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Mi personaje inolvidable

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“Ya expira en occidente el mes de mayo / su tibia luz muriendo está”; lo habíamos ensayado para entonarlo a voz en cuello ese último día del mes consagrado al nombre de María y culminar con solemnidad los festejos de mayo, mes mariano por excelencia y de mucha tradición desde los tiempos de colegio, cuando nos esforzábamos por ser los mejores en su celebración.

Tal parece que nací “marinero de tierra adentro”; de pequeño fui ingeniero naval de barquitos de papel que ponía a navegar y muchas veces a naufragar por exceso de carga, en cuanto recipiente me permitiera reunir agua suficiente. De barcos de papel migré a troncos redondos labrados a la manera de cascos de barco, que incorporaron aparejos de vela para navegar en las aguas profundas de las quebradas, en las vacaciones familiares en el campo.

Ya de novicio me volvió la “fiebre náutica”, estimulada por el bote inflable que la familia le había regalado a Cisco Isaza y los juniores en vacaciones lo remolcaban corriente arriba del río Chicamocha para descender luego unas cuadras, hasta el puerto de partida. En paseos de jueves con “fusión” entre novicios y juniores, pude disfrutar de este ir y venir corriente arriba – corriente abajo del río Chicamocha, a orillas de San Rafael. Cuando se inició el proyecto llamado Lago del P. Emilio -ya mencionado antes en este blog- soñé atardeceres remando en aquel lago que nunca fue. 

Ya novicio, armé un improvisado “astillero” en un modesto cuarto del primer piso de la Casa de Formación en Santa Rosa, llamado “carpintería de los juniores”, donde me introducía, con el mayor sigilo, gracias al cuello clerical de plástico que, introducido en la ranura estrecha entre la puerta y la chapa, abría cualquier recinto. Allí comencé a dar forma al proyecto “Bote para el lago del P. Emilio”.

La madera la fui “sacando” de la carpintería adyacente al edificio, en complicidad con el collarín de plástico ya mencionado. Con herramientas muy rudimentarias fui armando el “encuadernado” del bote que no llegó a navegar, pues el invierno desbordó el agua acumulada en el proyecto de “lago” y por poco borra del mapa a Santa Rosa de Viterbo, casi que una aldea en la década de los años 50.

Era entonces, el fin del mayo mariano del año del Señor de mil y novecientos y cincuenta y siete. ¿Cómo celebrar el cierre de mes? Los juniores exhibían en el corredor sur, segundo piso de la Casa de Formación, poemas a la Virgen: español, latín, griego, inglés y hasta un soneto en francés del P. Eduardo Cárdenas, S.J. que aunque exótico, era la colaboración del insigne profesor, muy querido y respetado por todos.

Fue cuando, en “meditación de reglas”, el demonio me tentó con la idea de hacer algo raro en cualquier lugar insólito -que lo eran todos- en la Quinta de los Padres. Llegó la “inspiración”: ¡Un barco en medio de la piscina con la imagen de la Virgen en la cubierta y como escolta, cientos de velitas encendidas, símbolo de luz en la “noche oscura del alma”. Faltando unos días para finalizar el mes, aquella idea me obsesionaba día y noche.

Decidí buscar imágenes de barcos en la Enciclopedia Espasa Calpe de la biblioteca, con ayuda de la “llave maestra” del cuello clerical. La nave Victoria de Juan Sebastián Elcano parecía fácil de construir y además estaba cargada de simbolismo: venció las dificultades de la travesía alrededor del mundo, maltrecha pero vencedora de tormentas y bautizada con el nombre de la advocación “Virgen de la Victoria”. Resuelto el simbolismo del proyecto, quedaba aprovechar al máximo los días 30 y el 31 del mes para reproducir la nave.

Elegí un cuarto medio desocupado en el segundo piso del ala oriental del edificio, asignada al Noviciado, cerca de la cocina, para evitar ruidos delatores, pues me debía “salir de la vida común” para evitar inconvenientes. El día 30 de mayo, luego de los “oficios humildes” de la mañana, me encerré a trabajar. Asistí al examen de medio día, a la merienda, a la “segunda mesa” y, cuando todo el mundo apagó la luz, me escabullí a continuar con la nave Victoria.

Por algún descuido mío, el H. Ernesto López Montaño, “El trucha López”, descubrió mi escondite y decidió acompañarme esa noche después de la hora de acostada; más que de ayuda, su presencia era de acompañamiento. Hacia la media noche, “El trucha” cabeceaba de sueño; entonces le empecé a conversar sobre el Papa Pío XII del cual era fanático admirador en el momento. A punto de Pío XII lo pude mantener despierto hasta un poco antes de las 5 de la mañana, para asistir al “hoc signum” vociferado por Guido Arteaga.

