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Renacimiento

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En el Occidente cristiano a los excesos del teocentrismo en el poder respondió el antropocentrismo de la Modernidad, primero con el movimiento cultural del Renacimiento y luego con el movimiento cultural y político de la Ilustración, muy confiado en el poder de la racionalidad que, se suponía, pondría fin a las supersticiones religiosas y que, con sus luces, inauguraría una época de progreso indefinido.

El antropocentrismo ilustrado de la Modernidad estaba ‒y está‒ convencido de la universalidad de los ideales de Libertad, Igualdad, Fraternidad, y de la universalidad de los derechos del hombre proclamados por la Revolución francesa en 1789. Como decía con mucho entusiasmo el filósofo, científico y matemático Nicolás de Condorcet, gran figura de la Ilustración, “Pronto la libertad subyugará a todos los pueblos, remontándose con las alas seguras que Francia y los Estados Unidos de América le han ofrecido…”.1

Los ilustrados son universalistas porque piensan que todos los pueblos del mundo tienen la misma aptitud y el mismo derecho a la libertad y a la civilización. También están convencidos del carácter excepcional de la historia europea que, desde el Renacimiento, ha sabido acumular progresos científicos, tecnológicos y culturales. Los europeos van a considerarse, entonces, investidos de un rol histórico: difundir la civilización; en realidad, su civilización.

Esta misión civilizadora se impondrá a escala mundial desde principios del siglo XIX para justificar la empresa colonial europea2 y, desde principios del siglo XX, para justificar el imperialismo estadounidense, como podemos escuchar en esta declaración hecha en 1903 por el presidente de Estados Unidos de América, William McKinley, destinada a legitimar la política de su país hacia Filipinas después de la guerra contra España en 1898:

no tenemos más alternativa que recoger a todos los filipinos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos, y por la gracia de Dios hacer todo lo que podamos por ellos, como prójimos por quienes Cristo también murió”.3

Quedan así debidamente dosificados el universalismo cristiano y el universalismo civilizatorio de la Ilustración. No es de extrañar que la imposición de este universalismo de los valores occidentales haya sido y siga siendo cuestionada. Como lo expresa con fuerza el martiniqués Franz Fanon en su conocido ensayo Los condenados de la tierra (1961) que tuvo gran influencia en los movimientos y pensadores revolucionarios de los años 1960 y 1970:

La violencia con la que se ha afirmado la supremacía de los valores blancos, la agresividad que ha impregnado la confrontación victoriosa de esos valores con los modos de vida y de pensamiento de los colonizados hacen que, a su vez y con toda razón, el colonizado se ría cuando se le mencionan esos valores.4

Si, por una parte, ante la magnitud de los problemas en un mundo globalizado se buscan las bases de una ética universal,5por otra, la desconfianza en el etnocentrismo occidental ha hecho que, desde que se redactara en Nueva York en 1948 la Declaración universal de los derechos del hombre se le hicieran críticas a la palabra “universal”. Reflejo de esta desconfianza antiuniversalista es la proclamación en 1986 de la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblosen la que se tienen en cuenta las particularidades históricas de África y se busca proteger de la dominación extranjera a los 25 Estados firmantes.6 Cuatro años después, en 1990, 57 países musulmanes ratificaron en El Cairo la Declaración de los Derechos Humanos en el Islamdeclaración que proporciona una visión general de la perspectiva musulmana sobre estos derechos y fija como su fuente principal la sharía, o sea la ley islámica.7 Muy recientemente, en 2018, entró en vigor la Carta árabe de derechos humanos, que ha sido hasta la fecha ratificada por 16 Estados árabes.8 También en esta “Carta” el principio de igualdad entre el hombre y la mujer está limitado por “la sharía islámica y las otras leyes divinas”.

Sin embargo, aunque muchas sociedades no occidentales (africanas, asiáticas, oceánicas, amerindias) se fundamentan en la prioridad dada a la colectividad, también en el actual proceso de globalización se han difundido ‒no por imposición sino por apropiación‒ los valores ilustrados de la racionalidad, la ciencia, las libertades democráticas y los derechos del individuo. Estamos, pues, lejos de tener un punto de vista unificado sobre lo que significa una “vida buena”, una vida realizada; no obstante, es posible observar algunas “constantes” en ese milenario “aprender a vivir”.

Una constante es la persistente inquietud por darle sentido a nuestra existencia y por “aprender a vivirla” de la mejor manera posible (lo que nos diferencia de otras especies animales). Otra constante es que, hasta ahora, como humanidad no nos hemos satisfecho con una única respuesta, lo cual no es una tragedia. Al contrario, la riqueza está en la diversidad, no en la uniformidad. ¡Qué aburrido sería un bosque con un solo color, qué aburrido sería que todos los pájaros cantaran igual! El problema no es la diversidad, sino el pasar de la proposición a la imposición universal de mis particulares convicciones. Eso es caer en el “fuera de mi Iglesia no hay salvación”, “fuera de mi civilización no hay salvación”, “fuera de mis intereses y de mis puntos de vista no hay salvación”. Por mi parte, estoy convencido de que es mejor acogernos a la antigua sabiduría del “nada en exceso”.

