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Una clarinova para mi hijo

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Cuando nos ponemos retos y somos capaces de superarlos, crecemos y estamos listos para cosas mejores. Esta es una historia vivida y lograda en familia, a pesar de todas las dificultades.

En la época del famoso “apagón de Gaviria” en todo el país se apagó la luz durante el horario pico de la noche y los relojes se adelantaron una hora. Aunque sin luz a esas horas, el gobierno obligó a las programadoras de televisión a continuar produciendo y emitiendo sus telenovelas, lo que produjo una crisis financiera en las programadoras “grandes”. 

Para disminuir los costos y evitar que fueran afectadas las familias de los empleados de ingresos bajos, varios gerentes de RCN TELEVISIÓN nos pusimos de acuerdo y unos cinco o seis renunciamos a nuestros cargos, seguros de que encontraríamos otros trabajos más fácilmente que los empleados menos calificados. El presidente de la empresa, agradecido por nuestro gesto, nos prometió que una vez se superara la crisis, nos reintegraría a las labores y, en efecto, un par de años más tarde, así lo cumplió. 

Poco tiempo después, fui nombrado vicepresidente de producción de Punch y, luego de dos meses, por la gestión de una oficina de cazatalentos, fui seleccionado y nombrado jefe de la División de Comunicaciones de Intercor, la empresa minera de la Exxon, operadora en ese momento de la mina de carbón de El Cerrejón, en la Guajira colombiana. Las condiciones y beneficios económicos eran excelentes y, aunque por el cambio tan imprevisto fue una decisión difícil de tomar en familia, aceptamos migrar a esas tierras “lejanas y desconocidas”. 

Aunque todos habíamos aceptado mudarnos al campamento minero, nuestro hijo mayor fue quien más sintió el desarraigo, por el abandono de sus compañeros y amigos de San Bartolomé, por cambiar de calendario escolar y por dejar sus clases de piano en la academia de música. Para fortuna nuestra, entre los residentes del campamento buscamos y encontramos al profesor de música del colegio local, para darle clases privadas a nuestro hijo. De todos modos, el cambio era fuerte y era necesario mantener su interés y atención en el estudio de la música. 

Un día de conversación familiar sobre lo que estábamos sintiendo cada uno con el cambio de ambiente, de residencia y de colegio, nuestro hijo nos habló sobre sus sentimientos y de los obstáculos para continuar con la música. Su teclado era pequeño -suficiente para un principiante- pero incompleto para el nivel que el profesor buscaba para nuestro hijo. Con todo el amor y la unión indisoluble experimentada en nuestra familia, esa tarde me salió del fondo del alma una promesa y un reto para el hijo: ¡Cuando toques Para Elisa sin errores, te compraremos tu Clavinova! 

No calculé el costo del aparato. Pero tampoco me imaginé que mis palabras iban a ser un gran reto y definitivo en la carrera musical de Juan Manuel. Descubrí en ese momento que tocar en ese modelo electrónico de piano japonés era el sueño de nuestro hijo. Sus ojos se le iluminaron y con su estilo y determinación expresó: ¡Está bien! ¡Tendré mi Clavinova! 

Todos los días Juan Ma se demoraba un poco más que sus hermanos en el colegio. Aunque no volvimos a hablar sobre el asunto, yo sabía que tenía una motivación mayor pues, aunque tuvo que retrasarse seis meses y volver a comenzar cuarto de bachillerato por el cambio de calendario escolar, su rendimiento en el colegio continuó siendo excelente. Su nivel de inglés había mejorado mucho y la orquesta del colegio lo aceptó como percusionista. 

Poco antes de la navidad de 1993 -pasados 9 meses desde nuestra llegada al campamento- un sábado por la tarde el profesor de música nos visitó. Traía un teclado portátil bajo su brazo, más grande que el de Juan Manuel y lo instaló en la sala de la casa. Nuestro hijo llegó en su bicicleta, entró a la casa, llamó a sus hermanos y nos pidió silencio. Nos sentamos todos en la sala y él acercó un asiento al teclado. La mirada de complicidad con su profesor de música me reveló que estaba listo. Tomó aire, se relajó y, como en una gran sala de conciertos, puso sus manos en el teclado e inició con delicadeza el tra, ra, ra, ra, ra, ra, rá… de “Para Elisa” y lo interpretó con perfecta digitación, sin un solo error desde el comienzo hasta el final. 

Myriam y yo estábamos conmovidos. Él estaba radiante, con la ilusión y la satisfacción de haber cumplido y haber superado el reto. Luego del abrazo y las felicitaciones de todos, el profesor nos acompañó a tomar el café con bizcochos, sabiendo que teníamos que cumplir ahora nuestra parte de la promesa. 

Aunque no lo teníamos presupuestado, ese fin de semana viajé desde Barranquilla a Bogotá y compré el Clavinova. También le compré su primera guitarra “fina” a Sergio Andrés y María Angélica recibió su primer violín. El dueño del almacén de música estaba encantado con las ventas, me hizo un descuento real y me dijo que le encantaría recibir una grabación con las interpretaciones de nuestra familia en esa navidad. Todavía se la estamos debiendo. Regresé al campamento y le entregué a Juan Manuel la factura de su Clavinova que llegaría una semana más tarde, vía terrestre, desde Barranquilla. 

Cuando nos llamaron de la oficina de correos de La Mina, nos fuimos todos en la camioneta y recibimos el gran paquete que pesaba de verdad. Con todo cuidado, como si fuera el tesoro más preciado, lo pusimos en el baúl. Armar la Clavinova fue una labor de equipo, ansiosa y urgente. Todos queríamos saber cómo sonaba y cómo nos acompañaría en las veladas familiares. Nuestra primera navidad en El Cerrejón en 1993 fue memorable. 

Volvimos a Bogotá en 1995. Nuestros hijos regresaron a sus colegios y poco después ya todos estaban en la universidad. Nuestra familia siguió adelante y yo me reintegré a la gerencia y a la dirección de noticias en RCN Televisión, cuando ya se estaban “cocinando” los canales de televisión. Y la vida siguió su marcha. 

Hoy, Juan Manuel ejerce su profesión de músico y pedagogo en Alemania, está especializado en la formación de niños. 

Mirando en retrospectiva, constatamos que el amor familiar creció y se consolidó con los retos asumidos y superados en esa ocasión y en muchas otras. Además de interpretar familiarmente nuestros mejores villancicos, hemos sido capaces de superar juntos las dificultades de cada momento. 

Ponerse retos, superarlos y recibir el premio. Esa es la constante de la vida.

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