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Finca y fútbol

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Comenzamos esta serie de testimonios personales sobre el legado que nos dejaron los años en la Compañía, en la vida de cada uno, que fue el tema de nuestra tertulia 160. Abre la serie el proponente de la idea, Silvio Zuluaga.

Cuando ahora de viejo me preguntan por qué entré a la Compañía de Jesús, no puedo menos que devanarme los sesos para encontrar la respuesta adecuada. 

Eso hace ya 67 años; fue en 1957, cuando 44 de los 52 millones de los colombianos actuales no habían nacido. Las calles de mi pueblo natal no estaban asfaltadas, sino que eran todavía de piedra. La luz eléctrica llegaba porque la familia Trujillo había instalado una generadora de luz, una Pelton, en una quebrada cercana al pueblo, y yo era un párvulo de doce. 

Como he comentado en varias oportunidades, yo no sentí el llamado de Dios, ni una fuerza imperativa de ayudar a los demás. Estaba muy chiquito para esas elucubraciones tan trascendentales. Y enfatizo la parte de la trascendenciaporque, incluso diez años después de haber entrado a la Compañía de Jesús, un día el Padre Rodolfo Eduardo de Roux me dice: “Hermano Zuluaga, usted es muy buena persona, gran colaborador y servicial, pero usted no transciende”. Y tenía mucha razón, no transciendo, sea lo que sea lo que ese vocablo signifique y represente para muchos.  


Y de tanto forcejear en mi mente,creo que encontré una teoría satisfactoria: entré a la Compañía de Jesús debido a la sofisticada maquinaria de mercadeo de los Jesuitas, teoría confirmada por varios hechos: 

1. Los jesuitas habían identificado y se habían focalizado en un nicho de mercado muy definido y propicio para encontrar seguidores a su causa: familias católicas, practicantes y respetables. Este nicho estaba ubicado en los colegios de los jesuitas y en algunas organizaciones juveniles como los Gonzagas, con multitud de candidatos para escoger. 

2. Dentro de ese nicho, habían definido el perfil de los posibles elegidos, como muy bien lo expresaba Ignacio de Loyola: buscaban niños buenos estudiantes, de modales excelentes y por supuesto, como escribió el fundador de los jesuitas, que no fueran “ni bizcos ni cazcorvos” 

3. Estrategia propagandística intensa, al estilo que se pude lograr hoy con las redes sociales y la Inteligencia Artificial, personalizada y en mi caso dirigida adecuadamente a un niño de diez años a quien el Padre Gonzalo Ortiz le hablaba constantemente de una finca muy bonita donde se pasaban vacaciones agradables llamada Patasía y que era parte del Seminario Menor de los jesuitas en Zipaquirá, en donde se jugaba mucho fútbol. 

Nunca se mencionó la salvación del mundo del pecado, ni la ayuda a la humanidad; las motivaciones correspondían a mis quereres de entonces: fútbol y finca. Jugaba mucho fútbol y mis papás tenía una finca a la que íbamos frecuentemente y estaba llena de animales: gallos y gallinas; patos, un par de cabras Margarita, pavos reales,patos gallinetos gansos y además, tenía un trapiche para moler caña y un beneficiadero de café y guaduales. Allí aprendí a montar a caballo. Era ensoñador para nosotros ir a la finca.  

4.  Los jesuitas, audazmente, supieron aprovechar muy bien además, el prestigio histórico, subyacente en la sociedad, asociado con tener un hijo sacerdote, y más aún jesuita, reavivando el noble imaginario de servir a Dios en una sociedad clerical colombiana, a mediados del siglo pasado. 

En resumen, un nicho de mercado claramente definido;  con un perfil del candidato preciso, una propaganda personalizada, persuasiva e insistente, y finalmente, una sutil estrategia de potenciar el imaginario sublime de tener un hijo sacerdote, me llevaron al Seminario Menor. 

Y así, se alinearon las estrellas para unirme a la Compañía de Jesús, a pesar de que mi papá no me quería dejar ir porque no tenía dinero para pagar la matrícula de $120 mensuales, impase superado por mi abuelita, más rezandera que mis papás, a quien cuando le puse la queja de que mi papá no me quería dejar ir al seminario porque no tenía plata, ella me dijo: “Mijito, dígale a su papá que yo le pago la matrícula.” Y colorín colorado al Seminario Menor del Mortiño fui a dar con una felicidad increíble y volando!!! 

Y digo volando, porque nos fuimos en un avión DC3, moderno para nosotros, pero rezago de la II Guerra Mundial, el cual despegaba una vez a la semana del antiguo aeropuerto Santágueda de Manizales a Bogotá. Para tomar el avión mi papá se tomó unos cuantos brandys de antemano, para superar el miedo que le daba ese novedoso y asustador medio de transporte.

Tanto en el Seminario Menor como luego en el Noviciado, éramos un grupo selecto de personas que iríamos a salvar el mundo. Definitivamente se trataba de un empeño noble, energizante en la lucha mortal contra Satanás, con lo que me sentía muy a gusto. Éramos los buenos y nuestra misión sería la de ayudar a la gente a vivir en el mundo, que era un Valle de Lágrimas.

Mis papás orgullosos de tener un hijo jesuita y yo feliz y pleno.

Ibamos a alejar a las almas del mal – el pecado- para que luego todos, el día del Juicio Final, en compañía del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y de la Virgen María, en medio de la escolta de los siete círculos concéntricos de guardianes del ser supremo: Ángeles, Arcángeles, Principados, Potestades, Virtudes, Dominaciones, Tronos, Querubines y por último los Serafines, quienes se ubicaban en el círculo más cercano a Dios y quienes ardían en el fuego del amor divino y todo en medio de música celestial, disfrutáramos del Cielo, por los siglos de los siglos, Amén.

Silvio Zuluaga

Septiembre, 2023

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