Todo exceso suscita reacciones: esta es otra constante en nuestra experiencia del “aprender a vivir”. Sin embargo, somos alumnos amnésicos de la maestra Historia: de un exceso que suscita reacción caemos en una reacción que se vuelve a su vez excesiva y suscita una contrarreacción, y así sucesivamente. En el plano político basta pensar en las situaciones que engendran revoluciones que, a su vez, generan contrarrevoluciones que terminan por engendrar nuevas revoluciones pues, no lo olvidemos, las revoluciones no son la supresión de toda dominación, sino un cambio de dominación.

Los mismos ilustrados que combatieron por la libertad, la igualdad y la fraternidad en nombre de la razón, del progreso y del respeto a los derechos del individuo cayeron en excesos, que llevaron a la reacción conocida con el nombre de Romanticismo, movimiento cultural y político que se extendió por toda Europa y las Américas. Con el Romanticismo se va a ensalzar no la racionalidad, sino la emotividad; no el cosmopolitismo, sino el nacionalismo; no la universalidad, sino la pertenencia a una comunidad local; no la innovación, sino la conservación; no la liberación de las tradiciones, sino el amor a ellas; no la autonomía del individuo libre de escoger su vida y sus creencias, sino la heteronomía del individuo dependiente de algo exterior y superior a él, ya se trate de la autoridad divina o de los dictados de su comunidad.

No es difícil adivinar que el proyecto cultural de la Ilustración va unido a los ideales de vida liberales y que el proyecto cultural del Romanticismo va unido a los ideales de vida conservadores que encontraron un aliado en el teocentrismo católico. El conflicto de la Iglesia con la modernidad, ya notorio durante la Ilustración en el siglo XVIII, se convirtió en un choque frontal en el siglo XIX, cuando el fundamentalismo católico decidió ver en el liberalismo la encarnación de todos los males. En la encíclica Mirari vos. Sobre los errores modernos9 (1832), Gregorio XVI condenó solemnemente la libertad de conciencia ‒”un error contagiosísimo”‒, la libertad de culto ‒”una opinión desastrosa”‒, la libertad de opinión ‒”la ruina de la Iglesia y del Estado”‒, la libertad de prensa ‒”una libertad execrable”‒, y la separación de la Iglesia y el Estado ‒”una concordia que siempre ha sido tan saludable y tan feliz para la Iglesia como para el Estado”‒. También se condenaron el divorcio y el matrimonio civil, porque “el matrimonio está encerrado en el círculo de las cosas santas y, por tanto, puesto bajo la jurisdicción de la Iglesia”. El Syllabus (1864) de Pío IX completó la panoplia de anatemas contra “los errores de nuestro tiempo” en una colección de 80 afirmaciones. Es significativo el último error enumerado y condenado por el Syllabus: afirmar que “El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”.

La contraposición entre los liberales ilustrados y los conservadores ‒apoyados estos últimos por la Iglesia católica‒ dará lugar al principal antagonismo político-cultural en Occidente durante todo el siglo XIX hasta cuando, en el siglo XX, el comunismo marxista se convierta en poderoso antagonista, tanto del liberalismo ilustrado como del conservatismo romántico y del teocentrismo cristiano.

Paradójicamente, el ideal comunista marxista es heredero de los esquemas mentales de la Modernidad ilustrada liberal y del cristianismo. De la Ilustración liberal el comunismo hereda las aspiraciones emancipatorias y universales de libertad, igualdad y fraternidad, y una gran confianza en la Razón, la Ciencia y el Progreso que, supuestamente, nos conducirán a un paraíso terrenal habitado por el “hombre nuevo” comunista.

De la tradición judeocristiana, el comunismo marxista retoma el papel redentor del Justo, cuyos sufrimientos están llamados a cambiar el mundo. Para el comunismo ese Justo es el proletariado al que, largo tiempo relegado y despreciado, unos profetas (Marx, Engels, Lenin…) le anunciaron su misión salvífica: aniquilar a los explotadores, tomar el poder, realizar el advenimiento de la sociedad sin clases, abolir toda opresión e instaurar definitivamente en esta tierra, no el Reino de los Cielos sino el Reino de la Libertad. Del judeocristianismo el comunismo marxista hereda también la concepción de una lucha apocalíptica entre el Bien y el Mal que, en un caso, termina con el triunfo de Cristo y, en el otro, termina en el triunfo del comunismo. Cristianismo y comunismo postulan así un final absoluto de la Historia en el que serán abolidas todas las tensiones y conflictos.

La Internacional, himno de la mayor parte de los partidos socialistas y comunistas del mundo, expresa líricamente esa mezcla de ideales ilustrados y de esperanzas mesiánicas y escatológicas. Recordemos su letra:

¡Arriba parias de la Tierra! 
¡En pie famélica legión!

