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Paz en Colombia

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De todos los relatos de horror y barbarie revelados en la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición hay uno que me impresionó particularmente: el del paramilitar que recibió la orden de matar a todos los habitantes, mujeres u hombres, adultos o niños, que fueran a salir de un caserío. 

Cuando se acercaban al sitio señalado, los hombres armados vieron venir una pareja de jóvenes mujeres. El comandante dio la orden de disparar a la de mayor altura, que fue ultimada al instante. La segunda joven logró correr y se abrazó a los pies del comandante, suplicando por su vida, diciéndole: “no me mate, yo me le entrego…, yo soy virgen y, si no lo fuera, entonces usted me mata”. Sin embargo, el comandante desenfundó su arma, la mató y luego la descuartizó, porque si no lo hacía lo mataban a él, según su relato.

Vienen a la memoria otras barbaries. Durante la segunda guerra mundial el exterminio no fue solo de los judíos. En la invasión del ejército alemán a Rusia, la orden era arrasar con todo, de tal forma que se agrupaba a los campesinos y los fusilaban para luego quemar las aldeas y los campos. En esa misma guerra, por un error de la aviación alemana que terminó bombardeando Londres ‒según la historia oficial‒, se desató un bombardeo indiscriminado de ciudades por parte y parte con miles y miles de víctimas. 

En 1900, durante la guerra de los bóxers en China, luego que los rebeldes ocuparan la embajada alemana y mataran al embajador e hicieran otras atrocidades, ocho potencias europeas organizaron una invasión de China. La despedida de los soldados alemanes que iban a ese país incluyó la exhortación oficial a acabar con todo lo que encontraran a su paso.  

Y las cosas empeoran si seguimos retrocediendo en el tiempo, a las guerras religiosas, a las Cruzadas, a los antiguos imperios de India, China y Persia… Corrían ríos de sangre, literalmente. Durante la primera Cruzada los musulmanes fueros sorprendidos: los cristianos lograron tomar Jerusalén; la mortandad fue tan grande que ‒según unos historiadores‒ la sangre llegaba hasta las rodillas de los soldados y, para otros, hasta la altura de los tobillos. Algo similar pasaba en los sacrificios humanos de los aztecas. Así, la barbarie no es novedosa entre los humanos, a pesar de lo cual con frecuencia pensamos y, sobre todo, sentimos que nuestra barbarie es única y, por supuesto, la más dolorosa de todas, pues es la que nos correspondió vivir.

En la oración universal ‒el padrenuestro‒ pedimos que se nos perdone, así como perdonamos a los que nos ofenden, quizás como forma de reconciliarnos con el destino cruel de nuestra naturaleza, en la que a veces uno sufre lo que hacen otros y, luego, otros sufren lo que hacemos nosotros. Aun así, las perspectivas de la violencia cambian de acuerdo con la educación; por ejemplo, los militares que se entrenan para la guerra, y los ejércitos (legales e ilegales) que abundan.

Es muy probable que el futuro sea mejor, aunque el proceso de mejora sea lento y solo veamos resultados en unos diez años o más.  No nos desanimemos…, la humanidad ya superó dos guerras mundiales. Es reconfortante pensar que después de la tempestad viene la calma. 

El camino a la paz requiere sacrificios. No olvidemos que la paz permite todas las oportunidades, mientras la guerra materializa todos los riesgos. Quisiéramos pensar que lo sucedido en Colombia es único en el mundo, pero no es así, como lo demuestra la historia universal. 

Juan Laureano Gómez

Enero, 2022

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Aquí finaliza el diálogo que sostuvimos con el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, después de la presentación que nos hizo (ver los artículos Escuchando a Francisco de Roux (1 y 2) de este blog). 

¿Qué tipo de incomprensiones más frecuentes ha tenido que afrontar entre los colombianos que no se sienten involucrados en el conflicto?

Primero, una descalificación radical de lo que estamos haciendo. El expresidente Uribe dice en la entrevista que ustedes vieron: “no los recibo como Comisión de la Verdad, porque para mí todas las instituciones que salieron de La Habana son ilegítimas, pues el plebiscito contra eso se ganó”. Yo quiero decir la verdad de lo que veo: es una cosa muy fuerte desde la oposición política. No pocos nos consideran, con esta polarización del país, como guerrilleros o defensores de las Farc. Sobre mí se dice toda clase de cosas: que soy un guerrillero, un ladrón de tierras…, cualquier tipo de cosas. 

