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mandato divino de amar al prójimo

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En mi querida ciudad de Toulouse, donde resido, voy de vez en cuando a la iglesia de los Jacobinos, joya de la arquitectura gótica del sur de Francia. Allí me siento a meditar frente a las reliquias de Tomás de Aquino, gloria de la Orden de Predicadores que fundó Domingo de Guzmán en 1215 en dicha ciudad, en un contexto de lucha contra la herejía de los cátaros. 

En aquel entonces ‒siglo XIII‒ se creó en Toulouse un tribunal episcopal de la Inquisición. En 1231, la Inquisición episcopal fue reemplazada definitivamente por la Inquisición pontificia y el papa Gregorio IX encargó el control de los herejes a la orden de los dominicos.

Una tarde de caluroso verano, absorto ante el relicario del Aquinate, me fue invadiendo un extraño sopor. Aparecieron ante mí Cipriano de Cartago, Bernardo de Claraval, Urbano II, Benito Spinoza, un fraile inquisidor y un yihadista que, en átomos volando, había llegado al paraíso de Mahoma. Entablamos, entonces, el siguiente diálogo:

Curiosos seres los humanos: se masacran por la diferente manera de concebir el mandato divino de amar al prójimo.

‒Cipriano de Cartago: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Lo dije en el siglo III y lo han reafirmado varios papas.

‒Bernardo de Claraval: como expresé en mi Elogio de la nueva milicia, que escribí en honor de esos valerosos monjes-soldados llamados Templarios, que luchan en la Cruzada contra los impíos musulmanes, “Los guerreros de Cristo dan seguros las batallas de Dios, sin tener que temer el ofender a Dios al matar a un enemigo o peligro para sí mismos si mueren. En efecto, la muerte por Cristo ‒sea que se la sufra o que se le inflija a otro‒ no es ningún crimen, y merece la más grande gloria”.

‒Urbano II: Se trata de una guerra santa. Deus vult (Dios lo quiere), así gritaban con toda razón las masas fervorosas cuando proclamé la primera Cruzada en 1095.

‒Benito Spinoza: oye, Urbano. Me parece irresponsable incitar a matar a otros porque “Dios lo quiere”. ¿Tú qué sabes? La voluntad divina es, por definición, incomprensible. Acogernos a ella es, por lo tanto, refugiarnos en el asilo de la ignorancia.

‒Inquisidor: No eres Benito, sino maldito. Haberte matado no hubiera sido homicidio, sino malicidio.

‒Bernardo de Claraval: malicidio, eso dije en mi elogio de los Templarios: “Así, lo repito, el soldado de Cristo da la muerte en toda seguridad, y la recibe con más seguridad todavía. Si muere es por su bien, si mata es por el de Cristo. No en vano, en efecto, lleva la espada: es un servidor de Dios, y la ha recibido para castigo de los malhechores y alabanza de los buenos. Al matar a un malhechor no es un homicida sino, diría, un malicida”.

‒Yihadista: ¡Allahu Akbar!, ¡Dios es grande! Y ha llegado la hora de vengarlo y de masacrar a los malicidas cristianos.

Cuando oigo tales cosas me interrogo sobre aquello de que “Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza”. Habiendo visto de qué es capaz la copia, comprendo por qué debemos temer al original.

Apenas terminé de decir la frase vi que mis interlocutores se pusieron colorados de rabia y casi al unísono me gritaron: 

‒¿Acaso eres ateo?

Supe que, aunque estando todos ellos muertos, las cosas se me podían poner color de hormiga. Entonces, respondí temeroso: 

¿Me preguntan que si soy ateo? Non sum dignus. No puedo negar lo que soy incapaz de comprender. Pero he comprendido bien que hasta Dios y el paraíso celestial se convierten en pesadilla cuando sus pregoneros pasan de la proposición a la imposición.