Atruena la razón en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión esclava en pie, a vencer!

El mundo va a cambiar de base.

Los nada de hoy todo han de ser.

Estribillo (dos veces seguidas, pero con melodía diferente):

Agrupémonos todos

en la lucha final.

Crisis de la “modernidad líquida”.

Las dos guerras mundiales, el uso avanzado de los adelantos científicos para masacrarnos masivamente, el espectro de la autoaniquilación de la especie por una guerra nuclear, el cuestionamiento de la ancestral sociedad patriarcal, la extraordinaria explosión demográfica y el rápido paso de un mundo mayoritariamente campesino a uno mayoritariamente urbano, la revolución de las comunicaciones ‒que influye tanto en el cambio de comportamientos y creencias como en la circulación y acumulación de conocimientos a una escala nunca antes vista‒, los desequilibrios políticos y sociales engendrados por la actual globalización, la tremenda crisis ecológica causada por un tipo de sociedad industrial depredadora de los recursos terrestres son, entre otros, factores que han acentuado de manera aguda en las últimas décadas la crisis de confianza en las grandes narrativas del pasado que ofrecían pautas sobre lo que era una “vida realizada”.

No son pocos ahora los que, con el poeta uruguayo Mario Benedetti, exclaman: “está demás decirte que a estas alturas no creo ni en las nalgas de miss universo”. Supuestamente, la Modernidad iba a ser aquel período de la historia humana en el que, por fin, nos sería posible dejar atrás los temores que dominaron la vida social del pasado, hacernos con el control de nuestras vidas y someter las fuerzas descontroladas de la Naturaleza y de la sociedad. Y, sin embargo, el mundo experimenta un estado de ansiedad constante por los peligros que pueden azotarnos sin previo aviso y en cualquier momento, ya se trate de convulsiones sociales, desastres naturales, catástrofes medioambientales o cualquier inesperado virus capaz de ponernos de rodillas.

A este periodo de gran incertidumbre lo llamó “modernidad líquida” el polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), uno de los grandes sociólogos contemporáneos.10 La metáfora de la liquidez intenta expresar la inconsistencia de las relaciones humanas en diferentes ámbitos, como en lo afectivo y lo laboral. Las redes sociales juegan su parte en ello, ya que nos permiten conectarnos con todos, pero a la vez desconectarnos cuando queramos: un clic representa un muro o un puente en las relaciones humanas. Esta sociedad líquida está en un cambio constante, lo que genera angustia existencial pues nos hallamos a diario en la incertidumbre, sin saber cómo estará la economía mañana, si estallará una crisis o no, si contaremos con trabajo, si seremos capaces de seguir el ritmo vertiginoso de los cambios.

En sus análisis, Bauman expone que uno de los ámbitos más afectados por la modernidad líquida es la incertidumbre laboral debido a que la actual economía de mercado exige la continua evolución y renovación dentro de las empresas. Atrás quedó la época en la que una persona comenzaba a trabajar en una compañía en la que permanecía hasta retirarse. Actualmente, a nivel laboral hay que estar capacitado para cumplir diferentes funciones y movilizarse para enfrentar frecuentes nuevos desafíos. Un único empleo ya no es suficiente para crear una carrera profesional exitosa; es necesario experimentar distintas labores en diferentes puestos y compañías para poder aprender más y destacarse por sobre los demás. Este nuevo tipo de condiciones laborales favorece el individualismo y el egoísmo.

La búsqueda de la identidad es otra de las problemáticas que presenta la Modernidad líquida. El trabajo de construirse a sí mismo como sujeto exige mucho tiempo y se apoya en determinadas tradiciones y creencias, que funcionan como un eje estructurante en la vida de un individuo. Debido a la fugacidad de los valores actuales, esta identidad se construye sobre cimientos débiles, causando fragilidad y desarraigo en las personas.

Las relaciones humanas han sido el ámbito más afectado por la Modernidad líquida. Más que el “amor al prójimo” del teocentrismo cristiano o el “amor al hombre” del antropocentrismo, se difunde el “temor al extraño”: a los refugiados, a los inmigrantes, a los marginados, a los pobres. Como en la esfera comercial ‒que todo lo abarca‒ las relaciones humanas se miden en términos de costos y beneficios, de conveniencia personal. El miedo a perder la libertad propia lleva a establecer relaciones afectivas efímeras. Se ha extendido a las relaciones humanas la idea del “use y bote” que nos ha legado el consumismo. A la rápida obsolescencia de las cosas ha seguido la rápida obsolescencia de las relaciones humanas. Como analiza Bauman, en la modernidad líquida la vida es una sucesión de nuevos comienzos e incesantes finales. El “amor sólido” del “hasta que la muerte nos separe” ha recibido un duro golpe. La paradoja es que el no querer ataduras para no perder la libertad individual lleva a situaciones de gran soledad y depresión.