Eso no me afecta personalmente para nada. Yo siempre, cuando veo esas cosas en los tuits y en los wasaps, me pongo a pensar qué gana el que lo dice, qué dolor habrá en él, qué indignación. Posiblemente, en su profundidad, proviene de un secuestro, una extorsión, del sufrimiento de sus amigos o de su familia, porque es la realidad. Eso no sale espontáneamente. Entonces, la gran pregunta es: ¿cómo lograr una conversación con todos los lados? Por eso es tan difícil este proceso. 

¿Cómo se está manejando desde la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la falta de diligencia y de interés por parte del Estado en el Acuerdo de Paz?

Hemos sido muy claros con el gobierno en decirle lo que sentimos y pensamos. Consideramos, por ejemplo, que lo que está haciendo Emilio Archila es serio, lo que se está haciendo con los PDTS. No quisiera utilizar la expresión, porque el adjetivo que voy a usar es una caricatura: es una paz pequeña. Fui invitado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en enero del año pasado porque la comunidad internacional le tiene un respeto inmenso al proceso de paz de Colombia. Con decirles que el Consejo de Seguridad, que vive peleando entre sí, porque en casi todas las cosas está en desacuerdo ‒allí están Rusia, Japón,  Alemania, Japón, China, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos y otros 13 países que van cambiando, lo único que los ha mantenido unidos desde hace cinco años es el proceso de paz de Colombia. Lo consideran lo más serio en paz interior que ha pasado en el siglo XXI. El proceso de paz que hubo en Afganistán ya fracasó, pero el de Colombia sigue ahí. 

En el Consejo de Seguridad decía: la paz de Colombia necesitaba un líder muy grande, capaz de convocar a empresarios, indígenas, campesinos, negros, a las universidades, a las iglesias, a profesionales, a distintos partidos políticos y decirles: cojamos eso de La Habana, cojamos lo que se hizo con los paramilitares, llamemos al ELN ¡y vámonos hacia una paz grande, porque este país la necesita, y vamos a conversarlo entre todos!  

Vamos a coger lo de La Habana, ¡y vamos a mejorarlo, por supuesto! Ninguna de esas cosas está acabada, pero pongamos en práctica esto, en serio, pero nunca tuvimos ese liderazgo. por muchas razones que ustedes conocen. Yo creo que Duque es un hombre de buena voluntad, pero ustedes y yo, que somos viejos y que sabemos lo difícil que es tener la comprensión de un país tan complicado, podemos perfectamente comprender la situación de un presidente en esas circunstancias. 

Yo creo que Duque nos ha respetado, pero no nos tiene confianza. En todas estas cosas se necesita mucha visión para poder contener un país tan complejo. Esa es en parte nuestra tarea: abarcar esas diversidades tan complejas y empujarlas hacia la reconciliación. 

Hay una serie de preguntas que tienen que ver contigo: ¿cómo te mantienes en pie emocionalmente ante tanto dolor?, ¿cómo procesas ese dolor tan profundo sin que eso te impacte? ¿Puedes referirte un poquito al impacto personal en tu vida de esta misión? 

Les confieso que el encuentro con las víctimas y con los responsables ‒cuando reconocen responsabilidades‒ no me quiebra; me llena de compasión. ¡He oído cosas tan duras! No quise alargarme porque los fatigo, pero creo que es imposible oír cosas más brutales que las que he escuchado. Son réplicas y bemoles de cosas muy dolorosas de todos los lados: de empresarios e indígenas, de campesinos y comerciantes, de soldados y guerrilleros. No me preocupan las amenazas que, de pronto, le tiran a uno: que hay que matarlo. Eso no me produce ningún miedo. Si llegara a suceder… ustedes y yo creemos que la existencia humana no termina con la muerte. Yo, por fortuna, no tengo la responsabilidad de una familia, pero lo que me preocupa más profundamente es la enorme expectativa que se ha creado sobre la Comisión. Eso lo vivo como un peso muy grande y con la conciencia de pensar que posiblemente nunca podremos llenar las expectativas, empezando por las víctimas. Ahora que nos dieron una pequeña instancia de prolongación, hay cantidades de víctimas diciendo: ahora sí tienen que escucharnos a todos. Yo les hago esta reflexión: son nueve millones de víctimas; calculen cuántos minutos tiene un año o un día. Son nueve millones de víctimas. Si escucháramos a todos, si dedicáramos un minuto a cada víctima, nos demoraríamos 17 años para escucharlos a todos. Vean la desproporción entre las expectativas y lo que podemos hacer. Eso sí me preocupa. ¡Eso me pesa! Y cuando veo la precariedad del equipo, percibo nuestros límites. Ni siquiera cuando en Colombia los jesuitas éramos 700 ‒situación que nos tocó a nosotros‒, podíamos hacer algo que realmente impactara al país. 

