Home Tags Posts tagged with "reconciliacion"
Tag:

reconciliacion

Download PDF

Hasta el comienzo del Frente Nacional, la Iglesia no reconocía categorías distintas a la de verdad y error, bien y mal, blanco y negro. En el seno de esos antagonismos se autoconsideraba como la única e incuestionable portadora de la Verdad y del Bien, en constante lucha contra el mal y el error y contra herejes y pecadores de carne y hueso.

4. Regeneración y violencia

Con todo, volvamos al pasado. Hasta los inicios del Frente Nacional (1958), la Iglesia no reconocía categorías distintas a la de verdad y error, bien y mal, blanco y negro. Y, en el seno de esas oposiciones radicales, se consideraba a sí misma como la única e incuestionable portadora de la Verdad y el Bien, en constante lucha, no solo contra el mal y el error en abstracto, sino contra “herejes” y “pecadores” de carne y hueso. Hasta simples críticos eran considerados como “enemigos” de la Iglesia. Mientras existió la Inquisición, estos se exponían a severos castigos que podían llegar a la tortura y la muerte. Una vez desaparecido el tenebroso engendro, la Iglesia optó por imponerles la “excomunión” pública, lo cual equivalía, en naciones mayoritariamente católicas, a su exclusión y señalamiento social. La Regeneración consolidó y radicalizó ese espíritu en Colombia. 

Durante el siglo XIX y hasta los inicios de la segunda mitad del XX, la intransigencia eclesiástica se tornó particularmente beligerante en contra de las ideas modernas y de sus expresiones revolucionarias. El Concilio Vaticano I (1869-1870) reafirmó a la Iglesia como la portadora exclusiva de la Verdad, elevó a dogma la infalibilidad del Papa y condenó nuevamente los errores de sus enemigos. Desde entonces y hasta los años 60 del siglo XX, en el instante mismo en que un miembro del clero procedía a recibir del obispo la ordenación sacerdotal, arrodillado junto al presbiterio del templo, debía prestar en voz alta un “juramento antimodernista”, por el que rechazaba, entre otras, las expresiones políticas de la modernidad. Democracia, liberalismo, socialismo y comunismo se convirtieron, todos por igual, en objeto de reiteradas condenas eclesiásticas. La confrontación cobró visos de cruzada. 

Un buen ejemplo del clima político-religioso de la época lo constituye fray Ezequiel Moreno y Díez, obispo de Pasto a comienzos del siglo XX. Para el fraile carlista español ‒promovido a los altares por los capuchinos españoles y finalmente declarado “santo” (!) por Juan Pablo II‒, hubiera sido mejor continuar la Guerra de los Mil días con los liberales que firmar con ellos la paz. En su tumba hizo poner el epitafio: “ser liberal es pecado”. 

Actitudes y consignas similares siguieron reiterándose hasta los tiempos del obispo Miguel Ángel Builes en los años 60, y de algunos de sus sucesores como el turbio y amanerado cardenal Alfonso López Trujillo, de influencia más reciente en la Iglesia colombiana y mundial. Las condenas episcopales contra el liberalismo y la masonería se prolongaron hasta el advenimiento del Frente Nacional y, después de instaurado este, se volvieron en contra del marxismo y el comunismo “ateos”. 

En Colombia, el sectarismo religioso contribuyó decisivamente a la exaltación de las pasiones políticas y a sus violentos estallidos periódicos. Le confirió a la actividad política un carácter sagrado, de enfrentamiento absoluto entre la verdad y el error, el bien y el mal. Por esta razón, los dos partidos tradicionales no se conformaron como simples asociaciones de intereses susceptibles de ser representados y negociados, sino como sectas seudorreligiosas, depositarias de cosmovisiones y convicciones inalterables. Los obispos y los curas, quién más, quién menos, se consideraban portadores de la salvación o la condenación eternas. 

Desde sus orígenes en el siglo XIX, tanto los liberales como los conservadores se confesaban católicos, pero mientras los conservadores defendían al clero, los liberales se oponían a sus privilegios: clericales y anticlericales enfrentados. Con una dosis de humor se afirmaba que, en la misa de los domingos, los primeros ocupaban los asientos de adelante y pasaban a comulgar, mientras los segundos atendían el rito desde la puerta del templo y se abstenían de recibir la hostia. Más allá de estas versiones picarescas, asuntos tan serios como los bienes de la Iglesia, el matrimonio o la educación católica obligatoria ‒y quizá no tanto los acalorados debates económicos y políticos de las élites‒ definieron en buena medida el perfil de los partidos y les dieron su arraigo popular. Incluso las elecciones se transformaron en una expresión de fe religiosa. Hasta fines del siglo XX, y aun después, el clero prescribía por quién se debía votar y por quién no. Desde el púlpito y la cátedra se ejercía una especie de tutela electoral sobre el pueblo simple y sobre conservadores educados y cultos. En este contexto, un choque brutal entre las pasiones anticlericales de algunas corrientes liberales y el fanatismo integrista de la Iglesia y sus fieles conservadores se transfirió a la contienda política. 