En esta Modernidad líquida, constituida por una “sociedad de individuos”, se cuestionan mucho más fácilmente que antes las instituciones a las que ellos pertenecen. En el campo religioso ‒el que mejor conozco‒ es significativo ver cómo en las encuestas aumenta cada vez más la franja del “creer sin pertenecer” (“soy católico, pero no practicante”) o la “religión a la carta” (donde cada quien adapta a su gusto las enseñanzas oficiales de su grupo religioso); en el caso de la Iglesia católica esta situación de “religión a la carta” se da no solo en materia de moral sexual o matrimonial, sino también en cuestiones dogmáticas. Por ejemplo, en Francia, en 2007, ocho de cada diez católicos consideraban que Dios es “una fuerza, una energía, un espíritu” y solo dos de cada diez que es una persona con la que puede establecerse una relación individual. Solo un católico francés de cada diez cree en la resurrección de los cuerpos ‒que es un dogma central en el cristianismo‒ y la cuarta parte de ellos piensan que no hay nada después de la muerte.11

Las consideraciones anteriores no significan que hayan desaparecido totalmente las antiguas respuestas cosmocéntricas, teocéntricas o antropocéntricas, pero se han modificado de manera profunda y han entrado en crisis, lo que no constituye necesariamente una catástrofe. La palabra viene del sustantivo griego krisis (juicio, decisión) y del verbo krinein (separar, pero también escoger, decidir, resolver). Crisis alude, pues, a algo que se separa, que se rompe, y que hay que decidir cómo reparar. En ese sentido crisis es un momento decisivo que puede convertirse en “momento oportuno”, en kairós, como lo llamaban los griegos. Ahora bien, si vamos a ser capaces de convertir la krisis en kairós, es decir, en la ocasión propicia para dar un giro radical, es algo que forma parte de la incertidumbre de nuestra condición humana. Tal como nos lo recuerda el siguiente cuento zen:

Un campesino pobre tenía solamente un caballo. Un día, el caballo huyó.

Sus vecinos le dijeron: ¡qué mala suerte tienes!

El hombre respondió: ya veremos.

Días más tarde, su caballo volvió con veinte caballos salvajes que lo seguían. El hombre y su hijo acorralaron a los 21 caballos.

Sus vecinos le dijeron: ¡qué de buenas eres!

El hombre respondió: ya veremos.

Uno de los caballos salvajes le dio una patada al único hijo del campesino y le rompió una pierna.

Sus vecinos le dijeron: ¡qué desgracia!

El hombre respondió: ya veremos.

El país entró en guerra y todos los jóvenes fueron reclutados para ir a pelear. Muchos de ellos murieron en combate, pero el hijo del campesino se salvó, pues su pierna rota le impidió ser reclutado.

Sus vecinos le dijeron al campesino: ¡definitivamente tienes mucha suerte!

El hombre respondió: ya veremos.

Moraleja: Es mejor no sacar conclusiones definitivas en el momento presente, pues lo que parece ser “negativo” ahora, podría resultar “positivo” después, y viceversa.

No hay que caer en el optimismo a ultranza. La supervivencia del género humano no está garantizada. Ya sabemos de, por lo menos, cinco extinciones masivas de especies desde que la vida comenzó en la Tierra y nosotros no tenemos por qué ser la excepción, pero tampoco hay que caer en el catastrofismo de un apocalipsis inminente, pues también sabemos que el homo sapiens ha demostrado una increíble capacidad de inventiva para sobrevivir. Como poéticamente escribió en su poema Patmos el romántico alemán Hölderlin, “allí donde hay peligro, crece también lo que nos salva”. En otras palabras, donde está la crisis puede estar también la salvación. Ya veremos.

Por lo pronto, hemos visto que el combate por la igualdad se puede volver fanático e injusto. La lucha por la fraternidad universal se puede convertir en opresión. La razón y la ciencia pueden servir para liberarnos de muchos males, pero también pueden ser utilizadas para subyugar. La exaltación exacerbada de la propia etnia, de la propia comunidad, de la propia religión, de la propia ideología pueden convertirse en pesadilla, como lo hemos visto con las Cruzadas, las aventuras civilizatorias coloniales, los campos de concentración nazis, el Gulag soviético o el terrorismo islamista. Todo eso forma parte de las ambivalencias humanas, que no van a desaparecer. Lo que sí podemos tratar es de no tomar nuestros valores y nuestras creencias por el absoluto, ni buscar imponerlas “a la brava”: no solo es empresa inútil, sino también contraproducente, porque la violencia que ejerzamos se nos devolverá como un bumerán.