‒Inquisidor: Eres un estúpido. ¿Cómo podría un Dios misericordioso y su santo Paraíso convertirse en una pesadilla?

Pues gracias a creyentes cuyo fanatismo militante los pone en peligro de dar la espalda a las exigencias de la reflexión y de la más elemental tolerancia. “Dios” es una palabra ambigua porque parece referirse a algo conocido. Pero lo “totalmente otro” a nosotros nos es desconocido e incomunicable. Dios trasciende todo lo que llamamos “Dios”.

Ni para qué abrí la boca. El fraile inquisidor y el yihadista se me abalanzaron cuando añadí: 

Si a Dios lo comprendemos bien es porque hemos razonado mal; la verdad revelada reblandece el cerebro a menos que la fe sea el sostén de la duda; los teólogos hablan con tanta propiedad de Dios como si acabaran de regresar del Cielo, pero todo lo que decimos sobre “Dios” es un humano el que lo dice, en el lenguaje de su cultura parcial y de su conocimiento limitado.

No tardé en darme cuenta de mi imprudencia. Sentí los dedos del fraile y del yihadista como garras alrededor de mi cuello y cuando estaba a punto de asfixiarme volvió el aire a mis pulmones. Francisco de Vitoria y Bartolomé de las Casas ‒también ellos frailes dominicos‒ habían logrado quitarme de encima al inquisidor y al yihadista.

Vitoria, refiriéndose a sus famosas Relecciones sobre los indios les explicaba que por la fuerza uno no puede ser inducido a creer, sino a fingir que cree.  Las Casas ‒bien conocido por su fogosidad‒ les espetaba: 

‒¡Insensatos! Dejé bien claro en mi tratado Del único modo de atraer a los pueblos a la verdadera religión que “solo hay un único modo de enseñarles a los hombres la verdadera religión, a saber: la persuasión del entendimiento por medio de razones y la invitación y suave moción de su voluntad”.

El yihadista replicó airado: 

‒¿Y cuál es la verdadera religión? Por supuesto que no la tuya, sino la que nos ha sido revelada por el Profeta. A ver si eres capaz de probarme que tu fe es la verdadera.

Temerariamente intervine diciendo: 

“Probar tu fe” es una contradicción en los términos. Puedes “ponerla a prueba”, pero no hacer patente su verdad. Si sabes y por eso puedes “probar” no tienes necesidad de creer. Simplemente, sabes.

Un piadoso judío que observaba lo que sucedía metió así su cucharada:

‒Mi rabino afirma que nuestra religión es la verdadera y mi rabino es un santo.

¿Cómo puedes estar tan seguro?, pregunté.

‒Porque me ha confiado que habla frecuentemente con Dios.

¿No temes que esté equivocado o que esté engañándote?

‒¿Cómo puede estar equivocado o engañándome alguien a quien Dios le habla?, me respondió apaciblemente.

En ese momento un rayo de sol atravesó un vitral y me golpeó la cara. Todavía somnoliento vi la imponente figura de Tomás de Aquino surgir de su dorado relicario, tal como el genio de la lámpara de Aladino. Se me acercó y me dijo: 

‒Después de varios éxtasis místicos decidí no volver a escribir porque me pareció que todo lo que había escrito sobre Dios era como paja; por eso, dejé inacabada mi Suma de teología.

Estábamos en esas cuando llegó Ludwig Wittgenstein y le puso afablemente una mano en el hombro al Aquinate, mientras le declaraba: 

‒Hiciste como un santo, Tomás. De lo que no se puede hablar, hay que callar.

De muy lambón, añadí: 

Excelente consejo; si sabe callar, hasta un necio pasa por sabio.

Un anónimo más listo que yo me susurró al oído con sonrisa burlona: 

‒Si sabe callar, no es un necio; los necios tienen la mente cerrada, pero les encanta abrir la boca.

Y por ese día, la cerré.

Rodolfo Ramón de Roux

Mayo, 2022

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