¿Cuáles son y cuáles asumes que pueden llegar a ser las mayores dificultades para lograr ese resarcimiento y, sobre todo, la no repetición de tragedias de esta naturaleza? ¿Qué obstáculos, qué dificultades estás previendo?

Edmundo, la que me parece más grande es el narcotráfico. Te lo digo con franqueza porque estudiando todo esto, la profundidad de la entrada del narcotráfico en el país es descomunal. Y eso no se toma con toda la seriedad con que debiéramos: supone transformaciones muy hondas a todos los niveles. No entro en detalle, porque nos perdemos en ese tema del que podría hablar dos horas seguidas. 

La corrupción es descomunal: vehicula asesinatos y la compra de gente para que mate gente. Hay que hacer un esfuerzo muy grande en los organismos de seguridad. Y quiero ser muy claro: ¡necesitamos organismos de seguridad! Hablando con el Ejército y con la Policía, ahí hay que meter la mano y meterla con franqueza para ganar la reputación de los organismos, no para acabarlos. Ahí hay problemas supremamente delicados. Créanme. Este fenómeno de los falsos positivos está lejos de ser unas manzanas podridas. 

Yo les pongo el ejemplo de lo que ha hecho el papa Francisco sobre lo que pasó en la Iglesia con la violación de niños. Ustedes lo saben. A todos nos ha dado una vergüenza enorme, hasta que el Papa dijo: esto no es un problema de unos cuantos. ¡Es un problema corporativo! La Iglesia tiene que aceptarlo. Por eso tomó medidas. Se lo he dicho a los militares. Él les dijo a los obispos: “ustedes han estado encubriendo a los sacerdotes. De ahora en adelante la Iglesia se pone de parte de la víctima. Y pone ante la justicia, no la justicia eclesial, sino ante la justicia civil al violador de niños. Y la Iglesia se pone de parte de la víctima”. Y al cardenal arzobispo de Washington lo destituyó como cardenal, lo destituyó como obispo, lo destituyó como sacerdote, para que las cosas quedaran claras. Los obispos de Francia llamaron a una entidad absolutamente independiente, no católica, y le dijeron: háganos un estudio. Es lo que hay que hacer con el Ejército y con la Policía. Ahí hay que hacer una transformación muy seria. De tal suerte que la seguridad en Colombia no sea la seguridad para unos pocos, para unas empresas o unos políticos, sino que sea la seguridad para la gente. 

Con las responsabilidades que tienes, ¿tienes escoltas? ¿Cuántos? ¿Temes por tu vida?

Ninguno. Cuando uno empieza esto, el Estado manda gente que le hace a uno un análisis de seguridad y le dan recomendaciones: coja escolta, viaje en carro. si uno dice que no, le hacen firmar un papel que dice: “si pasa algo, nosotros le ofrecimos… De los 11 comisionados tres tienen escoltas: el mayor Ospina, un exmilitar ya retirado, Patricia Tobón y Léitner. Cualquiera de nosotros podríamos pedirlos, pero no los hemos pedido. 

Después de escucharte el recuento, uno detrás de otro, con una memoria impresionante, ¿cómo haces psicológicamente para procesar, para mantener alguna sanidad espiritual para que no te desequilibren tantos casos, recordados con tanta facilidad, tanto horror? ¿Cómo haces para mantenerte sano, psicológicamente, fuera de lo que acabas de decir?

Pues, Reynaldo, conociéndote, lo que tú haces. Todas las mañanas un rato de silencio, que comparto con compañeros de la Comisión, porque sé que a ellos les hace mucho bien. Me da mucha fuerza la Eucaristía, tengo que ser muy sincero: para mí es un gesto muy sencillo. Esa decisión de Jesús de entregar la vida por los demás, que es lo hondo de ese momento, me fortalece mucho. Y hacer deporte diario. No lo dejo. Aun en los momentos más duros del confinamiento salía a correr muy de madrugada o cuando no había nadie en las calles. 

¿Cómo haces para que no crezca o nazca un resentimiento como de justicia, casi persecutoria o vengativa? Siento que cualquiera de nosotros, en tu posición, tendría un rencor contra toda esta injusticia y todos estos que han hecho tantas barbaridades que uno quisiera ajusticiarlos a todos de una vez. ¿Cómo procesas ese sentimiento?

Yo creo que el nivel de dolor que hay en el país, la tragedia, es tan profundo, que es muy difícil muy difícil condenar. Esos soldados que obraron así estaban presionados en formas muy complicadas. Aquí muchas víctimas se volvieron victimarios y muchos victimarios fueron también víctimas. Es algo muy complicado. Por eso, el sentimiento que más tengo es el de compasión, pero tan hondo que se traga cualquier sentimiento de rabia. 