Teniendo en cuenta el monopolio cultural ejercido por la Iglesia en Colombia, es posible comprender por qué los conflictos de interés entre los colombianos se han visto transfigurados en luchas a muerte entre los supuestos representantes de Dios y los voceros del demonio. Esta actitud maniquea, de carácter seudorreligioso, fue la pólvora emocional de las ocho grandes guerras civiles y las decenas de rebeliones locales del siglo XIX, y continuó inspirando las confrontaciones armadas del XX, que culminaron en el holocausto nacional de La Violencia en los años 50. 

6. Regeneración y reconciliación

Paradójicamente, hay que señalar de nuevo que, a la par con la lógica de confrontación, condena y exclusión, la Iglesia también ha infundido en la cultura política colombiana la disposición contraria, que se inclina a la reincorporación del pecador arrepentido en la comunidad. Para la Iglesia, las condenas y excomuniones no son un fin en sí mismas: buscan la conversión del pecador. No hay pecado ni delito que no pueda ser perdonado, a condición, eso sí, de que el pecador confiese su delito o “abjure” públicamente de sus errores y se someta de nuevo, humildemente, a la autoridad de la Iglesia.

En el ámbito político, la casi ilimitada capacidad de perdón del Estado colombiano ‒que no es frecuente en otros países‒, condicionada a la previa sumisión del enemigo, ha encontrado quizás su expresión en las innumerables amnistías que han puesto fin a las guerras entre nacionales promovidas por las mismas élites, y a las condiciones que suelen acompañarlas. Durante la primera mitad del siglo XX los acuerdos y amnistías entre liberales y conservadores fueron denominados con el refinado nombre de “pactos de caballeros”, que incluían el secreto sobre las responsabilidades últimas de los enfrentamientos armados.

Sin embargo, las nuevas guerras que comienzan en los años 60 no enfrentan como antaño a las élites entre sí, sino a estas con las clases populares o medias, lo que imposibilita alcanzar acuerdos ocultos. En el fondo, de la criminalización radical del enemigo, de la condena absoluta y los enfrentamientos insuperables, los colombianos pasamos a negociar y a reconciliarnos a condición de que el delincuente se someta a la autoridad legítima o al menos haga los gestos públicos equivalentes al sometimiento. Confesión de los pecados, arrepentimiento y penitencia. En otras naciones, como en Estados Unidos, no tienen reato en imponer al delincuente la cadena perpetua o la pena de muerte. Ni qué hablar de China donde la pena de muerte es la solución preferida.

Vale la pena añadir que la Iglesia y el Estado no siempre coinciden en sus condenas y absoluciones. En ocasiones, la Iglesia condena a quienes el Estado está dispuesto a perdonar ‒como a la mujer que aborta y al médico que la ayuda‒, y viceversa, la jerarquía se muestra a veces dispuesta a absolver a quienes el Estado persigue, como sucede con algunos promotores del paro y el desorden público o con los criminales de guerra. No hay duda de que en los países de tradición católica esta doble y contrapuesta norma de la vida pública dificulta la consolidación de la ley civil en la consciencia de los ciudadanos. La España franquista y sus efectos son un ejemplo extremo de esta situación.

La dialéctica pasional de enfrentamientos y reconciliaciones ahondó en los colombianos una absoluta adhesión a los partidos liberal y conservador, hasta llegar a convertirlos en pasiones ancestrales de carácter familiar, local o incluso regional o ‒como dice Daniel Pécaut‒ en verdaderas “subculturas” contrapuestas dentro de una sola cultura nacional. Hasta fines de los años 50, a través de los partidos tradicionales, liberal y conservador, el colombiano se hacía partícipe de la nación y, movido por ellos, la escindía en periódicas confrontaciones armadas. Sin embargo, solo gracias a los mismos partidos era posible reconstruir la unidad nacional y la paz. 

