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Experiencia y meditación

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Realidad exterior e interioridad. Aunque no se pueden separar radicalmente, sí se pueden distinguir. Además, se puede meditar sobre la experiencia “exterior” (como la de observar el nevado) y se puede tener la experiencia de meditación “interior” (como la de esa mujer).

La experiencia es el conocimiento empírico de la realidad (de los datos, de los sentidos y de los datos de la propia consciencia). Tenemos experiencias de muchas realidades y acontecimientos exteriores, pero también tenemos muchas experiencias personales interiores. Hay experiencias singulares o particulares y también llamamos experiencia a la acumulación adquirida de los aprendizajes experimentados a través de la vida. 

Definir la meditación es complejo porque hay muchos tipos o formas de meditación. En un sentido específico, la palabra meditación se refiere a un tipo de conocimiento o experiencia que se relaciona con la interioridad personal. Como acercamiento a esta realidad interior, quiero compartir lo que me expresó un amigo que puede hablar de la meditación con mayor autoridad que yo:

“Tu mensaje lo calificaría como “effusus ad exteriora” (volcado hacia el mundo exterior). Lo mío genuino es interior, lo llamaría vida interior. El “conocimiento” que manejo corresponde a niveles de consciencia que podrían llamarse esotéricos y se distinguen de la mente (la loca de la casa) o la razón. Yo los llamo del corazón en el sentido de íntimos, “interior intimo meo” (interior más profundo o lo más íntimo de mi ser). 

Mi experiencia con Dios es como una ola u onda que me invade o inunda; acto seguido me siento vivo y en conexión con todo el universo. Todo está inundado de sentido y yo recibo y produzco plenitud, dicha y agradecimiento. En ese acto, el tiempo no existe y nada que ver con escasez o enfermedad. Soy dichoso, todo está bien, Todo”.

Esta expresión de mi amigo me recordó “El secreto de la laguna”: esta recibe amorosamente el agua de la montaña y la entrega generosamente al río y éste la deposita en el mar.  Se trata de una observación externa que lleva a una reflexión interior: el espíritu verdadero invita a recibir y dar con amor. 

El testimonio de mi amigo lo podríamos calificar de “místico” pero cualquiera de nosotros podría relatar algún momento o vivencia semejante. Más aún, en alguna ocasión, dijo Karl Rahner “Un cristiano tendría que ser místico o no sería cristiano” lo que querría enfatizar la importancia de la experiencia personal y profunda de la fe para vivir verdaderamente la espiritualidad cristiana. 

La meditación se puede entender como la comprensión o reflexión de diversas experiencias, pero hay una meditación especial -como dijimos anteriormente- que se dirige a identificar la realidad personal interior y la unión de esta realidad con la totalidad del universo y con el creador del universo.

En el budismo, la ciencia de la mente está desarrollada desde el siglo V antes de Cristo. Desde el siglo VII de nuestra era, la civilización tibetana recibió los tesoros del budismo indio. Una de las herencias es la práctica de la meditación, que recientemente ha tenido mucha acogida en occidente con distintas modalidades.

Tradicionalmente hay también la llamada meditación cristiana que reflexiona sobre las verdades de fe o sobre los hechos y palabras constatados en la Sagrada Escritura y, especialmente, en el Nuevo Testamento. Entre estas meditaciones cristianas, tiene relevancia y amplio desarrollo la practicada en la experiencia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Culminan estas meditaciones con la “Contemplación para alcanzar amor” y enseguida, se exponen tres modos de orar. Observemos que la oración es una conversación con Dios (o con Jesucristo o María).

Las meditaciones que hemos nombrado se dirigen a realidades objetivas, mientras que la meditación hacia el interior trata de conectarse con la realidad subjetiva de la mente misma “en blanco” y de su unidad con la totalidad: una “presencia plena-conciencia abierta”.

Además de aclarar un poco los dos términos -experiencia y meditación- el presente artículo invita:

  • a recorrer los pasos cognoscitivos de toda experiencia, que avanzan, desde lo sensible, a la comprensión y a la reflexión para la afirmación de su verdad, hasta convertirlos en un hábito connatural y preparatorio del actuar responsable; y 
  • a practicar la meditación (en la modalidad preferida por cada uno) para interiorizar y apropiarse la riqueza de la mente consciente y del inconsciente personal y colectivo. La meditación contribuye a la salud física, mental y espiritual, y al bienestar general.

Vicente Alcalá

Febrero, 2024

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