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Horacio Martinez Herrera

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Una de las grandes fuentes de la negación actual de Dios está en las deformaciones de la creencia en Dios. Esta deformación afecta tanto a la concepción que se tiene de Dios, como a la imagen que proyecta la religiosidad de los creyentes y, en especial, la actitud de la Iglesia.

Las deformaciones más importantes de la imagen de Dios se refieren al aspecto mítico, abstracto e inmutable con que se le suele presentar. El hombre actual, especialmente el intelectual, no puede encontrar satisfacción a sus aspiraciones religiosas y a la necesidad de una mística para su vida y acción, en un Dios y en una religión que se le proponen saturados de rasgos míticos y de ritos mágicos. El teísmo ha convertido a Dios en un simple arquitecto del universo, en un tapaagujeros que sirve para colmar las lagunas de la ciencia.

El hombre actual, igualmente, rechaza la imagen de un Dios extraño a la historia. La teología cristiana, por la preocupación de pensar a Dios lo más trascendente y absolutamente posible, le atribuyó una preeminencia infinita a cuanto de positivo hay en el mundo. Con esto se llegó a imaginar a Dios como si fuera del movimiento de la historia. Al convertirlo en un allende la historia, se colocaba a Dios fuera del mundo.

Respecto a la imagen que suele proyectar la religiosidad, y en especial el cristianismo, ciertamente dan pábulo a un rechazo de Dios ciertas actividades de sus cultores abiertamente reñidas con los actuales conceptos de la dignidad del hombre, de la igualdad, de la solidaridad y de la justicia. Tales son:

– Las injusticias contra el hombre perpetradas por cristianos; la religión degradada a veces en instrumento de poder; el fariseísmo de tantos que se dicen cristianos y obran toda clase de deshonestidades.

– El escándalo que ha producido la Iglesia al presentar un contratestimonio para muchos hombres de hoy. Estos hombres no han visto un testimonio de acogida al progreso humano, a las conquistas del hombre, y han creído que la religión es el opio del pueblo y la causa de su retraso. La Iglesia, al estar vinculada a una forma política determinada, muchas veces no ha dado testimonio de defensa de los valores humanos. No deja de ser causa del ateísmo la oficialidad de la religión católica en determinados países, porque el proteccionismo oficial no permite que el cristianismo despliegue todo el dinamismo interior que le es propio.

– La convivencia de la religión con las injusticias sociales consentidas, amparadas o toleradas por católicos representativos -eclesiásticos o seglares-Se ha llegado a identificar por esto a la sociedad cristiana con la sociedad capitalista.

– Las falsas posturas de los cristianos al no enfrentarse con el problema del dolor humano, han permitido a tantos ateos negar a Dios en nombre de la honradez, de la moral.

El ateísmo contemporáneo es un grito de rebeldía contra las formas religiosas deformadas, que nos debe llevar a un replanteamiento del problema de Dios y de sus implicaciones. El ateísmo, por otra parte, nos obliga a una purificación de la concepción de Dios y a un rechazo de sus caricaturas.

La desacralización actual del mundo tiene el riesgo de alzarse contra Dios, pero también ofrece la oportunidad de eliminar una falsa concepción de la divinidad que tiende a hacer intervenir a Dios, allí donde el hombre es impotente. Hay que reen-contrar el sentido del misterio y eliminar la excesiva racionalización de Dios, para que se restablezca su auténtica búsqueda.

Hay personas que, rechazando una idea falsa de Dios, no son ateos, sino que hacen una afirmación implícita del verdadero Dios.

Horacio Martinez Herrera

Abril, 2024

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Religión viene de la palabra latina religare que significa volver a unir. En su origen significa encuentro. Así como la percepción exige el mundo exterior, así el sentimiento religioso exige una realidad divina objetiva. El acto religioso nunca es un monólogo, es esencialmente un diálogo.

La existencia humana no se encuentra solamente a sí misma arrojada entre las cosas, sino también religada por su raíz a su fundamento trascendente, Dios. Por estar religado, el hombre no está con Dios como está con las cosas, sino que está en Dios como quien viene de Él y va hacia Él.

Al hombre Dios le ofrece en Cristo y a través de la acción de la Iglesia una liberación total. El hombre se beneficia de esta liberación plena en la medida en que acepta ser liberado. Esta aceptación se da en el acto de fe y se ratifica con la recepción de los sacramentos. La fe es un sentido religioso que se le confiere a toda la existencia.

Para el cristiano que se compromete radicalmente con Cristo por el sí de la fe, este acto se convierte en una actitud permanente con un efecto de liberación total. La fe se convierte en un éxodo de liberación integral. La fe es un éxodo de liberación religiosa. El hombre es un ser capaz de Dios, pero necesita del don de la fe para entrar en contacto interpersonal con el Dios viviente. La fe es un don porque solo el que es llamado por Dios y recibe fuerzas para acercarse a él puede pronunciar el sí de la entrega total a Dios. Por la fe, el hombre es liberado del pecado que lo mantenía alejado de Dios. Esta respuesta de la fe se da, sobre todo, y a veces exclusivamente, en las actitudes concretas de la existencia.

