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En el artículo anterior identifiqué cuatro categorías o culturas que reflejan diferentes comportamientos como colombianos y creencias o imperativos morales que subyacen a ellas. Acotaba cómo todos al actuar podemos reflejar unas creencias no solo de uno o más tipos de cultura ‒o de todas‒, dependiendo de las circunstancias de cada quien. Tal situación nos permite camuflar las actuaciones de “villanos” o destructores del bien común con otras más nobles, de cuidado o de trabajo esforzado. 

Nuestra ambivalencia comportamental nos ha llevado a conformar una sociedad donde pareciera que “todo vale” e impide llamar “malas, dañinas o incorrectas” ciertas actuaciones, porque el “personaje” que las realiza en otros ámbitos es considerado un “buen ciudadano o una persona exitosa”, lo que confunde el razonamiento moral. Todo esto coadyuvado por la presencia, en la historia social, económica y política de nuestro país, de personajes estilo Robin Hood, quienes para unos son “villanos” y para otros “héroes”, cuyas “buenas obras” están a la vista de todos en la amplia geografía nacional. 

Esa situación ha causado un relativismo moral. Hablo de moral acudiendo a su origen etimológico de costumbre (mor, decían los latinos), donde tenemos una sociedad en que “todo depende” y “todo es a conveniencia”, pues no existen criterios comunes o acuerdos sobre cuáles son los valores o creencias que como sociedad queremos proteger y que, más aún, nos comprometemos a vivir.

De hecho, la invitación que hacía de “volver a nuestro interior, escuchar nuestro corazón, nuestros valores esenciales y reconocer el maravilloso país que se nos ha dado, lo que hemos construido hasta ahora, revisar y hacer un plan de acción sobre lo que queremos como país y cómo queremos vivir”, demanda que, entre todos, mediante el diálogo, soñemos o proyectemos una “nueva categoría de cultura”, categoría que podríamos denominar Cultura de la Colombia sana y sanadora.

La nueva cultura podría tener creencias o imperativos subyacentes como: haz al otro lo que te gustaría que te hicieran a ti; el bien común está primero que el bien particular; hacerse responsable de las consecuencias de los propios actos; los errores se reconocen y se aprende de ellos; todos somos vulnerables y nos necesitamos; la naturaleza y todos los seres vivos requieren ser cuidados. En fin, no puedo ni quiero ser exhaustiva, pues esta propuesta para ser viable y posible demandaría que fuera emprendida colectivamente y con una amplia participación de la sociedad.

Los valores fundantes podrían incluir el respeto, la empatía, la no violencia, la responsabilidad y el bien común. La puesta en marcha de esta propuesta partiría de la reflexión personal de cada uno acerca de sus propios valores y de cómo los entiende en su práctica. Posteriormente, la reflexión y discusión se ampliaría en forma abierta e incluyente para ir obteniendo, mediante el diálogo y el consenso, acuerdos parciales que permitan ir avanzando a un gran pacto de país sobre los valores en que creemos y queremos vivir todos como colombianos. Esto incluiría un entendimiento de las prácticas concretas en las cuales podríamos vivir los valores escogidos, de tal forma que al final nos sintamos y seamos mejores seres humanos. 

En consonancia con lo anterior, mi hipótesis es que si lográramos tener unas creencias e imaginario colectivo compartido sobre los valores en que creemos y la forma como decidimos vivirlos, nuestras acciones como personas, familias, comunidades, regiones y como país lograrían el cambio que deseamos. Sin este acuerdo fundamental, pensaría que avanzaríamos dando “palos de ciego”, con buenos o brillantes programas de gobierno y planes de desarrollo que no seguirían pasando de ser “buenas ideas e intenciones”, pues en la práctica todos nosotros, como personas, seguiríamos igual, “navegando a conveniencia” y sin considerar siquiera la posibilidad de llegar a un puerto común con otros colombianos con quienes hubiera valido la pena hacer el recorrido. 

Soy consciente de que cuando se habla de cambio cultural muchos piensan en utopías o tareas descomunales. Sin embargo, creo que es posible. Habría que dar el primer paso, es más, estoy segura que otros ya lo están haciendo. De hecho, una de las oportunidades que ha suscitado esta pandemia es la de haber propiciado aceleradores de cambio cultural, al desvelar la profundización de realidades como la inequidad, la falta de oportunidades, de reconocimiento y participación, al igual que la necesidad imperiosa de dialogar, escuchar y reinventarse. 

Por ello, en este contexto, un cambio cultural se vuelve ahora una tarea no solo posible, sino también necesaria e ilusionante, de tal forma que en una o dos décadas, si nos lo proponemos, partiendo cada uno de su interior y sin imposiciones o fabricaciones externas, pudiéramos tener como resultado una Colombia en la que salir a la calle se convierte en una experiencia estimulante, sanadora y realizadora, porque nos permitiríamos ser personas más humanas. 

Todas las condiciones están dadas: un país con gente inteligente y maravillosa, una biodiversidad excepcional y un territorio potente que invita a la renovación. Esta es la onda a la que los invito.

Esta es mi primera “piedra”. Por nuestras generaciones futuras, ¿te animas a seguir en esta onda?

Marta Elena Villegas L.

Agosto, 2021

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