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LA MUERTE DEL LIBERTADOR

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De cómo la literatura y la historia se hermanan para comprender mejor una realidad. 

En un 17 de diciembre de 1830, moría en Santa Marta el Libertador Simón Bolívar, alojado en la Quinta de San Pedro Alejandrino, de propiedad, qué ironía, de un español. 

García Márquez describió en El General en su laberinto sus últimos instantes con un estilo que va más allá de lo que habría podido escribir un testigo presencial : “por primera vez vio la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volvería a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada, la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final”.

Ficción y realidad. La escena está basada en el hecho histórico descrito sobriamente -es la visión del historiador- por el norteamericano David Bushnell en Simón Bolívar, proyecto de América, con erudición y detalles afortunados. Nunca sabremos, es apenas obvio, todo lo que pasaría por la mente de Bolívar, en esos momentos de la verdad imaginados por García Márquez. 

Pero uno tiene la posibilidad de evocar lo que ambos autores narran, a su modo, sobre el pasado del Libertador. Sus viajes de juventud a España donde conoció en Madrid a María Teresa Rodríguez del Toro de quien se enamoró locamente y sin demora le propuso matrimonio. Se casaron con el infortunio que les sobrevino, recién instaladps en Caracas, con la muerte de María Teresa a los ocho meses de matrimonio. 

Bolívar no volvió a casarse jamás, pese a que Manuelita Sáenz se convirtiera después en la mujer de su vida. Regresó a España de paso hacia Francia y en París estuvo en los años cuando Napoleón se engrandecía con su coronación en Nôtre Dame. Admiró al emperador Bonaparte. Incluso le cautivó el culto a la gloria que Bolívar no desdeñaría en imitar, pero criticaba a Napoleón por haber supeditado todo a su ambición personal, traicionando el ideario republicano de la Revolución Francesa, anota Bushnell. Esta última es una apreciación discutible. Napoleón le puso fin a la revolución del terror al decir que “la revolución ha terminado”.

En esa última hora Bolívar quizás evocó el viaje que hizo a Roma, en donde juró en una de sus colinas que no descansaría hasta ver librada América de las cadenas impuestas por el imperio español. Y porque lo dijo poco antes de morir, habría recordado que pidió a los pueblos de Colombia “trabajar por el bien inestimable de la Unión”. 

En el aniversario de su muerte hay que recalcar además, que Bolívar soñó con la integración continental, una de las grandes tareas pendientes de la región.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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