Después de los oficios humildes del 31 de mayo, volví al improvisado astillero para dejar a punto la nave Victoria, todavía muy incompleta. Acudí al examen de medio día, a la primera mesa y durante el recreo y la siesta continué dando los últimos toques al barco y alistando las espermas conseguidas por “Loterito”, ese inolvidable y silencioso servidor de todo momento. Las fui pegando sobre pedazos de tabla para que pudieran sobreaguar en el micro mar de la piscina Santarrosana. 

Caía la tarde cuando empecé a trasportar hacia la piscina de La Quinta, la utilería necesaria para el espectáculo soñado en la miniatura del Mar Océano que era la piscina donde navegaría con garbo la réplica de la “nao” Victoria de Juan Sebastián Elcano, única sobreviviente de las cinco que emprendieron la aventura de darle la vuelta al mundo. Era la imagen deseada de la supervivencia de la vocación en la Compañía.

No había tenido tiempo para probar la capacidad de flote de mi burda réplica. Esto me producía tensión más allá de lo común, pues su hundimiento, al primer intento de navegabilidad, generaría el fenómeno que hoy dan en llamar bullying, actitud frecuente en aquellos tiempos de noviciado repleto de jóvenes alegres y muy dados a todo tipo de “chanzas pesadas” de uso común en el ambiente. 

Aprovechando que todavía no había moros en la costa deposité, sin soltarla del todo, mi nao Victoria a la que le añadí burdo mascarón de proa con figura femenina mal copiada por aquello del recato sexual y en el castillo de popa, una estampa visible de la “Virgen de Murillo” sublimación de lo femenino y defensa infalible en la turbulencia de las nefandas tentaciones asociadas a las “partes pudendas”.

El artilugio “cabeceó” un poco, pero se mantuvo a flote, liberado de mis amarras. Como era evidente que el centro de gravedad quedaba muy alto en el casco de la nave, logré introducirle algunas piedritas al fondo, para disminuir el riesgo de que se ladeara primero y girara después 180° sobre su eje.

Asegurada la navegabilidad de mi réplica, me di a la tarea de encender las espermas que había logrado conseguir en el pueblo gracias a la complicidad generosa de “Loterito”, quien nunca me reclamó el reintegro del dinero que le debió costar aquella contribución a los festejos del último día de mayo cuando según el canto, “su tibia luz muriendo está / y noche oscura envuelve nuestras almas / porque te alejas Madre, ya”.

La nao Victoria flotando fue el punto de arranque para la segunda parte de aquel rústico y esforzado homenaje a La Virgen; me había pasado dos días y una noche completa en vela para hacer realidad el sueño de una piscina que simulara mar, con múltiples luces de velas que flotaban en trozos de tabla y hacían corte de honor a La Virgen de la Victoria, la Inmaculada de Murillo, sobre nuestras perturbadoras tentaciones diarias de castidad.

Creo que Juno, la siempre resentida porque no la coronaron reina de belleza del Olimpo, se dio cuenta de que otra vez una mujer le empezaba a disputar el primer puesto como “Reina Universal de todo lo creado” y por lo visto volvió a recurrir al padre Eolo para que castigara aquellos desplazados del mundo pecador y pueblo predilecto y adorador de su recién aparecida rival (Aen. I, 69  […] incute vim ventis submersasque obrue puppes, 70. aut age diversos et dissice corpora ponto”, le ordenó en tono de sargento mayor: [“otórgale poder al viento y a las naves anegadas destrúyelas o dispérsalas y esparce los cuerpos por el mar].

 ¿Cómo iba Eolo a rechazar la tentadora recompensa de Juno? Son 14 las Ninfas de las cuales Deiopea es la de cuerpo más sobresaliente [quarum quaeforma pulcherrima] trofeo no solamente valioso por su belleza, sino también por la promesa formal de convertirlo en padre de hermosa prole [pulchra faciat te prole parentem].

En el pulso con Eolo yo perdí, pues en el momento no podía ser “padre de hermosa prole” y, sin previo aviso, se desató sobre aquel mar artificial el más cruel aguacero con borrasca incluida; vela que no se apagó giró sobre su pedestal y quedó como en los barcos de Eneas: “obrupta pupis”; trató de resistir un poco más la nave Victoria arrinconada en la orilla, pero todavía con su mascarón de proa enhiesto y su preciosa carga fija en el castillo de popa, no resistió largo tiempo el clima adverso y aquella noche del 31 de mayo de 1957, Juan Sebastián Elcano naufragó en aguas de la piscina de Santa Rosa de Viterbo. 

Jaime Escobar Fernández

Chía, 2 de noviembre de 2023

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