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Luis Guillermo Arango Londoño

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Pablo D’Ors dice que “hoy el paradigma que reina es la razón, pero el paradigma hacia el que tendemos es la consciencia, la cual incluye la razón, pero trasciende, no se agota en lo racional”.

Esas palabras me hicieron reflexionar. 

Por querer entender todo racionalmente nos perdemos la majestuosidad y belleza de lo que tomamos consciencia cuando lo contemplamos.

Extasiarse ante la belleza de la naturaleza ensancha nuestro interior, lo plenifica. Buscar la razón misma de esa belleza es valedero, pero si nos quedamos solo con eso, nos perdemos sentir esa belleza en su profundidad, encogemos la realidad misma. La energía física puede ser la explicación racional del universo. Pero con la razón solo podremos llegar hasta ahí. 

Es cierto que la naturaleza va creando permanentemente nuevos seres. Pero es necesario trascender esa comprobación física para descubrir el amor que penetra y plenifica cada nueva creación. Ese amor maravilloso con el que la naturaleza misma se entrega a sí misma para darle vida a nuevos seres no es entendible con la razón. Si pretendemos entender ese amor con la sola razón, simplemente lo distorsionamos, lo destruimos, se nos esfuma entre las manos.

Cuando percibimos el amor, cuando sentimos su presencia, cuando aceptamos su existencia y descubrimos que nuestro corazón se ensancha, ahí es cuando entra en juego ese otro modo de conocer que trasciende la razón, el conocer mediante la consciencia.

Ese ensancharse el corazón es el éxtasis que produce el amor. Y ese amor se encuentra a borbotones en la naturaleza toda y en uno mismo. Cuando uno siente el impulso a ayudar, a respetar, a acoger, a saludar al otro, sea persona, animal o cosa, está viviendo, no solo sintiendo, ese amor vital del universo. Lo mismo se diga cuando uno es el objeto de la ayuda, respeto, acogida o saludo del otro: está recibiendo muestras de ese amor vital.

Realmente vivimos, nos movemos y existimos dentro y para el amor. Y ese sí es el Dios en el que creo, sin adjetivos ni calificativos, sin mandatos fuera del que está en nuestro ADN natural: amar a todo y a todos. 

Más aún, me atrevo a decir que cuando ayudamos, respetamos, acogemos o saludamos al otro, sea persona, animal o cosa, estamos amando y, por lo tanto, estamos transparentando ese amor vital universal, es decir, estamos transparentando a ese Dios que llevamos dentro sin darnos cuenta. 

Igualmente, cuando recibimos cualquier tipo de ayuda, de acogida o, simplemente, cuando alguien nos saluda, ese alguien, también sin darse cuenta, está transparentando ese amor universal, es decir, está transparentando ese Dios que lleva dentro.

Luis Guillermo Arango Londoño

Mayo, 2024


[1] RAE: La consciencia es la capacidad del ser humano para percibir la realidad y reconocerse en ella, mientras que la conciencia es el conocimiento moral de lo que está bien y lo que está mal, en base al conocimiento de sí mismo y de su capacidad para actuar sobre su entorno.

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Cuando hablo de “Energía” me refiero a la energía física que abarca por completo todos los seres. No soy científico, ni mucho menos, pero sé que esa energía es perfectamente medible con la infinidad de aparatos superespecializados que se han ido inventando.

En una sola célula hay cantidad de energía con protones, neutrones y muchos más “seres”, cuyos nombres desconozco, los cuales se relacionan permanentemente entre sí de una manera particular que se manifiesta en la vida propia de esta célula. Y esa célula, a su vez, se relaciona con otras células similares o diferentes hasta llegar a conformar organismos completos con su vida propia. Así se va conformando esa infinita variedad de seres del universo, cada uno con su propia identidad o cohesión. A cada una de esas identidades o formas de cohesión les damos nombres: desde simples elementos químicos hasta astros, galaxias, plantas, animales o seres humanos. Todos y cada uno de ellos son manifestaciones particulares de esa “Energía”.  

Cuando se rompe esa cohesión o identidad, ese ser u organismo desaparece como tal, muere, y sus componentes se dispersan. Pero la energía existente en ellos continúa, no se acaba, sino que se transforma en identidades o cohesiones o manifestaciones diferentes, nuevas. Me imagino las células del organismo que acaba de perder su cohesión en búsqueda de una nueva forma de ser, como los trozos de metal que, al acercárseles un imán, salen disparados para unirse a algo nuevo. Así esas células o elementos químicos tienden hacia una nueva unión hasta conformar un nuevo ser u organismo. 

Soy consciente de que esa comparación puede contener cantidad de errores científicos, pero es una simple imaginación, ya que no encuentro otra manera de explicarme a mí mismo lo que pienso que sucede al desaparecer un determinado organismo. 

Gracias a esa energía física podemos comunicarnos unos con otros. A diario utilizamos diferentes tipos de comunicación fuera de la oral. Existe la comunicación telepática o la cuántica, por ejemplo, mediante el uso de la energía programando o activando el subconsciente o la energía cuántica, como lo explican Alberto Betancur y Guillermo Sanz. Dos maneras de activar esas energías que hay en el otro y en nosotros mismos, aún a distancia, lo cual es posible porque esa distancia no es un vacío, sino un “continuo” de energía “sin solución de continuidad”. Esto he podido comprobarlo en el mejoramiento de la salud, tanto conmigo mismo, como con personas distantes de mí. 

A esa “Energía” existente en cada ser la llamo “Vital” porque constituye la esencia, la vida de todos los seres del universo. Es la que da vida a todo. Es decir, esa “Energía” va “creando” todo en cada instante como una poderosa corriente vital inagotable. En cada ser se manifiesta de manera específica, pero diferente y le ponemos nombres: astros, animales, plantas, seres humanos, cosas. Pero todos son seres vivos, llenos de energía, así los llamemos “cosas”.  