Por otra parte, también podemos tratar de ser consecuentes con los postulados mismos de la razón crítica, es decir, saber “tomar distancia” y “suspender el juicio” para no comulgar con ruedas de molino ni tragar gato por liebre; comprender que el que conoce solo su versión, conoce muy poco sobre un tema; someternos a una constante y lúcida autocrítica, o sea, ser capaces de llegar al extremo de la propia verdad y mirar sin prejuicios la verdad de enfrente. Tal vez así podamos seguir “aprendiendo a vivir” enriqueciéndonos, no a pesar de nuestras diferencias, sino gracias a ellas.

Hasta aquí he hecho consideraciones mínimas sobre procesos máximos. Me permito, a continuación y para concluir, enunciar algunas máximas de mi aprendizaje mínimo en el Curso básico de supervivencia que he reprobado varias veces en la universidad de la vida:

  • Cada día es sin retorno. Exprímelo.
  • Juega lo mejor posible la partida con las cartas que te dio la vida. Y si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada.
  • Ama, que sin amor ya vas por la vida amortajado. Pero ten en cuenta que, como la verdad, el amor rara vez es puro y jamás simple.
  • Las amistades son preciosas. Consérvalas con un ni: ni muy cerca ni muy lejos.
  • Nada en exceso: no es algo exultante ni embriagador, pero alarga la esperanza de vida.
  • Envenena lamerse las llagas de la vida.
  • Cautela: los humanos somos limitadamente racionales y bondadosos, y a nadie le gusta que lo jodan.
  • ¿Quieres tranquilidad? No te compares con los demás.
  • Lee El principito sin olvidar de leer El príncipe pues, como dijo Jesús a sus discípulos, “los envío en medio de lobos; sean astutos como serpientes e inocentes como palomas”.
  • Si quieres que te respeten, respeta (pero no te hagas ilusiones esperando reciprocidad).
  • Ten claro lo que depende de ti y lo que no depende de ti. Donde nada puedas, nada insistas.
  • No te empeñes en tener siempre la razón; además de agotador, provoca animadversión.
  • No ladres si no estás dispuesto a morder, y no provoques a quien nada tiene que perder.
  • No escuches cantos de sirenas ni aspires humos de propia estimación; ambos intoxican.

___________________________

    1 Condorcet, Nicolas de, La propagation des lumières dans le monde (1794).

    2 Jules Ferry, promotor de la escuela gratuita y obligatoria en Francia, en un célebre discurso en la Cámara de diputados de Francia el 28 de julio de 1885, exclamaba lo siguiente sobre el “papel positivo” de la colonización: “Il faut dire ouvertement que les races supérieures ont un droit vis-à-vis des races inférieures (…). Il y a (…) un droit, parce qu’il y a un devoir pour elles. Elles ont le devoir de civiliser les races inférieures”. Citado en Marcel Gauchet, “Les valeurs occidentales sont-elles universelles?”, en Le Monde, Hors-série: L’Histoire de l’Occident, 2014, p. 170.

3 General James Rusling, “Interview with President William McKinley” en el diario The Christian Advocate del 22 de enero de 1903, pág. 17. Citado en Schirmer, D. y S. Rosskam Shalom (eds.) (1987), The Philippines Reader. Boston: South End Press, pp. 22–23. Cf. Wikipedia, “William McKinley”.

     4 Fanon, Frantz (1971). Los condenados de la tierra. México: Fondo de Cultura Económica.

     5 Comisión Teológica Internacional, En busca de una ética universal: Nueva perspectiva sobre la ley natural, en https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20090520_legge-naturale_sp.html

6 Cf. Wikipedia, Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos.  

7 Cf. Wikipedia, Declaración de los Derechos Humanos en el Islam.

8 Argelia, Bahréin, Egipto, Iraq, Jordania, Kuwait, Líbano, Libia, Mauritania, Palestina, Qatar, Arabia Saudita, Sudán, Siria, Emiratos Árabes Unidos y Yemen. Puede verse el texto en español de la Carta árabe de derechos humanos en https://acihl.org/res/documents/CARTA-%C3%81RABE-DE-DERECHOS-HUMANOS.2004.pdf

http://www.clerus.org/clerus/dati/2000-10/10-999999/489.html

10 Entre sus libros se destacan Vida líquida, Amor líquido Miedo líquido.

11 Cf. “Les catholiques français méconnaissent de plus en plus leur foi”, La Croix, 8 janvier 2007.

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2021

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El cristianismo ‒que en su versión católica va a imponerse en Europa como cultura hegemónica durante mil años‒ supuso una ruptura con la antigua sabiduría grecorromana e hizo una nueva propuesta sobre lo que es “aprender a vivir” una “vita bona”. Una nueva propuesta de lo que es aprender a vivir y a realizar su vida va a ir tomando fuerza progresivamente a partir de la segunda mitad del siglo XV.

A partir de la segunda mitad del siglo XV comienza lo que convencionalmente se ha dado en llamar en Occidente la Edad Moderna, caracterizada por grandes acontecimientos como fueron la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, la invención de la imprenta moderna, el “descubrimiento” (1492) y conquista de América y la crisis de la Iglesia católica con la Reforma protestante impulsada por Lutero.