La militante adhesión religioso-política de los colombianos a los partidos le garantizó a las élites, durante más de medio siglo, la lealtad de las clases subalternas. De este modo, el orden de la Regeneración, quizá más que el “santanderismo” elitista, pudo servir de fundamento a la estabilidad institucional de Colombia y, a la vez, propiciar las recurrentes confrontaciones armadas entre sus pobladores. Estabilidad institucional y violencia llegaron a ser características inseparables y duraderas del orden político colombiano.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Como es usual en las presentaciones de nuestros invitados a las reuniones de los jueves, terminadas estas sigue una tertulia en la cual dialogamos con ellos a través de comentarios y preguntas. A continuación, presentamos las que se le hicieron al presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia.

¿Qué ha significado para ti como sacerdote jesuita, como colombiano y como ciudadano estar al frente de esta labor tan importante para todo el país?

A mí me ha cuestionado muy profundamente, me ha llevado a una metanoia brutal. Yo conocía la guerra. Estuve durante 14 años en el Magdalena Medio en medio del conflicto, dialogando todos los días. Fue cuando la guerra era más dura, entre 1996 y el año 2006. 24 de las personas que trabajaban en proyectos que estaban haciendo fueron asesinadas por diversos actores. Yo mismo hice los funerales. 

Esto me ha mostrado cosas inauditas: la victimización en todas las direcciones me ha ayudado a comprender la hondura de nuestra tragedia, la dificultad de los colombianos para mirar esto de frente, enrostrarlo y ser capaces de no solo mirar a las víctimas de un lado, sino también a las víctimas de todos los lados y tratar de ponerse en los zapatos de unos y de otros y captar el dolor, la indignación, la rabia, y con eso, también el miedo que existe y esta pregunta inmensa de cómo podemos trabajar nosotros por la reconciliación. 

Me ha cuestionado en muchas cosas muy hondas. Todos los días, a las siete de la mañana con los miembros de la Comisión que quieran, hago un rato de silencio, muy profundo. Luego, generalmente, durante no más de un minuto, hago una pequeña lectura de la Escritura o de Francisco de Asís o de Ignacio de Loyola y luego nos quedamos en silencio. De estas cosas que a uno le quedan leyendo el evangelio ustedes recuerdan cuando, en el evangelio de Mateo, Jesús se plantea el problema de las animadversiones y los odios entre los hermanos y dice: “si estás en el momento del culto y estás ofreciendo el sacrificio y te acuerdas de que tu hermano tiene una ruptura profunda contigo o de que entre tus hermanos hay desavenencias profundas, ¡deja el culto!”. Esto quiere decir “¡detén la misa!”, para ponerlo en términos concretos, y ve primero a reconciliarte con tus hermanos y a luchar por la reconciliación entre ellos.

Es decir, para este misterio de Dios en que nosotros creemos, es mucho más importante la reconciliación entre los hermanos que cualquier otra cosa. ¡Que no vayamos a morir nosotros, que no nos vayamos a encontrar con Dios, estando los unos separados de los otros! 

Se los digo porque yo creo que en La Habana, con todas las deficiencias ‒los procesos de paz están llenos de deficiencias‒, yo le decía a Álvaro Uribe: “hombre, mire”, en el encuentro que tuve con él, porque nos encontramos con los cinco presidentes de Colombia en distintas instancias, de distintas maneras, porque para la Comisión era muy importante haberlos tenido a todos. Yo le decía: ¿por qué, cuando usted hizo el proceso de paz con los paramilitares ‒ese proceso tuvo muchas fallas‒, sin embargo, todos, en gracia de la paz, lo apoyamos. Y fue muy importante haberlo hecho, a pesar de que quedan distintos grupos. Yo les digo: el Magdalena Medio, con el bloque central Bolívar marchando como ejército ‒como decíamos cuando estudiamos latín, como acies ordinata (ejército ordenado)‒, es muy distinto a lo que queda del paramilitarismo de ahora. ¡Es que eran 500 hombres vestidos con prendas militares atacando los pueblos! Entonces, yo le decía: hombre, lo que usted hizo con el proceso de paz con los paramilitares tuvo muchos problemas, pero todos lo apoyamos. Los que queremos la paz, en estos procesos… ¡tenemos que luchar para que esto termine! ¿Usted por qué no apoyó el proceso de La Habana? Entre otras cosas, fíjese que ese proceso no se hubiera podido hacer si usted, con la fuerza que tuvo, no hubiera logrado lo que logró. Es una obra suya que las Farc bajaran de 21.000 a 11.000 hombres. Pero no fue posible. 

