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PRESENCIA DE MI PADRE Y DE SU VOZ

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Continuando con las “cartas al padre”, Jaime Escobar nos hace llegar este poema escrito por Rafael Ortiz González, padre de Jaime Ortiz, su amigo, quien se lo envió a Jaime ante la muerte de su padre, con esta sencillas dedicatoria: “Para Jaime Escobar, un gran señor del alma, en estos momentos tormentosos”. Varias generaciones unidas por el valor de la palabra…

De mi padre recuerdo
todo cuanto soy yo
en el tiempo.

Sobre todo ahora
cuando más me le parezco
en el modo de sentir y de decir las cosas,
en la acción de las manos,
en la línea del alma
y en el perfil del gesto.

A veces me parece
que mi padre no ha muerto
y que soy apenas una prolongación humana
de su rostro,
de sus acciones y de sus pensamientos.

Mejor dicho,
yo no recuerdo a mi padre
porque en toda mi vida está presente,
en el espejo ardiente de mi sangre
y en el espacio claro de la frente. 

(...)  Lo siento que camina por mi sangre,
como el río que en el mar halla su centro
y que mis brazos y mis pies son gajos
desprendidos del árbol de su cuerpo,
de las mismas raíces de su cepa,
de la más alta rama de su sueño.

A veces siento
que mi padre y que yo somos lo mismo
y que él está en mí perfectamente vivo
y que yo estoy en él perfectamente muerto
pero vivimos y morimos juntos
mientras siga él muriendo y yo viviendo.

(...) Yo a mi padre lo siento y lo presiento
más cerca a mis arterias y más próximo,
como si cada día que avanzo hacia la muerte
él viniera más joven a mi encuentro
y yo fuera hacia él mucho más viejo.

Porque él está dormido en el espacio
sin vejez, sin temor, sin sufrimiento,
en el jardín de los marfiles blancos
y de flores de nieve y rosas de ébano,
y yo estoy en la tierra de la muerte
fumando el humo de mi breve tiempo,
apretando los días entre mis manos,
contando los instantes en mis dedos.

Pero él sigue en mi sangre y en mi vida
reproduciendo todos los ancestros,
gobernando mis pasos, viajando entre mis venas,
y viviendo la forma de mis sueños!

Mi padre está conmigo en todas partes,
y en verdad, él y yo somos un mismo
y un solo corazón y una sola alma,
la misma piel y el mismo rostro humano.

El está en el paisaje de mi infancia
como el árbol más fuerte 
y más alto nacido en la montaña.
Siempre a caballo sobre el campo abierto
como el noble señor de la comarca
cuya voz aún resuena en mis oídos
y la siento nacida en mi palabra
porque a medida que envejezco, escucho
que su voz se renueva en mi garganta.
El verbo es el espíritu y hoy creo
que su fuerte palabra es mi palabra.
Por ello, cuando hablo, yo percibo
que es su voz la que viene de mi infancia.

(...) De pronto un día sentí que mi voz no era
sino su propia voz en la distancia
y que estaba llamándome al oído
con su voz más cercana:
era su propia voz y no la mía
y yo sentía
que con mi voz exacta
mi padre me llamaba.

Desde entonces yo oí el milagro de la sangre
que hacen del hijo y padre la misma voz humana
y desde entonces supe que nuestra voz es todo,
y que el alma del hombre es la palabra
y que la palabra es su propia alma!
Desde ahora yo sé que cuando hablo
es la voz de mi padre la que habla,
al través de la sangre, como el eco
de un grito
que del oído vuelve a la garganta.

Por eso cuando hablo, yo percibo
que es mi padre en mi voz el que me llama!
Y por eso también cuando lo llamo
yo siento que, en mi voz, él me responde
y nuestras voces son como campanas.
Es su voz varonil, de árbol sonoro,
voz de río, de torrente, voz de hombre.
Cuando habla me oigo en la distancia
y cuando hablo, él me llama por mi nombre!

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