Los europeos de finales del siglo XV y de todo el siglo XVI van a ser testigos y actores de múltiples transformaciones. Después de un siglo de mortandad debido a la peste negra y a la Guerra de los Cien Años (1337-1453), la población vuelve a crecer. Tras un largo periodo de crisis, la producción agrícola se incrementa. El comercio y la artesanía prosperan. Los metales preciosos que llegan de Asia, África y América enriquecen a reyes, banqueros y comerciantes. El mapa de Europa ya no se ve dividido en innumerables feudos, sino que muestra la existencia de “Estados modernos”, gobernados por reyes con soberanía absoluta. Aunque persisten numerosos aspectos señoriales típicos de la Edad Media, el feudalismo entra en decadencia y va asentándose progresivamente la burguesía con sus intereses, comportamientos y valores ‒entre otros la emancipación de la tutela político-religiosa ejercida por la Iglesia católica‒.

1. El humanismo del Renacimiento

En el campo de los cambios culturales, que es lo que aquí nos interesa, la Modernidad constituye un progresivo rompimiento con las tradiciones teológico-filosóficas medievales, una exaltación de las potencialidades de la naturaleza humana, un abandono de la creencia de que todo puede ser explicado mediante la religión, una búsqueda de explicaciones científicas de los fenómenos naturales y una revalorización, como maestros de vida, de los clásicos griegos y latinos, cuyas obras se redescubren y estudian, es decir, que se les da una segunda vida, por lo cual se denomina esta etapa cultural el Renacimientoy a sus intelectuales se les llama humanistas, porque centran su interés no en Dios, sino en el hombre, considerado como medida y centro de todas las cosas. Ese paso del teocentrismo al antropocentrismo es el rasgo principal del humanismo de la Modernidad.

Esta visión del hombre como artífice de sí mismo y centro del universo está magníficamente expuesta en el Discurso sobre la dignidad del hombre, una especie de Manifiesto humanista, escrito en latín en 1486 por Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494). Al inicio de su Discurso, Pico pone en boca de Dios la declaración siguiente (las negrillas son mías):

¡Oh Adán!, no te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de este modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrioentre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismoTe coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultorremates tu propia forma”.

Añade Pico: “No hay nada más admirable en el mundo que el ser humano”. Esta visión optimista se deja ver en la alegría y la vitalidad que reflejan muchísimas obras de arte del Renacimiento con su exposición osada del desnudo, tanto masculino como femenino, incluidas las figuras religiosas. Baste recordar los atléticos desnudos que cubren la bóveda de la Capilla Sixtina, incluido un imponente Cristo resucitado que tiene el aspecto de un fisioculturista. No sobra decir que tantos desnudos también escandalizaron a muchos devotos cristianos, de manera que después de la muerte de Miguel Ángel, el papa Pío V le pidió al pintor Daniele da Volterra que cubriera los genitales del Juicio Final, lo que le valió el apodo de Il Braghettone.

La vitalidad del humanismo es también una vitalidad de la curiosidad abierta a todo tipo de conocimientos. El personaje que la ha encarnado de la mejor manera es Leonardo da Vinci (1452-1519), figura prototípica del «hombre del Renacimiento», ese “hombre universal” ávido de cultura general, que se encuentra en las antípodas del actual ideal del hombre superespecializado (aquel que sabe cada vez más sobre menos y menos hasta que lo sabe todo sobre casi nada).

Considerando que el hombre está en posesión de capacidades intelectuales

potencialmente ilimitadas, los humanistas consideran la búsqueda del saber y el dominio de

diversas disciplinas como condición necesaria para el buen uso de nuestras capacidades

intelectuales. Hacen así suya la antigua máxima latina: “soy humano y nada de lo humano

me es ajeno”.

La convicción de que nada de lo humano le es ajeno le da a Pico della Mirandola la osadía de escribir en 1486 la obra que titula De todas las cosas que se pueden saber, y de algunas otrasEs precisamente la osadía intelectual una de las características de este humanismo que producirá gente de la talla del inglés Tomás Moro (1478-1535), el holandés Erasmo de Rotterdam (1466-1536), el español Juan Luis Vives (1492-1540) o el francés Miguel de Montaigne (1533-1592), quien se atreve a hacer de él mismo la materia de sus Ensayos1 y a divagar en ellos libremente sobre temas tan diversos como la muerte, la enfermedad, la amistad, la soledad, la guerra, el derecho, la filosofía, la moral, la religión, la educación.