Si mis nietos te llamaran y dijeran; padre de Roux, ¿con todo lo que has hecho, lo que sabes, lo que has estudiado y todo lo que has visto crees que, a nosotros, los nietos de Gabrielito, va a tocarnos una vida más tranquila, sin tantos muertos y con más equidad e igualdad, o crees que nos va a tocar una peor que la que le tocó a mi abuelito?

Gabriel, tengo la esperanza, pero eso va a demorarse, de que las cosas van a cambiar en el país. Y la razón básica es que siento que en el país, a pesar de todos los coletazos que todavía existen y siempre y cuando logremos zafarnos del narcotráfico, hay un rechazo muy profundo a la guerra. Hace años, en las organizaciones sociales, en los sindicatos, en las organizaciones campesinas e indígenas, la gente no se iba a la guerra, pero decía: qué bueno que haya ahí algunos con fusiles que les den madera a estos injustos. Había muchas complicidades y se dejaban pasar muchas cosas, y las organizaciones de derechos humanos se las cargaban todas al Estado, pero nadie hablaba de los crímenes de la guerrilla. Yo siento que el país hoy está en una cosa muy distinta. ¡La gente no quiere la guerra! Los sindicatos no están apoyando la lucha armada, puedo decírselos con toda franqueza. Hay debates y asuntos muy discutibles, pero yo no conozco ningún sindicato que la apoye. Hubo sectores de la Unión Sindical Obrera (USO) que apoyaron al ELN y a las Farc, pero hoy no hay apoyo ni en la USO, ni en Fecode, ni en la CUT. El partido comunista colombiano ‒compre su periódico Voz‒, es un periódico demócrata, crítico, pero demócrata. Yo siento que Colombia entendió que todo lo que la guerra tocó, la guerra lo dañó. Eso no es por ahí. Tenemos que zafarnos del chip del enemigo interno, de que tenemos que vivir con guardias; hay 500.000 guardias privados. Eso va a tomar tiempo. Hoy tenemos otro horizonte. Yo creo que va a tomar, por lo menos, 10 años. No será inmediatamente, pero estás hablando de tus nietos. Por eso tengo mucha esperanza  y hay que animar a eso, al espíritu que hay. 

Has hablado varias veces del narcotráfico como el centro de todo esto; antes y ahora. ¿Crees que sola Colombia tiene la posibilidad de liberarnos del narcotráfico o se requiere una acción multinacional, global? ¿Hay algo que pueda hacerse al nivel a que tienes acceso: Naciones Unidas, etc.? ¿Ves alguna posibilidad de que podamos liberarnos solos de ese mal tan profundo? ¿O se requiere ayuda mundial?

Estoy convencido, con lo que acabas de decir, que tu pregunta lleva la respuesta: por supuesto, es un asunto internacional, un lío gravísimo. El tráfico de drogas y el tráfico de armas, para ponerlos juntos. Creo que Colombia tiene un papel muy fuerte. Leí los titulares de hoy: pasó por aquí el secretario de Estado y dijo que Estados Unidos va a poner mucha presión para bajar la demanda del consumo, con formas de law enforcement. No creo mucho que eso sea posible. Viendo todo esto, les confieso, creo en los caminos de la legalización, pero cargando muy duro las condiciones para la producción y los impuestos a la producción, manejando la cosa como un asunto de salud pública y poniendo también impuestos muy altos al consumo. Y creo que eso es posible a nivel internacional, pero hay que entrar con mucha decisión porque puede caerse también en trampas. 

Pienso, por otra parte, que el caso colombiano es particularmente fuerte. Somos, en este momento, el monopolio mundial. Exportamos el 80 % de la cocaína mundial que, por supuesto, la canalizan los carteles mexicanos. A uno le dicen: lo que pasa es que la demanda internacional es tan grande que es imposible, para un campesino colombiano, soportarla sin montarse en la posibilidad de vivir que le ofrece la compra de su producto. Yo me pregunto: ¿acaso las mismas posibilidades de demanda no las tienen hoy los campesinos de Guatemala? ¿Acaso no las tienen los campesinos de Costa Rica, de Panamá o de Ecuador? ¿Por qué ellos no están produciendo? ¿Por qué son básicamente 600.000 o 700.000 familias colombianas? Pienso que nosotros perdimos el sentido del desarrollo campesino, que era tan importante, articulado con la agroindustria. Eso se dejó y no nos dimos cuenta de que el narcotráfico se nos cruzó hondísimo con el contrabando en Colombia, que es descomunal, y con la minería criminal de las retroexcavadoras. Hay miles de retroexcavadoras en Colombia destruyendo nuestros ríos. Y se nos cruzó con la corrupción. Es decir, se hizo una masa muy complicada. 

