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Le ha llegado ahora el turno a Kiev. No se detiene esta fiesta de los muertos, que llamamos guerra, cuya primera víctima es la verdad y donde se masacran gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran.

Desde esta ultratumba que atraviesa tiempos y distancias no vemos sino llover bombas. Llueven bombas sobre Londres y Berlín, sobre Dresde y sobre Coventry. Cae LA Bomba sobre Hiroshima y Nagasaki. Se inflama el Paralelo 38. El cielo es rojo en Hanoi. Siguen lloviendo bombas sobre Sarajevo y Bagdad, sobre Kabul y Alepo. Le ha llegado ahora el turno a Kiev. No para esta fiesta de los muertos que llamamos guerra, cuya primera víctima es la verdad y donde se masacran gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran. Bien nos lo dijiste, Thomas Hardy, con un nudo en la garganta:

Si nos hubiéramos encontrado

En alguna vieja taberna,

Juntos nos hubiéramos sentado

A bebernos muchísimas jarras.

Pero, en formación de infantería

Y viéndonos cara a cara,

Yo le disparé y él a mí

Y lo maté donde estaba.

Le maté de un disparo porque…

Porque era mi enemigo.

Así es: por supuesto lo era;

Eso está bastante claro; aunque,

A lo mejor pensó en alistarse

De improviso, como yo;

Estaba sin trabajo, había vendido sus cosas…

Sin otro porqué.

Sí: curiosa y singular es la guerra.

Uno quita de en medio a un hombre

Al que hubiera convidado en la taberna

Y ofrecido su amistad.

¿Para qué sirven todas esas masacres si no es para engendrar más odios y comenzar nuevas masacres? Vengamos una ofensa que nos hicieron para vengar una ofensa que hicimos para vengar una ofensa que nos hicieron para vengar una ofensa…  ¡Cuántas veces esas ofensas están ligadas al amor sin límites por el territorio ajeno!

‒No seas ingenuo, Rodolfo. Si quieres la paz prepárate para la guerra, porque a los humanos ni a sus gobernantes se les acabará el ansia de riquezas, de poder y de gloria.

Ay, Vegecio Renato, bien conocido es ese lema tuyo “si vis pacem, para bellum”, pero si el pacifismo es tuerto el belicismo es ciego. Las armas son los instrumentos de un destino desgraciado, aunque tengamos las mejores razones para utilizarlas, pues la guerra hace más hombres malos que hombres malos mata, vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido. Si de algo sirve la guerra es para que no olvidemos de qué es capaz el troglodita que todos llevamos dentro. 

Te veo muy serio, Voltaire; ¿quieres decirme algo?

‒Que lo sorprendente de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo.

Eso no me sorprende. Quien arriesga la vida en el campo de batalla se plantea de manera aguda el sentido de su “sacrificio”. En esas circunstancias el valor se acrecienta con la promesa de un “más allá” y se refuerza con la convicción de estar luchando por una causa justa contra un adversario demoníaco. Con Dios de su parte los gobernantes tienen legitimidad, los combatientes, ánimo y los muertos, futuro. Por eso, se ha derramado abundante agua bendita sobre la pulida superficie de cohetes, tanques, buques y aviones de combate.

De reojo veo a Ignacio de Loyola escuchando atentamente a Agustín de Hipona que, con su libro La ciudad de Dios en mano, le explica que “dos amores fundaron dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial”.

‒Sí ‒prosigue Agustín‒, la ciudad terrena no está formada por la piedad y el amor de Dios, sino por el amor de sí, la fuerza, el poder y la ambición.

Entonces, ¿cómo podremos tener paz?

‒Tremendo es decirlo, pero la paz no se alcanza sino provisionalmente y “es más bien solaz de nuestra miseria que gozo de nuestra dicha”. Y que quede claro que la paz no es la ausencia de guerra, sino el sosiego que da el orden querido por nuestro Creador. Te lo digo en latín porque es fácil de entender mi frase: Pax omnium rerum, tranquillitas ordinis. Todo esto lo expliqué en el libro 19 de mi Ciudad de Dios.

Voy entendiendo lo que nos pasa y lo que le pasó a Luzbel.

‒El mismo Luzbel fue castigado porque “no se mantuvo en la tranquilidad del orden, pero no escapó a la potestad del Ordenador”.

Si comprendo bien la guerra puede justificarse inclusive como un acto del amor cristiano que debe ordenar todas las cosas en relación con Dios.

‒Entendiste bien. Por eso comparé el hecho de matar en una “guerra justa” con el acto de un padre que castiga a su hijo. En ambos casos el motivo puede ser el amor, porque solo un acto coercitivo puede a veces arrancar al pecador de su mala conducta y llevarlo a la conversión. Lo dije en mi De Sermo Domini in Monte y también en mi Epistola ad Marcellinum.

No fue sino oír esto y Ronald Reagan empezó a gritar: ya se los había dicho, Georges W. Bush tenía razón de emprender una cruzada del “eje del bien” contra el “eje del mal” encarnado en “Satán Hussein”. 

Ignacio de Loyola agitaba su bandera con el lema “Ad maiorem Dei gloriam” (A la mayor gloria de Dios) mientras un coro de jesuitas marchaba cantando el himno:

                                                               De Luzbel

                                                               las legiones

                                                               se ven ya marchar

                                                               y sus negros pendones

                                                               el sol enlutar.

                                                               Compañía de Jesús

                                                               corre a la lid.

                                                              ¡A la lid!

