¿cómo podría ser Colombia el país en que me gustaría vivir?

Si bien la Comisión tiene muy claros sus objetivos y metodologías para lograr su cometido, me sigue inquietando saber cuál es la verdad común que necesitaríamos tener como colombianos para hacer de Colombia el país en que nos gustaría vivir. Es más, al escuchar en días recientes el diálogo o, mejor dicho, la interlocución entre Salvatore Mancuso y Rodrigo Londoño facilitado por esa misma Comisión, recordé una de las populares doloras de Ramón de Campoamor: “y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira /”, y observaba cómo cada uno de ellos tenía “su verdad” o “su cristal”… empañado muchas veces por el odio y/o “el fin justifica los medios”, mostrando ambos con gran maestría su impotencia para “justificar lo injustificable”.

Imposible no reconocer la insensatez y la deshumanización que lleva consigo la guerra. Allí no hay lógica, no hay racionalidad, solo hay seres que se dejaron arrastrar por sus instintos animales y sacaron lo peor de sí mismos y de los demás. Un gran testimonio para reconocer que el camino de la violencia, del maltrato, la discriminación y la exclusión solo trae dolor y odio y, lo peor, no beneficia a nadie. Al escucharlos no solo llegaron a mi mente imágenes y sonidos de dolor y atrocidad que se han vivido y se siguen viviendo en nuestro país, sino también otros hechos que hemos vivido como familia humana en nuestro planeta a lo largo de la historia.

Gandhi, Mandela, Martin Luther King, el juicio de Nuremberg, el juicio de Tokio y el nacimiento de la Corte Penal Internacional, los campos de concentración, el muro de Berlín, el Museo del Apartheid en Johannesburgo, el Museo del Holocausto en Jerusalén… personajes, hechos y símbolos de la historia reciente que están ahí para no olvidarlos, que nos invitan a “No repetir”, a que saquemos no lo peor, sino lo mejor de nosotros mismos. Y eso, “lo mejor”, por la equidad de la creación, todos lo tenemos; es más, todos lo llevamos en nuestro interior.

Estoy convencida de que el proceso que estamos viviendo en Colombia puede convertirse en una gran luz de esperanza, en dejarnos la gran verdad colectiva y compartida de la no repetición, la verdad del reconocimiento, la comprensión y la convicción de que el camino de la violencia, el maltrato, la discriminación y la exclusión solo trae dolor y odio y no beneficia a nadie. Una luz que nos invita y alerta a que no repitamos lo que nos daña y destruye, a que no tropecemos de nuevo con estas piedras.

Porque vivir en una Colombia donde su verdad fundamental compartida sea la no repetición de palabras y actos que dañan y destruyen, es donde me gustaría vivir. Un país en que esa gran verdad colectiva ha surgido de unos ciudadanos valientes y audaces que enfrentaron sus propios demonios y les dieron la cara y les dijeron: no más. Un país con una gran tarea pedagógica y de compromiso con las generaciones presentes y futuras y con el propósito de restaurar la dignidad y la vida de los que han sufrido lo insufrible. Una Colombia que cuente con todos los testimonios, voces y lágrimas de los actores del conflicto para hacer que nuestra conciencia como ciudadanos se abra a la transformación y no repitamos más actos de violencia, maltrato, discriminación y exclusión. ¡Un mundo posible que está en nuestras manos alcanzarlo! 

Porque fuimos creados para ser más y no para ser menos humanos.

https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=58612&Lng=0

Marta Elena Villegas

Septiembre, 2021

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