Alcancé a vivir dos años en las comunas de Medellín, en la parroquia de El Salado, en la comuna 13 y me impresionó mucho, porque era el mismo tipo de discurso que había oído en pueblos cocaleros como Santa Rosa, en el sur de Bolívar. Es el mismo juego de cosas, con la diferencia de que en la parroquia nos dábamos cuenta de que todo el mundo estaba extorsionado, y que el peso del juego lo hacían el narcotráfico y las bandas que lo controlan  y que todos esos recursos terminan por entrar a la economía legal porque la gente tiene sus tarjetas débito y canalizan finalmente los recursos a través de la banca. 

Ahí hay un problema grave, típicamente colombiano. Yo le decía a José Antonio Ocampo, de quien soy muy amigo, quien el año pasado sacó la última edición de su libro de historia de la economía colombiana ‒un libro de 700 páginas, muy valioso porque uno aprende mucho de economía leyéndolo‒: ¿cómo es posible que en un libro de economía colombiana solo le dedicas tres páginas al narcotráfico? ¡Tres páginas! Es decir, ha habido como una especie de pudor, de recato de que, así como la gente de bien no se mete en ese lío de la guerra y de la violencia, tampoco se mete en ese lío del narcotráfico porque, de todas maneras, este país funciona.

El video completo de la charla y las preguntas que se le formularon a Francisco de Roux puede verse en https://youtu.be/RaIV5FQRs1M

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

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Hace pocos días participé en una conferencia virtual del padre Francisco de Roux. “Pacho”, como lo llamamos desde hace mucho tiempo, cuando compartimos algunos años de nuestra juventud, puso ante nosotros lo más genuino y profundo de su trabajo y el impacto que en su corazón de sacerdote y de ciudadano le ha causado esa labor de conocer, de primera mano, el horror que la guerra ha causado entre los colombianos y la ingente tarea que debe cumplirse.

El presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia, Francisco de Roux, nos habló de la tarea que le fue encomendada a la Comisión y de los objetivos que deben cumplir, y respondió varias preguntas que le formulamos en el tiempo que tuvimos para conversar con él. 

El texto que sigue es una transcripción de su charla y de las preguntas que la siguieron. Por su extensión, lo dividí en cuatro partes. El resultado lo comparto con todos aquellos que quieran ver, comprender, asimilar y poner en el corazón, de manera privilegiada, la enorme responsabilidad ética que todos tenemos que emprender, si queremos vivir en paz y reconstruir la Colombia con la que siempre hemos soñado. 

Bernardo Nieto

Tengo la responsabilidad de ser el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia. Así se llama. No es Comisión de la Verdad, sino Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Esta institución nace, como ustedes saben, de los acuerdos de La Habana y, posteriormente, de la firma del Acuerdo de Paz, y se origina cuando en el Acuerdo se toma conciencia de que había que hacer realmente un sistema de verdad, justicia, reparación y no repetición, sustanciado en la verdad. Nosotros formamos así, con la Jurisdicción Especial para la Paz, que es la parte jurídica de esto, y con la Unidad para encontrar a las personas dadas por desaparecidas, ese sistema. La Comisión no es una entidad jurídica. Nosotros no estamos para encontrar culpables, nosotros no condenamos a nadie ni hacemos sentencias sobre nadie, esa es la tarea de la JEP. A nosotros se nos dieron cuatro objetivos distintos. 

El primer objetivo es el esclarecimiento de lo que nos pasó en este conflicto tan largo, por lo menos desde el año 1958 hasta el año 2016, hasta finales de 2016, cuando las Farc pasan a ser el partido de lo que hoy en día se llama el partido Comunes y termina, por lo menos, la guerra central con las Farc.

Esclarecimiento quiere decir lograr una comprensión entre todos nosotros, que sea significativa para el país y que le llegue a la totalidad de los colombianos sobre qué nos ocurrió realmente para que nos viésemos metidos en un conflicto que, según el registro formal de víctimas del Estado, tiene más de nueve millones de víctimas, de las cuales, cerca de un millón, son personas que murieron y la inmensa mayoría, por supuesto, civiles. 