La educación es un asunto que va a preocupar especialmente a los humanistas. Para ellos una buena educación es indispensable para «aprender a vivir» y, como dice Pico, para ser capaces de esculpirnos como hábiles escultores, haciendo de nosotros mismos una obra de arte. Estiman los humanistas que la educación es el mejor medio para volvernos más

independientes, más dignos y más humanos, gracias al desarrollo de nuestros conocimientos y de nuestro espíritu crítico. El humanismo ofrece así la particularidad de reflexionar sobre la realización del hombre en términos de cultura: educación y saber deberían hacer al humano más humano. Según los humanistas la cualidad de ser humano no es sinouna virtualidad cuando nacemos. Y esa cualidad cada quien debe realizarla (es decir, literalmente, “hacerla real”) gracias al esfuerzo personal y al estudio. Por eso Erasmo, a quien en su tiempo llamaron “príncipe de los humanistas”, afirma con fuerza en su tratado Sobre la educación de los niños (1528):

Los árboles nacen árboles, aun aquellos que no dan frutos o que los dan salvajes; los caballos nacen caballos, aunque sean inutilizables; pero los hombres, créeme, no nacen, se hacen, moldeándose”.

No nacemos hombres, llegamos a serlo, moldeándonos. Esta máxima resume la esencia del ideal humanista como construcción de sí. El hombre se diferencia de las demás criaturasporque es un ser de cultura. Es bien probable que Simone de Beauvoir se haya inspirado en esta máxima del humanismo cuando escribió cuatrocientos años después su famosa frase “No se nace mujer, se llega a serlo”, eslogan adoptado por los movimientos feministas.2

2. El humanismo de la Ilustración

Más allá de ese periodo preciso del Renacimiento, el humanismo de la Modernidad va

a conocer en el siglo XVIII un nuevo desarrollo con el movimiento cultural de la Ilustración, al que también se le llama en España, Las Luces (en Francia, Les Lumières y en Inglaterra, The Enlightment). Y se autodenominará precisamente Las Luces por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor mediante las luces del conocimiento y la razón.

¿Cuál es el ideal del humanista ilustrado? ¿Cuál sería la divisa que lo guía en su “aprender a vivir”? La respuesta breve y lapidaria nos la ofrece Immanuel Kant (1724-1804) en un breve escrito titulado Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración? (1784):

La Ilustración significa la salida del hombre de su condición de menor de edad de la que él mismo es culpable. La minoría de edad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra personaEsta minoría de edad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena. ¡Sapere aude! “Ten el valor de usar tu propio entendimiento”. He aquí la divisa de la Ilustración.

La pereza y la cobardía son las causas por las cuales una gran parte de los hombres permanece con gusto en minoría de edad a lo largo de la vida, no obstante que hace ya tiempo la naturaleza los liberó de la tutela ajena; y por eso es tan fácil que otros se erijan en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia, un médico que dictamina acerca de mi dieta, y así sucesivamente, entonces no tengo necesidad de esforzarme (las negrillas son mías).

“¡Atrévete a saber! Atrévete a usar la propia razón sin la guía de otra persona”. Es decir, actúa de manera autónoma, alcanza así tu mayoría de edad y emancípate de tradiciones y doctrinas heredadas de manera acrítica. Es fácil darse cuenta de que los ilustrados, con este sapere aude, se están oponiendo al credere aude, o sea, al mensaje cristiano del atrévete a creer, atrévete a confiar en Cristo, que es “el camino, la verdad y la vida”, como proclama el Evangelio de san Juan (14, 6). Por el contrario, la Ilustración, en frase de uno de sus más importantes representantes, el francés D’Alembert,

lo discutió, analizó y agitó todo, desde las ciencias profanas a los fundamentos de la revelación, desde la metafísica a las materias del gusto, desde la música hasta la moral, desde las disputas escolásticas de los teólogos hasta los objetos del comercio, desde los derechos de los príncipes a los de los pueblos, desde la ley natural hasta las leyes arbitrarias de las naciones, en una palabra, desde las cuestiones que más nos atañen a las que nos interesan más débilmente.3

Los medios de que se valió el movimiento de la Ilustración para su difusión fueron múltiples, entre otros, las sociedades secretas, como la masonería; las sociedades de pensamiento específicas de la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, como las Sociedades Económicas de Amigos del País4; las academias y los salones literarios, científicos y filosóficos ya existentes antes de la Ilustración, pero que fueron potenciados por pensadores ilustrados (“salones” regidos, en muchas ocasiones, por mujeres de letras).

Otros vehículos de enorme importancia en la difusión de los ideales de la Ilustración fueron la prensa periódica y la internacionalización de las ediciones. Pensemos, por ejemplo, en la Enciclopedia, publicada entre 1751 y 1766 en 38 volúmenes. Fue la primera obra de ese género que se hizo tan popular, como lo es ahora esa enciclopedia universal llamada Wikipedia. Por otra parte, la independencia económica del profesional de las letras, antes sujeto al mecenazgo, dio mayor autonomía a su pensamiento.

La Ilustración fue un movimiento cultural predominantemente europeo, pero no exclusivamente, pues al cruzar el Atlántico dio un paso decisivo en su expansión geográfica. Las nuevas ideas ilustradas despertaron la vida intelectual americana y estimularon el sentimiento revolucionario que desembocó en las independencias de las colonias europeas en América.