Cuando yo le decía a Pastrana: hombre, por qué no hacemos una comida y ustedes, los cinco expresidentes de Colombia vivos, se reúnen ante el país e lo invitan a la reconciliación… No. ¡Ahí hay unos odios humanos muy profundos, muy profundos, muy duros! Yo le decía: hagámoslo en la verdad. Las verdades son bien conocidas. Es verdad que Samper ganó las elecciones con plata del narcotráfico, es decir, hay un montón de verdades que son verdad, pero ¡reconciliémonos! Quiero decirles que en La Habana se ganó una cosa que es muy distinta. Hoy en día hay masacres en Colombia: más o menos una mensual; son masacres de tres personas o cuatro personas. ¡Eso es durísimo! Más o menos cada semana matan un líder. Nosotros venimos de una época en que las masacres eran de 100 personas, de 120, de 70. O la masacre de Barrancabermeja en nuestra parroquia, de 34 personas. De donde los secuestros eran todos los días. Los asesinatos a líderes eran todos los días. El Hospital Militar mantenía 2000 hombres heridos. ¡Y hoy en día hay 12! Es decir, ahí hubo un cambio, ¡sin lugar a dudas!, a pesar de que 20 % de la gente de las Farc volvió a la guerra, como suele pasar en estos acuerdos. 

Colombia está partida, Colombia está dividida. Las acrimonias y los señalamientos uno los encuentra continuamente en Twitter, en Facebook, en WhatsApp. ¡Y yo siento en eso una responsabilidad muy grande de trabajar por la reconciliación como jesuita y como sacerdote!

Antes de la prolongación otorgada por la Corte para proseguir las actividades de la Comisión, se notaba un abrumador fortalecimiento de asociaciones ciudadanas contra la guerra y la muerte. ¿Este legado de la Comisión podrá mantenerse luego de su existencia?

Jorge Luis, tenemos tres cosas en las que estamos trabajando. Estamos tratando de conformar una red de aliados. Yo quiero invitarles a ustedes a que sean parte de esa red. Cada red y cada grupo humano de la manera cómo funcionen. Es una red que recoja el legado de la Comisión y continúe trabajándolo. Nosotros, de ninguna manera, pensamos que vamos a llegar a un punto final. No habrá una verdad de Estado. Sería lo más estúpido. Quedan unas búsquedas de verdad para continuar profundizándolas y estamos conformando una red de aliados de muchas organizaciones, de muy distintas clases, para continuar en eso. Queda un comité de monitoreo y seguimiento institucional, pagado por el Estado, que durará siete años. Estamos trabajando para dejarlo establecido, como está dentro de nuestro mandato. Su responsabilidad es cuidar que las recomendaciones que dejemos sean monitoreadas y se les haga seguimiento en su puesta en práctica. Vamos a dejar un sistema colocado en la web lo llamamos la transmedia; es una masa de información que contiene de todo. No solo los datos, los testimonios y las entrevistas habladas, sino también películas, pequeños videos, para que cualquier persona del mundo, si quiere hacer una tesis sobre lo que pasó en Colombia durante el conflicto o si quiere seguir profundizando en lo que hicimos y darle nuevas interpretaciones, pueda continuar esta tarea. Y, por supuesto, también vamos a publicar en varios idiomas y también en lenguas indígenas los resultados finales. 

¿Qué le dirías a los que tachan de guerrilleros o de izquierdistas camuflados a los líderes sociales que matan?

Pues yo les diría que estas cosas tienen que hacerse desde un análisis riguroso sobre los distintos casos o sobre los diferentes grupos de casos y que cualquier afirmación precipitada es temeraria e irresponsable. Es temeraria porque puede traer como consecuencia la activación de procesos de asesinatos. El asesinato de los líderes en Colombia es muy doloroso porque ¡por ningún motivo se puede matar a una persona!: en Colombia no hay pena de muerte. Y porque en muchísimos casos, como me tocó ver en el Magdalena Medio, los líderes son muy incómodos para la gente que está armada. Porque la gente sin armas le pone la cara al armado y le dice: usted puede tener armas, pero yo vengo aquí a defender a una comunidad. Por supuesto, las defensas son de muy distintas clases: hay líderes que están luchando por el medio ambiente; otros, para que los procesos de erradicación de la coca puedan llevarse a cabo con toda determinación; otros están luchando por la tierra, en escenarios a veces muy oscuros, porque en este país donde el catastro nunca se estableció con rigor, los problemas de tierras son complicadísimos. Otros están en otras actitudes y defienden a los sembradores de coca porque dicen que no tienen una forma distinta de ganarse la vida y no van a dejar que la coca se la toquen. Hay otros que dejaron las armas de las Farc y con toda seriedad están en un proceso de paz, pero han matado más de 300. Esta semana asesinaron a un par de mujeres. Son situaciones muy dolorosas; los matan con mucha frecuencia disidencias de la misma guerrilla.  