Una comprensión cuyo propósito es avanzar hacia la posibilidad de la convivencia y la reconciliación entre nosotros. No es una comprensión para incentivar entre nosotros odios, apetitos de venganza, señalamientos, recriminaciones, sino una comprensión colectiva. ¿Por qué caímos en esta tragedia que hizo de Colombia una de las crisis humanitarias más profundas que se viven en el mundo? Llegamos a ser, por ejemplo, el segundo país del mundo en minas antipersona. En personas desaparecidas, pasamos de 120.000. Llegamos a tener más de 30.000 secuestros; llegamos a tener más de 2200 masacres. Y así, podríamos traer otras cifras que son realmente muy impresionantes. Ese es el primer objetivo.

El segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Cuando me refiero a eso, hablo del respeto de las víctimas, a acoger a las víctimas que ha habido en el país, de todos los lados. Este es un punto muy importante porque en la situación colombiana las víctimas se dieron a todos los niveles en Colombia. En las clases medias y medias altas y en las clases más pudientes, lo fueron fundamentalmente el secuestro, como ustedes lo saben, la extorsión y también los asesinatos selectivos. 

Pero cuando uno comienza a avanzar hacia sectores de clase media y clase media baja, sectores populares, es el desplazamiento masivo de cerca de ocho millones de personas. Se perdieron más de siete millones de hectáreas que pertenecían a los campesinos y allí sí se encuentra uno, mucho más a fondo, con los golpes durísimos recibidos en los pueblos, muy particularmente las masacres y este tipo de victimización; particularmente las desapariciones y también una de las cosas sobre las cuales quisiera que conversáramos con cuidado: los llamados falsos positivos, cuando jóvenes colombianos fueron tomados por el ejército, llevados a la montaña, asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate, dentro de la idea del body count, que consistía en mostrar con cadáveres que se estaba ganando la guerra.

Nosotros tenemos esa tarea: dignificar a las víctimas. No solamente reconocerlas. Y por eso, la Comisión ha hablado personalmente con más de 23.000 personas. Nos hemos encontrado con los empresarios del Valle del Cauca, los empresarios de Antioquia, los empresarios de Barranquilla y de la Costa, los empresarios aquí en Bogotá. Pero, igualmente, hemos tenido conversaciones con las universidades, estudiantes de universidades y universidades en todo el país, con numerosas organizaciones de víctimas, entre otras, la mesa nacional y las mesas regionales de víctimas. Igualmente, con el mundo de las mujeres, el mundo de los niños, el mundo de los negros o afros en sus diferentes organizaciones; el mundo indígena, que es supremamente amplio, y las organizaciones campesinas. Hemos recibido más de 1000 documentos, 1200 documentos de todas estas organizaciones. 

Tenemos un banco de datos que, sin duda, es lo más grande que tiene Colombia sobre el conflicto, en que recogemos todo lo que hay en lo que se llama la Unidad de Víctimas, más de nueve millones de víctimas. Pero, igual, lo que tiene la Fiscalía, lo que tiene la Procuraduría. Hemos recibido cerca de 90 documentos del Ejército, además de las solicitudes especiales que le hemos hecho a las distintas fuerzas. 

Repito, el segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Allí, para nosotros, hay un elemento muy importante. Nosotros no somos la Unidad de Víctimas. No estamos para reparar a las víctimas, sino para responder a algo que las víctimas consideran sustancial y es la verdad de lo que les pasó en el conflicto. 

Yo podría ponerles a ustedes muchos ejemplos lo que continuamente nos ocurre. Les doy un caso de tantos. La señora que está en un pueblo de Antioquia. No quiere hablar. Eso hay que hacerlo con extraordinario respeto. Después de un par de horas de estar acompañándola, una señora que vive sola en una pequeña casita, de pronto nos dice: ¿ustedes vieron el cuarto que está ahí afuera del rancho? Efectivamente, es un cuartico en el que los campesinos guardan sus cosas. Y, sí, vimos un cuartico destrozado. Entonces ella dice: es que cuando yo sentí la explosión, inmediatamente pensé en mi niño de ocho o nueve años. Salí corriendo, pero el cuarto estaba incendiado. Y tuve que esperar a que bajara la temperatura, que el cuarto se enfriara y me permitiera entrar. Y cuando pude entrar, me di cuenta de lo que había pasado. Y lo que se me ocurrió al ver lo que pasó, quedé muy impactada. Fue traer un balde y fui raspando de la pared los pedazos de mi hijo y llenando el balde con lo que iba raspando para tratar de recoger todo lo que pudiera de mi niño. 

