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La propensión a agradar

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Ser camaleones integrales era una buena estrategia para pasarla bien.

A finales de los noventa, cuando trabajaba en la Fundación FES, desarrollamos una investigación sobre los adolescentes. Los resultados quedaron en cuatro voluminosos tomos que estarían fuera del alcance de ellos, así que los convocamos para escuchar sugerencias.

En un taller de tres días llegaron a la conclusión de que lo mejor sería una revista propia donde pudieran expresarse sin censura. Decidieron llamarla Camaleón. Al preguntar por el significado del nombre respondieron que su principal esfuerzo con los adultos era tratar de agradarles, con lo cual eludían muchos conflictos, así tuvieran que actuar de manera contradictoria por estar cambiando de color, de acuerdo con las circunstancias.

Dijeron que debían tener contentos a sus padres, a sus amigos, a los maestros y que cada uno de ellos esperaba cosas diferentes en su comportamiento, gustos personales o en sus creencias y convicciones. Si a la mamá no le gustaba el maquillaje, podía salir con la cara lavada y maquillarse donde la amiga. Si el profesor esperaba atención, era cuestión de ponerse en la primera fila y tomar apuntes, así luego la tarea la copiara de un compañero.

En recompensa recibía el afecto de los padres y las buenas calificaciones del profesor. Ser camaleones integrales era una buena estrategia para pasarla bien. Los conflictivos en cambio, se buscaban muchos problemas con la autoridad, pero sobre todo lograban que nadie los quisiera. Dos años de discusiones como ésta alimentaron la investigación que llamamos Atlántida.

Lo que uno no esperaría es que una ministra de Estado -la de Agricultura- vistiendo ropas de ahumadora del Pacífico, se venga lanza en ristre contra quienes hacen estudios de posgrado como si todos ellos y ellas fueran gomelos blancos, empeñados en enterrar la verdadera sabiduría de las comunidades ancestrales, y una serie de tonterías adicionales. Nada de esto concuerda con el propio gobierno y con el esfuerzo de las ministras de educación y de ciencia y tecnología –ambas afrocolombianas– por abrir el espacio del conocimiento avanzado a quienes no han tenido acceso a la educación superior.

Una cosa es cuestionar un decreto sobre la pesca de tiburones, y otra cosa es hacerlo con una pataleta francamente irrespetuosa frente a los miles de colombianos que vienen formándose en las universidades nacionales y extranjeras para aportar al desarrollo del país en los muy diversos campos donde los saberes ancestrales no tienen nada que decir. Supongo que la ministra cuida su salud con médicos graduados y no con el Indio Amazónico.

La tragedia de muchas de nuestras comunidades más atrasadas es que no han tenido acceso a los conocimientos que les permitirían resolver muchos de sus problemas, aprovechando la capacidad de los seres humanos de aprender y transmitir de generación en generación los avances que van logrando.

Por eso está en trámite una ley estatutaria que ratifica el derecho a la educación y se están tratando de extender las sedes universitarias a los lugares donde nunca han estado. La ministra de Ciencia y Tecnología ha hecho una apasionada defensa sobre la necesidad de

que las mujeres y los miembros de las comunidades indígenas y afrocolombianas tengan mayores oportunidades de participar en la investigación. Importantes miembros de diversas etnias que representan nuestra riqueza y diversidad cultural han luchado por acceder a la universidad y han obtenido títulos profesionales que ayudan al desarrollo y a la identidad de sus comunidades.

Bien parece que la señora ministra de Agricultura tiene ese afán adolescente de agradar, así sea a base de delirar por un rato repitiendo las mismas frases de una jerigonza que nada ayuda a entender los problemas y, en cambio, siembra desconfianza frente a lo único que la humanidad conserva como esperanza, que es el conocimiento cada vez mejor del mundo en que habitamos.

Francisco Cajiao

26 de febrero 2024

Publicado en El Tiempo, Bogotá

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