La fe también es un éxodo de liberación personal. El hombre, prisionero de su soledad existencial, rompe el círculo efímero de su inmanencia a través de su relación interpersonal con el Trascendente. El compromiso de fe es la liberación del egoísmo del hombre y la conquista de la liberación espiritual. San Pablo ha mostrado brillantemente los efectos de la liberación espiritual del cristiano frente a los legalismos esclavizantes del hombre.

La espiritualidad necesita tomar en cuenta la dimensión integral liberadora de la fe. La mística cristiana de los últimos siglos ha puesto un énfasis tan fuerte en la fe como liberación religiosa que se impone una revisión de la espiritualidad en clave de liberación integral.

La espiritualidad para el hombre de hoy exige, sobre todo, volver a colocar la oración cristiana en su contexto de experiencia de la fe. Si la fe posee un dinamismo de liberación integral, la oración cristiana será un poner en acto la potencia liberadora de la fe. El cristianismo es ante todo una escuela de oración y solo quien ora cristianamente alcanzará la liberación integral. La mística cristiana ha descrito elocuentemente cómo el encuentro con Dios en la oración es un verdadero éxodo de liberación personal. Una relectura de los escritos de los místicos cristianos en categorías actuales revelaría facetas profundamente dinámicas de la experiencia de oración. La auténtica oración es una profunda terapia psicológica de liberación.

El hombre espiritual actual considera que no puede saltar fuera de su cuerpo y de su estructura sexual para lanzarse más libremente al encuentro con Dios. Para un hombre espiritual actual, Dios existe en la vida, es más actual que la actualidad misma y nos abre las puertas al futuro de la plena realización humana. Su abnegación y mortificación consiste en llevar las cruces de su condición humana y de su acción cristiana sobre el cosmos.

Es un ascetismo de realización gradual de las exigencias de la gracia en todos los sectores de la vida personal. Las noches de los sentidos y del espíritu, referidas por los místicos cristianos, son pasos para desapegarnos y dar su justo valor a lo corporal y lo mental. Para llegar a la primacía del espíritu sobre lo corporal y lo mental hay que pasar por la noche de los sentidos y de la mente. ¿Cómo se manifiesta esta crisis de purificación hoy en día?

Horacio Martinez Herrera

Abril, 2024

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La religiosidad popular latinoamericana es propia de un ambiente rural y, por lo tanto, tiene un carácter predominantemente cosmológico que influye en toda su concepción de Dios, de los santos, de Cristo, de la Providencia, del sacerdote, de la Iglesia, de la Moral y de las prácticas religiosas.

La religiosidad latinoamericana tiene unas marcadas motivaciones cosmológicas que surgen de la situación precaria del hombre ante el cosmos. La naturaleza se ve como una realidad manifestativa de un poder sagrado o fuerza superior que clásicamente se denomina: El Numinoso. Caracteriza a esta motivación la actitud del hombre de servirse del Numinoso para solucionar sus problemas a través de la manifestación de aquel en las fuerzas naturales: tormentas, rayos, etc.

Dios es afirmado como una fuerza cosmológica a la cual se acude para satisfacer sus necesidades y limitaciones. A esto se añade el hecho de que en América Latina existe una simbiosis -a veces sincretística- entre valores cristianos y elementos tomados en préstamo a la religión natural, lo cual tergiversa aún más la imagen de Dios.

Entre los indios latinoamericanos “Dios” no es que siempre sea el Ser Supremo; muchas veces son politeístas porque junto al Dios Supremo hay dioses inferiores. Este Dios vive aislado, lejos de los hombres. Normalmente entonces hay que entenderse con “dioses” inferiores (santos). La Virgen se confunde a veces con la Madre Tierra, tanto en el mundo andino como mexicano, a veces es eterna, y se le ofrecen sacrificios.

La motivación cosmológica de satisfacer las necesidades vitales produce en Latinoamérica una exaltación de la Virgen y de los Santos como protectores. Las imágenes protectoras de los santos se encuentran por todas partes en Latinoamérica: en los hogares, en los buses, en los taxis, en los caminos y particularmente en las curvas peligrosas.

La creencia en un Dios cósmico conduce a un fatalismo providencialista. La religiosidad popular latinoamericana tiene el sentimiento de la presencia natural de Dios en el mundo y de su acción directa en el mundo. Esto conlleva un oscurecimiento de la acción de las causas segundas y una negación práctica de la libertad humana, del pecado y de la santificación de la vida.

Este fatalismo providencialista se encarna en una actitud resignada y pasiva ante el mundo. Hay una sumisión ante las fuerzas de la naturaleza divinizada. Se acepta todo como querido por Dios “si Dios lo quiere, no comemos”. El sentimiento de absoluta dependencia de la divina providencia se ha trocado generalmente en una actitud de extremada resignación. Hasta hace poco ha sido corriente la concepción de Dios como una fuerza cósmica, al cual se acude para satisfacer las necesidades vitales y superar las limitaciones de la vida natural.

