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¿Por qué se genera tanta violencia en Colombia? Son innumerables las muy elaboradas explicaciones que se han ofrecido.

Las explicaciones de la violencia en Colombia van desde el trabajo pionero de Orlando Fals Borda, Germán Guzmán Campos y Eduardo Umaña Luna*, hasta la aparición de “los violentólogos”, una amplia gama de especialistas, historiadores, politólogos, sociólogos, etc., muchos de ellos equipados con las mejores herramientas estadísticas y la inagotable información que proporcionan los Big data

Sin embargo, hay un tema decisivo que, por espumoso y difícil de medir, suele ser dejado de lado: la cultura. Una cultura es como el Ser, en el todos somos, y que por eso mismo no lo vemos. Está en nosotros mismos. En el vientre de una cultura nacemos, nos criamos, evolucionamos y nos desarrollamos. Por ella ‒junto con los genes y nuestras propias decisiones‒, llegamos a ser lo que cada día vamos siendo. La cultura es tanto más influyente cuanto menos visible, medible y controlable.

Yo quiero especular un poco sobre el extraño vínculo entre la sensibilidad y las emociones más propias de la cultura colombiana y la violencia. Por una parte, en los índices mundiales de felicidad, Colombia aparece con frecuencia en uno de los primeros lugares, cuando no en el primero. Y al mismo tiempo, figura como el país más violento de América Latina e incluso podemos decir que es uno de los más violentos del mundo, junto con naciones como Afganistán, Yemen, Siria, Libia, Malí, Somalia, Sudán del Sur y la República Centroafricana. Pero, que yo sepa, ninguno de estos países aparece entre los más felices de este mundo. La desconcertante conjunción de felicidad y violencia parece una característica exclusiva de Colombia. 

¿Cómo podemos ser los colombianos tan felices y al mismo tiempo tan violentos? ¿Se trata acaso de una especie de esquizofrenia colectiva, de una fractura completa entre dos partes heterogéneas de la consciencia nacional? ¿O estos dos fragmentos están estrechamente vinculados? En este último caso, la realidad sería: somos violentos por la misma razón por la que somos felices. Increíble pirueta. Ni el más hábil trapecista del Circo del Sol parecería poder saltar desde su elevada plataforma hasta el trapecio más lejano. Porque es la misma exaltación emocional la que se esconde tras la felicidad y la que se manifiesta en la violencia. 

Somos sentimentales, exagerados, arrebatados, impetuosos, vehementes, apasionados. Como es de feraz la naturaleza tropical, así es también de exuberante nuestro temperamento, que de todo tiene, menos de temperado. Mas bien se encuentra siempre a punto de ebullición. Y su desmesura se expresa tanto en la carcajada, el chiste o el baile, como en la ira y el odio, que estallan en violencia. Para comprobarlo basta con ver ahora los debates presidenciales o incluso las meras peleas dentro de cada coalición para darse cuenta de con qué facilidad pasamos de la amistad al odio.

* Guzmán Campos, Germán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna (1962; edición de 2010). La violencia en Colombia, tomos I y II. Bogotá: Aguilar.

Luis Alberto Restrepo M.

Febrero, 2022

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