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¿Qué significó para mí haber escrito y publicado un libro?

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Escribir y publicar mi primera novela significó para mí aprovechar la oportunidad de contar, con palabras, la dura y extrema realidad de vivir, a la fuerza, un voto de castidad que negaba y condenaba el amor humano y de los esfuerzos que tuve que realizar para encontrarlo y rehacer mi vida.

Esta historia comienza en un lejano mes de marzo de 2009, en Cartagena, adonde nos habíamos ido a vivir con la ayuda de una neumóloga que me aseguró que teníamos que abandonar Chía cuanto antes, y buscar algo al pie del mar. “Póngalo, por escrito, le dije, será como una orden para Elsa, mi querida compañera de viaje”. 

Esa mañana, a mis sesenta y cinco años, sentado en el balcón del apartamento, sentí que pronto sería tarde, muy tarde, para contar lo más importante de mi historia, la búsqueda y el encuentro del amor humano y, sin pensarlo, me acordé de aquellos versos de Hölderlin, de su Himno al amor y los escogí como epígrafe de una novela que aún no tenía nombre y mucho menos personajes, ni trama alguna: 

“Dejad de lado a los amigos, ofended a parientes, agraviad a los poetas
¡qué agradecidos!, 

y que Dios absuelva.
Pero debéis respetar
el alma de los que se aman”. 

Tema resuelto. El Amor. Protagonista: un sacerdote. Y me acordé entonces de George Bernanos: “ma paroisse est une paroisse come les autres”, la primera frase de su novela “Diario de un cura de aldea”. El título se impuso: IN AETERNUM. 

Fue así, por generación espontánea, como cobró vida un sacerdote jesuita, párroco de una iglesia al sur de Bogotá, quien tenía que ir un día a la semana a Chapinero a rendir cuentas de su trabajo, a recibir instrucciones para el mejor desempeño de sus labores. 

Hasta que un día empieza a aburrirse de su vida de párroco. 

“Ya estoy viejo. Pero como una gota de agua fría que cae segundo a segundo sobre mi cuello, repito diariamente las palabras del Introito: 

Introibo ad altare Dei
Ad Deum qui laetificat iuventutem meam. 

No quiero acordarme de una juventud que ya no existe, que duró menos que un relámpago y cuya luz no descubre ningún camino, porque ya se extinguió. 

Los altares no se hicieron para la alegría sino para el sacrificio.” 

Y un día de descanso toma la decisión de irse de viaje, cerca al mar pues, como decía Virgilio: “Simula un rostro esperanzado pero un profundo dolor le oprime el corazón”. (La Eneida I, 209). 

Cerca a Tolú, conoce a la dueña del rancho donde se hospeda, se enamora sin freno de Valeria y descubre, por fin, el amor humano, con todas sus felices consecuencias. 

Pág.142… mi protagonista resume muy bien, al final de la novela, lo que significó para él encontrar y vivir el amor humano. 

“De este cuerpo, al que me enseñaron a despreciar y a castigar, nacieron las caricias más puras que pude imaginar, gracias a este cuerpo que se estiraba en mis manos, traté de entender un mundo que pretendieron negarme, por la inquietud de estas pupilas reorienté mis miradas a la mujer que quisimos ignorar, de esta boca, que perdonó tantos pecados inexistentes, brotaron sin control los besos más esperados, más buscados, nunca temidos sino deseados, como si los acabara yo mismo de inventar. 

Gracias a este cuerpo, cargado de sentimientos y emociones, pude reconocer y disfrutar los abismos inexplorados del cuerpo de Valeria, feliz en mi frenesí, dispuesto a escudriñar sus secretos una y mil veces, sin pretender que fueran respuestas a nada o a nadie, solo para reafirmar la locura del amor. 

Ya el cirio se había desprendido de mis manos, ya el espiral de su fuego se había tropezado con las lenguas de paja que caían del techo, la vida se sacudía de mi muerte, miraba para otro lado como ignorándome, pero solo esas llamas sabían interpretar y festejar la emoción de mi partida. 

Ya no había olvido ni memoria, apenas la soledad del fuego que todo lo consumía y las consabidas preguntas de los que aún quedaban en esta tierra. 

Este cuerpo y esta sangre, que ya empiezan a desaparecer conmigo, y a quienes tuve que zafar de su supuesta realidad para llevarlos al abismo, serán tierra o ceniza, pero desde allí entonarán en silencio y por siempre, el canto de mi amor por Valeria”. 

Terminé la novela en Alicante, en noviembre de 2010 y, con la ayuda de Elsa y de mis hijos, la publiqué en Bubok.

Alfredo Cortes Daza

Agosto, 2023

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