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La gripa asiática

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Micro opereta bufa en un mini-acto

Autor y compositor: H. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

Coro: Primera voz    (Junior)

 Segunda voz   (Junior)

 Tercera voz    (Junior)

 Cuarta voz      (Junior)

Ambientación:  Campo abierto en trance de merienda lauta en 

la quiete del Monumento a S. José

Mini Acto I y único

(Pasan al frente los coristas y a “sus espaldas”, -“hasta ahora me doy cuenta”-, compositor, músico y director de escena Guido Arteaga a cuya señal los “coristas” simulan estornudos estrepitosos, grotescos y desaforados, mientras suena la música acompañante en el acordeón).

(Voces 1a y 2a, saliendo del grupo)  ¡AAAAAchís¡  ¡Achiiiis!

¡AAAmmm¡  ¡Achisssss!

(Voces 3a y 4a, con mayor fuerza)      ¡AAAAAA! ¡Chis!

¡Achís! ¡Achis! ¡Achis!

(Las cuatro voces, al unísono, entonan la mini aria “Tengo Gripa Asiática) ¡Tengo Gripa Asiática! (bis)

(El acorde final reproduce el “cierre” de los motetes de Domingo de Pasión a la manera de Palestrina o Tomás Luis de Victoria)

¡Me voy a acostar ya! (Fin)

Así se gestó la opereta bufa “la gripa asiática”.

Finalizaba el año 1958, cuando uno tras otro fuimos cayendo a la cama afectados por un malestar generalizado de escalofrío, fiebre alta, dolor en los huesos, decaimiento, tos persistente, congestión nasal que volvía dificultoso respirar, estornudo tras estornudo. ¿Qué pasaba? ¡Eramos víctimas criollas de “La Gripa Asiática, la peste del momento”!

“La Peste China” o “Gripa Asiática”, tuvo por cuna y parecidas dimensiones, la misma región que vio nacer al Covid-19 y con características similares: rápida propagación, desconocimiento del cuerpo médico sobre cómo tratarla, estupor e incertidumbre de las autoridades y número significativo de muertes, aunque en menor cantidad que las del Covid-19.

Cuentan Elena Soriano Cerrillo y los otros seis investigadores en el paper “Enfermería en la Historia de las Pandemias” (2023) que “Avanzada la década de 1957, en plena Guerra Fría y todavía en la mente la Guerra de Corea,emergió en el panorama mundial un nuevo virus de la influenza A (H2N2) procedente de Asia.”

Nos llegó la gripa asiática

¿Cómo llegó a nuestra casa la “Gripa Asiática”? ¿Cómo venció esta “pérfida dama” la férrea clausura monacal? Quién la invitó sin permiso previo del Superior Inmediato prescrito en las Costumbres del Noviciado? ¿Obra y gracia del P. Daniel Sicard, S.J. espiritual entonces y fuente de conmovedores relatos de su cautiverio en prisiones chinas? 

Sería injusto atribuirle toda la carga de responsabilidad al buen P. Sicard, santo varón cuyas vivencias personales contadas y recontadas sin descanso como sucedió con “la vida cotidiana” del Jesús adulto y que dieran origen a los Evangelios, fueron el rescoldo que prendió la llama de vocaciones de Jesuitas colombianos a la China y que pararon en Taiwan cuando todavía se llamaba “Formosa”; no alcanzó tal gloria nuestro emblemático provincial Emilio Arango a quien la negativa de “ir a misiones” le arrancó esa mini-elegía que empieza: “Lloro al decirte adiós, férvido anhelo”.

Gripa asiática: sorpresa inmanejable.

Los primeros que no sabían cómo enfrentar la Gripa Asiática fueron los médicos y entre ellos, nuestros compañeros galenos Eduardo Gámez y Carlos Lacouture. Los investigadores Soriano y colegas creen que la sorpresa se debió en gran parte a que “en 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik 1 y más tarde el Sptunik 2 con la perra Laika a bordo. En China, se impone la industrialización masiva y la destrucción de la propiedad privada, así como la militarización y la residencia en comunas”. Las mayores preocupaciones surgían en los campos científico, carrera espacial, política, guerra fría y las siempre preocupantes consecuencias en la economía mundial.