Cuando termina de contar eso, muy quebrantada, dice: yo quiero que me digan la verdad. Yo quiero que me digan quién dejó ese artefacto, que debió ser una granada, en el patio de mi casa. ¿Por qué vinieron a meterse en esta vereda, que había sido siempre una vereda que estaba en paz? ¿Qué les interesaba? ¿Querían la tierra? ¿Querían que nosotros nos fuéramos de aquí? ¿Era por razones políticas, por razones militares? Yo quiero que me digan la verdad. 

Y uno, realmente, queda muy impresionado, porque uno podría decir en un primer momento: ¿qué más verdad que el dolor de esta mujer que nos está hablando así? 

Es una cosa mucho más honda. La víctima quiere una explicación de lo que pasó. Y la dignifica conocer esa explicación. Muchísimas veces las personas nos han dicho: nosotros no queremos plata, no queremos cosas que ya sabemos que no podemos tenerlas: nuestras víctimas están muertas. Queremos que nos expliquen qué pasó. Y con eso va, con mucha frecuencia de parte de las víctimas, el reconocimiento de la dignidad de sus seres queridos. 

Muchas personas asesinadas fueron después, supuestamente, presentadas como terroristas o como guerrilleros o paramilitares. La gente necesita que sea honrada la memoria de sus seres queridos. 

Por otra parte, para nosotros la dignificación es lograr que las víctimas pasen de esa situación de postración, de humillación y de dolor, a tomar una posición proactiva, de gran capacidad ética para hablarle a los colombianos. Nadie tiene, nadie, ningún sacerdote, ninguno de nosotros profesionales, nadie tiene la autoridad que tiene la víctima cuando llama a la reconciliación de los colombianos o llama a que veamos las cosas de una forma distinta desde la profundidad de su sufrimiento. 

En eso les puedo poner el ejemplo de lo que viví en La Habana cuando, después de tres años de conversaciones que avanzaban muy poquito en ese momento, entre la gente que estaba por parte del Estado y la que estaba por parte de la insurgencia, se les ocurrió en el empantanamiento en que estaban, en un momento difícil, llamar a las víctimas. Se le pidió a la Iglesia, a Naciones Unidas y también al rector de la Universidad Nacional, que ayudásemos a conformar grupos de víctimas, víctimas de los tres grandes actores que estaban confrontados: las Farc, los paramilitares y las fuerzas de seguridad del Estado. Y que esas víctimas vinieran y hablaran delante de los responsables sobre lo que realmente había acontecido. Entonces vinieron unos grupos grandes.  

Durante seis sesiones seguidas, fue realmente muy interesante. A mí me tocó viajar con los grupos. En un escenario muy respetuoso fueron recibidos delante de los distintos responsables que estaban allí. Desafortunadamente, eso no se filmó. Se quiso mantener en absoluto secreto. Básicamente, lo que las víctimas fueron a decir, si ustedes quieren ‒para traducir eso en términos muy concretos, porque lo explicaron en formas muy distintas‒, fue decir: miren, nosotros sabemos que ustedes están en una discusión de asuntos estructurales. Y es verdad, hay unos problemas estructurales muy grandes en el país que tienen que resolverse para que la tranquilidad de los colombianos sea posible, para que la inclusión de todo el mundo sea verdadera, para que la dignidad de todos sea respetada, pues son problemas económicos, políticos, culturales, que tienen que ver con la corrupción, con el narcotráfico, con los problemas de la tierra; esos problemas estructurales son ciertos. 

Sin embargo, el problema estructural más grave somos nosotros mismos, los colombianos, la manera como nos hemos irrespetado, como nos hemos enfrentado unos a otros, la forma como hemos llegado a desconfiar unos de otros, a matarnos entre nosotros. Resolvamos primero este problema que somos nosotros y después podemos entrarles a los otros problemas estructurales que ustedes están planteando. Ese fue, más o menos, el tipo de discurso que las personas plantearon. 

Y, efectivamente, eso llegó a ser determinante en las conversaciones de La Habana. Porque, ¿qué hacen las víctimas? Las víctimas, en primer lugar. Yo podría ponerles muchos ejemplos…

La señora del club El Nogal que vio en la bomba puesta por las Farc en el Club, a sus dos hijos tremendamente afectados. Uno estaba arriba con la novia, un muchacho de 22 años: la pareja murió; el otro, quedó parapléjico. Y qué les dice a los de las Farc: ¿por qué lo hicieron? Yo era una empresaria, unos medio empresarios, o empresarios medianos que estábamos creando empleo. 

Yineth Bedoya, de la cual han oído ustedes hablar estos días, que cuenta cómo estaba haciendo una investigación en la cárcel sobre cosas que habían vinculado a policías y gente de las fuerzas de seguridad, la cogen a la entrada de la cárcel, se la llevan, la secuestran y cerca de ocho hombres la violan. 

