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Evolución de mi relación con el dinero.

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En la tertulia del 23 de mayo pasado, decidimos intercambiar las experiencias que cada uno había tenido con el dinero…

En mi infancia, como el menor de seis hermanos y ya en Bogotá con mi madre y hermanos -mi padre seguía trabajando en Cali, pues ya se había dado la separación no formal con mi madre- mi relación con el dinero fue factual: sabía que “el giro” de mi papá llegaba los comienzos de cada mes, enviado a mi hermano mayor (quien estaría en sus 14 o 15 años), para entregárselo a mi mamá para los gastos de la familia.

Mis padres habían decidido no dirigirse la palabra ni verbalmente ni por escrito, y entonces era mi hermano mayor el “interlocutor del dinero” entre mis padres. El dinero dividía y unía una familia y también era una obligación que el hombre tácitamente adquiría…al casarse…. La palabra que mi madre utilizaba era entonces “la obligación de su papá”, para referirse a ese dinero, lo cual denotaba quién era el responsable de producirlo, en nuestra sociedad machista tradicional. Ya no lo es tanto en nuestros días… afortunadamente.

Cuando ese dinero llegaba, mi madre lo utilizaba para pagar cuentas atrasadas del “fiado” de la tienda de la esquina, los servicios públicos, las pensiones del colegio de 6 hijos que había negociado por el valor de tres y el resto se utilizaba para las compras, para el diario de la semana, para ir a la carnicería o al vecino de la tienda de la esquina que nos proveía lo necesario para nuestra alimentación.

Mi madre se convirtió en una auténtica malabarista para hacer rendir ese dinero entre todos los gastos de la casa. Nunca era suficiente…. siempre había que privarse de algo, pero nunca podía faltar la comida en la mesa para todos. Siempre fuimos vestidos a los colegios a la altura de nuestros compañeros, algo de lo cual cuidaba mi madre con especial devoción, en una sociedad muy marcada entonces y creo que aún lo es, por las “apariencias” externas y los niveles sociales…

En mis años de adolescencia -cuando mi hermano mayor estudiaba su universidad en la nocturna y también trabajaba- se convirtió en la gran ayuda para todos. A mí me dejaba los inolvidables “dos pesos” encima de su mesa de noche para que, al madrugar yo para el colegio, los tomara sin despertarlo y los utilizara para mis “onces”.

Poco después fue mi hermana (la segunda y única mujer) quien también, al emplearse contra la voluntad de nuestros padres como cabinera internacional para Avianca, contribuyó también a la economía del hogar, trayéndome siempre muchos regalos de sus innumerables viajes internacionales, además de una bolsa grande de chicles bazooka, que yo vendía entre mis compañeros del Liceo Francés.

Ese fue mi primer negocio personal, buscando algún dinerito para mis gastos juveniles. También por cuenta del trabajo de mis hermanos para la época de Navidad, conseguí mi primer trabajo de empacador y detective informal, en el almacén Alfonso Puerta y Cía. de la carrera 7ª con la avenida Jiménez. Con mi primer sueldo le compré un regalo de Navidad a mi madre. En los años siguientes, al crecer los hijos, ella también decidió emplearse en Sears ….

Así pues, el dinero siempre fue de todos, principal responsabilidad de los mayores, quienes entregaban sus sueldos a mi madre para la “caja familiar”.

Después de la muerte de mi hermana, al ingresar a los Gonzagas a los 15 años, conocí al P. Umaña. De él aprendí que cualquier causa noble y constructiva, como lo era su trabajo con jóvenes de Bogotá, podía contar con un sistema de donaciones mensuales que él llamaba los “bienhechores Gonzagas”.

Ellos eran una gran ayuda para financiar a quienes no podíamos pagar las cuotas para los paseos, comprar libros, o música e implementos deportivos y ofrecer un lugar decente y atractivo en la curia provincial de los jesuitas para que nosotros nos sintiéramos atraídos a ese centro de actividades durante todos los días de la semana.

Siempre tuvo dinero para pagar mi cuota del paseo de fin de semana, lo que facilitaba el permiso correspondiente de mi familia. Aprendí también de él que era mucho mejor y más económico comprar cosas de buena calidad y durabilidad, aunque fueran de precio alto, que comprar cosas de mala calidad que se deterioraban con mayor rapidez. Sabia enseñanza que he mantenido toda la vida.

Era un maestro para conseguir dinero entre bienhechores y las familias de otros compañeros. Así tenía siempre todo lo necesario para un auténtico club juvenil abierto a muchísimos jóvenes de la ciudad, de diferentes colegios y, de paso, descubrir algunas incipientes vocaciones a la Compañía de Jesús.