Por eso me asombra tanto la Naturaleza. Ver cómo de una semilla pequeña va brotando, por ejemplo, una planta, cómo va creciendo hasta estallar en una maravillosa flor multicolor que más tarde va a participar en su propia multiplicación, o cuando una flor luego se convierte en una deliciosa fruta. Esa es la permanente corriente vital de energía que percibo en el universo. Cada nuevo ser lo veo como fruto de la generación o creación continua que en cada instante va produciendo esa misma fuerza o energía vital. 

A esa “Energía vital” he estado tentado de llamarla Dios. Pero no, correría el riesgo de desfigurarla o tergiversarla, porque ese nombre arrastra una cantidad enorme de atributos que se le han ido aplicando a lo largo de milenios en todas las civilizaciones y culturas. Atributos creados por nuestra condición humana, tan limitada dentro del tiempo y el espacio, que hace que nos imaginemos algo especial que supere las debilidades e imperfecciones de nuestra naturaleza.  

Miremos solo algunos de esos atributos: 

  • “Todopoderoso”: Porque nos sentimos impotentes en muchísimos aspectos. Si fuera Todopoderoso, ¿por qué permite los frecuentes y terribles desastres naturales o el asesinato de personas inocentes que dejan viudas y huérfanos? 
  • “Eterno”: Porque somos mortales, perecederos. Además, viviendo nosotros dentro del tiempo y del espacio, no tenemos manera de imaginarnos qué es eternidad, por más que la definamos como que no tiene ni principio ni fin. 
  • “Justo”: Porque continuamente encontramos injusticia. Pero, ¿qué entendemos por justicia?: ¿el que la hace la paga? ¿La ley del talión? ¿Castigar al culpable? ¿Así obraría ese Dios “justo”? 
  • “Sufriente por nuestros pecados”: ¡Qué dios tan limitado es el que “sufre” y necesita “desagravio” por parte de sus creaturas! 
  • “Seducible o comprable”: Si hacemos esto o aquello, le pedimos que cambie de una manera positiva su modo de actuar. ¡Cuántos sacrificios de animales o aun de seres humanos, dizque para lograr que ese dios no castigue a su pueblo!  

Y así podríamos seguir con cantidad de ejemplos de atributos que se le han aplicado a la palabra “dios” como contraposición a nuestras debilidades e imperfecciones.  

Lo máximo que podría decir de esa “Energía vital” que nos está creando en cada instante, es que es nuestro “Padre” o “Madre”, precisamente por eso, porque nos está creando, porque somos su fruto.  

Personalmente me siento pleno comprobando la existencia de esa “Energía Vital” en cada partícula de mi propio ser y de todo lo que veo. 

Cualquier concreción de esa “Energía vital” en cualquier creencia religiosa la percibo como un salto monumental hacia algo que no puedo comprobar, pero que respeto, pues no puedo atreverme a creer que lo que estoy diciendo es LA verdad, la ÚNICA verdad. Es únicamente el punto en el camino de búsqueda donde me encuentro en estos momentos. 

Constato que la “Energía Vital” llega a todos y a todo, sin distinciones de ninguna clase. Por eso, cuando cualquier religión hace distinciones, preferencias o condenas, siento que no está transparentando la esencia misma de esa “Energía Vital” es decir, obrando así, la está desnaturalizando o desdibujando burdamente, está desfigurando su naturaleza misma. 

Ese “darse” por completo la “Energía Vital” a cada ser que va creando en cada instante, sin distinciones de ninguna clase, es la esencia misma de ella. Y eso es lo único que todos los seres, es decir, todo el universo, está llamado a hacer durante su existencia particular: darse por completo, sin distinciones. Ese es el único mandamiento inscrito en la naturaleza misma de cada ser, sin ningún yugo o mandamiento adicional. 

Ese “darse por completo”, propio de la “Energía Vital”, a cada una de sus creaturas (hijos), sin distinciones entre buenos o malos, creyentes o no creyentes, es la única herencia que todos los seres recibimos. Es nuestro ADN, seamos o no conscientes de eso. Lo llevamos en lo más íntimo de cada una de nuestras células. Ese ADN es lo que nos da la fuerza para abrirnos a todo lo demás, sean seres humanos, animales, plantas o cosas. 

A ese ADN, a ese “darse por completo” solemos darle un nombre: AMOR.  También con esa palabra corremos el riesgo de desfigurarlo y volverlo añicos. Cuántas catástrofes y daños causados en nombre del amor. Cuántas guerras dizque por amor. Las famosas Cruzadas, los ajusticiamientos de la Inquisición, la Yijad creyéndose mártires cuando, por amor a sus creencias, mueren asesinando a quienes no creen lo mismo. Cuántas guerras por amor a la patria. 

No obstante, a pesar de ese riesgo tan grande, y, sobre todo, por no encontrar otra palabra diferente que abarque ese “darse por completo y sin distinciones”, propio de la “Energía Vital”, le llamo AMOR. He encontrado, pues, que la “Energía Vital”, en su esencia misma, es VIDA, es CREACIÓN y es AMOR.  

Por lo tanto, para mí, hasta ahora, en mi camino de continua búsqueda, he llegado a la conclusión de que el universo entero es VIDA y que la VIDA es, por sí misma, AMOR CREADOR. A esa VIDA, a ese AMOR CREADOR me acojo con gratitud y entrega.  

Como dice Violeta Parra y que tan hermosamente canta Mercedes Sosa: “Gracias a la VIDA, que me ha dado tanto…”  

Luis Guillermo Arango Londoño

Mayo, 2024

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