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Esa vida como tragedia- Carlos Eduardo Vasco Uribe- Mi personaje inolvidable

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Jesús: “…he venido al mundo: para dar

testimonio de la verdad -ἀλεθήιᾳ-” (Jn. 18, 37)

Pilatos: ¿“Qué es la verdad”? (Jn. 18, 38)

En correo a Luis Alberto Restrepo (LARPO) y John Arbeláez, titulé la misiva como “La última proclama de Carlos Eduardo” al discurso que pronunció en la Universidad Autónoma de Manizales, con motivo del Doctorado Honoris Causa que le confirió. Este documento se lo debemos a la generosidad de LARPO y a la diligencia interminable de John Arbeláez, quien lo difundió entre nosotros; a ellos, rendidas gracias.

Confío, sin rubor, que Amado Nervo me permita plagiarle su poema a Tomás de Kempis pensando en Carlos Eduardo: “Ha mucho rato busco en tu escrito / y cuanto encuentro me deja triste / ha mucho rato que me desvela / ese discurso que tú escribiste”. Cuanto más leo y releo el texto del discurso de Vasco en la Universidad Autónoma de Manizales, más descubro que en realidad aquello no fue discurso; se trató, más bien, de la puesta en escena de la más fina pieza de tragedia -al estilo de los tres grandes de Grecia, Esquilo, Eurípides y Sófocles- que Vasco nos dejó la más icónica oda al hombre, la oda al itinerario de cuanto es capaz el intelecto humano en búsqueda sincera de LA VERDAD.

Lo siento por Nietzsche y cuantos eruditos hacen derivar el nombre de “tragedia” de “tragos” (τράγος), “macho cabrío”; la tragedia griega, lejos de ser cántico ritual, es elegía al “golpe” que le da el destino a cuantos intenten oponerse a su inexorable cumplimiento. ¿De cuál otra fuente pudiera derivarse nuestro muy español “estrago”, como el desborde del Cauca en la Mojana, sino de la transliteración al latín de la expresión griega “ex tragos”(ἐξ [ἐφ] τράγος). Vasco cayó incansablemente en camino hacia la colina de LA VERDAD, sin el consuelo de mujer piadosa que le saliera al paso para enjugar, no ya el sudor, sino la sangre de las heridas en el camino.

El discurso de Carlos Eduardo es el recuento minucioso de todos los “golpes” que recibió en la búsqueda inclemente de su diosa LA VERDAD, no obstante el culto reverencial que siempre le tributó, sin retribución alguna, muy a la manera de cualquiera de los más renombrados renacentistas marcados por esa obsesión, esas “ansias de saberlo todo” con el sello de garantía de LA VERDAD y que siempre fue para todos terca “a fuer” de elusiva.

Tucídides en su memorable Oración Fúnebre para exaltar el valor de los caídos en el primer año de la guerra, eleva el valor de la ciudad y la ciudanía hasta la altura de lo más íntimo de la persona humana, con el recurso a la figura de dos amantes, “seductor” el uno, (ἐρώμενος); “seducido” (ἐραστεής) el otro. LA VERDAD y CARLOS EDUARDO VASCO; ¿Cuál de los dos no estuvo a la altura de su función en ese intento de εὐγαμία, de ansiado y feliz apareamiento?

Me vienen a la memoria las paradojas de los genios de ayer y de hoy; recuerdo con especial estremecimiento al abanderado de “La no violencia” que según la biografía de Arthur Köestler, Gandhi hoy estaría en la cárcel por “violencia intrafamiliar”; Kepler pasó años tratando de conciliar “la música de las esferas” con la Biblia y dicen las malas lenguas que no tomaba decisión alguna sin hacerse primero “la carta astral”. Martin Gardner y su La ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso; Luciano Di Trochio Las mentiras de la ciencia; en mi ignorante parecer y en condición de last but not least, Carlos Eduardo no tuvo empacho en afirmar que soñó hallar LA VERDAD en el lugar menos apropiado, para encontrarla en la Teología que es el Reino Eterno de las creencias fundadas o no. ¡Paradojas de las grandes mentes!.

La inusual confesión pública de cualquier intelectual genuino tiene la marca de la confesión ante post facto de fracasos reiterativos en la búsqueda de sus ideales; Paul Feyerabendt peregrinó de universidad en universidad y de todas lo botaron; Vasco saltó de campo en campo del saber para buscar LA VERDAD y todos esos campos se la negaron; mal le pagó la Teología pues de los dos pares externos que evaluaron su tesis uno la adjudicó la nota más alta y otro lo dejó sin nota: “pasé raspando” afirma el doliente acostumbrado desde sus años de bachillerato a ser la Eduardo Vasco Uribe” en las premiaciones del colegio San Ignacio de Medellín.

La prisa de Pilatos ante la afirmación del inesperado reo del momento: “[…] he venido al mudo para dar testimonio de LA VERDAD. La prisa propia de cualquier funcionario público ansioso de renombre, privó a la humanidad de encontrar respuesta confiable a la pregunta clave del entendimiento humano de todos los tiempos: ¿“Qué es LA VERDAD”? Las prisas, los fanes en la vida y el ansia de pantallazos y titulares de prensa dejan siempre preguntas sin respuesta que nos convierten en víctimas, sin reparo posible, de la incertidumbre.

Ojalá que a Carlos Eduardo, una vez en posesión de LA VERDAD, le haya llegado la satisfacción de “poseerla” sin resquicios de dudas.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 18 de mayo de 2024

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