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Mamá Clarisa

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En el baúl encontré esta nota, que describe mi despedida de mamá Clarisa, cuando viajé caminando desde nuestra parcela en Horizontes, hasta Sopetrán, para luego presentarme en la casa de San Ignacio en Medellín como postulante a jesuita. 

Ayer, un día laaaargo, la ciudad en siesta a la espera de una noche donde Bogotá duerme sin roncar de carros, y el desvelo acelera mi cerebro. 

Imágenes atropellándose con sensaciones ya vividas me empujan de nuevo hasta La Quiebra. Mamá de pie, igual que el último poste del corredor frente a la cocina. El delantal a esa hora aún está limpio. Su cabello recogido con un trapo anudado a su frente señala su mal sueño y el dolor de cabeza. Me bendice. Usa la fórmula más larga donde caben todos sus santos y buenos deseos. Entonces le doy ese abrazo que uno no quisiera soltar, pero no lloramos. Es la hora de partir. Ese camino en espiral que lleva a Horizontes me espera. 

Pero hoy no lo recorro sino hasta el tanque del acueducto que papá construyó aplicando una guía tomada del semanario “El Campesino”. Sigo la trocha paralela a la acequia y me dirijo hasta la “toma” de agua en la cañada para cruzar a Yarumito. Mamá sigue pegada al poste. Adivino sus ojos llorosos y sus plegarias protectoras. Decidido, avanzo cuidadoso pues el camino es estrecho hasta llegar a casa de Álvaro Marín. Nadie me ve pasar. Sólo mamá vigila aún mis pasos cuando cruzo todo el potrero de esa finca hasta llegar al recodo desde donde ya no veré más la casa de mis nostalgias. Me detengo. Es hora de comer media arepa e hidratarme con “aguapanela”. Sentado observo todo lo que dejo atrás. Mamá apenas es una rayita pegada al poste. No se movió durante mi caminata de una hora.  

Entonces dejo que corran las lágrimas y se desahoguen en gritos que nadie oye. Ni siquiera la bruja del monte de la finca de Daniel Echeverry que recorrió esas trochas años atrás. Luego llega la calma. Tengo prisa. Me espera en la Ceja el noviciado de los jesuitas. 

Miro hacia Llanadas donde Lucila Álvarez seguramente ya leyó mi carta de despedida. Retomo el camino y a un cuarto de hora estoy en casa de Socorro Vahos, donde también encuentro a mi querido amigo y compañero Juan Quintero quien visita a sus bellas primas, las hijas de Socorro. Se enteran de mi viaje. Todos me alientan, menos Juan, quien siempre fue un poco escéptico y crítico. Además, me conoce bien. 

Esta caminata terminará en Sopetrán tres horas más tarde, si mantengo el paso vigoroso de quien piensa que vale la pena sacrificar cosas y hasta corazones por seguir una vocación. Juan tendrá razón siete años después. No serví para cura como su primo, ni como el hijo de Pachito Olarte. Esa caminata de despedida me la recuerdan los Chachaleros cada que cantan “Mama Vieja” y para qué. Me hacen llorar. 

Luis Arturo Vahos

Día de las Madres, Mayo, 2024

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