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Guillermo Acosta

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Mientras estudiaba en la Compañía de Jesús fui aprendiendo la música por mi cuenta, convirtiéndome en mi propio maestro, y logré llegar a ser músico a pesar de ser jesuita. 

Al retirarme de la Compañía de Jesús pasé a ser maestro en el Liceo Javier de Guatemala. La pensión donde vivía quedaba muy cerca del Conservatorio. Fui allí a la secretaría para tratar de inscribirme en la carrera de órgano, pero el secretario me dijo que primero debía cursar dos años de solfeo y cuatro de piano antes de iniciar la carrera de seis años de órgano. 

Entonces, pedí una cita con el director, maestro José Castañeda, fundador de la Orquesta Sinfónica de Guatemala. Le conté mi historia musical y le dije que mi gran sueño era estudiar en el Conservatorio. Llamó al maestro de órgano, el padre Emigdio Papinutti, y al organista de la catedral, el maestro Elías Blas, quien también impartía clases allí. Los tres me hicieron un examen de validación, dieron por aprobado el tercer año y autorizaron mi ingreso a cuarto. En tres semestres cursé los tres años finales de la carrera.

El padre Papinutti era el maestro de órgano en la Escuela de Música de Santa Cecilia en Roma. El superior de los Franciscanos lo había enviado como misionero a Guatemala. Por los días en que yo finalizaba el sexto año de órgano, el papa Pablo VI le preguntó al superior de los Franciscanos por el padre Papinutti y él le respondió que estaba en Guatemala como misionero. Pablo VI le ordenó el traslado inmediato a Roma para hacerse cargo del órgano de la Basílica de San Pedro. Ese fue el gran maestro que me había reservado el destino para cumplir mi sueño, con cuyas enseñanzas pude aprender a interpretar las grandes obras de órgano.

En música sacra ya me sentía muy competente en mi profesión, pero mi ambición musical iba mucho más allá. Necesitaba dominar el piano, la armonía moderna, la improvisación y el jazz. Recién casado fui con mi esposa a cenar al restaurante del nuevo Hotel Ritz y encontramos un excelente pianista negro que tocaba un jazz de película. En un descanso lo invité a mi mesa. Era nada menos que Harold Blanchard, un pianista fabuloso de New York, que se había convertido en pastor y lo enviaron de misionero a Guatemala. Otro gran regalo que me tenía reservado el destino para cumplir mi sueño. Fui su primer discípulo en Guatemala: me enseñó los grandes secretos para interpretar el jazz, la improvisación y la armonía moderna.

Otro gran maestro que me tenía reservado el destino era el gran director artístico Guillermo Acosta, dueño de la empresa Discos Gas en México. No daba clases, pero me dio lecciones valiosísimas en las sesiones de grabación que me dirigía. En la primera pieza que grabé bajo su dirección me dijo: Tocaste las notas exactas, pero la gente no compra solfeo, sino pasión, sensualidad, nostalgia, alegría, despecho y sentimientos profundos. 

Cuando sentía que mi interpretación transmitía sentimientos profundos, me la aprobaba. Durante mi estadía de nueve años en México grabé 13 discos de larga duración bajo su dirección artística. Fue mucho lo que aprendí para mi desempeño como músico profesional.

Alberto Betancourt

Mayo, 2022

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