Cuando ingresé a la Compañía a los 20 años, me impactó que todos los regalos que recibíamos, incluidos los que mi familia me hacía, se le entregaban al P. Maestro de novicios, para que los utilizara quien los necesitara. Fueron mis primeros ejercicios de desprendimiento de las cosas y la no pertenencia, ni la necesidad de casi nada.

Fue una gran escuela para posteriormente, en la vida, ser el peor compañero de compras de mi esposa, pues no sentía ninguna atracción por las vitrinas, ni tampoco caía en la tentación de comprar lo que se me colocara al frente.

En otras etapas de la formación como jesuita tuve mayor acceso al dinero por pagos recibidos cuando dirigía convivencias para jóvenes de muchos colegios en Filosofía y Teología. Siempre fueron entregados al P. Ministro de turno, luego de cubrir algunos gastos para la preparación de materiales o para la revisión de resultados. Era una pobreza relativamente fácil de llevar, pues se tenía acceso a todos los medios, cuando se trataba de gastos para los apostolados en los que nos fuimos involucrando.

Al retirarme de la Compañía a mis 30 años, mis estudios de post-grado en los Estados Unidos fueron totalmente autofinanciados con múltiples trabajos que oscilaron desde la limpieza de la cocina y el restaurante de alumnos en la cafetería de la Universidad todos los días a cambio de la alimentación, hasta la enseñanza de Francés y Español a primíparos del departamento de Lenguas Extranjeras.

Mi primer trabajo como profesional luego de mi maestría, fue ofrecido en Estados Unidos por Augusto Franco, en una convención donde ambos participábamos, para regresar a Colombia, substituyendo a otro exjesuita, Reynaldo Hernández, en la Dirección de Estudios en el Exterior de Icetex.

Un año exacto después, al recibir mi visa de residente en los Estados Unidos, obtuve mi primer trabajo allí, en la Universidad de Minnesota. Este trabajo me dio un salario suficiente para sobrevivir como estudiante del doctorado, como empleado de la Oficina para Estudiantes Extranjeros, pero no alcanzaba para ahorros ni tener mayores comodidades, como sucede con la mayoría de los trabajos académicos.

Entonces, el mundo de las corporaciones multinacionales apareció con una oferta que multiplicaba varias veces mi remuneración y beneficios de la Universidad, además de trasladarme a Brasil para asumir una responsabilidad enorme en el Citibank de ese país, como ejecutivo internacional de Recursos Humanos.

Casi con 40 años y de allí en adelante, mis responsabilidades y mis ingresos fueron aumentando. Luego de 10 años regresé a Miami con otras multinacionales, lo que nos permitió, ya como familia, educarnos, viajar y ahorrar, pero también compartir con la familia ampliada, especialmente en Colombia, nuestros beneficios que, por fortuna, crecieron generosamente hasta el final de mi carrera en las empresas hace 5 años.

El dinero entonces ha sido en mis últimos 40 años, el instrumento para ofrecer a nuestros hijos la educación que escogieron, en los lugares y costos que eligieron, con el único objetivo de dejarles ese importante legado. Nos ha servido también para expandir horizontes viajando mucho en nuestras vacaciones.

En el manejo del dinero con mi esposa han prevalecido siempre los criterios de “no es mi dinero, o tu dinero” sino “nuestro dinero”, de adquirir solo lo absolutamente necesario, de no desperdiciar, de repartir o donar cuando no se utiliza algo, de ahorrar siempre para la vejez, de invertir con audacia pero bien asesorados, de tener total transparencia en nuestras cuentas, incluyendo a los hijos, de tener todo a nombre de todos. En una palabra, de considerar que el dinero familiar es de todos siempre y de quien lo necesite. Para ahora recoger en estos años dorados de la vida lo que hemos sembrado, para seguir creciendo y seguir compartiendo.

Al ser el dinero un símbolo del intercambio de bienes y servicios entre las personas, lo veo como un instrumento que ofrece seguridad, felicidad y muchas oportunidades de compartir efectivamente con nuestros semejantes. Lamentablemente muchas veces el dinero , he sido testigo, puede ser la causa de muchas desaveniencias familiares y sociales que han producido y producen tanto dolor familiar y social. El dinero para mí, no es, no ha sido, ni será “La felicidad “ en sí, pero sí un canal, un medio y un instrumento para conseguirla, mantenerla, ofrecerla y buscarla.

Doy gracias a la vida que me ha dado tanta felicidad!!.

Darío Gamboa

Junio, 2024

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