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Hace poco tuve el privilegio de escuchar la charla de jesuitas de Colombia con motivo de la celebración de los 500 años de la conversión de Íñigo de Loyola, “¿Más heridos que transformados?”. Allí recordaron cómo la herida de su fundador fue el punto de partida de las profundas reflexiones que llevaron a la creación y florecimiento de una organización que sin duda alguna ha impactado el mundo y muchas vidas en el mundo, además de las nuestras. 

He visto la pandemia actual como una profunda herida que como humanidad hemos hecho en nuestro planeta, la cual ocasionó esta enfermedad que ha herido a familias, países, continentes y a todos los habitantes del planeta.  Por eso, la pandemia para mí no ha sido una crisis, sino una “herida profunda” que, como toda herida, debe sanar si es que no mata. Es un desafío que no me ha hecho cambiar mi perspectiva de la vida, la muerte o la trascendencia, sino que me ha permitido mirar un poco más en mi interior para buscar significado, la razón e, inmediatamente, el remedio para sanarla. Estar encerrado y separado de los demás, en vez de deprimirme o cuestionarme, me ha ayudado a ser más reflexivo y a analizar muchos aspectos de mi vida con más calma y profundidad. Al reflexionar en mis experiencias siempre he querido ver los aprendizajes que me han dejado. No he visto “el lado negativo” en la necesidad de estar encerrado y no poder acercarme más, físicamente, a mis amigos y a mi familia. Siento y vivo  esta experiencia como una medicina por el bien de la comunidad y por mi protección, donde vivo y en el mundo entero. 

El primer cambio percibido es que he sido más consciente de los privilegios que tengo: salud, economía doméstica, la paz donde vivo y el gran privilegio de la armonía familiar con mi esposa e hijos. ¡Gratitud enorme a la vida por esto!  También he percibido con mucha mayor intensidad la vulnerabilidad propia y la de personas muy cercanas a mí: mi mejor amigo jesuita, uno de nuestros grandes amigos de la familia, amigos jesuitas, familiares, personas famosas y otros, ricos y pobres, han desaparecido, frustrando planes, vidas y familias que han tenido que replantearse sus vidas ante la realidad de la muerte repentina y dolorosa de sus seres queridos.

Como consecuencia de haber aprendido de los jesuitas Vela y Umaña el tremendo valor del aprendizaje exponencial que tienen los grupos y de haberlo practicado muchas veces en mi experiencia profesional, siempre busqué conversar a distancia, pero mirando el rostro de los otros.  Recién iniciada la pandemia descubrí que las facilidades del zoom, que usaba para interactuar con algunos clientes, me servían igualmente para comunicarme con mis amigos y familia dispersa. Me ofrecí a mis compañeros para facilitar y promover reuniones utilizando mi cuenta de zoom… El resto es historia: hace más de un año me reúno con un promedio semanal de más de 100 personas, en seis grupos, y los ayudo a preparar y facilitar sus encuentros. 

También organicé con varios compañeros un blog de exjesuitas. Hemos llegado a más de 500 lectores en promedio cada semana. Este ha sido mi segundo y mayor descubrimiento y aprendizaje durante la pandemia: en lugar de sentirme aislado y en crisis, me he sentido mucho más cerca y comunicado con mis amigos de ayer, con mis clientes y mi familia gracias a la tecnología. Mi pequeña inversión de dinero, tiempo y dedicación en este tema se me ha devuelto en profundísimas y múltiples satisfacciones al percibir el impacto, la sensación de compañía y la fraternidad de todos los que participamos en esos encuentros.

Como consecuencia de la enseñanza anterior, a través de algunos temas e iniciativas que quise ayudar para divulgar y ayudar a otros llegué a mi tercer gran enseñanza:  he encontrado y descubierto mi pasión por saber más ‒la ciencia‒, como el centro que ha orientado mi vida, coordinando y supeditando sus otras partes constitutivas, como el dinero, la religión o el poder. He descubierto que la tecnología ha venido a llenar la limitación que tenía de aprender leyendo, pues no era un buen lector de libros. Ahora soy un asiduo “escucha” de libros, que oigo a través de medios electrónicos, presentaciones, entrevistas electrónicas, revistas (por YouTube, eBooks o versión leída), mientras mantengo rutinas de ejercicio diario que benefician mi cuerpo.

En las interacciones con mis amigos, en especial a través de las redes sociales, he sido más consciente del poder inmenso de las comunicaciones y de su efecto grupal y personal. He aprendido su influencia positiva o negativa y los efectos polarizantes de su divulgación, sean informaciones verdaderas, falsas o tendenciosas. Mi cuarta gran enseñanza: estoy aprendiendo a respetar y comprender opiniones diferentes a la mía, sobre todo cuando trato de ponerme en los zapatos de quien envió la información y el trasfondo de opinión personal que oculta al retransmitir opiniones de otros que concuerdan de con su perspectiva de la vida o de los acontecimientos. Con dificultad, he aprendido a observar, leer y “dejar que me resbale”, siempre tratando de ponerme en la situación, que a veces conozco, de quien lo escribe o retransmite.  

A nivel mundial, y esta es mi quinta enseñanza de la pandemia, lo que he visto como resultado de las heridas causadas por esta es que el mundo está ante la disyuntiva de una perspectiva de “prioridad del individuo sobre la colectividad” (modelo occidental de las “democracias” actuales) o de una “prioridad de lo colectivo sobre lo individual” (modelo oriental de países tanto democráticos como autoritarios). De este balance o combinación dependerá cómo resolvamos los desafíos de salud, educación, conservación del medio ambiente, progreso, comercio y convivencia entre los seres humanos en los próximos años, tanto en mi país de origen, como en el país donde vivo y en el resto del planeta. 

Darío Gamboa

Septiembre, 2021

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