El general Mendieta que cuenta los 12 años que estuvo cautivo entre rejas en la selva, en las humillaciones más profundas.

La indígena de Tierradentro que cuenta cómo a su hijo de 18 años, que estaba con su novia luego de una fiestecita, les echaron bala. Las mamás fueron a recoger sus cadáveres, pero el ejército no los dejó coger. Al día siguiente aparecieron en un periódico de Cali: “¡Terroristas dados de baja en combate…!”. Los dos muchachos fueron vestidos de guerrilleros… 

Leitner Palacio, que perdió 24 familiares en la bomba de Bojayá, y cuenta lo terrible que fue esa bomba cuando cayó sobre el techo de la iglesia.

El campesino sin piernas que dice: ustedes pusieron la mina justo en el sitio donde ordeñábamos las dos vaquitas que teníamos y aquí estoy.

Esto es muy interesante: las víctimas nos hacen sentir muy profundamente lo sucedido. 

El caso del Salado, por ejemplo, en Córdoba. Una mujer cuenta cómo, delante del pequeño parquecito que hay enfrente de la iglesia, colocaron a las mamás y a los niños como en un círculo y en la mitad metieron a los hombres y a los jóvenes mayores y delante de ellos, de las mamás y de los niños, los fueron degollando a todos, en una acción muy cruel de los paramilitares. 

Bien, después de estas cosas, en que las víctimas nos hacen sentir a todos en una forma muy dura la capacidad que tenemos en Colombia de destruir al otro, de romperlo, de humillarlo, de dejarlo sin nada, esas mismas víctimas, es una forma paradójica e inesperada, sin que hubiéramos programado nada, en diversas formas comienzan a dar otro mensaje, dentro de su declaración o su testimonio para decirnos: los colombianos no somos eso. No podemos aceptar que seamos eso. Los colombianos tenemos una grandeza interior que queremos mostrarla nosotros mismos. Nosotros somos capaces de volvernos a mirar a los ojos, somos capaces de darle la mano al que nos hizo tanto daño. Somos capaces de volver a reconstruir este país. Lo que está en juego son nuestros nietos y nuestros hijos para muchos de nosotros. Y nos vamos a quedar aquí para reconstruir esto.

Hay un montón de cosas que a uno lo hacen reflexionar. 

Víctor Jara, secuestrado durante siete años, dice: yo no vengo a pedir aquí que se lleven a la cárcel a ustedes, mis secuestradores: yo vengo a pedir aquí es que nunca más vuelva a haber secuestros en Colombia. Y Léider Palacio dice: yo les adelanto mi perdón, pero ¡por favor, que nunca más haya guerra. La guerra todo lo que tocó lo dañó en este país. La guerra de todos los lados. 

Y la señora que les estaba contando, la indígena que contó lo que había pasado con su hijo, el muchacho de 18 años y la novia a quienes presentaron como guerrilleros dados de baja en combate, toma un velón que había en el centro de la sala y se lo lleva al general Mora que era, entonces, el comandante general del ejército, se lo pone sobre la mesa y le dice: general, yo no vine aquí a que sigamos sumidos en la oscuridad. Le pongo esta luz aquí para que venga con nosotros y vamos a disipar estas tinieblas de la violencia que hay en Colombia, en una posición de buscar la reconciliación entre los colombianos. 

Eso crea un impacto muy profundo. Por supuesto. E, inmediatamente, muestra lo que yo les decía. Las víctimas, cuando toman esta posición y cuando invitan a los colombianos desde su dolor, no solamente desde su dolor físico, no solo desde los impactos emocionales sino, también, la pena de la pérdida de sus seres queridos, cuando toman esta posición, esas afirmaciones tienen una fuerza moral muy grande. 

Ustedes comprenden, la situación de la víctima es parecida. No hay diferencia entre el dolor de la mamá de un muchacho que fue asesinado por un falso positivo del ejército, al dolor de la mamá cuyo hijo fue secuestrado por la guerrilla, nunca pudo volverlo a ver y nunca regresó. O el dolor de la mamá de un guerrillero cuyo hijo murió en la montaña y tampoco sabe dónde quedó su hijo. Son dolores donde la posibilidad de encontrarnos puede ser muy profunda.

Entonces, ese es nuestro segundo objetivo: la dignificación de las víctimas. Que las víctimas comprendan que tienen este estatus tan importante de decirle a Colombia que esto es intolerable; nos pasó y no queremos que jamás vuelva a pasar. Pero queremos que Colombia lo vea y se dé cuenta de lo que nos ha acontecido.

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

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