El cojo Francisco de Quevedo con sus gafitas de trostkista y sin modestia alguna proclamaba a los cuatro vientos:

‒En mi Política de Dios, gobierno de Cristo, que dediqué a su graciosa majestad Felipe IV, le presenté un completo sistema de gobierno para conducir a los pueblos “por el buen camino” y le advertí que “Hay guerra lícita y santa: en el cielo fue la primera guerra; de nobilísimo solar es la guerra. Y hase de advertir que la primera batalla, que fue la de los ángeles, fue contra herejes. ¡Santa batalla! ¡Ejemplar principio! Fue guerra primera, y trazada por Dios para ejemplo de todas”.

Picado en su orgullo ante el Quevedo que sacaba pecho como un pavorreal, Alonso de Ercilla comenzó muy solemnemente a recitar unos versos de su poema La Araucana, en los que exaltaba el carácter sagrado de la guerra, relacionándolo con el comienzo y equilibro de la historia humana:

La guerra fue del cielo derivada

y en el linaje humano transferida,

cuando fue por la fruta reservada

nuestra naturaleza humana corrompida;

por la guerra la paz es conservada

y la insolencia humana reprimida;

por ella a veces Dios el mundo aflige,

le castiga, le enmienda y le corrige.

Por ella a los rebeldes insolentes

oprime la soberbia y los inclina,

desbarata y derriba a los potentes,

y la ambición sin término termina;

la guerra es de derecho de gentes,

y el orden militar y disciplina

conserva la república y sostiene,

y las leyes políticas mantiene.

Un escalofrío empezó a recorrerme todo el cuerpo mientras me preguntaba: ¡qué he venido a hacer en esta galera! Contemplo aterrado los millones de muertos, heridos y destruidos espiritualmente por las guerras y no puedo dejar de pensar si ha valido realmente la pena tanto sufrimiento y muerte. 

En medio de mi desolación apareció Carl Sandburg, montado en un caballo negro, cubierto con una capa negra y blandiendo en su mano derecha una guadaña, cual la temerosa Parca. Y Carl empezó a recitar con voz de ultratumba:

Que amontonen lo cuerpos en Austerlitz

y Waterloo.

Que los entierren y me dejen obrar,

                        Soy la hierba, lo cubro todo.

Que los amontonen en Gettysburg

Y que los amontonen en Yprès y Verdun

Que los entierren y me dejen obrar,

Dos años, diez años y los pasajeros le

preguntan al conductor:

¿Qué sitio es ese?

¿En qué lugar estamos?

                        Soy la hierba,

                        Déjenme obrar.

Me desperté, entonces, bañado en sudor. Ese es el problema de soñar con la realidad.

Rodolfo Ramón de Roux

Marzo, 2022

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Dentro de una visión integral de la reactivación social, debe ser prioridad el rescate integral del ser humano y de su dignidad.  Decía san Ignacio de Loyola, en un contexto religioso, aplicable a nuestra situación: ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?

La reactivación económica que se está dando en el país es un hecho comentado a diario en las noticias. Y aunque no existe consenso entre los economistas al momento de analizar los datos, las cifras del DANE a noviembre de 2021 muestran que ha habido recuperación del mercado laboral, el producto interno bruto, las exportaciones, la construcción y otras áreas relevantes. No es poco decir que la economía va mejor ahora que durante la pandemia. 

Hasta los partidos de fútbol que se han jugado en Barranquilla para clasificar al Mundial de Catar en 2022 son celebrados por los efectos positivos que tienen en la economía local. Si a la satisfacción por los efectos económicos se le añade la euforia, esa sí desbordada, y patente en las incontables camisetas amarillas que se ponen los hinchas, puede deducirse que estamos superando el estado de postración anímica colectiva causada desde cuando la pandemia nos invadió hace ya casi dos años. Ese estado de ánimo colectivo es saludable frente a los costos en vidas humanas y el sufrimiento que ha repartido el insoportable virus.

No obstante que el mejor estado de la economía ha traído consigo una repercusión anímica colectiva, me pregunto si puede igualmente decirse que se está dando una reactivación del alma. Profesionales de la salud cuentan historias que dejan la duda: muchos individuos no salen de sus casas debido a temores que sienten, como si en la calle estuvieran esperándolos cientos de amenazas; otros no son capaces de tomar un taxi, y piden ayuda para embarcarse en él, simplemente por miedos incontrolables; hay innumerables seres que siguen sumidos en una tristeza o depresión que no saben manejar, pero que los consume ante las incertidumbres que los atropellan tras estos dos años. 

Al salir del campo de concentración de Auschwitz, el escritor italiano Primo Levi se preguntaba, refiriéndose a sí mismo, si podía llamarse ser humano a quien trabajó en el fango, maltratado por los nazis; a quien había sufrido humillaciones, a quien había tenido que pelearse con otros prisioneros por un pedazo de pan. Al ir saliendo de este túnel de la pandemia, hay tantos que se preguntan con Primo Levi si todavía son seres humanos que pueden vivir con plenitud. Es una pregunta tan antigua como la que se hacía el esclavo de la caverna de Platón cuando pudo salir de la oscuridad, y al mirar al sol quedó cegado por la luz. No sabía si era posible vivir bajo tanta luz. 

Los griegos inventaron la palabra psique, hoy usada preferentemente en psicología –que obviamente remite a ella– para nombrar el alma. No debiera perderse su significado etimológico ni su trascendencia para que no quede la idea de que la reactivación económica resolverá por sí sola los inmensos problemas y encrucijadas que enfrenta la humanidad. 

Dentro de una visión integral de la reactivación social, debe ser prioridad el rescate integral del ser humano y de su dignidad.  Decía san Ignacio de Loyola, en un contexto religioso, aplicable a nuestra situación: ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Noviembre, 2021

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