Independientemente de las tradicionales causas de la violencia, con base en las realidades que ustedes han conocido y sentido, ¿cuáles se destacan como causas para que nos hayamos portado tan inhumanamente?

Gracias, Edmundo, por esa pregunta. Una de las cosas ‒hablando de causas‒ que hemos encontrado es que no vemos razones, como si dijésemos modelos lineales que expliquen lo que está pasando, de manera que por una razón única una persona sale a matar a otras en Colombia. No es porque me dieron una orden y fui a matar o porque se me ocurrió durante la noche que tenía que meterme en la guerra y salir a matar personas, sino que son entramados muy complejos de causas, en las que juegan simultáneamente elementos subjetivos, elementos estructurales, elementos culturales, elementos políticos, presiones de la guerra y en ese conjunto se producen estas realidades tan duras. 

Mi sentir personal es que sí hay un problema muy hondo entre los colombianos, que juega un papel, porque cada una de estas cosas necesita de otras para explicarse, pero nos es muy difícil aceptar en la vida concreta. Teóricamente lo aceptamos, y más los que hemos pasado por la Compañía de Jesús, que todos los seres humanos y todos los colombianos nos merecemos el mismo respeto y que debemos tratarnos con la misma acogida. Yo lo que siento ‒y se los digo con sinceridad, créanme‒, es que eso no se da así. Se da, de pronto, en algunas familias, en algunos asuntos individuales, en algunas personas conscientes pero, en general, el sentir general ‒es lo que yo siento‒ es que no todo el mundo se merece el mismo respeto. Los indígenas no se merecen el mismo respeto que los blancos, ni los negros del Chocó se merecen el mismo respeto. ¿Qué se traen ustedes cuando vienen a exigir…? ¡Eso es para la gente respetable!: los que tienen plata, han hecho carrera, han estado en las universidades, vienen de familias buenas, son sacerdotes, obispos o empresarios; pero ustedes, ¿de dónde vienen aquí a pedir que se los trate con el mismo respeto, si eso no es lo normal?

Por otra parte, creo que la guerra sí se nos metió muy profundamente. Esa es una pena muy honda, porque todo lo que la guerra tocó en Colombia, lo dañó. Y creo que ahí hay un problema muy delicado. Tenemos problemas de inequidad social durísima. Miren las cifras internacionales. Eso está divulgado y se hallan en Google. Colombia, desde hace mucho, se mantiene dentro de los 10 países más inequitativos del mundo, incluso entre los seis más inequitativos, pues compartimos el sexto lugar con otros cuatro. Los países más inequitativos son los más violentos, son los países que, paradójicamente, tienen dificultades para ampliar sus mercados, para ser más tranquilos. Eso es una pena, porque este es un país de una extraordinaria creatividad, de una fuerza cultural inmensa. 

Pero eso no es razón para que haya guerra. La mayor parte de los otros nueve países inequitativos no tienen guerra. ¿Por qué eso en Colombia se mezcla con la guerra? El narcotráfico juega un papel muy importante en esto y, desafortunadamente, se ha acrecentado, entre otras, también, porque la forma como se trató el narcotráfico en La Habana dio un aliciente perverso para que se sembrara coca, con la expectativa de que al campesino que se lo encontrara con coca no iban a penalizarlo. 

Otro elemento muy fuerte es la corrupción, que en Colombia es tan profunda. Otro elemento importante es que al desbaratarse los partidos tradicionales ‒que jugaron un papel hasta bien entrado el Frente Nacional‒, las formas como se comunicaban las regiones a través de las dos grandes colectividades políticas se fragmentaron inmensamente y las cosas quedaron en manos de gamonales donde la corrupción tomó muchísima fuerza y el narcotráfico también, y las mezclas de eso con el paramilitarismo complicaron inmensamente los asuntos. 

Otro elemento es la mezcla de las Fuerzas Armadas con el narcotráfico, como nos decía uno de los generales en servicio, porque otros no han querido reconocer, fue: el enemigo de mi enemigo es mi amigo y nosotros nos cruzamos con ellos. Para poder ganar la guerra la combinación con los paramilitares fue indispensable, porque la derrota era inaceptable. Ustedes se acuerdan…, Bogotá estuvo al borde de ser tomada por la guerrilla cuando la guerra fue grande. Todas estas cosas, Edmundo, se mezclan y el punto es cómo desagregarlas y. además, se dan de formas distintas según las regiones. 

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

2 Comentarios
0 Linkedin