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¿Qué me dejó para siempre mi experiencia como jesuita?

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Haber sido estudiante jesuita durante once años ha sido la experiencia más importante de mi vida. Tratar de compendiar en pocas líneas cuál ha sido o cuáles han sido los aprendizajes más importantes que esa experiencia dejó en mi vida, es un trabajo parecido al de seleccionar las piedras más preciosas de un tesoro que se guarda con amor. Es posible que se me queden en el cofre algunas muy valiosas. Aquí presento, definitivamente, las que más resaltan.

Una profunda alegría por haber estado allí, por haber pasado en la Compañía de Jesús once felices años y por haberme retirado jurídicamente de ella a tiempo. Un agradecimiento profundo y muy especial a mis formadores y profesores, que me abrieron la mente y me dieron conocimientos, criterios y herramientas para la vida, para poder formar una familia, para ser un profesional decente, honesto y fiel a mis principios, para ser un hombre de confianza y leal. Un agradecimiento muy especial a Javier Osuna, acompañante bondadoso, exigente y guía en mi discernimiento en el momento crucial para cambiar mi estado de vida. Su especial indicación al retirarme de la Compañía para que buscara a Myriam, mi compañera de camino y para formar con ella el hogar que hoy tenemos. Un hogar sereno, alegre, refugio de paz y tranquilidad.

El sentido del deber y de hacer las cosas lo mejor posible. Cumplo con mis responsabilidades sin necesidad de que me lo digan, aconsejen o impongan. Hago las cosas porque las debo hacer, porque esa es mi responsabilidad, porque las puedo hacer y las quiero hacer. Este sentido del deber me ha dado excelentes réditos, liderazgo práctico, ser querido por quienes han sido mis colaboradores, que me han visto dando ejemplo; medito en la brega con ellos, como uno de ellos, sin aspavientos ni ínfulas de grandeza. Siempre sentí urgencia para actuar, para no “echar carreta” y para hacer las cosas bien. Eso me hizo una persona de confianza.

Los mejores amigos de mi vida. Son las personas con quienes hoy comparto estas notas. Me siento miembro de este grupo en el que soy partícipe, integrante, solidario y aceptado con mis cualidades y defectos, que todos conocen.En cualquier momento nos reunimos y volvemos a experimentar la alegría de ser amigos, hermanos, compañeros de camino y de destino. Es el sentido de la amistad mejor expresado y vivido. Los amigos en el Señor.

La fe en Jesucristo, Creador, Redentor, amigo. Es una fe serena, profunda, confiada. Sin necesidad de argumentos para creer ni para convencer a nadie. El Señor Jesús, es el del Evangelio, el de las bienaventuranzas, el del pesebre, la misión, la predicación y los apóstoles, el de cruz y la resurrección. El que se me reveló en los Ejercicios Espirituales para toda la vida. Es el dueño de mi vida. Es mi Dios, hecho hombre en mis hermanos más necesitados y el sentido profundo de mi vida. Con mis defectos y pecados, lo busco cada día y siento que me acoge y me guía. Y a cada uno de todos los que amo. Es terriblemente exigente, pues pide amar a los enemigos y hacer el bien a los que nos aborrecen. Y hay que amarlos hasta la cruz. Pero también hasta la gloria de la resurrección. Y es fiel. No entiendo mi vida sin la presencia del Señor en ella. No tengo preguntas sobre Él, sobre su existencia, su paraíso, su creación y manifestaciones. Creo que la experiencia de su amor hizo que se me acabaran las preguntas. 

La conciencia de estar siempre en la presencia amorosa de Dios. No es un Dios melcochudo ni tirano, ni amenazante. Es un Dios amor ante quien estoy en todo momento, en donde yo esté y me encuentre. Es el Dios que llenó de alegría mi niñez, mi juventud, mi vida adulta y hoy, mis años de madurez y, ojalá, mi ancianidad.

El discernimiento. En dos o tres momentos cruciales, decisivos y definitivos de mi vida, he seguido este procedimiento y he dejado que mi espíritu hable y escuche. Qué debo hacer, con qué consecuencias. Aun en momentos muy difíciles, precisamente en ellos, he podido aplicar este método, con excelentes resultados. Y he podido ayudar a otros, acompañando su proceso de toma de decisiones.

El examen de conciencia. Lo hago todos los días, al terminar la jornada. Y pido al Señor su gracia para continuar junto a Él por este camino, corrigiendo lo que debo corregir y haciendo lo que debo hacer. Y duermo en paz y me despierto listo para una nueva jornada, con ilusión y alegría. 

La libertad de conciencia. Creo que soy yo el responsable de mi destino y de mis actuaciones. Nadie me obliga. Por eso obro de acuerdo con mi conciencia y en presencia de Dios. Creo actuar de acuerdo con lo que debo hacer. Y eso me da un gran sentido de libertad, de liberación. Actuar sin amarras es condición de la plenitud y de la serenidad interiores.

Bernardo Nieto Sotomayor

Septiembre, 2023

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