No olvidemos que los ideales principales de la masonería – tan cercana a la Ilustración se resumen en el eslogan “libertad, igualdad, fraternidad” que va a ser fuente de inspiración para los “padres fundadores” de Estados Unidos en 1776.5 Esos ideales de libertad, igualdad y fraternidad también animaron a los líderes de la Revolución Francesa de 1789, entre otros a Condorcet, Mirabeau, Saint-Just, Camille Desmoulins, Danton, Marat y Robespierre.

Aunque existieron diversas tendencias entre los ilustrados (que, a veces, dieron lugar entre ellos a largas polémicas y a enemistades duraderas, como la de Diderot y Rousseau), todos reconocieron una línea maestra común que los hizo solidarios en su lucha. Consistió en la confianza en la Razón, convertida en un seguro instrumento de búsqueda. Se trata de una libido del saber que, para los ilustrados, era promesa de progreso científico y social, lo mismo que promesa de libertad y de autonomía del individuo. Por el contrario, para el ideal de vida cristiana ‒ideal en el que prima la fe sobre la razón‒, esta libido del saber era reprobable. Basta ver cómo la critica un importante “Doctor de la Iglesia”, san Pedro Damián, en su escrito elocuentemente titulado Sobre la santa simplicidad que debe anteponerse a la ciencia que infla.

Con el arma de la razón los ilustrados buscan luchar contra la superstición, contra las formas religiosas tradicionales y reveladas, contra el argumento de autoridad y contra las estructuras políticas y sociales anquilosadas, intentando eliminar cualquier elemento de misterio, extrañeza o milagro; es, por lo tanto, una ideología antropocéntrica, llena de optimismo frente al futuro, porque cree en el progreso conseguido a través de la razón, en la posibilidad de instaurar la felicidad en la Tierra y de mejorar la condición humana.

Como toda moneda tiene dos caras, veremos en el siguiente artículo que la exaltación humanista del antropocentrismo, de la razón, de la autonomía del individuo y de la ideología del progreso indefinido van a terminar siendo sometidas a duras críticas. Los adversarios del humanismo ilustrado (entre los cuales se encuentran las Iglesias cristianas) no han cesado de subrayar su parte oscura, o por lo menos, sus enceguecimientos. Desde hace dos siglos la razón ha mostrado suficientemente sus límites, pues puede ser puesta al servicio de la emancipación, pero también de la explotación humana. El liberalismo económico ‒promovido por los ilustrados‒ no ha traído siempre paz y prosperidad, pues ha alimentado igualmente la violencia y el imperialismo. Los adelantos científicos han permitido una industrialización masiva, de la que pagamos actualmente las consecuencias ecológicas.

Ya está bien cuestionada la ideología del progreso indefinido que, supuestamente, nos iba a liberar de todos los males. Se ha visto suficientemente que el progreso no tiene solo una cara amable (con nuestros impresionantes adelantos científicos y tecnológicos podemos destruir este planeta), y que su cara amable no es tan amable para todos, pues también progresan las desigualdades y los conflictos de intereses en la repartición de las riquezas, tanto entre naciones como entre grupos dentro de una misma nación.

Se ha cuestionado en igual forma el universalismo de los ideales de la llustración, acusándola de que su empeño en imponer la “civilización” y llevar las “luces” y el “progreso” a quienes supuestamente estaban en la oscuridad y el atraso sirvió para encubrir los intereses concretos del colonialismo europeo y, en fechas más recientes, los intereses del imperialismo estadounidense que considera como una misión divina llevarle al mundo la democracia, así sea con bombas.

En relación con las épocas anteriores se han ampliado enormemente nuestros conocimientos sobre el cosmos, sobre la naturaleza de la que formamos parte y sobre nosotros mismos. No es, pues, una sorpresa que vivamos momentos de rupturas e incertidumbres, pero son esos los momentos propicios para las grandes cosas. Como decían los estoicos, los obstáculos son el camino para dar lo mejor de nosotros mismos. En palabras menos elegantes, pero más punzantes, lo dijo Orson Welles: “Italia, durante treinta años, bajo los Borgia, tuvo guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre…, pero produjo a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjo? ¡El reloj de cucú!”. 6

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1 «Yo mismo soy la materia de mi libro», dice Montaigne.

2 “On ne naît pas femme, on le devient”, en S. de Beauvoir, Le deuxième sexe.

Tomo la cita de https://laflordelavidadotnet.wordpress.com/2012/05/15/la-ilustracion/

4 Surgieron en España, Irlanda y Suiza, lo mismo que en Estados Unidos, México, Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile.

     5 Al menos 18 de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos eran masones conocidos, como George Washington,Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams. https://elcomercio.pe/mundo/eeuu/eeuu-4-de-julio-como-influyeron-los-masones-en-la-independencia-de-estados-unidos-estados-unidos-usa-noticia/?ref=ecr

Orson Welles, como Harry Limes, en la película El tercer hombre.

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2021

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