El H. Gabriel Duque entra en escena

No recuerdo la presencia de médico alguno ni del hospital local, ni de Bogotá, donde el Dr. Luque era el insustituible médico de cabecera de los Nuestros; para qué si teníamos en casa dos muy bien preparados galenos javerianos, compañeros muy queridos: Eduardo Gámez del Valle y Carlos Lacouture Zúñiga quienes apenas podían controlar temperaturas, dolores de garganta, pulmones saturados y ritmos cardíacos despistados; ellos tampoco se imaginaron semejante situación y andaban tan a oscuras como sus demás colegas en el resto del mundo.

Ante la impotencia de la medicina tradicional, entró en escena la farmacopea popular de manos de nuestro enfermero de comunidad, el H. Gabriel Duque S.J., religioso al que todos profesamos inmenso cariño y respeto por ser polifacético, de enorme ingenio, artista natural, excelente cocinero, de humor siempre vivo, odontólogo empírico y servicial como ninguno; era la encarnación perfecta del moderno “Ombudsman”.

Agua de panela caliente a punto de hervor y saturada con jugo de limón, antesala también de sudoraciones impresionantes; aspiración de motas de algodón empapadas en aceite de eucalipto que lo sentíamos penetrar hasta el último alvéolo pulmonar; gargarismos de agua de caléndula; agua fresca, la que nos cupiera y “mucho amor” que recomiendan en la publicidad de “Aliños El Rey”. 

En calidad de “cortesía de la casa”, nos concedieron permiso para bañarse en las duchas de agua caliente, herencia con acceso restringido y legadas por los Tercerones que se fueron y nos dejaron recitando con Bécquer aquel “¿Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar”?

“No hay mal que por bien no venga”

La necesidad de permanecer en cama al abrigo de los fríos mañaneros; dormitar un poco más y poder realizar la oración de la mañana al más genuino espíritu Ignaciano: “supino rostro arriba”, era distribución inesperada; comidas “a la habitación” y visitas permanentes de superiores y enfermeros en propiedad o improvisados, creaban el ambiente mágico que jamás olvidaríamos por lo menos, algunas de las víctimas de aquella genuina “endemia” en el sentido pleno de la expresión.

Sonaba la campana de levantada y al despertar, yo empezaba a sentir el regusto pecaminoso que me proporcionaba aquella tibieza conservada en las cobijas, fieles protectoras de gélidas mañanas Santarrosanas. A medio camino entre adormecido y despierto, empezaba la lucha perdida entre ataques de micro-sueños y el esfuerzo para meditar el tema preparado a medias la víspera con los estremecimientos previos a la elevación de la temperatura hasta niveles preocupantes. 

A la manera de los cuadros famosos sobre la ceremonia del “Viático”, entre ellos la acuarela de 24.5 x 32 cms obra de Ramón Torres Méndez (1840), recibíamos el Santo Viático. Desde mi “lecho de enfermo” empezaba a escuchar cada vez más cerca el toque de campanilla que anunciaba el arribo de alguno de los sacerdotes que de camarilla en camarilla y dormitorio por dormitorio, acudían a repartir la Comunión a los enfermos. Quienes todavía no se habían contagiado, precedían al sacerdote cirio ardiendo en mano e insistente retintintín de campanilla. 

No puedo afirmar lo mismo de mis compañeros, pero en cuanto a mí respecta, bendije aquellos malestares por los muchos “beneficios” que me trajeron: levantada tarde, desayuno, almuerzo y comida a la cama, “distribución de enfermo” libre de toda culpa y pecado y… opereta incluida. Confieso también que sentí un poco de nostalgia cuando regresé a la “vida común”, “por lo cual y por orden de la Santa Obediencia, digo mi culpa”.

Jaime Escobar Fernandez

Abril, 2023

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