Pero actualmente, la humanidad ha llegado a su mayoría de edad y no quiere renunciar a su responsabilidad de construir el mundo. Por eso rechaza a un Dios tapa-agujeros, aquel que viene a compensar nuestras incapacidades y nuestra pereza, el “Deus-ex machina”.

Dios se va haciendo innecesario desde el momento en que el hombre está transformando al mundo en gran escala. El hombre de hoy no se pregunta si este mundo se explica a sí mismo, puesto que el mundo no necesita explicarse a sí mismo y es el hombre quien lo explica.

En el proceso de desmitificación han entrado varias influencias. El racionalismo que considera a Dios como el artífice que da al reloj del mundo el impulso inicial, dejándolo luego que se rija por sus propias leyes. El desarrollo autónomo de la ciencia moderna que no considera a Dios como una “hipótesis” útil. El método experimental de la ciencia exige explicar y justificar, en cuanto sea posible, los fenómenos del mundo por causas intramundanas. La ciencia moderna destruye la mentalidad contemplativa y la sustituye por una actitud de explicación creadora.

Horacio Martínez Herrera

Abril, 2024

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El ateísmo es uno de los fenómenos característicos de nuestra época. En el mundo contemporáneo hay muchos hombres que consideran el ateísmo como la condición de un verdadero humanismo y como una exigencia del progreso del mundo y de la sociedad.

Para otros, Dios es tan sólo un motivo folklórico del pasado. Ni en la hora de la muerte Dios tiene importancia para muchos.

El ateísmo es la negación de la existencia de un Dios personal. Es práctico si se vive sin reconocer a Dios. Es teórico cuando constituye la actitud del que, teniendo uso de razón, no afirma un trascendente al mundo, ni como existente ni como planteamiento de un problema con posibilidades de solución. La decisión sobre Dios es radical y comprometedora por las consecuencias que reporta en la vida personal. Un “sí” o un “no” ante Dios definen dos posiciones ante la vida completamente diferentes.

Si examinamos el fenómeno del ateísmo actual, nos encontramos con los siguientes rasgos característicos: es universal, postulatorio, positivo, post-cristiano.

Universal. El ateísmo actual se distingue de otros ateísmos históricos por su universalidad. “El ateísmo es aristocrático” decía Robespierre en su época. Pero hoy el ateísmo se ha “democratizado”. En otras épocas, los ateos eran considerados como la excepción en una sociedad creyente. Hoy nos encontramos con grupos de personas que profesan abiertamente el ateísmo; más aún, que consideran al ateísmo como la única actitud defensora de la dignidad humana. La extensión del ateísmo no es una simple casualidad, sino el resultado de un proceso histórico. El Renacimiento, el racionalismo y el laicismo señalan jalones en este proceso. Para entender la fuerza del ateísmo contemporáneo hay que enmarcarlo dentro del cambio cultural de la sociedad actual.

Postulatorio. Otra de las características del ateísmo contemporáneo es su carácter de postulado. No es tanto la conclusión de un razonamiento ni el resultado de una crítica, sino una premisa de la construcción de una concepción del hombre y de la sociedad. Una vez que se ha optado por una vida sin Dios, se procura edificar un humanismo sin El. El origen del ateísmo contemporáneo es una opción. El hombre no se hace ateo radical como resultado de una especulación que le demostrase que Dios no existe. El punto de partida de su ateísmo es una determinación libre, una opción moral. El ateísmo no es sino una toma de posición que excluye a Dios de la escala de valores de la existencia, desterrándolo así de su vida y de su pensamiento. Para los ateos contemporáneos, la existencia de Dios es un problema secundario del que prescinden por la previa negación de la misma noción de Dios.

Positivo. El ateísmo actual no es simplemente una negación de Dios, sino un antiteísmo, un ateísmo positivo, porque no consiste en una negación de la fe, sino en una afirmación del hombre por sí mismo. El ateísmo positivo es un combate activo contra todo lo que nos pueda recordar a Dios, y es un esfuerzo por reconstruir todos los valores humanos sin ninguna referencia a Dios. El ateísmo simplemente negativo negaba a Dios, pero no ponía nada en su lugar; no pretendía cambiar la concepción del mundo que tenía por centro a Dios; simplemente se vivía sin tenerlo en cuenta. Hoy el ateísmo no es negativo, sino positivo, porque opone una concepción del mundo desacralizada a la concepción sacral y exige al hombre que desplace totalmente a Dios del mundo.

Post-cristiano. El ateísmo moderno es post-cristiano. Los ateos modernos han conocido o creído conocer el cristianismo y, conociéndolo, lo han rechazado. El Dios de la metafísica cristiana se ha desmoronado, ya que el hombre moderno no admite sino el mundo terreno y humano, del que el hombre es el único artífice.

Horacio Martinez Herrera

Marzo, 2024

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