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Misericordia

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En un sueño reciente vi al compasivo Buda que sobrevolaba el infierno buscando si podía salvar a alguien. De repente percibió a Kantaka, un terrible criminal, y se acordó de que una vez este había hecho una buena acción: en el momento en que iba a aplastar una araña con sus pies, Kantaka se había dado cuenta y había evitado matarla. Por ese gesto, Buda decidió darle una oportunidad. Hizo, entonces, descender hacia Kantaka un hilo de telaraña.

Kantaka, el criminal, se percató de que el hilo de araña era resistente y se agarró de él. Con dificultad comenzó la ascensión, rogando a cada instante que el hilo milagroso no se rompiera. Cuando llegó a mitad de camino, Kantaka se detuvo para tomar aliento. Miró hacia arriba y entrevió la luz de su cercana liberación. Después miró hacia abajo para apreciar el camino ya recorrido. ¡Horror! Observó que otros condenados se habían agarrado del hilo y que también estaban trepando.

Kantaka, temeroso de que el hilo no aguantara tanto peso, sacó un cuchillo para cortar el hilo tras de sí…, pero en ese preciso instante el hilo cedió y todos cayeron al infierno. En ese momento pensé que sin compasión y generosidad, tampoco en nuestro planeta saldremos de nuestros terrenales infiernos.

Cuando Kantaka y sus infortunados compañeros cayeron estruendosamente debía ser la hora del almuerzo, pues había un gentío frente a unas mesas kilométricas que despedían un buen olor de comida. Me llamó la atención la algarabía y me acerqué. Los condenados comensales (entre los que, por supuesto, no vi a uno solo de mis amigos o familiares) se mostraban agresivos y proferían toda suerte de obscenidades. A pesar de los manjares que tenían a disposición, estaban más flacos que perro callejero y la piel les colgaba de los huesos. ¿Qué sucedía? Pues que solo disponían de unas cucharas de dos metros de longitud que no podían utilizar para comer en el propio plato.

El infernal espectáculo ya me iba dando taquicardia cuando apareció en picada un ángel luminoso (no digo el color, porque pueden tratarme de racista) que me agarró de la correa del pantalón y me llevó en un santiamén al Cielo. Allí encontré las mismas mesas, las mismas viandas, las mismas cucharas de dos metros de longitud, pero los comensales estaban felices y saludables porque cada uno utilizaba su cuchara para alimentar al que estaba sentado frente a él. Vi claro, entonces, que la solidaridad no es una superflua cereza sobre el pastel de la convivencia y de la supervivencia humanas, sino uno de sus indispensables ingredientes.

Estaba absorto en tan piadosos pensamientos cuando alguien me dio una palmadita en el hombro. Volteé a ver y ¡oh sorpresa! Era Francisco Zuluaga, sociólogo jesuita con quien había tenido el gusto de trabajar en mis años mozos. Pacho, como lo llamábamos familiarmente, me dijo: 

‒He leído tu pensamiento, pues aquí tenemos esa facultad. A propósito de la solidaridad, ¿recuerdas aquella anécdota que te conté cuando regresaba de una de mis giras en el mundo campesino?

‒¡Cómo olvidarla, Pacho! Me dijiste (no sé si en serio o en broma) que después de dar una charla sobre las bondades de la ayuda mutua preguntaste a los oyentes si alguno quería explicar con sus propias palabras lo que era la solidaridad. Un viejo campesino, ya curtido por la vida, tomó la palabra y con voz pausada y grave comentó: “Eso es como cuando uno va a hacer una casita y le pide ayuda a los vecinos. El primer domingo vienen todos y se trabaja con mucha camaradería. El segundo domingo solo viene la mitad. Y a la semana siguiente uno se queda solidario”.

‒Ten siempre presente, añadió Pacho, que lo que se recibe es recibido según el modo de ser del recipiente. Por eso mismo, trata de conocer lo mejor posible a tus interlocutores y ponte de acuerdo con ellos sobre el significado de las palabras que utilizas. Así evitarás muchos malentendidos y sinsabores.

Al escuchar tan saludable consejo, un tipo que estaba sentado en una nubecilla cercana me dijo: 

‒Entre lo que piensas, lo que quieres decir, lo que crees decir, lo que dices, lo que deseas oír, lo que crees oír, lo que oyes, lo que deseas entender, lo que crees entender y lo que entiendes, hay diez posibilidades de que tengas dificultad de comunicarte. Pero ensaya, sin embargo.

Oscar Wilde, que andaba por ahí deslumbrando con sus pirotecnias verbales, me dijo entonces con la elegancia de un dandy:

‒En tus arranques de bondad y de solidaridad no hagas a los demás lo que quisieras que te hagan a ti. Ellos pueden tener gustos diferentes.

Con no menor agudeza, pero mayor seriedad, el buen filosofo polaco Leszek Kolakowski añadió: 

‒Te complemento lo que afirmó Oscar con una historia breve y sencilla, que solo brinda un punto de partida, una pregunta y la moraleja.

El punto de partida:

El salmista dice del Señor (salmo 136, 10 y 15): “Él hirió al Egipto en sus primogénitos, porque su bondad dura eternamente. Él arrojó al faraón y su ejército al mar Rojo, porque su bondad dura eternamente”.

La pregunta:

¿Qué piensan Egipto y el faraón de la misericordia de Dios?

La moraleja:

La misericordia, la solidaridad, la caridad, no pueden ser simultáneamente para todos. Cuando nuestra boca pronuncia esas palabras, preguntemos siempre: ¿para quién? Y cuando dispensemos alguna caridad hacia los pueblos, permitid que les preguntemos qué piensan acerca de ese tema.

Ejemplo:

Egipto.

Dicho esto, una nube de agresivas langostas se cernió sobre la cabeza del atrevido Leszek y yo, prudentemente, me alejé, dejando mi solidaridad para después.

Rodolfo Ramón de Roux

Marzo, 2022

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