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El evocador artículo enviado a nuestro blog por Chucho Ferro para el día del padre de este 2023, nos animó a muchos a escribir “cartas” inspiradas en nuestros padres, que venimos publicando aquí. Es el turno de Luis Guillermo Arango.

Mi padre nació cuando apenas iniciaba el siglo XX, en un pueblo de Antioquia en donde abundaban las minas de oro. 

Hijo único. Estudiaba Primaria en la escuela del lugar. Sobresalió por su habilidad para hacer cálculos aritméticos. Dejaba maravillado a todo el mundo, pues no necesitaba papel y lápiz. Muchos años después, cuando íbamos en carro a la finca que teníamos junto a San Antonio de Pereira, se daba gusto haciéndome sumar, restar y multiplicar durante todo el camino.

Su padre tuvo un revés económico total y se vio obligado a migrar con su familia al pequeño pueblo de Santiago que se encuentra a la entrada del túnel de La Quiebra. Con dolor en el alma, tanto de sus padres como de él mismo, tuvo que abandonar sus estudios cuando cursaba el tercer año de primaria para iniciar su vida de trabajo y así ayudar a su casa.

No se dio cuenta de que la Universidad de la Vida le estaba dando la oportunidad de iniciar la carrera hacia su doctorado en comercio. 

Uno de los habitantes de Santiago que acogió a su familia le dijo un día a mi padre, que para ese momento tenía 10 años: 

– “Guillermo, ¿Sabe sumar, restar, multiplicar y dividir? “ 

– “Claro que sí, eso me gusta mucho”, le respondió. 

– “Entonces, si le regalo este bulto de sal, ¿se le mide a revenderlo por cucharadas?”

En más de una ocasión, mi padre me confesó que una de las más grandes alegrías de su vida fue cuando, al terminar las ventas de sal ese primer día, le pudo comprar a sus papás la comida de esa noche. Así, en la esquina de la plaza de Santiago, comenzó mi padre su carrera comercial. 

No sé cuánto tiempo duró con las ventas de sal ni cómo fue evolucionando su actividad en las ventas. En 1965 tuve la oportunidad de viajar a Santiago. Vi a un señor ya mayor en la plaza y se me ocurrió preguntarle si había conocido a Guillermo Arango que había vivido allí hacía casi 50 años. De inmediato, me dijo: “¿A Guillermito, el niño que vendía cucharadas de sal allí en aquella esquina?, ¡Cómo no me voy a acordar!”.  Por supuesto, mi emoción fue enorme.

En su trabajo, mi padre siempre se distinguió por su escrupulosa exactitud en sus cuentas. Prefería anticipar el pago de sus deudas sin dejarlas llegar al plazo pactado. Su palabra valía más que un documento escrito.

Veló con amor por sus padres para que nunca les faltara nada. Cuando vio que podía sostener una familia, a los 31 años, se casó con mi madre, una jovencita de 20 años. Así fue creciendo, con una envidiable fe de carbonero, meticulosamente practicante, optimista, responsable, alegre. Su doctorado en comercio lo alcanzó cuando llegó a ser propietario de su propia agencia de telas. 

A diario pedía morir “de repente y en tu gracia, Señor”.  Murió de un infarto fulminante.

Luis Guillermo Arango Londoño

Julio, 2023

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