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¿Qué significa para mi haber escrito y publicado?

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Suscribo con entusiasmo aquella categórica afirmación con que nos retó José Samuel Arango hace poco: “¡No lo diga; escríbalo!”

Me tomo la libertad de separar los aspectos “escribir” y “publicar”, actividades que me han despertado distintos sentimientos, aunque la fuente quizás sea la misma; de ella emanan impactos emocionales discernibles. No sé por qué me ha gustado escribir y menos aún por qué algunos escritos han merecido el honor del olor a tinta de imprenta: placer incomparable de fuentes distintas.

Escribir

Todavía me pregunto, sin hallar respuesta plausible ¿cuándo y por qué “me dio por escribir”? Quizás fueran las clases de literatura en el Colegio de San Ignacio las que me acercaron a la escritura. Estudiamos español y literatura en los textos del P. Félix Restrepo “El castellano en los clásicos” y en el “Resumen histórico-crítico de la literatura colombiana” de José María Ruano. Releer al P. Félix se constituyó en placer creciente no solamente por su contenido, sino porque me acercó a los clásicos, encuentro que tomaría mayores alcances durante el Juniorado en Santa Rosa de Viterbo; desde el colegio me gustó aprender poemas de memoria y todavía lo practico; esa costumbre me llevaría a “cometer poesía” durante la Filosofía, y no poca.

Alguna semilla literaria debió aparecer en los trabajos del bachillerato, pues estando en Villa Gonzaga, el P. León Uribe Cadavid, S.J. me encargó redactar una crónica sobre La Apostólica que apareció luego publicada en la Revista Juventud Ignaciana, ejemplar que hoy se encuentra en el Fondo Jaime Escobar Fernández del Archivo Histórico P. Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana.

Desde aquellos lejanos tiempos de 1953 no he parado de escribir, actividad que se volvió casi febril en el Juniorado y en Filosofía. Conservé el trabajo de “Textos” sobre “La amistad en Aristóteles” que, al leerlo años después, me ruboriza un poco y lo justifico como “peccata minuta” de entonces. También escribí la monografía de grado en filosofía con la dirección del entonces P. Enrique Neira Fernández, S.J. 

Por necesidad, he escrito centenares de lo que hoy llaman “handouts” en apoyo a la actividad docente que no he abandonado desde que ingresé a ese mundo por la puerta de “catequista” que fui, a poco de ingresar al Colegio San Ignacio en 1950. Allí recibí invaluables consejos sobre cómo adelantar una “clase magistral”.

Intelectus apretatus discurrit

La mayoría de mis escritos se han adelantado a impulsos de enorme presión no solamente de responsabilidad sino también “contra reloj”. Dos ejemplos se destacan: el folleto “Salud Ocupacional para Supervisores”, en coautoría, para empleados de Ecopetrol en Barrancabermeja. 

Andaba la familia de vacaciones en Medellín cuando me llamó el Ing. Rafael Moreno García, español experto en salud ocupacional, para decirme un 15 de enero que la semana siguiente empezaríamos el curso de Salud Ocupacional para Supervisores en Barrancabermeja; debería escribir mi contribución sobre aspectos administrativos en el término de la distancia, pues los originales, con un 10 % de ilustraciones,deberían estar listos para el 17 de enero y el impresor se comprometía a entregarlos el 21, vísperas del viaje. De un 15 de enero en Medellín a un 17 en Bogotá, significó 9 horas de viaje por tierra y una noche en blanco en la redacción e ilustración del texto, pero se pudo por aquello de Virgilio “Possunt quia possevidentur” “pueden los que creen que pueden” (Ene. V, 231).

Otra experiencia de producción escrita “contra reloj” la viví en UNISUR, durante los primeros tiempos de la Rectoría de Hernando Bernal Alarcón. La Unidad de Medios que dirigía Darío Muñoz Arroyave (Napo) me encargó el desarrollo de tres materias en emisiones radiales de 10 minutos cada una. Obvio que no era improvisar el “discurso”; requería libreto escrito que leería un locutor profesional en Radio Sutatenza; eran 8 páginas tamaño oficio, en promedio, doble espacio por cada emisión.Veces hubo en que pasaba la noche trabajando, me bañaba y salía para los estudios de grabación.

Los cursos de Griego y Latín en El Externado, El Rosario y La Javeriana, los adelantaba de acuerdo con la más rigurosa programación y con lecturas, vocabulario, gramática, palestras (trabajos fuera de aula) y una “adiuncta” al estilo Manuel Briceño que llamaba “Conozca al personaje” escrito de 2 a 3 páginas tamaño carta, letra de 12 puntos y espacio simple. Los cursos en esas universidades se cubrían en 16 semanas; excluidos los tiempos de evaluación ello significó, entre otros aspectos, escribir para cada curso 13 episodios de “conozca al personaje”.

“Lo que puede la edición”

Algunos de mis escritos se publicaron; son folletos más bien que libros. De especial motivo de asombro fue la Lectio Inauguralis que me encargó la Facultad de Filosofía de la Javeriana hace ya varios años. “El griego y el latín en la conformación del pensar como ciencia” lo publicó la Revista de la Facultad y Alberto Betancur, en acto de generosidad extrema,lo incluyó en su página de música y le hizo largo seguimiento al número de lectores en aumento permanente.

Alguien “subió” la Lectio Inauguralis al portal ResearchGate que le hizo seguimiento no solamente al número de lectores, sino a las veces que el escrito ha sido citado por otros autores; según ese portal, 14 autores lo han hecho y en el último reporte, muestra la cita de la “lectio” en escrito de autora alemana. Redalyc.org reporta 3 citaciones. Se cumplió el apotegma aquel según el cual “investigación que no se publica, no existe; publicación que no se cita dejó de existir”; tal la suerte de mi escrito, que dejó de existir por los años que han pasado desde su publicación.

Me identifico con el poeta Ricardo Carrasquilla y su “Lo que puede la edición” que vi por primera vez en “El Castellano en los clásicos” del P. Félix Restrepo, S.J. cuando estudiaba Español y literatura en el colegio San Ignacio de Medellín, por allá en los años 1952, 1953. Confiesa Carrasquilla: “Hice un canto bermudino al cóndor / pero estaba en borrador / y me pareció cochino. / Me lo hicieron publicar en “El Día”, / lo leí con alegría / y lo encontré regular. / Luego en una colección de poetas / lo insertaron con viñetas / y dije: ¡Es gran producción”! / Lo que puede la edición”.

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